Elecciones tunecinas 2009: la fuerza de la inercia

No hay duda de que Ben Alí será reelegido; queda esperar que la campaña electoral provoque un debate controvertido sobre los temas de interés nacional.

Ridha Kéfi

En Túnez, más que en otros sitios, los años se suceden y se parecen. En este país de 10,2 millones de habitantes, uno de los menos provistos de recursos naturales y de los más prósperos de África del Norte, gracias especialmente al dinamismo de su población, la vida transcurre como un largo río tranquilo. Si creemos lo que la prensa dice, acostumbrada a anunciar sólo buenas noticias, allí todo se mueve para que nada cambie, a semejanza de su vida política, inconsistente e inmóvil. ¿Cambiarán las elecciones presidenciales y legislativas de otoño de 2009 esta situación? “¿No news?, ¡good news!”, diría un cacique de un régimen al que horroriza el movimiento. ¿Por qué buscar problemas cuando se tienen los medios de cerrar los ojos para no verlos?

El “cambio” lo vivió este país de una vez por todas un 7 de noviembre de 1987, cuando el actual presidente Zin El Abidín Ben Alí, entonces primer ministro, destituyó a su antecesor, Habib Burguiba, que había superado ampliamente el límite de edad. Desde entonces, todo se estableció para mantener el statu quo político con un fondo de estabilidad social y de prosperidad económica, ambas relativas. El partido de la mayoría, la Coalición Constitucional Democrática (RCD, siglas del francés), sigue dominando la escena política, la administración pública y la sociedad en su conjunto, puesto que nada (o casi nada) escapa a su extraordinario entramado. De ahí la desesperación de los llamados partidos de la oposición.

Reducidos a fragmentos, llegan casi a olvidar su primera vocación: ofrecer la controversia necesaria para el funcionamiento de cualquier democracia digna de ese nombre. Estas “oficinas políticas” siguen existiendo a duras penas gracias a la “magnanimidad” bien organizada del sistema: subvenciones para seguir haciendo de comparsas útiles y publicando periódicos de tiradas clandestinas, y algunos escaños cedidos después de cada consulta electoral. De este modo, los cinco partidos representados en la Cámara de los Diputados pudieron reunir 37 escaños frente a los 152 del partido en el poder, es decir el 20% que les otorga de oficio la ley electoral.

La sociedad civil, bien imposibilitada o impotente –da lo mismo–, vegeta en una especie de resignación que no la ayuda a representar su papel de fermento de una ciudadanía activa en una República digna de ese nombre. En cuanto a los “ciudadanos”, que forman una masa anónima, indiferente y en su mayoría despolitizada, no hay peligro de cruzarse con un gran número de ellos en los mítines políticos o en las reuniones populares, sino en las mezquitas, en los supermercados, en los bares llenos de humo y, en el caso de los más jóvenes, en los estadios de fútbol, en las discotecas o en las pateras de los harragas.

Todo va a mejor…

Así va Túnez: un país de clase media (representa entre un 70% y un 75% de la población) donde, por definición, todo va a mejor, a pesar de la crisis económica mundial, a pesar de la disminución del poder adquisitivo, a pesar del aumento del desempleo (éste afecta a un 14% de la población activa y a un titulado superior de cada dos), a pesar de la aparición, aquí y allá, de algunas protestas aisladas, con un trasfondo de malestar social y de bloqueo del horizonte político, especialmente en la región minera de Gafsa (al suroeste), los medios sindicales y en las universidades.

Este país con reputación de tranquilo y ordenado –su última gran crisis, las “revueltas del pan”, se remonta a enero de 1984–, civilizado, trabajador y aplicado, cuyos resultados económicos alaban las agencias de calificación y los proveedores de fondos internacionales –con un crecimiento medio anual del 5% durante los 12 últimos años–, se prepara para vivir, en octubre próximo, nuevas elecciones presidenciales y legislativas. ¿Cómo preparan esta cita los tunecinos? ¿Qué es lo que esperan? ¿Qué es lo que se juegan? El candidato del partido en el poder está oficialmente en la palestra desde el pasado 30 de julio.

Es el presidente saliente, Ben Alí, en el poder desde hace 22 años y que, en esta ocasión, aspirará a un quinto mandato de cinco años. En apoyo de su candidatura, sus partidarios alegan el éxito de sus políticas económica y social, y su victoria sobre el extremismo religioso. Todo está ya casi establecido para garantizarle una victoria innegable –salvo un milagro o una catástrofe–, con un resultado fabuloso, como ocurrió siempre en las cuatro elecciones presidenciales anteriores que ganó con el 99,27% (1989), el 99,91% (1994), el 99,45% (1999) y el 94,49% (2004).

Valerosas comparsas

Frente al candidato-presidente, cuyos retratos gigantes adornan desde hace varios meses los cruces de las grandes ciudades, se alinean valerosas comparsas que se sacrificarán, en cierto modo, por una buena causa. Entre ellos, un habitual del ejercicio, Mohamed Buchiha, funcionario del Estado, secretario general del Partido de la Unidad Popular (PUP, progubernamental y con 11 diputados), que ya se presentó en 2004 y sólo obtuvo el 3,78% de los votos. ¿No habría sido mejor que su partido hubiese elegido un candidato más “competitivo” para que lo represente en esta nueva cita? No, ya que una nueva enmienda constitucional calificada de “excepcional”, adoptada por el Parlamento el 24 de julio de 2008, limita las candidaturas a las elecciones presidenciales de 2009 únicamente a los “primeros responsables de cada partido legal” que estén en su puesto al menos desde dos años antes de la presentación de sus candidaturas.

Otro candidato casi “designado” por la enmienda constitucional y que ya ha anunciado su intención de presentarse, es el abogado Ahmed Inubli, secretario general de la Unión Democrática Unionista (UDU, nacionalista árabe, progubernamental y con siete diputados). Dada la situación actual de las fuerzas, este último se contentaría con poder mejorar ligeramente el resultado de su antecesor, Abderramán Tlili que, en 1999, obtuvo el 0,23% de los sufragios (“cero y pico”, según el periodista disidente Taufik Ben Brik). Este antiguo empresario próximo al poder fue condenado, el 3 de junio de 2004, a nueve años de prisión (y a una multa de cerca de 30 millones de euros) por abusos en la gestión de una empresa pública que había dirigido.

El tercer candidato de la “oposición” es el lingüista Ahmed Ibrahim, primer secretario de Ettaydid (antiguo partido comunista, de centro-izquierda y con tres diputados), que pretende reunir en torno a su candidatura un amplio espectro de corrientes de izquierda. El candidato del mismo partido a las presidenciales de 2004, el filósofo Mohamed Ali Haluani, que se presentaba en nombre de una alianza de izquierdas denominada Iniciativa Democrática, quería “aprovechar esta brecha legal que representan las elecciones para hacer llegar un mensaje al pueblo tunecino y decirle, de manera clara y sin ambigüedades, que el régimen actual que se llama a sí mismo democrático y pluralista, dista mucho de serlo”.

Quería también, siempre según sus palabras, destapar “una especie de teatralización de la democracia, una democracia de fachada”. Sólo obtuvo el 0,95% de los votos. La bióloga Maya Yribi, aunque tenga la posibilidad de presentarse a las próximas presidenciales, puesto que es la secretaria general del Partido Democrático Progresista (PDP, de izquierda radical, sin representación en el Parlamento) desde diciembre de 2006, ha declarado que no tiene intención de hacerlo. En cambio, apoya la candidatura, ya proclamada, del fundador del partido y ex secretario general, Neyib Chebbi. El problema es que, al no ser ya oficialmente el primer responsable de su partido, su candidatura corre el riesgo de resultar anulada. Otro candidato… de lo imposible: Mustapha Ben Yafar, médico radiólogo jubilado, secretario general del Foro Democrático para el Trabajo y las Libertades (FDTL, de centro izquierda, sin representación en el Parlamento), que dio una sorpresa anunciando su intención de entrar en liza.

Aunque es dirigente de un partido reciente (legalizado en 2002) que aún no ha celebrado su congreso electivo, defiende su derecho a presentar su candidatura. “La ley dice que es necesario haber sido elegido, y yo lo he sido. Mis compañeros del FDTL me eligieron como número uno del movimiento. Así pues, estoy habilitado para presentarme como candidato a las elecciones presidenciales de 2009 dentro de un estricto respeto a la ley”, declaró en una entrevista para Jeune Afrique (8 de diciembre de 2008). De este modo, hay perspectivas de una batalla jurídica… El país tiene otros tres partidos legales, pero que han preferido apoyar la candidatura del presidente Ben Alí. Se trata del Movimiento de Demócratas Socialistas (MDS, progubernamental y con 14 diputados), cuyo secretario general, Ismail Bulehya, ha superado la edad legal para presentarse (75 años); del Partido Social Liberal (PSL, un diputado); y del Partido de los Verdes para el Progreso (PVP, progubernamental), que celebró su congreso electivo en diciembre.

La fuerza de la obediencia

Éstos son los posibles protagonistas de las próximas elecciones presidenciales, a la espera de la presentación (y de la aceptación) de sus candidaturas. Pero, ¿qué es lo que está en juego en estas elecciones? Para los electores tunecinos, no cabe duda de que el presidente Ben Alí será reelegido con un resultado aplastante. Así pues, sólo se puede esperar que la campaña electoral, sobre todo en el caso de las elecciones legislativas que se celebrarán al mismo tiempo, provoque un debate verdaderamente controvertido acerca de los asuntos de interés nacional.

Esto ya sería de por sí un gran avance porque, hasta ahora, este debate controvertido ha sido difícil de establecer, a causa de la aparente unanimidad que impone un gobierno fuerte, apoyado en un superpartido que reivindica dos millones de afiliados de un total de 10,2 millones de habitantes, y servido por un culto del consenso y una “fuerza de la obediencia”, por tomar prestado el título de la notable obra de Béatrice Hibou (La force de l’obéissance. Ed. La Découverte. París, 2006). En este estudio dedicado a Túnez, la autora demuestra, por medio del análisis de las relaciones de dependencia mutua y de la inserción de las relaciones de poder en los mecanismos económicos y sociales más superficiales (bienestar material, préstamos al consumo, subvenciones de todo tipo, arbitrajes del Estado…), cómo la gran mayoría de los tunecinos puede “vivir normalmente, por llamarlo así, en un entorno político disciplinario, regulador y a veces coercitivo”.

Pueden vivir “sin sufrir por la ausencia de libertad de expresión o por el peso de un discurso único y a menudo ilusorio”, y ni siquiera por “la inexistencia de una prensa digna de ese nombre”, mientras eluden voluntariamente cualquier aspecto conflictivo y aprecian, por otra parte, “la benevolencia del Estado y su voluntarismo económico”. Hay pocas probabilidades de que los resultados de las elecciones de este año contradigan este análisis del sistema político tunecino.