Libia: de la amenaza islamista a la revolución

El fin del temor al gobierno, de la seguridad que procuraba y de las promesas de bienestar, provoca un levantamiento popular brutalmente reprimido por el régimen.

Luis Martinez

Será la Libia de Muamar el Gadafi el próximo puerto donde recale la ola democrática que se ha llevado a Zine El Abidine Ben Ali en Túnez y a Hosni Mubarak en Egipto? Considerada un régimen sólido, la Yamahiriya, aun contando con unas bazas muy importantes para hacer frente a un tsunami democrático, está al borde del colapso. Tras 15 días de insurrección, el régimen ha perdido el control de la región de Cirenaica y los principales campos petrolíferos. ¡Permanece acantonada en Trípoli y Surt! La deserción de las tribus que lo apoyaban, la adhesión del ejército a la causa del “pueblo”, junto a la incapacidad de los mercenarios extranjeros para asumir el control de las ciudades, han puesto al régimen contra las cuerdas.

Defendido por su última tropa de incondicionales y su tribu, la Gadafa, el rais puede, en la ciudad de Trípoli, resistir frente a una conquista militar insurgente; cuenta con unidades reducidas, pero muy bien armadas (brigadas de seguridad, fuerzas especiales), que venderán cara su vida. De no hallarse solución política para sacar al régimen del callejón sin salida en el que se encuentra, la violencia podría instalarse en Tripolitania. La comunidad internacional ha tomado medidas frente a los riesgos de la situación libia votando sanciones contra el régimen. El objetivo de dichas sanciones a medio plazo es agotar los recursos del gobierno, para obligarlo a rendirse. No obstante, Gadafi cuenta con medios para resistir a corto plazo.

Dispone de recursos financieros considerables en cuentas off shore a las que la congelación de activos no llega; sus unidades especiales tienen arsenales para hacer frente al sitio de la capital; el control del puerto y el aeropuerto le asegura un suministro clandestino de los bienes y productos que necesitará; por último, Túnez está cerca, y es muy probable que se desarrolle una economía de reventa de combustible. En resumen, si el régimen no cae en los próximos días o semanas, sabrá dotarse de medios de supervivencia. La magnitud de las protestas de Libia se debe al fin del sentimiento de temor que el gobierno inspiraba en sus opositores, la seguridad que procuraba a la población y las promesas de bienestar que extraía de los ingresos procedentes de los hidrocarburos. Desde 1969, la ciudadanía carece de libertad política.

De la relativa apertura a la regresión peligrosa de las libertades

Consciente de la dificultad de mantener estructuras de dominio tan arcaicas, entre 2007 y 2009 Seif el Islam introdujo una apertura relativa. En 2007, el gobierno autorizó el lanzamiento de medios de comunicación privados, la mayoría pertenecientes a la fundación Al Ghad, dirigida por Seif el Islam. En abril de 2008, éste explicaba que la sociedad libia debía contar con “varios medios de comunicación que denuncien la corrupción, el fraude y los atropellos. Deben ser empresas independientes y no responder ante el ministro de Información, el Parlamento, el gobierno y ni tan siquiera Seif el Islam” (Magharebia, 3 de junio de 2009). Esta liberalización en los medios dio la impresión de que Libia se encaminaba hacia unas reformas que permitirían abrir el sistema político.

No obstante, en mayo de 2009, volvió la llamada al orden: un decreto por el cual el gobierno nacionalizaba los medios de comunicación privados (canal satélite al Libi, radios, Eman al Libye y los periódicos Quryna y Oea) ponía fin a la experiencia de la apertura en los medios. Seif el Islam se daba por enterado y, en diciembre de 2010, anunciaba que dejaba la vida política, con lo que dejaba huérfana la promoción de las reformas políticas en el país. De todos modos, el 10 de diciembre de 2010, su fundación Al Ghad publicó un informe sobre los derechos humanos en Libia, subrayando “una regresión peligrosa” en la situación de la sociedad civil. El escrito criticaba el Congreso General del Pueblo y lamentaba la injerencia en el movimiento obrero.

Según el informe de Amnistía Internacional del 23 de junio de 2010, la situación de los derechos humanos es “desesperada”. Y no obstante, en 2007 Seif el Islam aseguraba, convencido: “Libia será un país moderno, con infraestructuras modernas y un PNB elevado. Sus ciudadanos tendrán el mejor nivel de vida de la región. Libia tendrá relaciones más estrechas con el resto del mundo, con África, un partenariado con la Unión Europea. Se incorporará a la Organización Mundial del Comercio. Libia será el puente entre Europa y África” (entrevista, Le Figaro, 8 de diciembre de 2007). Ahora bien, ¿sería Libia democrática? No se planteó en ningún momento de la entrevista. Con la revolución democrática en Túnez y Egipto, la Libia de Gadafi cuenta con que la amenaza no proviene necesariamente de los islamistas.

El capitalismo comunista chino

Cómo desmontar sin alboroto el régimen revolucionario? Este aún cuenta con “perros guardianes” que no comulgan con los cambios del régimen. Para los reformistas, el modelo es la China comunista. Hacer convivir el patrimonio revolucionario (la Revolución, el Libro Verde) con la economía de mercado. El 21 de agosto de 2007, Seif el Islam llamó al fin de la era revolucionaria y a la transformación de la Revolución en un Estado constitucional. En 2008, apeló a profesores reputados para participar en la redacción de una Constitución que allanara el camino a la sucesión del Guía, pero sin modificar la naturaleza no democrática del régimen. Para que la Yamahiriya sea eficaz, los reformistas opinan que su deslizamiento hacia una economía de mercado está subordinada a la institucionalización de la Revolución.

Antes que nada hay que tranquilizar a los “revolucionarios” con garantías inscritas en la futura Constitución, para poder erigir un marco económico más abierto. En este sentido, la apertura libia parece más emparentada con el “capitalismo comunista chino” que con la perestroika rusa. A pesar de todo, estas transformaciones suscitan inquietud entre los “revolucionarios”, que temen que se abra la caja de Pandora (Zidan Mohamed, “Lybie, la fin des illusions”, La lettre du Cermam, n.º 9, diciembre de 2005). En efecto, para sus partidarios, la Yamahiriya es un instrumento de enriquecimiento formidable que funciona con la mayor opacidad.

El cuestionamiento de este sistema económico genera convulsiones que el Guía se cree en el deber de aplacar. Con ocasión del 37 aniversario de la Revolución, Gadafi pronunció un discurso inscrito en el temor a la incertidumbre, con el fin de afianzar los pilares del régimen, los comités revolucionarios: “Estad listos en cualquier momento para aplastar a los enemigos de dentro que intentarán oponerse a la marcha del pueblo… Cuando nosotros hicimos la Revolución, no queríamos el poder para nosotros, sino que lo asumimos por el pueblo, y no permitiremos que nadie se lo robe al pueblo” (discurso de Gadafi, 2 de septiembre de 2006, agencia de prensa libia JANA).

Es manifiesto el miedo a que descarrile el proyecto de los reformistas, lo que abriría un flanco de tiro a los opositores al régimen. Lo ocurrido en Bengasi ilustra bien su inquietud. El 17 de febrero de 2006, ante el consulado de Italia, manifestantes encabezados por los comités revolucionarios empezaron a clamar eslóganes anti-italianos, como respuesta a la provocación de un ministro italiano que llevaba en la ropa interior la reproducción de una de las caricaturas danesas. No tardarían en llegar los eslóganes contrarios a Gadafi. La policía, desbordada, disparó a la multitud, con un balance de 11 muertos y más de 60 heridos. Tras aquel episodio, todos los dignatarios del régimen se desplazaron a Bengasi para calmar los ánimos.

El ministro del Interior fue destituido por “uso desproporcionado de la fuerza” y se puso en libertad a varios Hermanos Musulmanes originarios de esa región, encarcelados desde 1998. En marzo de 2007, con el propósito de calmar a la ciudadanía, Gadafi pronunció un discurso en el que reconfortaba a los revolucionarios al precisar que no había prevista ninguna reforma política. Asimismo, aseguró que la democracia y los partidos políticos son espejismos políticos a condenar. Por último, a modo de exoneración, emprendió una diatriba contra la Italia colonial (1911-1942) y exigió compensaciones económicas por las secuelas de esa etapa. No puede decirse que sus palabras cayeran en saco roto, pues el 30 de agosto de 2008 el gobierno de Silvio Berlusconi se disculpó y ofreció una compensación de 5.000 millones de dólares, repartida en inversiones durante un periodo de 25 años.

La tercera crisis petrolera devolvió sus bazas a Libia. El régimen, que en septiembre de 2009 conmemoraba sus 40 años, recuperaba, gracias a sus reservas en dólares (100.000 millones en 2008) un aura que creía perdida de por vida. Tras las disculpas de la Italia de Berlusconi, sería el presidente del Consejo Federal de Suiza quien entonaría el mea culpa por el tratamiento infligido por la policía a Hanibal, el menor de los hijos de Gadafi, en un palacio de Ginebra. (El 15 de julio de 2008, Hanibal Gadafi, cuarto hijo del líder libio, y su esposa fueron detenidos en Ginebra, a raíz de una denuncia de dos empleados del hogar, que los acusaban de haberlos golpeado.

Tras pagar una fianza, la pareja salió en libertad. Como represalia, Libia dejó de suministrar petróleo a Suiza, redujo sus intercambios comerciales con ese país y tomó como rehenes a dos residentes helvéticos. Antes de abandonar la lógica de una crisis diplomática, el presidente del Consejo Federal “se disculpó”, lo que desencadenó una crisis política en Suiza.) En septiembre de 2009, la justicia escocesa liberó, por “razones humanitarias”, a Abdel Basset al Megrahi, a pesar de haber sido declarado culpable del atentado de Lockerbie. Por último, Libia ocupó un año la presidencia del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. En 2009, el régimen libio redescubría todas las delicias y ventajas de la riqueza petrolera. En 2010, Libia entraba en el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas… Sin embargo, el país africano sigue siendo un enemigo para los islamistas de Al Qaeda. Según Cheikh al Libi, “comandante” de Al Qaeda en Afganistán, fallecido en 2009: “Gadafi es la tiranía de Libia.

Tras largos años, de repente ha descubierto que América no es un enemigo, y transforma Libia en una nueva base para sus cruzados”. A diferencia de Irak y Argelia, la retórica de Al Qaeda no se traduce en hechos. No ha habido ningún atentado suicida en territorio libio. Es muy probable que el regreso de los combatientes libios de Irak tenga consecuencias para la seguridad del país. Sin embargo, de momento Trípoli se enfrenta a formas de contestación que parecen benignas frente a las de Argelia e Irak. En septiembre de 2009, bajo la batuta de Seif el Islam, el régimen liberó a 56 prisioneros del Grupo Islámico Combatiente Libio, con vistas a la reconciliación nacional. Para ilustrar su voluntad de apaciguamiento, el gobierno mandó destruir la prisión de Abu Salem, símbolo durante los años noventa de la represión contra los islamistas.

En efecto, contradiciendo todas las previsiones, la amenaza tal vez no provenga del movimiento islamista, sino de las organizaciones portadoras de reivindicaciones democráticas. La mitad de la población libia está compuesta por jóvenes menores de 20 años, que nacieron bajo el régimen de Gadafi y no quieren morir bajo el régimen de ningún Gadafi. Por no haber sabido profundizar en las reformas iniciadas en 2008, el régimen se halla hoy sumido en una ola de protestas que esperemos desemboque en una transición democrática. Libia tiene a su alcance todos los medios para erigir un Estado moderno, con una población masivamente alfabetizada y una juventud abierta al mundo. Sin embargo, para ello será imprescindible el apoyo de la comunidad internacional, para ayudar al país a construir un sistema político viable, con el que todos los ciudadanos puedan identificarse.