El despertar árabe en cifras: ‘the wakerisk’

Aunque haya determinado el momento del estallido de las revueltas, el motor del despertar árabe no debe buscarse en el ámbito económico sino político.

Eva Medina y Alejandro Lorca

Desde diciembre de 2010 el mundo árabe se ha enfrentado a acontecimientos a los que la literatura especializada y la prensa occidental han bautizado con el nombre de Primavera árabe, pero que los autores prefieren llamar Despertar árabe, tal y como es conocido en la región. Estos acontecimientos se han caracterizado por desobediencias civiles, con protestas de la ciudadanía que demanda cambios a sus líderes políticos. Desde el principio, se han publicado diversas opiniones sobre los factores desencadenantes del despertar árabe, que en sus distintas versiones (protesta, revuelta o preguerra) se ha manifestado con más o menos intensidad según los países. Los regímenes políticos en el mundo árabe son muy diversos, sus historias, economías y organizaciones sociales desiguales.

Y los resultados hasta ahora también son diferentes. Sin embargo, se habla de un denominador común que justifica el despertar árabe: un fenómeno liderado por una población joven, que en un contexto de pobreza, inflación de los precios de los alimentos y alto nivel de desempleo, se revela contra líderes represivos, cuya elevada antigüedad en el poder ha facilitado la acumulación de grandes fortunas mediante, en muchos casos, la aplicación de prácticas corruptas. Todo ello en un contexto donde el creciente uso de internet y de las redes sociales acelera el proceso de contagio entre países. Las consecuencias de este movimiento libertario preocupan a los distintos actores del entorno internacional.

A las naciones protagonistas de los movimientos, por la inestabilidad económica y los desequilibrios políticos que pueda generar; al resto de naciones árabes donde aún no se ha propagado el movimiento, por la amenaza que supone a la estabilidad de sus gobiernos; y a la comunidad internacional en general, por sus efectos en términos de presión sobre los precios de la energía, aumento de la presión migratoria, radicalización del terrorismo y de las corrientes extremistas musulmanas. En este contexto, en las siguientes líneas se presenta la construcción del indicador “wakerisk” que permitirá asignar una puntuación a los países según su exposición a estos episodios. Para ello, y como paso previo, será necesario identificar el peso o relevancia que los factores desencadenantes del despertar árabe han tenido en el proceso, lo que permitirá obtener una ponderación con la que realizar su agregación.

La vertiente cuantitativa del análisis nos obliga al uso de técnicas matemáticas, práctica no muy común en el análisis de las relaciones internacionales. Si bien existen pocas revistas y centros de investigación en donde se lleva a cabo esta tarea, los autores de este trabajo somos firmes defensores de ella (es una de las características esenciales del Máster en Economía y Relaciones Internacionales: Geopolítica y Geoeconomía de la Universidad Autónoma de Madrid- MERIGG). Con respecto a esta polémica, las relaciones internacionales están en una situación similar a la que estaban las ciencias económicas en los años veinte. En esa década, se empezaron a recoger datos sobre variables económicas que se creían factores relevantes en los hechos económicos, pero no fue hasta la siguiente década cuando John Maynard Keynes, en su Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero, construyó el marco conceptual donde estas variables se relacionaban.

Con la aparición de la sociedad de econometría, y los trabajos de la Cowles Commission en los años treinta, se allanó el camino hacia el uso generalizado de las matemáticas como lenguaje de análisis de la economía. Desde las décadas pasadas, las relaciones internacionales están atravesando un camino similar. La utilización de las técnicas formalizadas es posible hoy por la aparición periódica de datos sociales y políticos que posibilitan la cuantificación de las variables relevantes en las relaciones internacionales. Existen múltiples datos oficiales y no, recogidos por fundaciones y centros de estudios privados y públicos, que sin duda se irán multiplicando en el futuro. En el campo de las relaciones internacionales no ha aparecido aún “el Keynes” que se precisa para construir el marco teórico en el que se muevan e interrelacionen las variables, pero estamos seguros de que lo hará en un futuro.

Desencadenantes del despertar árabe

El “despertar árabe” no se ha manifestado ni de la misma forma ni con la misma intensidad en los distintos países de la zona. Si bien todos comparten rasgos comunes que favorecerían la aparición de estas revueltas, la primera pregunta que nos hacemos es ¿por qué no se han producido de manera más generalizada? Podemos distinguir claramente dos grupos de países. Aquellos donde las protestas han sido más intensas, que denominaremos países “con revolución”, en el que se encuentran Bahréin, Egipto, Libia, Siria, Túnez y Yemen; y el resto, agrupados en los denominados países “sin revolución”.

Probablemente el comportamiento de los factores desencadenantes del proceso no ha sido el mismo en los dos grupos, por lo que la comparación entre ambos permitirá identificar aquellos rasgos que comparten los países “con revolución” y que los diferencian de los países “sin revolución”. De una base de datos de cerca de 50 variables para más de 170 países, se ha agregado la información de partida, a través de la técnica estadística de componentes principales, obteniéndose 11 factores (gráfico 1), que miden, en una escala de 0 a 10, lo que la literatura especializada en la materia define como desencadenantes del despertar árabe.

Parece lógico pensar que si, por ejemplo, el factor desempleo es uno de los desencadenantes de las revueltas, los países en los que éstas se han manifestado con mayor intensidad registren mayor puntuación para esta variable que el resto. De la misma manera, si este factor registrase puntuaciones similares en ambos grupos, no sería un factor explicativo del despertar árabe ya que un mismo nivel de desempleo no habría generado un efecto similar en todos los países. Para detectar si los valores medios de los factores son significativamente distintos en los dos grupos, se realiza un análisis de la varianza (ANOVA) que permite contrastar la hipótesis de igualdad de medias en los valores de los indicadores de ambos grupos. El rechazo de esta hipótesis permitirá identificar las variables que registran un comportamiento diferente en los países más inestables y que, por tanto, más importancia tienen como desencadenante de las protestas.

Los resultados revelan que no todos los desencadenantes del despertar árabe identificados desde un punto de vista teórico han tenido la misma importancia en el desarrollo del fenómeno. Así, solo se encontraron diferencias estadísticamente significativas entre las medias de ambos grupos para los factores relacionados con la ausencia de libertades democráticas, el número de años en el poder y la corrupción. Aunque la diferencia de medias para los casos de educación y pobreza puede parecer elevada, la gran dispersión existente en los datos explica que esa diferencia no resulte estadísticamente significativa.

Para el resto de variables –desigualdad de renta, ausencia de gobernanza, uso de tecnologías de la información, porcentaje del gasto en alimentos en presupuesto familiar, desempleo y edad media de la población– las diferencias de medias no resultaron muy elevadas y, por tanto, no se consideran significativas desde un punto de vista estadístico. Con todo, los países “con revueltas” se caracterizan por tener gobiernos con muchos años en el poder, elevada corrupción y escasas libertades democráticas. En relación con los factores demográficos no se observan grandes diferencias: en ambos grupos el peso de la población joven es similar y también lo son sus niveles educativos. Aunque a priori pudiera parecer que la educación es ligeramente superior en los países “con revueltas”, como ya se ha indicado, esas diferencias no resultaron significativas desde un punto de vista estadístico.

En relación con los factores económicos, se registran también valores muy similares en ambos grupos e incluso algo peor para aquellos países que no han registrado protestas. Así, mientras que la crisis económica actual está teniendo un efecto similar en las tasas de desempleo de ambos grupos, los niveles de pobreza y desigualdad de la renta son incluso peores en los países “sin revueltas”, lo que limita la importancia de este factor como desencadenante del proceso. A partir de estos resultados se puede concluir que el motor del despertar árabe no debe buscarse en el ámbito económico sino en el político. No hay duda de que los aspectos económicos están presentes en los jóvenes de la plaza de Tahrir, y que son los que han determinado el estallido de las revueltas.

En un contexto de pobreza, se han combinado las fuertes alzas en los precios de los alimentos con un rápido crecimiento del desempleo, sobre todo entre los jóvenes, lo que ha generado una masa de descontento que ha abonado el camino hacia las revueltas. Sin embargo, aunque éste ha sido el contexto económico general en la región de Oriente Medio y Norte de África, la respuesta no ha sido la misma en todos los países: las revueltas más violentas se han registrado, no en los que tienen peores condiciones económicas, sino en aquellos con menos libertades y más corrupción. Son, por tanto, los aspectos políticos la motivación predominante: lo que demanda el despertar árabe de sus gobernantes es transparencia y libertad.

¿Qué posición ocupa cada país?

Si centramos el análisis en los factores con mayor poder explicativo del despertar árabe, podemos clasificar a los 16 países analizados en cuatro cuadrantes (gráfico 2). El eje horizontal mide la ausencia de libertades democráticas, variable que aumenta de izquierda a derecha, mientras que el eje vertical mide el nivel de corrupción que crece de abajo hacia arriba: es decir, en el cuadrante superior-derecho estarían los países más corruptos y con mayor ausencia de libertades democráticas.

La primera conclusión es la fuerte relación entre ausencia de libertades civiles y corrupción: son los países con gobiernos más represivos los que a su vez registran mayores niveles de corrupción (cuadrante “A”). Tres de los seis países “con revueltas” se sitúan en este cuadrante (Yemen, Libia y Siria) –países donde la violencia aún está presente en el momento de escribir estas líneas, acercándose, incluso, a una guerra civil. Todos estos países comparten un rasgo, que hasta ahora no se ha incluido en el análisis por resultar de difícil medición: nos referimos a la existencia de enfrentamiento entre facciones. En el caso de Yemen y Libia el enfrentamiento se produce entre tribus, mientras que en Siria se da entre facciones religiosas.

Los otros tres países donde también se han registrado protestas –Egipto, Túnez y Bahréin–, se encuentran más próximos al centro de coordenadas. Se trata de países que han soportado un despertar árabe intenso, aunque corto, que en el caso de Egipto ha terminado con el control del poder por el ejército y en el de Bahréin con la intervención de Arabia Saudí. Son países, a su vez, donde existe un mayor peso del ejército: en Egipto y Túnez, éste se ha impuesto con la promesa, para algunos dudosa, de un cambio hacia un gobierno de libertades y transparencia. Dentro del cuadrante “A” de mayor riesgo se sitúan también dos países, Arabia Saudí y Sudán, donde no se han registrado revueltas violentas.

En el caso de Arabia Saudí apuntamos dos factores que están evitando la violencia: por un lado, la capacidad financiera para “comprar la protesta” gracias a los ingresos que aporta el petróleo; y, por otro, un factor religioso que actúa de estabilizador, como es el wahabismo y su estructura de poder por medio de las mezquitas. Sudán es también un país con alto riesgo, agravado por el enfrentamiento Norte- Sur. Aunque esta lucha ha acabado por dividir en julio de este año el país en Sudán y Sudán del Sur, el conflicto por una zona petrolera sigue abierto y con ello el riesgo presente. En el cuadrante “B” están los países con alta corrupción, pero con más libertades que los países del cuadrante “A”.

Aquí se sitúan Líbano, Argelia y Marruecos, donde los gobiernos han puesto en marcha diversas reformas, sobre todo en Marruecos, pero cuyos resultados a la hora de apaciguar las revueltas está por ver. Mientras que en Argelia el gobierno podrá “comprar por algún tiempo la protesta”, el gobierno de Marruecos no tiene capacidad financiera para hacerlo y tendrá que avanzar en las reformas, como por ejemplo en la descentralización del poder, hoy en manos de “Palacio”. En el cuadrante “C” están situados los países en mejor situación, es decir, con mayores libertades y menor corrupción y que, por tanto, se encuentran lejos de un despertar árabe violento. Aunque en un próximo futuro, debido al “efecto contagio”, la situación podría empeorar.

El indicador ‘wakerisk’

Una vez identificados los factores explicativos del despertar árabe es posible construir un indicador que, otorgando una puntuación por país, cuantifique su exposición al riesgo. Para ello se ha realizado un análisis de componentes principales que ha permitido construir el indicador “wakerisk”, que recoge el 83% de la información que aporta cada factor de forma individual. Los resultados de este análisis se detallan en el cuadro 1 donde los países aparecen ordenados de mayor a menor nivel de riesgo.

Los países que registran mayor “wakerisk” son Yemen (10), Libia (9,6) y Siria (9,3), donde la violencia en la calle hace que se aproximen, o terminen, en una guerra civil. En el caso de Túnez (7,0) y Egipto (7,2), países donde el despertar árabe, aunque violento, fue corto y pasaron a un proceso de transición con cierta rapidez, el “wakerisk” registra valores más bajos. Tal y como se ha comentado, se trata de países donde el desarrollo del despertar árabe se podría interpretar como un “golpe militar camuflado”. Entre ambos grupos y, por tanto, con valores altos en el indicador “wakerisk”, encontramos países que, de momento, no han asistido a un despertar árabe. Se trata de Arabia Saudí, Sudán, Argelia y Marruecos.

El más preocupante es Arabia Saudí dado su papel clave en la oferta del mercado del petróleo. Cualquier interrupción de su producción supondría un holocausto petrolero. Por otro lado, el hecho de ser productores de petróleo, como Argelia y Sudán del Sur, genera capacidad financiadora para mantener una política de subvenciones, una forma “de comprar a los desobedientes civiles” utilizada en el mundo árabe. Los países con menor “wakerisk” son Qatar (4,9) Jordania (5,6), Kuwait (5,9), Omán (6,1) y Emiratos Árabes Unidos (6,3). El panorama, como hemos visto, es muy distinto entre países. En algunos, el “despertar” se ha convertido en una “guerra cuasi-civil”, donde los dirigentes se aferran al poder. En otros, en los que el “despertar” aunque intenso, fue corto, es previsible que la transición a la que han pasado con cierta rapidez se convierta en un periodo de larga duración.

Además, existe un grupo de países en los que el riesgo de un “despertar” es elevado por lo que, dada su importancia estratégica en la economía mundial, deberemos estar atentos a su evolución. Sin embargo, todos los casos comparten un nexo en común, la demanda, por parte de sus ciudadanos, de cambios que impliquen libertad y transparencia, y que les devuelva la confianza en sus gobernantes.