El orientalismo de Josep Tapiró

Considerado uno de los líderes de la escuela pictórica africanista española, Tapiró describía el aspecto más pintoresco y chocante de la sociedad tradicional tangerina.

Jordi À. Carbonell

Desde la campaña napoleónica de Egipto en 1798, el mundo islámico se convirtió en un lugar común del imaginario romántico. En el ámbito de las artes plásticas, comportó el desarrollo del género pictórico orientalista, que durante la primera mitad del siglo XIX produjo unas imágenes que no podían sustraerse de su carácter fantástico y literario. Dicha pintura, producto de la invención, pretendía evadir al público a un mundo de misterio, de sensualidad y de pasiones irrefrenables, lleno de placeres sensoriales y crueldades inimaginables.

Hacia mediados de siglo XIX el ideal estético evolucionó hacia planteamientos realistas que en la pintura orientalista se tradujeron en la voluntad de transcribir el mundo musulmán con más fidelidad. Al mismo tiempo, la expansión colonial acercó Europa a esa realidad y facilitó su conocimiento directo. Algunos pintores la conocieron participando en campañas bélicas o formando parte de misiones diplomáticas, donde ejercían la labor de cronistas gráficos. En este sentido, la Argelia francesa fue la pionera en ofrecer a los artistas e intelectuales la posibilidad de trasladarse a Oriente de un modo fácil y seguro.

Al cabo del tiempo, la presencia de artistas europeos en tierras asiáticas y norteafricanas colaboró en establecer y difundir unos itinerarios que, con los años, se convertirían en significativos destinos turísticos. Estos lugares, situados junto al mar Mediterráneo, fueron básicamente, Grecia, Turquía, Tierra Santa, Egipto, Argelia, Marruecos y el sur de España. Los dos últimos, que eran los más cercanos, se convirtieron en fuente de inspiración de algunos de los artistas más brillantes de nuestro país. Para los románticos, Andalucía era el único reducto oriental que permanecía en Europa. La evocación de su esplendoroso pasado medieval se convirtió en tema de inspiración de algunas de las creaciones artísticas y literarias más interesantes de la centuria, lo que motivó que la región fuera visitada por un gran número de artistas e intelectuales foráneos.

En algunas ocasiones, la culminación de este viaje a la Europa más meridional consistía en visitar el otro lado del estrecho de Gibraltar, concretamente la ciudad de Tánger, dada su proximidad y el hecho de que se la considerara la continuación de Andalucía, el lugar donde pervivían muchos aspectos de la vida del evocado Al Andalus. Cabe señalar, además, que el resto del imperio jerifiano estaba vedado a los cristianos. Las guías turísticas de fin de siglo solo contemplaban el territorio comprendido entre Tánger, Ceuta y Tetuán, y no garantizaban la seguridad de los viajeros ante los ataques de los bereberes que poblaban esa zona.

Dentro de la geografía orientalista, Marruecos supone un punto y aparte. Las consecuencias de no haber sufrido nunca la dominación otomana y su arraigado sustrato bereber le habían otorgado un carácter distinto al del resto de países norteafricanos. En este sentido, los artistas que lo representaban se distinguieron por su sobriedad. Uno de sus intérpretes pictóricos más significativos fue Marià Fortuny (Reus 1838-Roma 1874), que sería el responsable principal de la expansión del orientalismo pictórico en nuestro país.

Sus composiciones, inspiradas en las tres visitas que realizó a la orilla meridional del Estrecho, constituyen lo mejor de este género temático y, evidentemente, tuvieron una gran influencia en el imaginario de la sociedad de su tiempo. Sin duda, sus imágenes contribuyeron a la creación de los clichés que sus colegas repitieron hasta la saciedad durante el último tercio del ochocientos. Asimismo, su amigo y compatricio Josep Tapiró (Reus 1836 -Tánger 1913), que en octubre de 1871 lo acompañó en el último viaje al norte de Marruecos, tomaría el relevo en el deseo de profundizar en el conocimiento de esa realidad y, pocos años más tarde, se convertiría en el primer artista peninsular instalado en la ciudad de Tánger de forma permanente y definitiva.

Realismo anecdótico

En 1877, después de pasar más de una década en Roma y de consolidarse como acuarelista, estableció su residencia en la ciudad norteafricana. En ese contexto cultivó un costumbrismo similar, en algunos aspectos, al de la etapa anterior, pero en el nuevo escenario tenía a su alcance temas más estimulantes. En realidad, si dejamos de lado el aspecto peculiar de la temática africanista, el objetivismo y la importancia del asunto en sus pinturas correspondían a los planteamientos del realismo anecdótico de moda en toda Europa en el último tercio de siglo. De la misma manera que algunos pintaban el lado más lúdico y agradable de la vida burguesa, Tapiró describía el aspecto más pintoresco y chocante de la sociedad tradicional tangerina.

En general, dentro de su producción se pueden distinguir dos tipos de obras: las que presentan escenas de la vida cotidiana y ceremonias tradicionales en escenarios minuciosamente descritos, y los retratos detalladísimos de la diversidad humana de la ciudad. Estos últimos constituyen la vertiente mayoritaria de su producción. Destacan las novias suntuosamente ataviadas, los tipos populares, los mendigos, los santones y los retratos de personalidades magrebíes ilustres –prueba del prestigio de que gozaba el pintor entre la sociedad autóctona– en gran parte partidarias del acercamiento a las costumbres occidentales y con buena predisposición a ser retratadas.

Cabe decir que la vida de la colonia occidental siempre quedó excluida de sus pinceles, a pesar de constituir su entorno cotidiano más inmediato. Desde el punto de vista comercial, su obra combinaba dos aspectos que la harían atractiva en el mercado inglés: la temática exótica, que encajaba perfectamente en el gusto victoriano, y la técnica de la acuarela, que tradicionalmente gozaba de un gran reconocimiento. Además, el extraordinario realismo de sus imágenes y la técnica virtuosa ayudaron decisivamente a su éxito en el mundo artístico londinense. Durante décadas el pintor viajó casi anualmente a la capital del Támesis y sus creaciones se expusieron con frecuencia en las galerías más importantes de los alrededores de Piccadilly Circus, incluso en algunas ocasiones serían presentadas a los príncipes de Gales y, a menudo, fueron elogiadas por la prensa. A pesar de su carácter objetivo, los cuadros de Tapiró satisfacían, sin duda, la demanda de temática exótica que, en definitiva, era la que le permitía vivir de su pintura.

Su amigo Fortuny no fue tan meticuloso en la descripción de las escenas magrebíes aunque supo captar, en cambio, la magia del ambiente mediante la luz, a menudo de contrastes dramáticos. Tapiró no ejercitó las sutilezas ambientales, no modelaba cromáticamente ni aplicaba la síntesis expresiva que confería el aspecto espontáneo a las obras de su amigo. El contenido preciso y la ejecución virtuosa serían su mejor baza. Para conseguir la impecable verosimilitud preparaba una base de dibujo muy detallado sobre la que aplicaba el gouache y la acuarela. Esta guía inequívoca a la hora de utilizar los pigmentos no dejaba lugar a ninguna improvisación. La vocación testimonial fue una de las motivaciones más importantes en el planteamiento de los argumentos pictóricos. De hecho Tapiró superó la visión estereotipada de sus colegas y realizó una transcripción exacta de los aspectos más llamativos de aquella realidad.

El interés por documentarla era compartido por muchos europeos residentes en la medina tangerina. Los mismos consulados parecían museos etnológicos; incluso la biblioteca del arzobispado todavía tiene un pequeño museo. Por otra parte, algunos intelectuales residentes como Walter Harris, Clemente Cerdeira o Robert Bontine, entre otros, describieron su ambiente y documentaron sus peculiaridades culturales. A su vez, los fotógrafos que entonces trabajaban en la ciudad, G. W. Wilson, J. Blanco o A. Cavilla captaron los diferentes aspectos de la vida cotidiana y las diversas tipologías sociales y raciales. De algunas de sus fotografías se publicarían postales que compraban los visitantes que querían poseer imágenes cargadas de tipismo ya que, en tiempos de nuestro pintor, Tánger se convirtió en un pequeño Oriente que regularmente recibía turistas deseosos de contemplar el exotismo del mundo islámico u oriental.

Condenado al olvido

En algunas ocasiones, la estricta verosimilitud de las acuarelas de Tapiró se ha interpretado injustamente como un simple alarde de su capacidad técnica. Algún destacado estudioso como J. A. Gaya Nuño fue más lejos y afirmó, de manera un poco despectiva, que sus obras eran prácticamente material etnográfico, a causa de su detallado y frío realismo.

No cabe duda del valor testimonial de sus composiciones, ya que captan todos los elementos significativos de aquella realidad y, de hecho, superan algunas de las imágenes elaboradas con finalidad etnográfica. En este sentido, la obra de Tapiró se ajusta perfectamente a lo que, en la época, el académico francés Charles Blanch y el crítico parisino Émile Galichon consideraron pintura etnográfica, refiriéndose sobre todo a las obras de J. L. Gérôme (Vesoul, Alto Saona 1824 – París 1904). Sin embargo, se puede afirmar que el realismo casi científico no excluye en absoluto el incuestionable valor artístico de las acuarelas del pintor reusense. Josep Tapiró fue siempre un defensor de los parámetros artísticos del realismo académico.

Precisamente, sería su estilo conservador, inmutable a los cambios de la modernidad, la causa principal de que al final de su vida se convirtiera en un artista extemporáneo y contribuyó, sin duda, a su posterior olvido. Afortunadamente, hace algunos años empezaron a publicarse algunos trabajos de investigación que han estudiado y valorado la pintura peninsular en el Magreb y han empezado a hacer justicia al artista reusense, considerándolo uno de los principales líderes de la escuela pictórica africanista española, así como el antecedente directo de Mariano Bertuchi (Granada, 1884 – Tetuán, 1955), máximo representante artístico del Protectorado.

Sin embargo, y más allá de que se le reconozca como el primer pintor del Estado que residió en el continente africano y que lo representó sin tópicos literarios ni apriorismos distorsionadores, dada la extraordinaria calidad de sus creaciones y la trascendencia que tuvieron en la pintura orientalista europea, Josep Tapiró merecería ocupar un lugar destacado en los anales de nuestro arte decimonónico.