El rompecabezas de las relaciones EE UU-Israel

El futuro del proceso de paz depende en gran medida de que Obama logre un equilibrio entre la defensa de sus intereses nacionales y la política interior.

William B. Quandt

Ningún observador de Oriente Próximo se equivocaría al sentirse sorprendido por las extraordinarias relaciones entre Estados Unidos e Israel. Cada año, desde 1973, EE UU ha dotado a Israel de varios miles de millones de dólares en concepto de ayuda militar y económica. Israel tiene acceso a algunas de las armas norteamericanas más sofisticadas, a la más avanzada tecnología y puede contar con ayuda diplomática de Washington en las Naciones Unidas, en donde su derecho de veto, en algunas ocasiones, se ha ejercido para proteger los intereses israelíes.

¿Por qué está EE UU tan intensamente comprometido con Israel? Israel no tiene petróleo, su población de cerca de siete millones de personas lo coloca como uno de los Estados más pequeños de la región; incluso el número de judíos en EE UU –cerca del 2% de la población total– es relativamente pequeño. Y aún así el apoyo continúa, incluso a pesar de momentos de desencuentro mutuo, como el ocurrido en la primavera de 2010 cuando el presidente, Barack Obama, y el primer ministro, Benjamín Netanyahu, se enfrentaron públicamente sobre la política israelí de continuar construyendo asentamientos en Jerusalén Este. Pero, mientras algunos analistas predecían una profunda brecha en las relaciones entre EE UU e Israel, dentro de la Casa Blanca se estaban sentando las bases para un acercamiento. Entonces, ¿qué es lo que está ocurriendo?

Repaso histórico

El rompecabezas aquí no tiene que ver con la sostenibilidad de la relación entre EE UU e Israel, que ha sido bastante sólida desde aproximadamente 1960 y, quizá, lo fue desde antes. Las razones para la particular intensidad de esta relación han ido cambiando a través del tiempo. Los analistas habitualmente enumeran tres o cuatro motivos para esta afinidad: valores compartidos, intereses compartidos, política interior y la existencia de un lobby proisraelí (esto último como matiz o parte del tercer punto).

¿Cuáles de estos motivos son los que hoy en día tienen más peso? Merece la pena una mirada retrospectiva. En los orígenes de la relación, el presidente Harry Truman reconoció inmediatamente a Israel en 1948 y fue bastante franco al dar sus razones: sentía una particular simpatía por los judíos tras el Holocausto, creía que debían tener su propio Estado y también sabía que muchos militantes de su partido apoyaban el proyecto sionista. Sus asesores en seguridad nacional se mostraban, casi en bloque, en contra de esta decisión. Pero, en esta fase, los intereses estratégicos quedaron relegados frente a los valores y la política.

Cuando el presidente Dwight Eisenhower ocupó la Casa Blanca, las relaciones entre EE UU e Israel eran inusualmente distantes. Washington no proveía de armas a Israel, se opusó al ataque en Egipto en octubre de 1956 (la Campaña de Suez) e incluso intentó, levemente, establecer relaciones con el rival de Israel, el presidente de Egipto, Gamal Abdel Nasser. Pero este periodo de Eisenhower puede ser considerado como una simple excepción. Desde principios de los años sesenta en adelante, EE UU ha proporcionado ayuda militar a Israel de distintas formas. Y tras la Guerra de 1967 y la contundente victoria de Israel frente a los tres ejércitos árabes, algunos americanos comenzaban a pensar en Israel como un activo estratégico real en el contexto de la guerra fría.

Aunque la retórica de la política de Estados Unidos hacia Oriente Próximo ha sido siempre afín con el derecho de Israel a existir y sus necesidades de seguridad, todos los presidentes han entendido, en cierto modo, que EE UU tiene intereses en el mundo árabe de tal envergadura, que podrían ponerse en peligro si a Washington se le considera totalmente alineado con Israel. Incluso los presidentes más proisraelíes, como Ronald Reagan, Bill Clinton y George W. Bush, tratarían de marcar ciertos límites al apoyo americano a las políticas israelíes –por ejemplo, todos han sido críticos con la política de asentamientos de Israel– y han sentido la necesidad de cultivar buenas relaciones con ciertos líderes árabes, incluyendo –en el caso de Clinton– con el presidente de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), Yasir Arafat.

Para muchos en el ámbito de la política exterior, la lección de los años setenta fue que EE UU podía mantener mejor sus lazos con Israel si, simultáneamente, promovía un acuerdo de paz árabe-israelí. Los regímenes árabes estarían más dispuestos a aceptar la fortaleza del compromiso entre EE UU e Israel si viesen a Washington usando su influencia con Israel para presionar hacia posiciones más flexibles y moderadas que las que los líderes israelíes hubieran presentado por ellos mismos. Así pues, la promoción del “proceso de paz” ha sido la clave durante cerca de dos décadas para lograr un equilibrio entre el apoyo americano a Israel y los intereses de EE UU en el mundo árabe. Pero el fracaso de Bill Clinton en garantizar tanto la paz sirio-israelí a principios de la década de los 2000, como el acuerdo palestino-israelí al final de su mandato, rompió este equilibrio, al menos durante la mayor parte de la era Bush.

Bush (hijo) fue, en muchos frentes, el presidente más “radical” en términos de defensa de los intereses norteamericanos en Oriente Próximo. Desde el primer día de su presidencia, dejó claro que no se involucraría tan a fondo en lograr una paz árabe-israelí. En su opinión, Clinton había hecho demasiado y había empeorado las cosas. Bush respaldaría al primer ministro Ariel Sharon y rechazaría a Yasir Arafat. Dos corrientes distintas vinieron a abundar en sus políticas. Una fue el arraigado pensamiento conservador de que EE UU debería ser capaz de usar su poder único al final de la guerra fría para presionar en favor de sus intereses nacionales, unilateral y militarmente si las circunstancias lo demandasen. Los dos principales valedores de esta visión eran el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, y el vicepresidente Richard Cheney.

Desde un punto de vista algo diferente, y casi una generación más joven, un grupo de neoconservadores (muchos de ellos trabajando para Rumsfeld y Cheney) inyectó una contundente visión proisraelí, la antipatía por el islam radical y la creencia de que la democracia en Oriente Próximo sería la clave para una eventual paz, estabilidad, precios del petróleo más baratos y no proliferación, en un alarde de optimismo derivado –en parte– del espectacular colapso de la Unión Soviética en 1989-91 y de las pacíficas transiciones en el este de Europa. Si se puede transformar a Rumania y Bulgaria, ¿por qué no podrían hacerlo también Irak, Siria e Irán?

Los más ambiciosos habrían añadido a la lista a Arabia Saudí y Egipto. Salió de este rincón de la administración el eslogan “El Camino a Jerusalén pasa por Bagdad”. En pocas palabras, si lo que buscas es la paz entre árabes e israelíes, empieza por derrocar a Saddam Hussein. El 11 de septiembre de 2001 dio, como sabemos ahora, la oportunidad a los neoconservadores de poner a Irak en un lugar destacado en la agenda del presidente. Sin duda, para algunos, había un vínculo proisraelí que influyó en su deseo de eliminar una de las voces más fuertes contrarias a Israel en el mundo árabe.

La llegada de Obama

Por tanto, Obama llegó a la presidencia con mucho trabajo sin terminar en el Gran Oriente Medio. El proceso de paz había muerto al haber expirado repentinamente en los últimos días de la administración Bush cuando Israel invadió Gaza con el objetivo de machacar a Hamás y su peligrosa banda de misileros que, ocasionalmente, estaban lanzando sus rudimentarios misiles sobre Israel. Cerca de 150.000 soldados americanos estaban en Irak, donde la situación mejoraba lentamente, pero los episodios diarios de violencia continuaban a alto nivel. La seguridad en Afganistán era todavía un problema, y Al Qaeda, aunque no era tan central y visible como solía serlo, era aún un factor (o, al menos sus operaciones franquiciadas lo eran) en varios lugares de la región a tener en mente. Por último, la percepción de EE UU en la mayoría de los países árabes y el mundo islámico, había alcanzado los límites más bajos de la historia.

Obama se dispuso a dar un giro en Oriente Próximo. Desde el primer día, habló de una nueva política exterior hacia el mundo musulmán basada en “intereses y respeto mutuos”. Nombró a un estadista experimentado, George Mitchell, como enviado especial para la paz árabeisraelí. Y dejó claro que otorgaba gran importancia al proceso de paz. En Irak, detalló su plan de retirada de todas las tropas americanas hacia el fin de 2011. Por último, declaró que establecería relaciones diplomáticas con algunos de sus adversarios, como Irán y Siria. Y en discursos en Estambul y El Cairo, habló directamente ante las audiencias musulmanas sobre sus nuevas políticas.

El primer reto de Obama en su política de acercamiento a la región vino con la elección del líder del Likud, Benjamín Netanyahu, como primer ministro de Israel en marzo de 2009. Netanyahu era bien conocido desde los años noventa cuando adoptó una línea dura hacia los palestinos y se mantuvo firme, generalmente, frente a los intentos de Bill Clinton, de promover la paz árabe-israelí. Netanyahu era reticente a aceptar la idea de una solución de dos Estados, estaba comprometido en continuar con la política de asentamientos israelíes –especialmente en Jerusalén Este– y era contrario a la idea de las relaciones diplomáticas americanas con Irán, un país que consideraba un peligro potencial para el Estado de Israel. A nadie le sorprendió que a Obama y Netanyahu no les fuera especialmente bien cuando se encontraron y ninguno de ellos se esforzó en acercarse al otro.

El resultado ha sido un estancamiento que ha durado hasta mediados de 2010. Mientras tanto, incluso aquellos que una vez habían creído que la paz árabe-israelí era importante para los intereses norteamericanos en la región, comenzaban a decir que la solución de los dos Estados había pasado. En todo caso, el meollo de la cuestión estaba ahora en el Golfo y en el sur de Asia –Irak, Irán, Afganistán y Paquistán– y lo que allí ocurría poco tenía que ver con israelíes y palestinos. Mientras los americanos esperan aún a ver lo que su presidente finalmente se decide a hacer en Oriente Próximo, otras variables han entrado a formar parte de la ecuación. En 2006-07, John Mearsheimer y Stephen Walt escribieron un polémico artículo, y después un libro, sobre el lobby proisraelí, The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy (New York: Farrar, Straus and Giroux).

En resumen, su argumento era que el lobby proisraelí ejercía gran influencia sobre la política exterior de EE UU en Oriente Próximo y, en muchos casos, esa influencia iba en detrimento de los intereses americanos. El debate abierto por el libro implica que discutir sobre el lobby y su influencia ya no es tabú. En segundo lugar, la comunidad judía norteamericana, cuyas posturas no son monolíticas, ha dado lugar a ciertas “voces en favor de la paz”, incluyendo al nuevo lobby J Street que pretende legitimar la idea de que se puede ser, a la vez, proisraelí y propaz. En 2008, algunos congresistas fueron elegidos con el respaldo de J Street. Mientras juega difícilmente en la misma liga que el temible Comité Israelí-Americano de Asuntos Públicos (AIPAC), al menos J Street y otros hacen frente al discurso dominante.

Incluso más importante, el estamento militar uniformado, en voz del icónico general David Petraeus, jefe del Mando Central y responsable en las guerras de Irak y Afganistán, declaró que su misión hubiera sido mucho más sencilla si hubiese habido una solución al conflicto árabe-israelí. Poco después, el presidente describió esta paz como de “vital interés nacional”, aunque añadió la desafortunada calificación: “no podemos desearla más que lo que ellos la desean”. Mientras el Congreso y los líderes de ambos partidos políticos siguen siendo, sin cuestionar, proisraelíes, algo hace pensar que la opinión pública americana es, en general, más abierta de mente. Los jóvenes norteamericanos están más deseosos de cuestionar la ocupación de Israel, la construcción de asentamientos en territorio palestino y también de pedir justificación por las enormes cantidades de ayuda. Los judíos americanos, que votaron abrumadoramente por Obama en 2008, en gran parte, siguen respaldándole a él y a sus políticas. Más en general, hay un claro y creciente desinterés por el conflicto árabe-israelí en sentido amplio.

Algunos creen que, ahora mismo, una solución es imposible, otros que ya no es un asunto de primordial interés. Otros están, simplemente, más preocupados con otros asuntos de actualidad. Y siempre nos encontramos con el perenne argumento de que las circunstancias “no son las oportunas”. Obama, más que nadie, sabe las respuestas a todas estas reivindicaciones; él tiene los recursos intelectuales para valorar por qué EE UU serviría a sus intereses si pudiera promover la paz árabe-israelí. Obama no está ligado a Israel desde el punto de vista sentimental como parecieron estarlo Reagan o Clinton; pero es un político, con una ambiciosa agenda entre manos y con la necesidad de mantener sus mayorías tanto en el Congreso como en el Senado, siempre que sea posible.

Por eso, cuanto más sienta que debe velar por los intereses nacionales, también notará el peso de la política interior. De cómo compense estas fuerzas en competencia dependerá mucho el futuro de las relaciones entre EE UU e Israel y también las perspectivas de paz en Oriente Próximo.