El Magreb después de la crisis: ¿reactivación o estancamiento?

El Magreb es la tercera región más afectada por la crisis, después de África subsahariana y América Latina.

Hakim ben Hammouda

Cómo se perfila el mundo posterior a la crisis? Esta pregunta centra las preocupaciones de los economistas, políticos y expertos estratégicos. Es verdad que resulta prematuro hablar de “poscrisis”. En efecto, los distintos informes y cálculos publicados estos últimos meses muestran que la recuperación que se inició a principios de 2010 sigue siendo frágil y que el camino para salir de la crisis es largo y está plagado de peligros. Con excepción de los países emergentes asiáticos y de algunos países de América Latina, especialmente Brasil, donde unos ambiciosos programas de reactivación económica han propiciado una vigorosa recuperación del crecimiento, éste sigue siendo débil en otras zonas del mundo.

Esta debilidad es la causa de que el desempleo se mantenga en unos niveles muy elevados y se explica por la disminución de la inversión privada y del consumo de los hogares relacionada con la creciente incertidumbre. Por tanto, la demanda pública, y en especial las inversiones públicas, siguen siendo vectores importantes del crecimiento en un gran número de países. Ahora bien, como se ha puesto de manifiesto en la reunión del G-20 en Ottawa, esta receta keynesiana ha dado origen a un acalorado debate entre los partidarios de proseguir con los programas de reactivación, como Estados Unidos, y los que, como Europa, se enfrentan a una crisis de la deuda soberana de algunos de sus países miembros como Grecia, Portugal, Irlanda o España, y dan más importancia a la reducción de los déficit públicos y a la estabilización macroeconómica.

Pero, a pesar de esta incertidumbre en torno a la recuperación del crecimiento y a la salida de la crisis, ya se ha empezado a debatir el mundo del mañana. Si la crisis puso fin al mundo en el que reinaba el dinero y a los años de despreocupación, la cuestión es reflexionar sobre el mundo del mañana y las normativas que deberán implantarse para hacer frente a las desviaciones del capitalismo financiero. Otras preguntas guardan relación con el porvenir de las distintas zonas y con el lugar que ocuparán en el mundo que se dibuja ante nuestros ojos. ¿Seguirán los países emergentes con su crecimiento fulgurante y se convertirán en las nuevas potencias del mundo? ¿Conseguirá Europa poner fin a su declive y desempeñará un papel más activo en el futuro? ¿Logrará EE UU mantener su ventaja económica y militar y seguir siendo la potencia hegemónica?

Por último, algunas preguntas están relacionadas con la naturaleza del sistema de gobierno mundial ya que, si bien para muchos la crisis actual acabó de manera definitiva con la tentación unipolar, subsisten otros interrogantes en cuanto a la naturaleza de la gestión del orden mundial. ¿Conseguirá el G-20 superar sus diferencias y construir una visión coherente sobre el futuro del planeta? ¿Cederá el G-8 su lugar de manera definitiva al G-20? ¿Optará EE UU por un gobierno mundial con China en el marco de un G-2? Todos los debates sobre el mundo posterior a la crisis giran en torno a estas preguntas. Y aunque sea prematuro formular unas respuestas, el perfil de ese orden posterior a la crisis ya empieza a dibujarse. A este respecto, la novedad más importante está sin duda relacionada con la creciente importancia del mundo emergente y en especial la de los BRIC (Brasil, Rusia, India y China) en la escena mundial.

Estos países salen reforzados de la crisis y su peso económico en la escena mundial no hace sino acrecentarse día tras día. Por otra parte, los países emergentes están intensificando sus intercambios y la cooperación, sobre todo con los países africanos. Otro elemento básico del mundo posterior a la crisis es el protagonismo de EE UU, que seguirá siendo por mucho tiempo la primera potencia del mundo, aun cuando renuncie a su poder hegemónico. Otra cuestión importante es la que atañe al debilitamiento de Europa, cuyos dirigentes experimentan grandes dificultades para superar las diferencias y asisten impotentes a la marginación del Viejo Continente en el mundo posterior a la crisis. Por último, hay que añadir el despegue de África, que ha podido retomar rápidamente la senda del crecimiento y diversificar al mismo tiempo sus relaciones internacionales al tratar de huir de la supremacía de las antiguas potencias coloniales y entablar unas relaciones más estrechas con las nuevas potencias emergentes, especialmente con los BRIC.

¿En qué punto se encuentra el Magreb y qué futuro se vislumbra para la región?

Sin embargo, la pregunta que se nos plantea con los sobresaltos del mundo posterior a la crisis es cuál será el futuro del Magreb. ¿Estarán los países magrebíes en disposición de iniciar una nueva época de cooperación que les permita tomar definitivamente la senda de la reactivación? ¿O, por el contrario, no lograrán superar los obstáculos y se verán abocados a un fuerte estancamiento y a la marginación en la escena internacional? Estas incógnitas se plantean en un momento oportuno, ya que la mayoría de las grandes economías magrebíes han empezado a recobrar parte de su dinamismo tras la crisis que se inició en otoño de 2008.

Esto nos brinda la oportunidad de hacer un balance sobre el impacto que la crisis mundial ha tenido en la región y sobre su capacidad para salir adelante y recuperar sus dinámicas de crecimiento. Antes de la crisis, la zona registraba una fuerte dinámica de crecimiento, con una media del 4,4% entre 2000 y 2005. Este crecimiento se consolidó y se reforzó en 2006 y en 2007, hasta llegar a una media anual del 6%. Aun sin alcanzar los niveles de los países emergentes durante los años anteriores a la crisis, las economías magrebíes lograron encuadrarse dentro de esa efervescencia económica que tiene su origen en el Sur y que contrasta con la atonía en los países desarrollados, hasta el punto de que algunos han hablado de una desconexión entre los ciclos económicos del Norte y del Sur.

Sin embargo, la crisis que golpeará al crecimiento tanto en el Magreb como en los demás países en vías de desarrollo pondrá en entredicho esta dinámica. En efecto, el crecimiento va a perder parte de su fuerza en esta zona. En 2008 la media era del 5%, antes de caer hasta el 3,8% en 2009. El Magreb es la tercera zona más afectada por la crisis después del África subsahariana y América Latina. Varios son los factores que han dado pie al contagio de la crisis mundial al Magreb en su conjunto, aunque su impacto varía en función del país. Entre otros, destaca la disminución de las inversiones extranjeras directas, sobre todo las procedentes de los países del Magreb, así como de las exportaciones de Túnez y de Marruecos debido a la caída de la demanda en los países desarrollados, en especial en el mercado europeo, adonde se dirige la mayoría de las exportaciones magrebíes.

Por otra parte, Argelia ha sufrido una caída de los ingresos derivados de las exportaciones debido a la bajada de los precios del petróleo, tras los máximos alcanzados en 2007 y 2008. El impacto de la crisis también se ha propagado por el Magreb a causa de la bajada de los ingresos procedentes de los trabajadores emigrantes, puesto que gran parte de éstos ocupa empleos en sectores frágiles a los que la crisis afectó primero. Por último, hay que mencionar al sector turístico, el cual, a pesar del aumento de entradas y estancias registrado en los países del Magreb, ha visto caer sus ingresos ya que los turistas, afectados también por la crisis, gastan menos. El otro interrogante es cómo se las arregla el Magreb en esta crisis mundial y si la región ha logrado recuperar su ritmo de antaño.

Hay que señalar que ha logrado remontar en parte la pendiente, y los pronósticos sobre el crecimiento de sus economías sitúan una media del 4,1% para 2010. A este respecto, destacan los esfuerzos de los poderes públicos, que se han mostrado muy activos y han respondido a la crisis implantando programas de reactivación presupuestaria, una política monetaria menos severa y más flexible y planes de inversión en infraestructuras con el fin de que la demanda pública tome el relevo de las exportaciones. El conjunto de estas medidas ha permitido a los países del Magreb retomar la senda de un crecimiento más vigoroso que el de 2009. Sin embargo, un estudio comparativo con las demás zonas en vías de desarrollo muestra que el Magreb es la que peor se las arregla, mientras que las demás registran unos ritmos de crecimiento más vigorosos, incluidas aquellas a las que la crisis ha afectado más duramente, como África subsahariana y América Latina.

La cuestión que se plantea es averiguar por qué la respuesta frente a la crisis ha sido tan débil. A este respecto, se pueden adelantar dos explicaciones. La primera está relacionada con la debilidad del dinamismo interno del crecimiento. En este sentido, hay que señalar que el universo de la política económica en el Magreb sigue estando marcado por la cultura de estabilización derivada del Consenso de Washington y por la influencia del tratado de Maastricht. Por tanto, y aunque los poderes públicos tomaran medidas para responder a la crisis, éstas no han tenido ni la fuerza ni la magnitud de las que se han implantado en otras zonas y que les han permitido convertir esta crisis en una nueva oportunidad.

También cabe mencionar las debilidades estructurales de las economías magrebíes, que siempre dependen del petróleo o de productos que requieren un uso intensivo de mano de obra, cada vez más marginados en los mercados internacionales. A estos factores internos se suman otros relacionados con el entorno internacional y regional. A este respecto, los pocos progresos de la construcción de un espacio regional en el Magreb impiden que el mercado regional tome el relevo de un mercado internacional en plena recesión. Por último, hay que destacar la fuerte dependencia del Magreb con respecto a una Europa que permanecerá aletargada durante varios años debido a la adopción de programas de austeridad en la mayoría de los países y que exige, por tanto, una verdadera estrategia de diversificación de sus socios.

La crisis ha puesto al descubierto las dificultades estructurales de las economías magrebíes y la necesidad que tiene esta zona de llevar a cabo las transiciones y las reformas necesarias a fin de convertir la investigación y las nuevas tecnologías, el refuerzo de la cooperación regional y la diversificación de sus socios, en resortes de su futuro desarrollo.