Educación, jóvenes y revueltas en el mundo árabe

Es necesario un cambio en los sistemas educativos para adecuar la formación al mercado laboral y superar las fracturas sociales, culturales, religiosas e ideológicas.

Abdeljalil Akkari

Las revoluciones, tan repentinas como inesperadas, que actualmente sacuden el mundo árabe son una buena ocasión para analizar la educación en la zona y las relaciones entre educación y movimientos sociopolíticos. De entrada, parece difícil dibujar la hipótesis de la existencia de un vínculo mecánico entre masificación de la educación y Primavera árabe. Si Túnez, que es el país que dio el pistoletazo de salida a las revueltas populares, representa el Estado árabe que más ha avanzado en cuanto a acceso a la educación de masas, Yemen, que destaca por tener los resultados escolares más pobres, también está en plena ebullición. Seguramente los progresos en materia de escolarización marcan la diferencia en lo referente a la gestión de las transiciones democráticas en los países de la zona. En este artículo, primero analizaremos las carencias internas de los sistemas educativos del mundo árabe. Luego abordaremos las razones que limitan la contribución de la escolarización al proceso de desarrollo. Y, por último, nos interrogaremos sobre el lugar incierto que ocupa la juventud en las sociedades árabes contemporáneas.

Carencias de los sistemas educativos

Más allá de las notables diferencias existentes entre los países árabes en materia educativa, parece útil enumerar ciertos problemas estructurales comunes (La escuela en el Magreb: desarrollo inacabado, A. Akkari, Barcelona-Madrid, Icaria Editorial- Biblioteca Casa Árabe, 2010). Para empezar, es importante subrayar que la masificación de la escolarización ha ido en detrimento de la calidad de los sistemas educativos de la región. Incluso tomando una definición acotada de calidad, basada en los sondeos comparativos internacionales sobre los conocimientos del alumnado, todos los países de la zona tienen resultados mediocres.

En comparación con Estados con el mismo nivel de desarrollo económico, los países árabes se distinguen por los escasos conocimientos escolares de la comunidad estudiantil. Así, Túnez y Marruecos suelen aparecer por detrás de Indonesia o Tailandia en los informes PISA (Programme for International Student Assessment) y TIMSS (Trends in International Mathematics and Sciences Study). Esta baja calidad también se refleja en la persistencia de una tasa de analfabetismo elevada. Como destaca J. Daniel (2005), la situación no solo es preocupante, sino propia de la región: “los países árabes registran las menores tasas de alfabetización adulta del mundo. Entre 2000 y 2004, solo el 62,2% de los mayores de 15 años sabía leer y escribir, un porcentaje muy inferior al promedio mundial (84%) y al de los países en desarrollo (76,4%)”. En segundo lugar, la gestión de los sistemas educativos se ve marcada por la centralización excesiva y la opacidad de los procesos de toma de decisiones.

Sin duda, los sistemas educativos fueron los pilares de la construcción de los Estados-nación independientes en los años cincuenta y sesenta. Sin embargo, esos sistemas se anquilosaron a raíz de decisiones centralizadas y por una desconexión flagrante de las necesidades de las regiones interiores y el conjunto de la sociedad. En el sector de la enseñanza, la iniciativa privada es reducida. Salvo en Líbano y, en menor medida, Jordania y Egipto, los sistemas educativos siguen, en cuanto a efectivos escolarizados, dominados por el sector público. No obstante, las élites han ido aplicando progresivamente estrategias sutiles para acaparar las instituciones públicas o privadas prestigiosas.

Así, escolarizar a los hijos en la red privada comercial o en la red dependiente de las misiones diplomáticas o religiosas extranjeras se ha convertido en signo de distinción social. Además, el mercado opaco de las clases particulares acelera la construcción de redes educativas a distintas velocidades (Akkari, 2010). En tercer lugar, es necesario mencionar que sigue sin haber una apropiación local de la escolarización. Esta apropiación no puede prescindir de un debate sobre el puesto que ocupan las lenguas, la religión y la renovación pedagógica en los sistemas educativos de la región.

La cuestión lingüística es crucial, sobre todo en el Magreb, donde los sistemas de enseñanza adolecen de un dualismo lingüístico poscolonial árabe-francés y una marginación del bereber. Además de la sobrecarga que esta dualidad supone para el currículum escolar, hay que romper el vínculo creado entre “identidad cultural” y “uso del árabe en el colegio”, o entre “modernidadtecnología- globalización”y “uso del francés o inglés”. La cuestión de la presencia de la religión en la escuela también merece una reflexión en profundidad. En este sentido, varios estudios internacionales ponen de manifiesto la sobrerrepresentación de la enseñanza de la fe en el currículum escolar de los países arabomusulmanes (Rivard y Amadio, 2003). Asimismo, cabe preguntarse si el colegio es el lugar adecuado para la socialización religiosa.

Las tendencias internacionales se inclinan por una reducción del tiempo dedicado a impartir formación religiosa, sustituyéndola por la sensibilización acerca de la diversidad de culturas y credos. Los países de la región no deben quedarse al margen de esta pauta internacional. Finalmente, nos parece útil poner en entredicho los enfoques pedagógicos dominantes en los Estados arabomusulmanes. Se constata que una pedagogía basada en la enseñanza frontal, el currículum rígido, la recitación y la memorización domina las prácticas didácticas. Estas prácticas arcaicas no quedarán atrás a base de decretar reformas curriculares basadas en la competencia, como han hecho algunos países de la región. Todo intento de renovación pedagógica implica necesariamente el replanteamiento de los sistemas de formación del profesorado.

Contribución insuficiente de los sistemas educativos al esfuerzo por el desarrollo

Toda escolarización representa, en el plano individual y colectivo, un adelanto de los beneficios que podrán cosecharse más adelante. Los sistemas educativos de los países que nos ocupan pueden y deben esforzarse más en este sentido. Antes de abordar dos puntos fundamentales –el desempleo entre los titulados y el desfase entre formación y empleo–, vale la pena recordar que los sistemas educativos no pueden traer el desarrollo por sí solos. Dicho de otro modo, no podemos afirmar “desarrollad la escolarización de masas, que el desarrollo llegará automáticamente”.

La relación entre educación y desarrollo es dialéctica. Por tanto, no se puede achacar a los sistemas educativos los fracasos del desarrollo, pero tampoco se les debe eximir de toda responsabilidad. Por lo que respecta al empleo e inserción de los titulados, recordemos que hubo un tiempo en que completar la escolarización garantizaba automáticamente el acceso al trabajo. La adecuación entre escuela y mundo laboral funcionó en los años sesenta y setenta, especialmente tras la marcha de los altos cargos coloniales. Por aquel entonces, el conjunto de diplomados hallaba salida básicamente en el sector público y a veces en el privado.

Este fenómeno generó una creencia colectiva (entre los jóvenes y sus familias) en el vínculo entre “título”y “puesto de trabajo”. No obstante, en los años ochenta el mito se vino abajo, tanto por la explosión del número de titulados de educación secundaria y superior como por la presión de las instituciones financieras al imponer la reducción del tamaño del funcionariado. Como resultado, no solo las tasas de paro de la zona son de las más elevadas del mundo; además, a diferencia de lo que sucede en otros países en desarrollo, los titulados son los más susceptibles de sufrir el desempleo. Este horizonte bloqueado se hace patente en una tasa media de paro juvenil superior al 25% en Túnez, Marruecos, Argelia y Egipto; esto es, el doble que la correspondiente al conjunto de la población.

La generación más formada, pues, es la que no encuentra trabajo, lo que multiplica la ira y la frustración de los jóvenes árabes, víctimas de una ilusión colectiva que se ha tornado en desempleo y en precariedad perpetua. A menudo reducidos a pasar largas horas en los cafés o a “rozar/sostener” las paredes, como dicen, por ejemplo, en Argelia (los llamados hitistes), los jóvenes se hallan desorientados y dispuestos a arriesgar la vida en las redes de inmigración clandestina al sur de Europa. El desfase entre formación profesional y mercado laboral también está bien presente en la región. Muchas formaciones profesionales están desconectadas del trabajo existente o no tienen en cuenta las posibilidades reales de inserción profesional. En concreto, los cuadros intermedios parecen el pariente pobre de los sistemas educativos.

En el mercado hay ingenieros y peones sin formación disponibles; ahora bien, encontrar técnicos intermedios competentes en sectores tan diversos como construcción, obras públicas, industria, turismo o artesanía es más complicado. De hecho, si no llega a ser por los miles de técnicos medios extranjeros, la autopista argelina Este-Oeste, de más de 1.000 kilómetros, no se hubiera podido hacer. Estos datos exigen una seria reflexión sobre el lugar de la formación profesional y técnica en los sistemas educativos. Hasta ahora, los modelos de desarrollo económico escogidos por las élites políticas de la región han ignorado el factor “libertad” en el desarrollo. Sin embargo, el desarrollo, tal como lo define A. Sen (1999) es, ante todo, un proceso de expansión de las libertades reales de que pueden disfrutar las personas.

Asimismo, la expansión de las libertades constituye el propósito y la herramienta principal del desarrollo. La libertad tiene un “rol constitutivo” y un “rol instrumental”. La suma del fracaso del “desarrollo” y la “libertad”en el mundo árabe limita las posibilidades de una aportación decisiva de los sistemas educativos al desarrollo.

El lugar de los jóvenes en las sociedades

Aunque permanezcan cada vez más horas en clase, los jóvenes árabes son hijos de la globalización. A pesar de la censura y los regímenes totalitarios, los canales satélite y las redes sociales han puesto patas arriba las fuentes de información y los medios para la acción de los jóvenes. Las fuentes tradicionales de conocimiento (adultos y escuela) están en crisis, arrinconados por los nuevos medios. Las revueltas árabes han sido posibles gracias a una juventud conectada a Facebook y Twitter, las redes sociales que esquivan los medios tradicionales controlados por Estados autoritarios.

Lejos de ser consumidores de esa revolución de la sociedad de la información, los jóvenes cruzan las fronteras de las ideologías, las lenguas, las culturas y los medios. Así, no es extraño ver a chicos y chicas árabes sintonizar tanto el canal satélite Ikra como el musical Rotana. El primero trata de traerlos de vuelta a una versión rigurosa y nostálgica del islam; la segunda ilustra la globalización de la cultura musical de la juventud. Ni qué decir tiene que la tensión entre “tradiciónidentidad local” y “modernidad-globalización”está presente en varios lugares del mundo.

No obstante, en el mundo arabomusulmán es más intensa, más explosiva, a raíz de la persistencia de tradiciones sociales y religiosas superadas, lo que afecta especialmente a las relaciones hombre y mujer. Así, en muchas regiones del planeta la sexualidad entre los jóvenes fuera del matrimonio se tolera e incluso acepta; se ha logrado desconectar sexualidad y reproducción. Sin embargo, en los Estados que nos ocupan la sexualidad sigue sometida a la clandestinidad y el oprobio social. Esta situación incrementa la frustración de la juventud y alimenta las tensiones sociales e intergeneracionales. ¿Cómo va a aceptar su destino un ciudadano con estudios de 20 o 30 años, cuando no puede tener una vida profesional o afectiva normal?

El lugar de los jóvenes en la sociedad no solo es difícil de encontrar, sino también incierto y determinado por los adultos, por lo que las relaciones entre generaciones son más tensas que en ningún otro lado. Además, la élite política tradicional está desconectada de la juventud. Resulta revelador que los dos primeros dictadores revocados por la Primavera árabe tuvieran tres veces la edad media de quienes los echaron del poder. En varias regiones en transición del mundo en desarrollo (América Latina, África subsahariana, Asia), las ONG desempeñan un papel esencial a la hora de canalizar frustraciones sociopolíticas de la juventud. Dichas entidades han sido la válvula de seguridad para mantener cierta cohesión social.

Paradójicamente, la poca capacidad de las ONG y los partidos políticos para hacer frente a los jóvenes en el mundo árabe dio lugar a concentraciones espontáneas en las calles que acabaron destituyendo a varios dictadores. Centenares de miles de jóvenes con estudios procedentes de regiones enteras ya no podían mantenerse al margen del desarrollo, asistiendo a la prosperidad insolente de quienes se beneficiaban del sistema.

Conclusión

Las revueltas árabes no han sido meras revueltas por el hambre o el desempleo, como no dejan de repetir algunos observadores, ni mucho menos. Se trata de movimientos sociopolíticos y culturales complejos cuyas consecuencias a medio plazo es difícil predecir con certeza. ¿Qué papel pueden desempeñar los sistemas educativos en esta transición democrática más que bienvenida? Lo podemos resumir en dos direcciones paralelas: la primera, que podríamos denominar instrumental, consiste en convertir la escolarización en un medio más efectivo de inserción profesional de los jóvenes.

El reto puede superarse, a cambio de transformaciones radicales en los sistemas educativos, pero también económicos, de los países de la región. La segunda contribución consiste en propagar la cultura de la vida en común en las sociedades arabomusulmanas víctimas de fracturas sociales, culturales, religiosas e ideológicas profundas. La educación para la ciudadanía, el civismo, la cultura y la no violencia; la aceptación de otras opiniones y el desarrollo del pensamiento crítico e intercultural son algunos de los valores que se pueden difundir mediante la cultura escolar. Ahora bien, la escuela debe compartir esta misión esencial con las redes sociales virtuales, cuya influencia en la juventud de la región va en aumento.