El Magreb, regímenes, islamistas y oposiciones laicas

“Aunque no se den las condiciones para una pugna democrática, las elecciones de 2009 constituyen una cita política importante”, afirma el líder de la oposición tunecina.

ENTREVISTA con Néjib Chebbi por Ridha Kéfi

Fundador, en diciembre de 1983, del Reagrupamiento Socialista Democrático (RSP), formación reconocida en septiembre de 1998 y rebautizada, en junio de 2001, con el nombre Partido Democrático Progresista (PDP), el abogado Néjib Chebbi cedió la presidencia de esta fuerza política de la oposición de izquierdas democrática a Maya Jribi, primera mujer al frente de un partido tunecino, al concluir el congreso de diciembre de 2006, sin abandonar su puesto como miembro del comité del PDP y director de su periódico, Al Mawkif (semanario en árabe). En estas páginas nos habla de las dificultades de la transición democrática en Túnez y el Magreb, aventurando comparaciones útiles con Turquía.

AFKAR/IDEAS: El Proceso de Barcelona, que arrancó en 1995, pretende alcanzar, por etapas, una convergencia política, económica y cultural entre Europa y los países del sur del Mediterráneo. Doce años después, ¿se puede decir que los países del Magreb van por ese camino?

NEJIB CHEBBI: Todo el mundo coincide en hacer un balance negativo del Proceso de Barcelona. Gracias a los acuerdos de asociación, Túnez y Marruecos han logrado reformar sus legislaciones e instituciones. Ahora bien: se ha podido crear el marco para la cooperación euromediterránea, pero sufre un retraso económico y político. Desde luego, no se esperaba que las inversiones públicas europeas se convirtieran en la locomotora del desarrollo del Magreb. Sin embargo, se confiaba en un partenariado que fomentara la inversión privada europea y la transferencia tecnológica a nuestros países. El desarrollo subsiguiente tendría que contribuir a la creación de empleo, la estabilización de las sociedades, la fijación de las poblaciones y la disuasión de posibles emigrantes. No obstante, se observa que la parte de inversiones europeas destinada a los países emergentes en el sur del Mediterráneo apenas supera el 6% (frente al 44% de América Latina). Las reformas puestas en marcha no han logrado atraer las inversiones esperadas. No se ha producido conversión económica, y menos aún cuando la región del sur del Mediterráneo, incluida África, sigue acusando un gran atraso. Los problemas sociales, como la inmigración, son aún cruciales.

A/I: Y en cuanto a la convergencia política, ¿cuál es la situación?

N.C: A este respecto, se ha hecho incluso menos. La política de vecindad (PEV), que pretende ir más allá del Proceso de Barcelona, es más estimulante, al ofrecer una parte mayor del mercado europeo a cambio de una mayor liberalización y democratización de los países socios. Sin embargo, peca de falta de audacia, pues siempre limita la ayuda a las sociedades civiles, sin plantear el problema de la reforma de los sistemas políticos. Al leer el documento de base de esta PEV, sorprende el doble rasero aplicado a Europa del Este y a los países del sur del Mediterráneo. En el primer caso, las elecciones libres son un requisito para instaurar relaciones de cooperación. En el segundo, no se habla para nada de elecciones libres. La política europea de promoción de la democracia en nuestra región sigue siendo muy tímida, porque Europa teme que el Islam político surja en las urnas.

A/I: ¿Y ese temor no está justificado?

N.C.: Siempre existe un riesgo. En septiembre [la entrevista se realizó a finales de agosto, N. de la R.] se celebrarán a las elecciones legislativas en Marruecos. Todos los sondeos muestran al partido Justicia y Desarrollo [el PJD, partido islamista] como una fuerza emergente. Con la promesa del rey de nombrar primer ministro a un miembro del grupo parlamentario mayoritario, podríamos hallarnos frente a un panorama similar al de Turquía, gobernada por el partido islamista AKP. Este panorama debe precisamente relativizar los temores del surgimiento del Islam político. Hoy, los islamistas de principios del siglo XXI, no son como los de los años setenta u ochenta. Si son capaces de llegar al poder a través de las urnas, no se arriesgan a imitar la experiencia iraní. El ejemplo turco demuestra que el Islam político es capaz de integrar las reglas de la democracia y someterse a ellas. Puede tratarse también de un factor de modernización de la sociedad y de integración en Europa.

A/I: No obstante, hay una diferencia histórica entre el Magreb y Turquía. En ésta última, el Islam político llegó al poder tras una larga fase de maduración democrática que el Magreb no ha conocido.

N.C.: Objeción aceptada. Sin embargo, tomemos el caso de Marruecos. Allí la liberalización comenzó a finales de los años setenta, cuando la monarquía y la clase política llegan a un acuerdo en virtud del cual la primera emprende un proceso de liberalización a cambio de la unidad nacional sobre la cuestión del Sáhara. Así, al concluir el reinado de Hassan II, Marruecos ya se encontraba en vías de liberalización política. Hoy, la libertad de expresión, asociación, reunión y protesta es casi total. Queda por saber si, tras las elecciones, se pasará de la fase de liberalización a la de una verdadera democratización, lo que supone un mayor equilibrio entre poderes. No obstante, en la actualidad el rey acapara el poder. ¿Aceptará compartirlo con el gobierno elegido? Esa es la cuestión. No obstante, el panorama es prometedor, al cumplir, como el turco, dos condiciones, fundamento de toda democracia. La primera es el consenso sobre la economía de mercado y el liberalismo político. La segunda es un equilibrio de fuerzas que obliga a respetar las reglas del juego democrático. En Turquía, el ejército supone un contrapeso capaz de frenar el impulso islamista. En Marruecos, el trono y una clase política laica dotada de una amplia base social (partidos, sindicatos, ONG…) están ahí para obligar a los islamistas a respetar sus compromisos.

A/I: Frente al islam político, los países magrebíes tienen distintas políticas. Los hay que se niegan a reconocer a los partidos que reivindican el Islam (Túnez, Libia).Otros tratan de incorporar esos partidos a la arena política (Marruecos, Argelia y, desde hace poco,Mauritania). ¿Le parece que la región podrá seguir con esa política de doble rasero?

N.C.: Yo empezaría por subrayar el fracaso del erradicacionismo, tanto en Argelia como en Túnez. En Argelia, la guerra civil ha bajado de intensidad. No obstante, el problema del terrorismo está lejos de resolverse, y el sistema político no evoluciona hacia una mejor representación de la escena política. En Túnez, la experiencia democrática, que arrancó a finales de los ochenta, podría haber convertido a nuestro país en un modelo, tanto en el terreno económico como en el político. Sin embargo, acabó como el rosario de la aurora, sobre todo por la política erradicacionista, que abortó esa experiencia, sin que alcanzara su objetivo de acabar con el Islam político. Si hubiera una política común a toda la región con respecto a los islamistas, debería ser la de Marruecos, que trata de integrar el fenómeno, y no de excluirlo. Y es que la democracia es inclusiva, no exclusiva.

A/I: ¿Y ahí radica el sentido de la acción que llevan a cabo en el seno del Movimiento del 18 de Octubre?

N.C: En efecto, aspiramos a integrar a los integristas. Y eso aún es más factible ahora que el islamismo ha evolucionado tanto e incorpora la cultura democrática. No se puede hablar de Ennahda [partido islamista tunecino no reconido] igual que de los talibanes o de los salafistas yihadistas. Se trata de dos fenómenos completamente distintos.

A/I: ¿No cree que el ascenso del yihadismo ha invertido la escala de prioridades en el Magreb, donde la transición democrática ha pasado a un segundo plano, cediendo su lugar a la estabilización?

N.C.: Para mí, el yihadismo es una reacción a la evolución pacífica del Islam político, que en todas partes ha progresado hacia una voluntad de integración pacífica en los sistemas políticos. Sin embargo, este cambio no responde a las necesidades del radicalismo suscitado, en el seno de ciertas franjas de opinión, por la gravedad de los conflictos regionales (Palestina, Irak, Afganistán…) y por el sentimiento de exclusión de los jóvenes. En otras palabras: el yihadismo se subleva contra el islamismo político, al que llega a considerar una herejía que merece el mismo trato que los gobiernos locales y sus protectores extranjeros. En la literatura yihadista, la democracia se considera una herejía. Quienes toman parte en ella, hasta por el mero hecho de votar, se identifican como muchrikin (no creyentes), en la medida en que suplantan con la voluntad humana la voluntad divina, la única que debe gobernar a los hombres. El islam político, pues, ha experimentado una inclinación, entre una tendencia pacifista, que debe ser un elemento de la arena política en nuestros países, y otra yihadista, que debe atajarse mediante las fuerzas de seguridad, pero también por otros medios. Habría que poner fin también a sus orígenes: en el contexto nacional, la pobreza, la exclusión y el despotismo; en el internacional, la agresividad de la política americana en la región.

A/I: Se acusa al Movimiento del 18 de Octubre de hacer una apuesta demasiado arriesgada sobre la posibilidad de integración de los islamistas en la escena política.También es una apuesta cara, ya que divide a la oposición democrática.¿Qué tiene que decir de esas críticas?

N.C.:Todo proyecto incluye un componente de riesgo. En política, el riesgo cero no existe. No obstante, sin arriesgarse no se avanza. Si por riesgo entiende aventura, no, no creo que nuestra apuesta sea aventurada. La decisión del Movimiento del 18 de Octubre de poner fin a la exclusión de los islamistas es el resultado de un largo examen. Desde finales de los años ochenta, se coincide en atribuir a los islamistas tunecinos dos rasgos que los distinguen de los movimientos similares de la región: son bastante racionales y cuentan con capacidades para integrar la cultura democrática. Rachid al Ganuchi, líder del partido islamista Ennahda, afirmaba: “Si el pueblo tunecino eligiera a comunistas, acataría su decisión, pero militaría democráticamente para que esa decisión se revisara y abandonara”.

Los islamistas han pasado por una prueba muy larga. Desde hace 20 años sufren la represión entre rejas o exiliados en las capitales occidentales. Han tenido tiempo suficiente para reflexionar sobre su experiencia y evolucionar hacia posturas más moderadas. Paralelamente a esta evolución, se ha llegado, en el seno de la clase política tunecina, entre todas las tendencias, a un consenso sobre el fracaso de la política erradicacionista. Todo el mundo coincide en reclamar la liberación de todos los prisioneros políticos, incluidos los islamistas, y el abandono del recurso a las fuerzas de seguridad como único medio para abordar el islamismo. Claro que la clase política laica sigue dividida con respecto a la oportunidad de integrar a los islamistas en el juego político. Sin embargo, si tomamos como referente el último congreso de Ettaydid (antiguo partido comunista tunecino), parece que nos encaminamos hacia la separación de dos niveles de acción: una acción por la libertad que debe integrar a todos, incluidos los islamistas, y una acción por el cambio político, que solo debería congregar a las fuerzas que puedan coincidir en un mismo proyecto de sociedad. Por lo tanto, la división de la oposición sobre el tema islamista se está resolviendo.

A/I: Se prevén elecciones legislativas y presidenciales en Túnez para finales de 2009. ¿Cómo se prepara el PDP para la cita electoral?

N.C.: Ya hemos entablado debates al respecto y se ampliarán, tanto en el interior como en el exterior del partido, con vistas a alcanzar una decisión. Los comicios están previstos para dentro de dos años, pero ya han empezado a prepararse, porque el partido del poder ya cuelga carteles alentando al presidente Zin El Abidin Ben Ali a presentarse para un quinto mandato de cinco años. Así que la oposición ha acusado un cierto retraso, pero tiene por delante dos años para trabajar. En cuanto a nosotros, no consideramos que las elecciones de 2009 sean una verdadera cita electoral, en la medida en que no se dan las condiciones para una pugna democrática. Sí constituyen, sin embargo, una cita política, en el sentido de que las fuerzas democráticas deberían movilizarse para tratar de crear esas condiciones. No basta con protestar y presentar reivindicaciones, confiando en que el poder se digne a responder a ellas. Nuestro partido concibe otro modo de actuar, activo, dinámico y sobre el terreno, para intentar que surja una fuerza política capaz de hacer frente a la del partido gobernante. A partir de ahora, debemos escoger a uno o más candidatos que se enfrenten al del poder. La elección definitiva tendrá lugar en noviembre de 2008. Los partidos de la oposición democrática tienen cerca de nueve posibles candidatos. No hay que temer a la multiplicidad de candidatos, pero sería deseable que la oposición lograra unirse en torno a uno solo.

A/I: A menudo se tacha a la oposición tunecina de elitista e incapaz de movilizar a las masas.¿Qué tiene que decir de esas críticas?

N.C.: En todos los regímenes autoritarios, la oposición choca con dificultades. Y es que esos regímenes conducen a los ciudadanos a encerrarse en ellos mismos y perder la fe en la política. Esto debilita a la oposición, porque la lucha se vuelve desigual, entre un aparato del Estado pletórico y unos partidos que no cuentan con el apoyo activo de la población. Por suerte, la sociedad civil empieza a despertarse. Los abogados expresan su disidencia abiertamente. Los magistrados oponen resistencia. Los sindicatos multiplican las huelgas, sobre todo en el sector público. Esta acción social siempre tiene una carga política. Nuestra misión no consiste solo en dar apoyo a las fuerzas en pugna, sino también en tomar parte en la contienda, para lograr que nos apoyen. Si, con la perspectiva de 2009, la oposición consiguiese ese apoyo, la relación de fuerzas cambiaría. Para acabar, quiero decir que ningún régimen es eterno. Al cabo de 25-27 años, hay transiciones que se hacen necesarias y que generalmente son favorables a las fuerzas del cambio.