Egipto: la segunda revolución

Los jóvenes egipcios, que reclamaron libertad, dignidad y una vida mejor, deben ahora ser guardianes de la transición y no permitir soluciones tímidas.

Bichara Khader, Senén Florensa

En el mundo árabe sopla un viento de libertad. Zine El Abidine Ben Ali, el destituido presidente de Túnez, se dió a la fuga, mientras en Egipto, Hosni Mubarak vive ya retirado. Otros regímenes se ven zarandeados y se tambalean. El déspota libio es execrado por su pueblo y por todo el mundo. Toda la región árabe está en efervescencia. Después de la primera descolonización, que puso fin a la presencia europea en el mundo árabe, llega ahora la segunda descolonización, la que consiste en desembarazarse de los regímenes poscoloniales –repúblicas autoritarias o incluso repúblicas dinásticas– que cerraron a cal y canto el espacio político acaparando, y en muchos casos dilapidando, las riquezas de sus respectivos países.

Lo que se inició en Túnez y Egipto, ante nuestros ojos, es literalmente inédito: una auténtica revolución popular dirigida por unos jóvenes sin afiliación en ningún partido político y sin líder, gritando eslóganes “modernos” que reclaman dignidad, libertad y una vida mejor. Con un coraje inaudito, estos jóvenes han desafiado el sistema policial y han destruido la barrera del miedo, derribando a unos regímenes que, durante décadas, han impuesto un clima de terror, pero que al mismo tiempo eran considerados una garantía de estabilidad.

No debe confundirse lo que está sucediendo en el mundo árabe con un “motín del hambre”: uno de los eslóganes coreados en la plaza Al Tahrir de El Cairo era: twarat al ahrar wa laysa thawrat al-juaa, que significa “revolución de la libertad y no revolución del hambre”. Este eslogan revela perfectamente la profunda humillación que sentían los egipcios frente a un régimen que, en el terreno interno, confiscó la palabra del pueblo y la esperanza de los jóvenes, mientras que en el externo relegó a Egipto –con su peso demográfico, su profundidad histórica, su centralidad geográfica y su potencial de liderato– a un papel insignificante. Los medios de comunicación han puesto mayor énfasis en la vertiente interna de la humillación: represión, corrupción y régimen autoritario.

En cambio, la vertiente externa de la humillación no ha atraído demasiado su atención. Pues bien, esta última es igual de importante. Hay que escuchar a los intelectuales egipcios enumerar sus quejas para entender el estado de degradación de un país que, durante toda la etapa Nasser, fue, pese a posibles errores, el corazón palpitante del arabismo y el timonel y fuente de inspiración del mundo árabe. Por tanto, además de exigir libertad y una vida mejor, la revolución egipcia es la revolución por la “dignidad” (al karama). Lo que explica la determinación de los manifestantes, que pagaron un precio exorbitante (más de 300 muertos) por hacer oír sus reivindicaciones.

En esta ocasión fueron los americanos, después de titubear en un primer momento, los que levantaron primero el acta del fin del régimen de Mubarak y exigieron una “transición honorable” pero “inmediata”. Los israelíes tampoco le apoyaron, a pesar de que empezaron a agitar el fantasma de una toma del poder por parte de los Hermanos Musulmanes. Los europeos persistieron en un discurso confuso con el que, dando una de cal y otra de arena, intentaban nadar y guardar la ropa, mientras el pueblo egipcio esperaba de la UE un apoyo más abierto a su revuelta y una promesa más definida de respaldar la transición y ayudar al pueblo egipcio a superar las dificultadas implícitas en la transición a otro régimen. Un apoyo que no se explicitó hasta la marcha de Mubarak.

Es cierto que la UE no es el principal proveedor de ayuda a Egipto. Pero sí es un socio comercial importante, con unos intercambios cercanos a los 22.000 millones de euros al año. Además, Egipto es parte interesada en todas las iniciativas mediterráneas de la UE, desde la política global mediterránea de los años setenta y ochenta hasta el Proceso de Barcelona (1995), la política de vecindad (2004) y la Unión por el Mediterráneo (2008), de la que Mubarak era copresidente junto a Nicolas Sarkozy. Asimismo, Egipto es miembro del diálogo OTANMediterráneo desde su creación en 1994, y Alejandría es la sede, desde 2004, de la Fundación Euromediterránea Anna Lindh para el Diálogo entre Culturas.

Así pues, Egipto es protagonista de las políticas mediterráneas de la UE. Es cierto que la UE ha invertido poco en la economía egipcia, teniendo en cuenta las dimensiones del país y en comparación con otros de la misma extensión, como puede ser Turquía. Pero los bancos europeos le han concedido no pocos créditos. Se estima, por ejemplo, que cerca del 35,6% de los créditos bancarios suscritos por Egipto son franceses (es decir, 12.800 millones de euros), 21,6% británicos (7.800) y solo 0,5 % españoles. Da la impresión de que la revolución egipcia, en sus momentos más críticos, provocaba miedo. Los bancos corrían riesgo, el sector turístico estaba paralizado y las transacciones se habían interrumpido.

Se temía la interrupción del tráfico en el canal de Suez (solo el 8% del tráfico mundial, pero el 70% del tráfico entre Asia y Europa y el 25% del tráfico de petróleo). Por primera vez desde 2008, el precio del barril de petróleo superaba la barrera simbólica de los 100 dólares, para felicidad de los especuladores. El nerviosismo empezaba a apoderarse incluso de las bolsas. Todo ello nos parece excesivo, aunque comprensible, pues a los mercados no les gusta la inestabilidad. Pero en el caso de Egipto, no asistimos ni a una guerra regional ni siquiera a una guerra civil: se trataba de una revolución popular por la democracia. En Egipto nadie pensó en cerrar el canal de Suez o en nacionalizar los activos extranjeros. Y no se llegó a vivir una situación de caos generalizado, ni mucho menos una situación de bancarrota de un país.

Un país de oportunidades

Una vez garantizada la transición, Egipto entrará de nuevo en la vía del crecimiento y ofrecerá grandes oportunidades de inversión. Al fin y al cabo, no carece ni de talentos ni de recursos. Sus jóvenes están cada vez mejor formados y tienen como único anhelo participar en la construcción de una economía abierta y moderna. Y el propio país dispone, además de sus jóvenes, de un gran espacio todavía poco explorado, un amplio mercado de 85 millones de personas (más que la población de los cinco países del Magreb juntos) y de numerosas fuentes de ingresos.

En primer lugar, la renta del Nilo, que fertiliza su valle, nodriza de Egipto. No por casualidad se dijo que Egipto es un don del Nilo. Bien es cierto que el valle del Nilo ya no basta para alimentar a toda la población egipcia, pero hay otras fuentes de ingresos que lo compensan. El turismo es uno de los principales recursos del país, con más de 11 millones de visitantes. Sus ingresos representan cerca del 10% del PIB y emplea al 13% de la población activa, lo que significa que un egipcio de cada ocho vive de este sector. Las transferencias de los egipcios emigrados reportan al país entre 6.000 y 7.000 millones de euros. Las exportaciones de hidrocarburos (petróleo y gas) representan aproximadamente entre 3.800 y 4.000 millones al año. Los derechos de paso por el canal de Suez oscilan entre 3.800 millones de euros en 2008 y 3.300 millones en 2010. Sin olvidar la ayuda árabe (cifras indeterminadas), la americana (entre 1.200 y 1.500 millones de euros) y las ayudas de la UE (de media, entre 100 y 130 millones al año) y de sus Estados miembros.

Es cierto que los índices de pobreza en Egipto son importantes: oficialmente, el 18% de los egipcios vive por debajo del umbral de la pobreza, pero es muy probable que los cálculos queden por debajo de la realidad. Sin embargo, el país no es pobre pero sus riquezas han sido captadas por un sistema gangrenado por la corrupción, el nepotismo y una burguesía parasitaria. Egipto puede salir adelante si es comandado por un régimen responsable, una administración transparente y una clase económica y de negocios preocupada por el bien del país. Por tanto, Occidente no debe temer los cambios que se han ido produciendo.

Al principio ganó la peor política que paralizó a Occidente por el miedo: miedo a que Egipto virara hacia un islamismo fanático, que se sumergiera en el caos o se convirtiera en un Estado en quiebra, posible santuario de Al Qaeda. Israel ha agitado constantemente estos fantasmas, el mismo Israel que se presentaba como “la única democracia de Oriente Medio”, pedía a Occidente que acudiera en ayuda de los dictadores árabes. Pero es evidente que la relación paternalista de ayer deberá ser sucedida mañana por una relación más igualitaria. No hay ninguna duda de que los Hermanos Musulmanes, el grupo mejor implantado y más organizado, desempeñarán un papel importante en el Egipto de mañana, pero dejemos de agitar fantasmas. Los jóvenes egipcios que salieron a la calle en masa para proclamar su deseo de cambio, reclamar la libertad y destronar a los dictadores, nunca aceptarán un régimen dominado por unas fuerzas que les arrebaten su sueño.

Así pues, la revolución no es el paso del “negro” de los dictadores al “verde” de los islamistas, sino el paso de uno solo a varios colores. Los jóvenes, y en general todos los egipcios, tienen por delante el gran desafío de ser guardianes de la transición, de no permitir soluciones tímidas. Deberán exigir del Consejo superior de las fuerzas armadas el levantamiento de la ley de emergencia, unas elecciones parlamentarias y presidenciales transparentes (muchos analistas apuntan a que el plazo hasta septiembre no es suficiente porque es demasiado temprano para presentar nuevas candidaturas y favorecerá a las fuerzas más organizadas), así como las reformas necesarias para la construcción de un país libre de la corrupción, abierto e inclusivo.

En ese sentido, el 26 de febrero la Asamblea constitucional nombrada por el Consejo superior de las fuerzas armadas presentó las reformas de seis artículos de la Constitución que, entre otras cuestiones, facilitan la presentación de más candidatos a las elecciones presidenciales, permite un máximo de dos mandatos seguidos y obliga al próximo Parlamento a escribir una nueva Constitución. Las próximas semanas y meses serán cruciales para Egipto, seguramente con momentos de agitación, pero, como dice el proverbio egipcio, “quien quiere miel, se expone a que le piquen las abejas”.