Egipto frente a las crisis externas

El precio de las materias primas agrícolas subió en 2006 y 2007 (8% y 24%) pero se descontroló en 2008, al subir un 53% respecto al año anterior.

Samir Radwan

Este año pasará a la historia como el año del descontento. El número y la intensidad de las manifestaciones masivas recordaban a las Revueltas del Pan de 1977, provocadas por la liberalización de precios establecida en el Programa de Reforma Económica y Ajuste Estructural del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI). En 1977, las revueltas se debieron al aumento repentino del precio de los alimentos y otros productos esenciales provocado por una “crisis política”.

El año 2008 ha sido casi una repetición, pero esta vez debido a una “crisis externa” causada por una repentina subida de los precios internacionales de los alimentos que golpeó a Egipto, uno de los principales países deficitarios en alimentos. La magnitud de la crisis de alimentos mundial es conocida.

La Cumbre de los alimentos organizada por la FAO (Roma, 3-5 junio, 2008) y la Cumbre del G-8 celebrada en Japón en julio pusieron sobre el tapete la cruda realidad. El precio de las materias primas agrícolas subió acusadamente en 2006 y 2007 (un 8% y un 24%, respectivamente) pero se descontroló en 2008, con una subida del 53% respecto al año anterior. La constante subida de precios estaba liderada por los aceites vegetales (con un aumento superior al 97%), seguidos por los cereales (87%), los productos lácteos (53%) y el arroz (46%).

Está previsto que esta escalada continúe, ya que es consecuencia de cambios fundamentales tanto en la oferta como en la demanda. Desde el punto de vista de la oferta, se produjo una notable caída de la producción por causas meteorológicas (descenso anual del 4,7%), junto con un descenso de los niveles de reservas (cercano al 3,4% anual) y un aumento del precio de los combustibles.

En cambio, la demanda aumentaba debido al incremento del uso de materias primas agrícolas para producir biocombustibles, fomentado por los países ricos; el cambio en la estructura de la demanda en países emergentes como China e India; y el aumento de la especulación en los mercados de materias primas, en especial con la depreciación del dólar, y el cambio a materias primas agrícolas para protegerse contra las fluctuaciones de la tasa de cambio. Egipto se encuentra en el extremo receptor de todos estos cambios. Como país deficitario neto, ha tenido que soportar una subida sin precedentes de los precios alimentarios.

El país importa el 98% de sus necesidades de lentejas, el 92% del maíz, el 60% de las alubias y el 45% del trigo, y la fuerte subida de los precios internacionales de estos productos se transmitió de inmediato en una ola de inflación insólita en años recientes. En julio de 2008, la tasa de inflación subió más del 22% respecto a 2007, mientras que el índice de precios de los alimentos subió un 29,9%. La inflación, que se mantenía controlada sobre todo como resultado de la reforma económica, con la excepción de las repentinas subidas causadas en 2006 por la gripe aviaria, empezó a subir.

Esto se debió principalmente a la subida de las materias primas agrícolas importadas, hasta el punto de que se acuñó el término agflación para resaltar el mayor peso de los precios de las materias primas agrícolas en la inflación global. ¿Cómo soportaba Egipto esta violenta crisis externa? Hay que señalar que su economía ha demostrado un notable grado de resistencia, gracias a las reformas introducidas desde 2004. Entre ellas se incluye la rebaja del impuesto sobre la renta del 40% a un tipo fijo del 20%; una drástica modernización de las aduanas; una profunda reforma de la regulación de la inversión; y la adopción de políticas monetarias y presupuestarias juiciosas.

La consecuencia fue que la “recuperación económica egipcia avanzaba a pleno ritmo” entre 2004 y 2008 (Merrill Lynch, Egypt: A Never- Ending Growth Story, Reino Unido, 12 de febrero de 2008). Los resultados económicos se reflejan en los indicadores macroeconómicos. El crecimiento del PIB real ascendía al 7,2% en 2008, frente al 4,1% de cuatro años antes; la inversión interna crecía un 40%; y la inversión extranjera directa (IED) alcanzaba la cifra más alta de todos los tiempos, 11.100 millones de dólares (el 9% del PIB); las reservas de moneda extranjera equivalían a 34.000 millones de dólares (lo cual representaba una cobertura de las importaciones de 10 meses); la balanza de pagos registraba por primera vez en años recientes 5.300 millones de dólares.

Todo esto se reflejó en un tipo de cambio fuerte y estable durante todo el periodo. Así, Egipto fue declarado el “principal reformista” que facilitaba la actividad empresarial en 2008 (BM/ IFC, Doing Business 2008,Washington D.C, 2008), y ocupaba el primer lugar de África en atracción de IED (UNCTAD, Informe sobre las inversiones en el mundo 2008, Ginebra, 2008). Aunque el elevado endeudamiento público, el déficit presupuestario y la inflación siguen siendo problemas abrumadores, puede concluirse que las bases fundamentales de la macroeconomía egipcia son sólidas, y eso explica el relativo éxito del país al enfrentarse a la crisis externa causada por los precios galopantes de los alimentos.

Pero esta imagen presenta un lado negativo. La carga del ajuste al aumento de los precios de los alimentos no se distribuye por igual. Los pobres y los grupos sociales con salarios fijos veían erosionarse sus rentas reales, y las políticas compensatorias no conseguían proteger a los vulnerables. El estudio sobre la pobreza en Egipto Arab Republic of Egypt (ARE),Poverty Assessment Update (BM, septiembre de 2007) calculaba que en 2005 un 19,6% (13,6 millones) de la población podía clasificarse como “pobre”, con una renta per cápita de 1.423 libras egipcias (LE) al año, y un 21% (14,6 millones de personas) eran “casi pobres”, con una renta per cápita anual de 1.854 LE (LE=US$ 5,346). Se ha calculado que la reciente oleada inflacionaria ha debido de reducir sus rentas en un 16,4%, lo cual significa que los “pobres” son más pobres y los “casi pobres” se han acercado mucho a la línea de la pobreza, y han caído en la trampa de la pobreza.

Los salarios reales obtenidos en 2008 por la enorme cantidad de funcionarios públicos (5,7 millones, el 28% de la población activa), y los trabajadores del sector privado, eran equivalentes a los salarios reales de la década de los años ochenta. Aquí radica la explicación, al menos en parte, de la que se ha denominado “la primavera del descontento”, en referencia a las revueltas generalizadas que se produjeron en los primeros meses del año. El gobierno procuró contener la situación, y el 1 de mayo el presidente, Hosni Mubarak, concedía un aumento salarial del 30% a los funcionarios públicos, y pedía al sector privado que siguiera el ejemplo.

Además, tuvo que retrasar sus planes de reducir las subvenciones, y de hecho aumentó el presupuesto de este año dedicado a estas partidas: 128.000 millones de LE (frente a los 64.000 millones de LE del año anterior) y, concretamente, las subvenciones para alimentos aumentan de 15.000 a 22.000 millones de LE. Al mismo tiempo se retiraban las subvenciones energéticas y se liberalizaban los precios de algunas materias primas. El gobierno comprende que éstas no son más que medidas provisionales y que no son sostenibles a la larga.

En primer lugar, el aumento salarial y de las subvenciones ha añadido un 18% a las rentas de los asalariados, pero la tensión inflacionista las ha erosionado un 19%. En segundo lugar, el gobierno tiene que alcanzar un delicado equilibrio entre la presión para que subvencione las rentas y sus planes de reducir el déficit presupuestario, que ahora se sitúa en el 7% del PIB. Estas tensiones políticas y su resolución tendrán consecuencias directas para el futuro de la reforma en Egipto. Ésta parece ser una actitud resuelta contra el retroceso de la reforma.

Esto suscita dudas acerca de las futuras iniciativas para protegerse de las crisis externas. Se supone que el plan quinquenal debe ser el borrador del periodo que abarca 2007/2008- 2011/2012. El plan establece un objetivo de crecimiento del PIB del 8,5% anual, predice una inversión del 24% del PIB y prevé aumentar el empleo de 20,1 millones de trabajadores en el año de partida a 23,9 millones en 2011- 2012, reduciendo así el desempleo de su tasa actual del 9,1% al 5,5%.

Independientemente de que esos objetivos sean o no realistas, hay una condición previa clara para que el futuro sea más seguro: seguir creciendo al menos un 7% anual durante los próximos 10-15 años, y para conseguirlo la inversión fija debe aumentar de su nivel actual del 19-20% del PIB al 25-27% .

Pero esto, por necesario que sea, ciertamente no basta. Es necesario solucionar dos grandes retos: el primero, afrontar la cuestión de la seguridad alimentaria mediante el aumento de la productividad del sector agrícola, que en la actualidad supone sólo el 0,72% del 7,2% de crecimiento del PIB; y segundo, introducir un plan de empleo masivo, como mecanismo más eficaz para aumentar los ingresos de los grupos de rentas más bajas con el crecimiento. Son objetivos ambiciosos, y ciertamente supondrán difíciles decisiones políticas, pero no son inalcanzables.