Cuando los comités de barrio hacen las veces de policía

R.K

Las dictaduras se apoyan generalmente en las fuerzas armadas o en la policía, o en las dos a la vez. La que creó Zine El Abidine Ben Ali reposaba sobre un sistema policial que aunaba cantidad –140.000 miembros para 10 millones de habitantes– y sofisticación, ya que, además de la policía y de la gendarmería, el sistema contaba con varios cuerpos especiales, uno de los cuales era la guardia presidencial, que dependían del jefe del Estado. En esta pirámide invertida, en la que todo descansaba sobre un solo hombre, las decisiones emanaban de Ben Ali y las informaciones se abrían paso hasta él.

Este sistema, que permitió a este hombre gobernar en solitario durante 23 años, también causó finalmente su perdición, cuando, bajo el empuje de unas calles sobreexcitadas, Ben Ali vio mermada su autoridad y dio muestras de pánico. Al negarse el ejército a acudir a su rescate, su sistema se derrumbó naturalmente como un castillo de naipes. De ahí esa sensación de facilidad que acompañó la caída de un régimen con reputación de fuerte y estable, y que sorprendió a los observadores extranjeros e incluso a los propios tunecinos. La súbita caída de Ben Ali, tras su huida el 14 de enero, creó una situación inesperada y, en algunos aspectos, llena de riesgos y amenazas: la huida del tirano llevó aparejada el desajuste total de un sistema de seguridad cuya llave solo él poseía.

Asimismo, los desórdenes que siguieron a su marcha precipitada estuvieron a punto de sumir al país en el caos. Los ataques contra los centros comerciales, fábricas, almacenes, edificios públicos y bienes privados estaban orquestados por bandas organizadas, reincidentes fugados de las cárceles y jóvenes en paro. Estos últimos se aprovecharon de la desorganización de los servicios de seguridad y de la incapacidad del ejército para enfrentarse solo a todas las exigencias de mantenimiento del orden para sembrar el pánico entre la población. Más que los saqueadores, lo que supuso una mayor amenaza para el país fue el complot urdido por los servicios del ex dictador. La finalidad de ese complot era crear una situación explosiva que acelerase el regreso del dictador encarnado en liberador.

Lo pusieron en práctica los antiguos miembros de la guardia presidencial, los mandos de la policía implicados en los crímenes y en las malversaciones del antiguo régimen, y los caciques del antiguo partido en el poder, el Reagrupamiento Constitucional Democrático (RCD), por no mencionar a las milicias armadas pagadas y armadas por la familia de la esposa del presidente derrocado. Resultado: el día después de la huida de Ben Ali, miles de milicianos armados desplegados por el país mataban, saqueaban y aterrorizaban a los ciudadanos. La contrarrevolución estaba en marcha, con un trasfondo de crisis de gobierno, de protesta social, de parálisis de la administración y de parada de la máquina económica.

El ejército, que tomó rápidamente conciencia de la gravedad de la situación, hizo un llamamiento a los ciudadanos para que se organizaran en comités de barrio y defendieran sus bienes, los edificios públicos y las empresas que estuvieran en el perímetro de sus viviendas. Esos comités desempeñaron un papel importante en el fracaso del complot de Ben Ali. Efectivamente, gracias a la estrecha colaboración entre los ciudadanos y el ejército, se pudo controlar a muchos milicianos que circulaban en coche y disparaban contra la gente y se pudieron confiscar sus armas.

Como periodista de día y como miembro de un comité de barrio de noche, durante toda la duración del toque de queda asistí personalmente a la detención de varios milicianos que merodeaban por mi barrio, situado al norte de Túnez. El sistema era sencillo: en cuanto se localizaba a unos vehículos sospechosos, los miembros de los comités de barrio se intercambiaban llamadas de teléfono, SMS e incluso mensajes en Facebook para organizar la caza de inmediato. Una vez que los ciudadanos, armados con palos, cuchillos y hachas, se apoderaban del vehículo y reducían a su conductor, pedían ayuda a la policía y al ejército que procedían a la detención del miliciano.