El turbulento Golfo y los actores externos

EE UU y Europa, por el acuerdo con Irán, y Rusia y China, por apoyar a Siria, se enfrentan a una crisis de credibilidad en sus relaciones con los países del Golfo.

Silvia Colombo

Tras años de negociaciones inciertas, comienzos frustrados, duras acusaciones recíprocas, conversaciones sobre conversaciones, sanciones y amenazas de ataques aéreos americanos o israelíes contra instalaciones nucleares de Irán, un acuerdo sobre el programa nuclear de Irán ha visto la luz en Ginebra, un pacto entre los representantes de Irán y el llamado G5+1, el grupo formado por los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU –Gran Bretaña, China, Francia, Rusia y Estados Unidos– más Alemania.

El programa nuclear iraní lleva al menos una década siendo protagonista del orden del día en cuanto a la seguridad internacional, con EE UU, Europa, Israel y algunos países asiáticos acusando a Irán de poner en práctica en secreto (e ilegalmente) un programa de armamento nuclear, e Irán insistiendo en que sus intenciones son exclusivamente pacíficas. El objetivo del esperadísimo acuerdo, que debe durar seis meses, es dar tiempo a los negociadores internacionales para alcanzar un pacto más completo que vaya reduciendo progresivamente gran parte del programa nuclear de Irán y garantice que solo pueda ser empleado para fines pacíficos.

En resumen, Irán ha accedido a dejar de enriquecer uranio por encima del 5%, un nivel que bastaría para la producción de energía pero que exigiría más enriquecimiento para fabricar bombas, así como a convertir sus reservas de uranio enriquecido hasta el 20%, de modo que no pueda utilizarse para fines militares. Sin embargo, el acuerdo no exige que Irán deje de enriquecer uranio hasta un nivel bajo del 3,5% ni que desmantele ninguna de las centrifugadoras que ahora posee. A cambio de este compromiso inicial, el G5+1 ha acordado proporcionar entre 6.000 y 7.000 millones de dólares en ayuda para aliviar las sanciones, incluidos unos 4.200 millones de dólares derivados de los ingresos del petróleo que han quedado bloqueados en bancos extranjeros.

El pacto, recibido por el presidente de EE UU, Barack Obama, con expresiones inequívocamente positivas como un paso más en el “camino hacia un mundo más seguro”, podría cambiar por completo la arquitectura de seguridad regional de la zona del Golfo, con repercusiones para los Estados del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), con Arabia Saudí a la cabeza. Para entender el significado de un posible acercamiento entre Irán y Occidente, y los temores que esta perspectiva ha despertado en Riyad, es necesario tener en cuenta la muy competitiva situación geopolítica del Golfo, que lleva navegando por aguas turbulentas al menos desde la invasión de Irak dirigida por EE UU, en 2003.

¿Está siendo atacada la arquitectura de seguridad nacional?

El 18 de octubre de 2013, sin ir más lejos, tan solo un día después de ser elegida para ocupar uno de los 10 puestos rotatativos del Consejo de Seguridad de la ONU, Arabia Saudí anunciaba con un acto de desdén que rechazaba la oportunidad de participar en el principal foro mundial para el debate de asuntos internacionales, y señalaba el doble rasero y la incapacidad de la comunidad internacional para resolver conflictos clave, en concreto el prolongado enfrentamiento entre Israel y Palestina. La petición saudí de corregir la incapacidad del Consejo de Seguridad para promover la paz y la seguridad internacionales era, en realidad, una reprimenda que la mayoría ha interpretado, correctamente, que estaba dirigida a EE UU.

Algunos funcionarios saudíes de alto nivel han sido más explícitos en sus críticas hacia Washington, como demuestra la advertencia del exembajador en Washington, Bandar bin Sultan, de que la relación entre EE UU y Arabia Saudí experimentará un “gran cambio”. De hecho, la actuación del Consejo de Seguridad refleja la profunda inquietud de Arabia Saudí por el rumbo que ha tomado la diplomacia americana en Oriente Próximo, y pone de manifiesto las desavenencias cada vez más profundas en una de las más antiguas alianzas y pilares de la arquitectura de seguridad regional. Durante décadas, Riad y Washington han estado vinculados por un compromiso básico: Estados Unidos garantiza seguridad y protección a los países del CCG –el llamado paraguas de seguridad estadounidense– a cambio del suministro de petróleo que la economía mundial necesita para funcionar y de la inyección saudí de miles de millones de dólares cada año al sector armamentístico de EE UU.

Este compromiso ha reforzado durante mucho tiempo la arquitectura de seguridad regional del Golfo, pero ahora podría empezar a desmoronarse o someterse a revisiones importantes como consecuencia del acuerdo sobre el programa nuclear iraní. Un primer golpe para la seguridad de los países del CCG fue la invasión de Irak dirigida por EE UU en 2003, y el posterior cambio de régimen y conflicto ocurrido en el país. Hoy, 10 años después de la invasión militar, el país sigue estancado y las tensiones sectarias entre las fuerzas suníes y chiíes han alcanzado su punto álgido. La posible propagación de la inseguridad del país, sobre todo a Arabia Saudí y Kuwait, se ve agravada por el hecho de que Teherán ejerce una importante influencia en el país, sobre el gobierno de Nuri al Maliki y entre la mayoría chií.

La política exterior de EE UU en Oriente Próximo y el problema saudí

A juzgar por el creciente enfado expresado por figuras clave de la cúpula saudí, las monarquías del Golfo son las más preocupadas por la posible desaparición de la relación especial entre EE UU y Arabia Saudí, y el auge de un Irán incontrolado en Oriente Próximo. Lo que más temen Arabia Saudí y otros países del CCG es un acuerdo que abra la puerta al reconocimiento de la función regional que desempeña Irán, empezando por Siria, Irak, la región del Golfo y finalmente Afganistán. En el peor de los casos, lo que muchos temen en Riad es que el acercamiento entre EE UU e Irán haga que, a largo plazo, Teherán reemplace a Arabia Saudí o Israel como intermediario fiable de EE UU en la región, y haga retroceder el tiempo hasta la época del shah de Irán.

No es la primera vez que Arabia Saudí se muestra en desacuerdo con EE UU en los últimos meses por sus posturas en relación con Oriente Próximo. La actitud abierta de Washington hacia los Hermanos Musulmanes egipcios y su más bien tibia acogida de la expulsión del primer gobierno islamista egipcio llevada a cabo por el ejército tras una nueva oleada de protestas populares a finales de junio de 2013, han sido criticadas por los dirigentes saudíes, que las consideran un síntoma de debilidad e informalidad. Aunque sigue habiendo dudas sobre el futuro de las relaciones entre EE UU y Egipto, especialmente en vista del afianzamiento del gobierno militar en El Cairo y los considerables intereses recíprocos de Washington y El Cairo, lo que es indudable es que las actitudes antiamericanas están aumentando entre la opinión pública egipcia. Junto a la debacle egipcia, que Obama se echara atrás del plan de intervenir militarmente contra Siria y aceptara del acuerdo ruso para desmantelar el arsenal de armas químicas del país han supuesto un golpe más para Arabia Saudí.

Ante la limitada planificación estratégica de EE UU y sus aliados europeos, concretamente Francia y Gran Bretaña que habían encabezado las condenas contra el régimen de Al Assad por su supuesto uso de armas químicas, la política rusa del presidente Vladimir Putin ha dado la impresión de ser coherente y eficaz. Sin embargo, a la larga, el apoyo diplomático y militar que Rusia ha brindado a Al Assad posiblemente no la situaría en buena posición para desempeñar la función de mediador. Más allá del importante pero aún poco fructífero proceso de desmantelamiento del arsenal químico, solo se podrá alcanzar una solución duradera y sostenible para el conflicto sirio si está basada en una serie más amplia de intereses sirios y regionales.

Desde esta perspectiva, no será posible poner en práctica un proceso de construcción de paz si Irán y Arabia Saudí no son aceptados como socios en la negociación. Desde el punto de vista saudí, el acercamiento entre Irán y EE UU y el acuerdo ruso-americano para destruir las armas químicas sirias han colocado unos obstáculos insuperables en el camino hacia una solución para la cuestión siria, ya que estas acciones han reforzado a Irán, han dejado a Al Assad en el poder y han marginado considerablemente a otros agentes regionales importantes, concretamente a los Estados del Golfo, que están cargando con la mayor parte de la responsabilidad de respaldar a la oposición.

Se vislumbra un papel europeo en la seguridad que generaría confianza

Está claro que los planes de Obama no contemplan poner en peligro la relación privilegiada que EE UU tiene con los países del CCG hasta el punto de destruirla. Al mismo tiempo, dada la gran cantidad de capital político que ha invertido en el acuerdo con Irán, no puede arriesgarse a poner en peligro la perspectiva de un acuerdo más completo con Teherán que responda a las necesidades de seguridad del propio EE UU y de sus aliados. En cuanto a Arabia Saudí, hay poco que Obama pueda hacer para calmar su inquietud, salvo insistir en que EE UU sigue comprometido con el acuerdo bilateral y con la seguridad de Riyad. En términos generales, Obama parece convencido de que a EE UU no le interesa fomentar una especie de “guerra fría” del Golfo entre Arabia Saudí e Irán.

Sin embargo, el margen de maniobra para que Washington consiga tranquilizar a sus aliados del Golfo es realmente muy estrecho. Con este telón de fondo, podría haber alguna oportunidad para que los países europeos, especialmente los que no han participado en la negociación del G5+1, como Italia y España, pongan en práctica medidas que generen confianza en los países del CCG. En lo que respecta a la seguridad, la gran dependencia de los países del CCG de EE UU ha afectado a sus relaciones con la Unión Europea (UE) en general, en el sentido de que nunca la van a considerar una alternativa a la función esencial que desempeña EE UU en la región.

Aunque la presencia militar americana es una cuestión de necesidad y algo de lo que no puede encargarse la UE, los países del CCG han sentido a lo largo de los años la necesidad de diversificar sus relaciones con vistas a evitar una excesiva identificación con la superpotencia de EE UU. Sin embargo, enfrentados a lo que a menudo denominan unas “políticas económicas inflexibles” y a unas normas europeas ineludibles en cuanto a los derechos humanos y la gobernanza, el CCG no lo ve claro. Hoy, la situación podría ser propicia para un nuevo intento de que Europa desempeñe una función más destacada en la seguridad de la región del Golfo.

Esta función no consistiría en plantar cara a las amenazas, por ejemplo abordando directamente los temores que el programa nuclear de Irán despierta en los países del CCG, sino en gestionar el riesgo, algo que la UE ya ha demostrado que es capaz de hacer en otros contextos, concretamente en los Balcanes. Los posibles ámbitos de cooperación en los que podrían desarrollarse una evaluación conjunta y una estrategia común abarcan la emigración, la gestión de los conflictos y del periodo posterior, la ciberseguridad, el control de fronteras, la seguridad marítima y las operaciones humanitarias en el mar.

Estos ámbitos de cooperación no exigen el uso de la fuerza y se sitúan en la difusa línea que separa la política nacional y la exterior. Uno de los beneficios que esta cooperación pragmática y concreta podría aportar a ambas partes es la oportunidad de desbloquear la posible cooperación entre la UE y el CCG, que hasta ahora ha estado atrapada en un diálogo de colaboración estratégica con escaso rendimiento. Y lo más importante, podría servir de catalizador de unas muy necesarias medidas para generar confianza entre los países del Golfo Arábigo y Occidente. En conclusión, el histórico acuerdo alcanzado en Ginebra sobre el programa nuclear de Irán seguramente será el precursor de un acercamiento entre Teherán y Occidente, pero también podría someter las relaciones de Occidente con los países del CCG a una mayor tensión.

Tanto EE UU como Europa, por no mencionar otros actores internacionales importantes como Rusia y China, considerados como un apoyo al enemigo representado por Al Asad y su protector iraní, se enfrentan a una crisis de credibilidad en sus relaciones con Arabia Saudí y el resto de países árabes del Golfo. Aunque una gran parte de la preocupación de los países del CCG se debe a que les desagrada el comportamiento de Occidente respecto a Irán y otros expedientes abiertos en Oriente Próximo, puede decirse que también es, en cierta medida, consecuencia de los mayores desafíos a los que se enfrentan los regímenes gobernantes en sus respectivos países. Vale la pena recordar que los países del CCG, sobre todo Arabia Saudí y Catar, no solo han formado parte de la respuesta regional a los cambios provocados por los levantamientos árabes de 2011, sino que también se han visto afectados directamente por la agitación.

Estos regímenes se consideran cada vez menos legítimos por sus propios ciudadanos, sobre todo si se tiene en cuenta su creciente incapacidad para responder a sus necesidades de empleo y de bienestar básico, y para paliar ese descontento difuso por medios exclusivamente económicos. La falta de un frente común en los países del CCG, más allá de la retórica anti-iraní generalizada, en sí consecuencia de una dependencia desproporcionada de la seguridad de EE UU, está afectando a la capacidad de los Estados del Golfo para favorecer sus intereses y necesidades de seguridad en diversos frentes, especialmente sirio. La falta de unidad y de eficacia como actores regionales de estos países se une a una vulnerabilidad cada vez mayor dentro de sus respectivas fronteras que no va a desaparecer incluso si las amenazas procedentes del vecino iraní se esfumasen de repente.