El ‘Año de Marruecos en España’/ El ‘Año de España en Marruecos’

Las relaciones culturales entre ambos países requieren un verdadero impulso, más allá de actuaciones puntuales.

Cecilia Fernández Suzor, consejera editorial de AFKAR/IDEAS

Estamos acostumbrados a unas relaciones con Marruecos en forma de picos y valles, en las que se pasa de un clima de confianza al despecho absoluto, de cierto entendimiento a la desconfianza total. Con el nuevo gobierno, parece que volvemos a subir la pendiente del casi abismo en el que habíamos caído con la retirada de embajadores, el no acuerdo de pesca, la invasión del islote Perejil, la vista gorda ante las salidas de pateras, el posicionamiento español respecto a la guerra de Irak, y a no se sabe cuántos atropellos más. Los gobiernos marroquí y español parecen decididos a superar lo que no se logró, incluso cuando sus embajadores retornaron a sus puestos en enero de 2003.

No pocos hechos, sin embargo, pueden añadir dificultades a este reencuentro con nuestros vecinos: desde el flujo constante de pateras hasta los acontecimientos del 11 de marzo de 2004, dos realidades inmediatas que, desde luego, no van a contribuir a modificar la imagen de Marruecos en buena parte de la opinión pública española y, en efecto bumerán, la que de España puedan tener en Marruecos.

La “atención preferente” y la búsqueda de “entendimiento profundo” que en su discurso de investidura el presidente José Luis Rodríguez Zapatero reclamaba, se ha traducido en el plano cultural en múltiples declaraciones y en la intención concreta de celebrar “un año de Marruecos en España”, retomando el nombre del celebrado en Francia en 1999, así como en cierta movilización de los responsables de la cultura española para desplegar su presencia y actividad en Marruecos, actitud e iniciativa loables donde las haya.

Pero, aunque las comparaciones sean odiosas, no se ve –quizá porque sea pronto– que en este país se haya puesto en marcha la misma movilización que se emprendiera para su concepción y puesta en marcha en Francia, donde todos los estamentos potencialmente implicados, desde los ministerios de Cultura, Educación, Asuntos Exteriores, hasta las estructuras administrativas del país (regiones, departamentos, ayuntamientos) pasando por los museos, las universidades, las escuelas y un largo etcétera de instituciones de todo géne¦ro, se concentraron y concertaron para generar actividades en torno a ese “año de Marruecos”.

A esta iniciativa, que tras la visita de los Reyes de España a Marruecos se fija para 2006, parece adelantarse la celebración de un “Año de España en Marruecos” en este año que comienza Sin embargo, muchas de las personas que de una manera u otra han seguido de cerca la relación cultural con Marruecos, temen que esta nueva actitud solape la necesidad de una reflexión objetiva que permita de verdad llegar a ese “entendimiento profundo”. Sabido es que, desde hace bastantes años, España ha dedicado importantes recursos a la cooperación educativa y cultural en el país vecino. Pero desconocemos, sin embargo, cuál es la rentabilidad cultural, educativa y social que se ha obtenido. Pero si ésta se mide en términos de impacto sobre la sociedad marroquí y sus gobernantes, España está muy a la zaga de otros países.

Por su parte, la presencia cultural de Marruecos en España –que no es inexistente, aunque sí para la gran mayoría– se ha debido más a la iniciativa de personas, de asociaciones o grupos, con el apoyo ocasional de alguna administración o institución que a un esfuerzo por parte de la administración marroquí. Pero en cualquier caso, si de algo han carecido estas iniciativas, es de repercusión alguna sobre la opinión pública española en el sentido de aproximarla al menos a la realidad cultural de nuestro vecino más cercano por el Sur.

Con independencia de lo bienvenidas que serán iniciativas como el año o el tiempo de Marruecos en España y el eventual año o tiempo de España en Marruecos –iniciativas que tienen que ver más con la decisión política de “ser amigos” pero que corren el riesgo de quedarse en la anécdota cuando no en el tópico–, las grandes cuestiones se deben centrar en cómo lograr un acercamiento real de las sociedades civiles de ambos países, que es lo que de verdad llevará a un mejor conocimiento recíproco y, en consecuencia, a gozar de un carácter más estable en el ánimo de las relaciones y menos dependiente de las emociones del momento. En cómo conseguir un acercamiento que no tenga, por parte española, el sesgo paternalista que a menudo ha empapado su acción cultural en Marruecos. Y, por último, en cómo lograr que Marruecos considere oportuno también cierta inversión en acción cultural en España.

Muchos recursos pero ningún proyecto global

En el plano educativo y cultural, la presencia de España en Marruecos es la más significativa que nuestro país lleva a cabo en el exterior: 10 centros de enseñanza reglada, una presencia importante de asesores técnicos dependientes de la Consejería de Educación y cinco institutos Cervantes dedicados a la difusión del español como lengua extranjera y a la de la cultura española. Respecto a los centros de educación reglada y otros recursos educativos, los expertos que los conocen en profundidad aprecian cierta indefinición de objetivos y, por tanto, la ausencia de un proyecto bien definido que repercuta en una mejor adecuación de los importantísimos recursos invertidos.

Para ello, recojo a grandes rasgos lo que señalan estos expertos como líneas prioritarias de actuación y que se centran, fundamentalmente, en una remodelación de la red y una redistribución de las asesorías técnicas, más equilibrada respecto a ciertas zonas significativas del país, a la vez que una mayor coordinación entre los distintos servicios educativos y culturales que incida en la complementariedad de los recursos.

Estas líneas prioritarias deberían concretarse en el apoyo efectivo a las secciones de español de los centros educativos marroquíes, potenciando así la enseñanza del español a menor coste, sobre todo en las zonas sin presencia de servicios educativos y culturales españoles, como los grandes núcleos de Marraquech, Mequínez o Uxda. Respecto al currículum escolar que se imparte en estos establecimientos, estos expertos consideran también que se deben favorecer la creación de más módulos de formación profesional adaptados a las necesidades de desarrollo, así como el establecimiento de programas puente entre los participantes en estos módulos formativos y las empresas del país, en particular las españolas, tan abundantes en Marruecos.

Por último, inciden en la necesidad de fomentar programas conjuntos de formación de profesores marroquíes de español que abarquen aspectos culturales, además de metodológicos o didácticos. En cuanto a la acción puramente cultural de España, sea a través de los institutos Cervantes como a través de las iniciativas que cada vez más llevan a cabo algunas Comunidades Autónomas, en particular Cataluña y Andalucía, sería necesario incidir en programaciones que fomenten el debate en torno a asuntos centrales en nuestras sociedades respectivas, como pueden ser el fenómeno migratorio, las relaciones hispano-marroquíes, el intercambio de experiencias, el futuro de Europa y del Magreb, la descentralización, la ecología, el desarrollo sostenible, etcétera.

Líneas de actuación que además se podrían compartir con otros institutos culturales europeos, dando así más sentido a la pertenencia europea de España y, por qué no, favoreciendo su papel de puente entre África y Europa. Si es cierto que hoy podemos decir que los centros del Instituto Cervantes han conseguido establecer una relación de colaboración estable con las instituciones marroquíes, sobre todo, las –llamémoslas– “oficiales”, es necesario más que nunca que sus programaciones culturales se esfuercen por abrirse a los colectivos, cada vez más numerosos, de intelectuales y artistas de la sociedad civil, constituyéndose en auténticas plataformas de encuentro cultural.

Fomento de la inversión cultural marroquí en España

Respecto a la presencia de Marruecos en España, ya se ha sugerido más arriba, lo bienvenida, por no decir necesaria, que sería cierta inversión en presencia cultural en nuestro país. Si antes se ha hablado de cierto sesgo paternalista que España ha podido tener y todavía tiene en determinados enfoques de su actividad en Marruecos –en particular en la manera en que a menudo se ha fomentado lo residual hispánico en la vida y cultura marroquíes– lo cierto es que, por parte de los responsables de Marruecos, podemos decir que sólo se hacen presentes, tangencialmente, colaborando en iniciativas que más bien han partido de España, pero rara vez se ha visto una voluntad clara de movilizar a sus artistas e intelectuales –asumiendo los costes– para darse a conocer en España.

Ello es más penoso todavía por cuanto, además de la perentoria necesidad de ayudar a cambiar la imagen más bien mala que de él tiene la opinión pública española, Marruecos cuenta con una población cercana a 400.000 ciudadanos residentes en España a la que dar también la seguridad de que su país de origen tiene un acervo cultural perfectamente homologable en muchos aspectos al de los países culturalmente avanzados.

Es posible que al trabajador marroquí de la construcción residente en Leganés o al peón agrícola marroquí de Talayuela, poco le diga de entrada que se está –hipótesis– exhibiendo una muestra de arte marroquí en el Centro de Arte Contemporáneo Reina Sofía con obras de artistas de la talla y renombre internacional de Fuad Bellamin, Mohamed Kacimi, Farid Belkahia, Milud, Abdelkrim Uazzani, Hassan Slaui, Mohamed Drissi, Saffa Eruas, Yunes Rahmun o Hicham Benohud, por citar ejemplos de distintas generaciones que me vienen a la memoria entre los muchos existentes.

Pero con seguridad no será así para unas segundas generaciones que verán en ello el reconocimiento de su identidad en un plano igualitario. Además, habría llegado entonces el momento para los popes españoles del arte de admitir que existe un arte contemporáneo marroquí que no los decepcionaría como expertos, aunque les hubiera sorprendido en su ignorancia. Y lo mismo diríamos de la música, la narrativa, la poesía, el ensayo, la arquitectura, el interiorismo o incluso de la nouvelle cuisine marroquí.

Pero en todo este panorama y entre todas las recetas, recomendaciones y buenas intenciones, lo que más puede ayudar a ese entendimiento profundo de nuestras dos sociedades será la estabilidad de las acciones educativas y culturales de nuestras presencias mutuas en los respectivos países, la deserción de cualquier manifestación que responda sólo a cubrir el expediente político. Es decir de la manifestación puntual frente a la perseverante. Ello se logrará no sólo a través de sesudos y atractivos programas de actividades, sino auspiciando el intercambio de estudiantes, ayudando a ensanchar el campo de los contactos entre universidades, entre sus programas de investigación y, sobre todo y fundamentalmente, llevando a cabo políticas que incidan en la traducción y publicación de obras literarias, científicas, divulgativas, históricas, sociológicas o políticas, en las dos direcciones.

Asimismo se deberían fomentar programas complementarios allí donde unos pueden enseñar a otros. No poco podría recuperar España en técnicas artesanales que compartió con el mundo árabe y que hoy sólo allí se conservan; no poco podría aprender Marruecos para la preservación y valorización de su patrimonio arquitectónico de las políticas llevadas a cabo en este ámbito en España, por poner dos ejemplos.

Concluiré señalando que hay otro campo de complementariedad que se debería atender urgentemente porque podría estar en la base de un cambio de actitudes: sería por parte de España, el de una colaboración inteligente en las universidades marroquíes para contribuir a la modernización y homologación del hispanismo marroquí, no sólo en el campo de los estudios filológicos, porque los hombres y mujeres que hagan de España y de lo hispánico el objeto de su profesión, serán los agentes privilegiados en las relaciones hispano-marroquíes. A la inversa y en reciprocidad, Marruecos podría contribuir en la formación del arabismo español, igualmente entendido en sentido amplio, ofreciendo sus universidades a los arabistas españoles y sirviendo de puente para un mejor conocimiento de los españoles sobre el mundo árabe.