España-Marruecos, miradas cruzadas: dejemos el pasado y hablemos de futuro

Causas y consecuencias de las supuestas malas percepciones que cada país tiene del otro.

Domingo del Pino, consejero editorial de AFKAR/IDEAS

Gobiernos, políticos, empresarios, banqueros, intelectuales, arabistas, hispanistas, académicos y periodistas se quejan con frecuencia de la influencia negativa de las malas percepciones mutuas sobre las relaciones hispano-marroquíes. Se refieren al tratamiento que los medios de comunicación otorgan a los episodios y conflictos que se producen en esas relaciones. El reproche es tan recurrente que merece la pena intentar aclarar cómo nos consideramos, dónde está el origen de esas supuestas malas percepciones y cuál es su influencia real sobre las relaciones bilaterales. Primera observación: sorprende la insistencia, que en el caso de los marroquíes a veces parece una obsesión, por considerar como un caso de estudio aparte el carácter de esas miradas cruzadas hispano-marroquíes. La idea puede parecer exagerada ya que todos los países están interesados en su imagen exterior y cuidarla forma parte de los objetivos globales de la política exterior. El propio Marruecos acaba de crear un instituto con el encargo de mejorar la imagen del país.

El papel de los medios de comunicación

Segunda observación: juzgar las percepciones mutuas a través de los medios de comunicación es un falso debate. Los medios de comunicación en Marruecos no son creadores libres de imágenes: constituyen la “batería periodística de combate” del poder en su empeño cotidiano por producir unanimidad en todas las cuestiones que considera sagradas, como la preeminencia y centralidad de la monarquía y las reivindicaciones territoriales.

Tercera observación: con frecuencia se valora la calidad de la idea que el otro tiene de nosotros en relación con la percepción que quisiéramos que tuviera. A los españoles nos gustaría que vieran a España como un país moderno, democrático, desarrollado, que cuenta en Europa y en el mundo, medianamente rico y plural, y eso no ocurre en Marruecos.

A los marroquíes les agradaría que tuviésemos hacia sus instituciones deferencias reverenciales, que les creyésemos cuando nos dicen que avanzan hacia la democracia y el progreso, que respaldásemos sus ambiciones territoriales, sus puntos de vista en los conflictos de intereses que nos enfrentan, y eso tampoco sucede en España. Existen razones más sencillas para descartar a los medios de comunicación marroquíes como creadores de opinión sobre España: la mitad de la población marroquí es analfabeta y no lee periódicos; cualquier gran diario español es más leído que todos los marroquíes juntos; los periódicos son en su mayoría gubernamentales o progubernamentales de partidos políticos.

En cuanto a los medios audiovisuales, su audiencia sucumbe diariamente ante la oferta variada de radios y televisiones extranjeras vía satélite. Una encuesta realizada por el Sindicato Nacional de la Prensa marroquí, con la colaboración del instituto Friedrich Ebert, a finales de los años noventa, recogía otros datos curiosos: el 80% de los periodistas marroquíes se dedica a opinar; siete de cada 10 artículos sufren modificaciones por personas ajenas al autor antes de ser publicados; y el 41% de los periodistas tiene como fuente de información otros periódicos. Los medios de comunicación y los periodistas españoles se desenvuelven en un entorno político-jurídico diferente al de sus colegas marroquíes, pero es evidente que la información sobre Marruecos constituye una parte reducida y nunca habitual del menú informativo diario de los medios.

Las entrevistas o artículos de hombres y mujeres marroquíes relevantes que publica la prensa española, algo que nunca ocurre a la inversa, compensa la falta de información, pero sólo permite construir una idea fragmentada del país vecino. La abundancia de libros, tesis doctorales, opúsculos y análisis sobre Marruecos, reduce esa carencia. En términos generales, podemos pretender que estamos mejor informados sobre Marruecos de lo que los marroquíes lo están sobre España y, sobre todo, que nuestra información es más plural y diversificada. El interés que cada país demuestra por el otro está en cierta medida reflejado por el número de corresponsales de radio, televisión y prensa en cada uno. El único medio marroquí representado en España es la agencia oficial de noticias MAP.

Por el contrario, casi todos los grandes periódicos españoles han tenido o tienen corresponsal en Marruecos, al igual que la agencia Efe. Si las televisiones españolas no están presentes suele ser por las dificultades para trabajar libremente. El despliegue de medios españoles en Marruecos, a juzgar por lo que publican, no refleja sin embargo un interés especial por el país sino por los constantes conflictos bilaterales. A todos los corresponsales españoles en Marruecos nos decepcionó alguna vez la escasa utilización de nuestra presencia sobre el terreno por los medios, debido a dos causas relacionadas entre sí: la falta de interés por la información sobre Marruecos y la dificultad para obtener informaciones relevantes en el país.

Pretender que la prensa marroquí refleje la opinión de los marroquíes sobre España es tan aventurado como creer que el Boletín Oficial del Estado expresa la de los españoles sobre Marruecos. Los medios marroquíes sólo expresan, cuando por casualidad hablan de España, lo que el poder quiere que su clase política piense de ella. Es la “preparación combativa” unanimitarista a que el régimen marroquí mantiene a sus medios en relación con España. De ahí que las percepciones de España, que a menudo presentan a Marruecos en clave conyugal de amor-odio, divorcio-luna de miel y disputas fraternales, parezcan contradictorias y fluctuantes.

A fin de cuentas, el drama vecinal agriado se escenifica solamente en círculos periodísticos e intelectuales, y entre ciertas elites políticas. El común de los mortales, la inmensa mayoría de los españoles y de los marroquíes, duerme tranquilo en una casi perfecta ignorancia del otro. Pero las percepciones negativas existen y son profundas. Parecen inscritas en nuestros genes. Como si a un lado y otro del Mediterráneo naciéramos con ellas. Así, si la prensa no es responsable de ellas, ¿de dónde proceden?

Pasado intenso y conflictivo

Con ningún otro país vecino España ha tenido una relación histórica tan intensa y tan conflictiva como con Marruecos. El catedrático Abdelali al Uazani parece tener razón cuando escribía (Al Manahil, nº 22, enero 1981) que “se equivocaron Fernando e Isabel al creer que era posible arrancarnos del tuétano de España y de sus quimeras”. Es difícil encontrar un periodo remoto, cercano o presente de la historia de España en que aquello que el político liberal Gabriel Maura Gamazo llamó a principios del siglo XX “la cuestión de Marruecos” no haya acaparado de manera desproporcionada la atención de España.

Se podría afirmar, igualmente, que no es posible imaginar ningún escenario de futuro sin contar con la esencia conflictiva de esa “cuestión de Marruecos”. La percepción de la historia antigua, de Al Andalus, dividió a los españoles en americocastristas y sánchezalbornocistas. Para los marroquíes, sobre todo para los del Norte de mayoría bereber, Al Andalus evoca un pasado glorioso, su gran aportación a la historia de la humanidad y algo así como su paraíso perdido. Su cordón umbilical les unía con España pero quedó roto. Para esos norteños bereberes, Al Andalus fue mucho más que historia: fue epopeya y proyecto vital.

El mismo Al Uazani recuerda la trascendencia de la conquista: “Nosotros cuando fuimos a España no era para corresponder a una invitación, ni para hacer turismo o cambiar de clima (…). Fuimos para establecernos y residir allí para siempre”. Los españoles ven ese pasado de forma diferente. A pesar de la importancia –casi ocho siglos– de dominio musulmán, la historia de España ni comienza ni termina con Al Andalus. Empezamos siendo parte de Roma, a la que dimos prohombres y hasta emperadores. Después de 1492 comenzó lo que a su vez es nuestra epopeya: cuatro siglos de experiencia española germinal americana que ha dejado una herencia de más de 20 naciones con las que compartimos lengua, cultura, genes, y visiones de futuro. Desde el último tercio del siglo XX, con la adhesión a la Comunidad Europea, formamos parte además de un proyecto político y humano distinto al del mundo árabe-islámico y de Marruecos.

El protectorado

La historia moderna, el protectorado, divide a su vez la percepción de España por los marroquíes y diferencia la de rifeños, yibilos y norteños en general que sufrieron nuestra “protección”, de la del resto del país, que vivió la de Francia. El mayor sosiego de los diálogos sociales y políticos con los marroquíes del Sur puede proceder de este hecho básico. Esa historia moderna también es causa de una dividida irritación de los españoles con Marruecos alrededor de hechos clave: la caída de la monarquía en 1931 a causa de la “cuestión de Marruecos”; la historia de España que pudo haber tenido otro curso si la república hubiera logrado en 1936 el apoyo del nacionalismo marroquí; y las sinergias del franquismo con ese nacionalismo y luego con el rey Hassán II, que polarizaron a los españoles.

Los conflictos territoriales diferidos –Tarfaya (1958), Sidi Ifni (1969) y Sáhara Occidental (1975)–, todos ellos resueltos mediante el uso de la fuerza y oportunismo político, terminaron de unir en la percepción negativa de Marruecos, aunque por motivos distintos, a militares y civiles. Hasta las abortadas elecciones marroquíes de 1963, más o menos, cuando los intentos de modernización y democratización en Marruecos eran más visibles que hoy, la cooperación entre la izquierda española y los demócratas marroquíes, incluso sobre un asunto tan controvertido como Ceuta y Melilla, fue relativamente importante.

Apoyar la reivindicación marroquí de esas ciudades, aun sin compartir sus fundamentos históricos, parecía entonces, con razón o sin ella, apoyar los intentos de democratización en uno y otro país. Actualmente los españoles tenemos conciencia de la distancia existente con Marruecos en tres campos fundamentales: político, económico y social. Desaparecidas hace tiempo las ideologías como motivación de las actitudes humanas, el jurista holandés, Hugo Grotius, vuelve a tener cierta actualidad en las relaciones internacionales. El filósofo español Gustavo Bueno sostiene que la idea de España no se entiende sin la idea de imperio y que ésta a su vez no se comprende sin la de “misión” religiosa.

Parafraseándole podríamos decir que Marruecos tampoco se entiende sin la idea de imperio –el imperio jerifiano– y éste a su vez se sustenta en la religión –la “comendaduría” de los creyentes– y el “vasallaje” que los pueblos de sus “limes” rendían al sultán, máximo jefe religioso y político, en cuyo nombre se convocaba los viernes a la oración aunque fuera en lugares tan lejanos como Tombuctú. A aquel imperio de la oración del viernes le fijaron fronteras Allal el Fassi y el nacionalismo marroquí, dando lugar a un dilatado contencioso territorial, en parte solventado, en parte latente, no sólo contra España sino contra todos los vecinos de Marruecos.

Los tratados que lo solucionaron, al menos en el caso español, han sido con frecuencia interpretados unilateralmente por Marruecos. Los casos más aludidos en la prensa española fueron los del laborioso cobro de las tierras de la colonización nacionalizadas en virtud de los decretos de marroquización y el de los acuerdos de pesca anejos a los acuerdos Tripartitos de 1975.

Razones para el desencuentro

Son dos los contenciosos territoriales, el del Sáhara Occidental y el que Marruecos mantiene en vigilia contra España por Ceuta y Melilla, los que están en el trasfondo de la mayoría de los desencuentros modernos. Marruecos sugirió en el pasado que convendría a los españoles apoyar su reivindicación sobre el Sáhara para que un Frente Polisario feudalizado por la Argelia socialista no convirtiera aquel territorio en una base comunista, fatal para España y las islas Canarias. Ahora que el contexto internacional y regional ha cambiado advierte de lo conveniente que resultaría su soberanía sobre el territorio para evitar que éste se convierta en un Estado integrista, base de Osama bin Laden, y contamine así al archipiélago canario.

Frente a esos argumentos, cómo ignorar que los atentados del 16 de mayo de 2003 tuvieron lugar en Casablanca; que un partido islamista ya es la principal fuerza de auténtica oposición en el Parlamento marroquí, y que unas eventuales elecciones completamente libres y sin limitaciones para ningún partido podrían dar el poder legalmente a los islamistas.

La actualidad y la influencia que contra toda lógica mantiene la controversia existencial e histórica entre españoles y marroquíes del Norte, puede que sea consecuencia de lo que un profesor egipcio pretendía, en la década de los noventa, con respecto a la actualidad con que los islamistas egipcios vivían el mensaje original coránico: la “falta de sentido cronológico de la historia de los árabes”. Son los legítimos conflictos de intereses los que en el mundo moderno conforman las percepciones entre los países. La pesca, la competencia de las agriculturas respectivas, la inmigración ilegal o la integración de los inmigrantes llegados en el marco de convenios, la tangencialidad de grandes espacios marítimos y terrestres de importancia estratégica militar, económica y de seguridad en el norte de África, el Mediterráneo y el Atlántico, son los asuntos que deberían recibir toda la atención y colaboración.

Los españoles intuyen hoy la aparición de una amenaza potencial a su seguridad en la evolución de un cierto islamismo radical en terrorismo y en el carácter contaminante de las mafias criminales de los espacios marroquíes contiguos. La fuerte resistencia a la democratización y al cambio de las clases tradicionalistas de Marruecos, la presión demográfica, el diferencial de renta con Europa y España, la escasa movilidad social, económica y política de las elites, la voracidad económica del majzén (gobierno) en su conjunto, sugieren a su vez la posibilidad de una amenaza a la estabilidad del régimen marroquí, y constituyen la última incógnita de una ecuación compleja.

La preeminencia en Marruecos del nacionalismo irredentista –elevado a la categoría de sagrado– sobre cualquier otro enfoque de su política interior o exterior, permite al régimen, al gobierno, a los partidos políticos y a los medios de comunicación presentar un flanco unanimitarista que jamás logró ni logrará España en sus confrontaciones –y ni siquiera en sus relaciones habituales– con Marruecos. En esos escenarios marroquíes tan intervenidos, la intensidad del conflicto en cada ocasión, las percepciones marroquíes, o para ser más precisos su utilización por el régimen y el gobierno de Marruecos en sus tratos con España, tiene una estructura variable que autoriza a hablar de “percepciones de combate” en tiempos de crisis, y de percepciones de “preparación combativa” en tiempos normales.

Todos los que hemos vivido en Marruecos largo tiempo, trabajadores, empresarios, periodistas, diplomáticos, e incluso los turistas, sabemos que esa insatisfacción a veces vindicativa, intelectual, no es extensible al pueblo marroquí, siempre acogedor, siempre hospitalario, siempre sufrido. A pesar de todo, España resulta intuitivamente más familiar a las elites marroquíes que otros países. Quizá por ello en Marruecos se entiende que el estatus social y económico se demuestra por la posesión de un piso en el seizième arrondissement de París y un chalet en Marbella. Lo mejor es ser además propietario de un apartamento en Nueva York. Medio siglo después de la independencia de Marruecos y cinco siglos después de la experiencia de Al Andalus, parece tiempo suficiente para comenzar a tener unas relaciones normales basadas en las preocupaciones modernas de los Estados y los gobiernos: la creación y distribución de riqueza, y lo que es condición para ello, la libertad y la democracia.

Es hora de que los españoles y los pueblos del Magreb, incluidos los marroquíes que ven su evolución política y desarrollo económico frenado porque todos los esfuerzos están concentrados desde la independencia de 1956 en conflictos territoriales, sepamos cuándo Marruecos va a dar por completado su mapa geográfico. Una vez más conviene recordar que no es la raza, la religión, ni la diferencia razonable lo que despierta rechazo entre los españoles, sino la pobreza y la marginación que los regímenes del Magreb no parecen saber detener. La inmigración ilegal y la previsión de un posible e importante mestizaje en el futuro próximo, como el que sugería a finales de enero pasado un estudio de la Fundación de las Cajas de Ahorros (Funcas), despierta inquietud en España.

El informe señala que, para 2015, un 27% de población española será inmigrante, lo que en el caso de Ceuta y Melilla no es ni siquiera futuro, sino pasado. Para España –como para el resto de Europa– que no es un país en formación como lo era Estados Unidos en los siglos XVII y XVIII, una modificación tan radical de la estructura de su población como ésta equivaldrá a un auténtico poblamiento. Serán necesarios importantes cambios políticos, económicos, sociales y culturales para integrar esa perspectiva que, como todo futuro inevitable, convendría comenzar a preparar superando, en lo que a España concierne, una cierta alergia para instalarse conceptualmente en el largo plazo.

El futuro suele ser lo que los interesados quieran que sea. Los pueblos y las sociedades española y marroquí no tienen problemas insalvables entre ellos ni siquiera de percepciones. Son los gobiernos, los políticos y las elites los que deberán tener la voluntad suficiente para proceder al giro hegeliano que los dos países merecen. Para ello los marroquíes tendrían que dar por enterrada definitivamente a Isabel la Católica y aceptar lo que somos y donde estamos; los españoles deberíamos comprender que no podemos perder más tiempo con recreaciones del pasado sino prepararnos para afrontar los problemas que están por llegar.