¿Crónica de una metamorfosis anunciada?

Los medios, tradicionales y alternativos, y la instauración de un Estado de derecho, donde no quepa la impunidad, llevarán a Egipto, se quiera o no, a una verdadera democracia.

Randa Achmawi

Todavía aturdida por el efecto de los 18 días de revolución egipcia, la primera conclusión que una extrae al mirar atrás y sentarse frente a la pantalla del ordenador para hablar de esos momentos o explicarlos es que, sin duda, resulta mucho más fácil observar, analizar o describir la historia que vivirla o participar en ella. Vivir un momento de la magnitud de una revolución que cambia radicalmente el curso de los acontecimientos de un país, de una región, del mundo entero, exige a menudo la capacidad de tomar caminos extremadamente inciertos y peligrosos. Implica ser capaz de avanzar hacia lo desconocido, en pos de un ideal, a veces sin reflexionar ni pensar demasiado en las consecuencias. ¿Cómo explicarlo? ¿Es necesario hablar de las profundas emociones experimentadas, de la resignación que se siente cuando el valor de los jóvenes es más fuerte y poderoso que el temor de sus familias? ¿Hay que pensar en las lágrimas derramadas en los momentos de aflicción, al no conseguir contactar con los seres queridos? ¿Qué sentimiento debe invadirnos al contemplar las imágenes de una masacre e imaginar que entre las víctimas puede haber un amigo o alguien próximo?

Las horas y los instantes que transcurrieron entre el 25 de enero, en torno al mediodía, y el atardecer del 11 de febrero hicieron comprender a los egipcios que, digan lo que digan los libros de historia, las revoluciones no surgen únicamente de un cúmulo de circunstancias o de la combinación de un determinado número de factores que hayan convergido en un momento dado. Las causan, sobre todo, fuerzas del todo humanas, y las alimentan poemas o canciones, escritos en momentos de profundo dolor o alegría inmensa.

¿Pero cómo ha pasado esto en Egipto?

Cierto sentimiento de incredulidad sigue habitando las mentes de quienes, hasta principios de enero, empezaban a creer que Egipto se hallaba en una situación casi irreversible de descenso a un abismo del que jamás saldría. ¿Qué ha pasado entonces? Cierto es que, antes del 25 de enero, el país se hallaba en una situación del todo insostenible. El antiguo régimen se las había apañado para orquestar una serie de maquinaciones odiosas y malignas, con el objeto de mantener al pueblo inmerso en la tensión, el miedo y la sumisión.

La manipulación de las elecciones parlamentarias de diciembre de 2010 proporcionó a la población los primeros indicios de lo que el régimen estaba dispuesto a hacer por preservar su influencia en el poder. Y no reparó en métodos. Se perpetraron flagrantes violaciones bajo el amparo de un ejército de desaprensivos remunerados por los miembros del Partido Nacional Democrático, para amedrentar a la población e impedir a los electores de la oposición acceder a los colegios electorales. Un segundo episodio precipitó los acontecimientos, si bien indirectamente: la explosión de una bomba en la iglesia de los Dos Santos, en Alejandría, poco después de la medianoche, el 1 de enero de 2011.

El atentado se cobró la vida de al menos 25 fieles coptos e hirió de gravedad a centenares. Considerado uno de los espectáculos más despreciables y vergonzosos de la historia egipcia, el ataque de Alejandría, que se produjo apenas unas semanas después de la celebración de los comicios, volvió a sumir a los ciudadanos en un estado de incredulidad y desconcierto. Se resignaron, entonces, a su suerte, argumentando que tal vez fuera preferible la dominación de un régimen fuerte, aunque corrupto, que verse expuesto sin protección a los movimientos asociados al terrorismo internacional y al caos. Lo que los egipcios no podían imaginar, en ese momento, es que ese ataque era una nueva maquinación perversa del régimen, concebida para ayudarlo a mantenerse en el poder lejos de amenazas y cuestionamientos.

Al cabo de unas semanas, se descubrían las pruebas de las conexiones entre el antiguo ministro del Interior, Habib el Adly, y los responsables del atentado. La estrategia del régimen de Hosni Mubarak, destinada a propagar una actitud conformista y sumisa entre la mayoría de los ciudadanos, seguramente hubiera triunfado tras los ataques en Alejandría, de no ser por otro factor inesperado que, justo dos semanas más tarde, el 14 de enero, contribuyó a cambiar para siempre el curso de la historia: la revolución desencadenada en Túnez el 17 de diciembre –tras la autoinmolación de Mohamed Buazizi–, que logró derrocar a Zine El Abidine Ben Ali. A partir de ahí, solo era cuestión de tiempo que un estallido del mismo estilo se produjera también en Egipto. Desde ese día, todos los intentos de oponerse a las corrientes de cambio fueron en vano.

A pesar de la movilización por parte del régimen de todas las herramientas necesarias para manipular a la opinión pública, sembrar la confusión y tratar de convencer a los egipcios de que lo que había sucedido en Túnez no pasaría nunca en su país, había llegado lo inevitable. Mientras las páginas de los periódicos y la televisión estatales ignoraban completamente los efectos de la revolución tunecina, los casos de autoinmolaciones no hacían sino aumentar en Egipto. En apenas 10 días, se supo de una docena de sucesos de esta naturaleza.

Paralelamente, en esos días memorables, varios grupos de jóvenes silenciosamente activos en las páginas de Facebook planeaban con sumo cuidado una gran sublevación nacional mediante las manifestaciones en masa del 25 de enero, día de la policía, festivo, dedicado a rendir homenaje a los 50 policías caídos en Ismailia en 1952, al negarse a rendirse frente al ejército inglés.

Grupos en Facebook

Pero ¿quiénes eran, a fin de cuentas, esos grupos? O mejor dicho, ¿dónde se originaron los grupos opositores al régimen de Mubarak? Tal vez habría que retroceder hasta el movimiento Kefaya (“Basta ya”), fundado en 2005 por unos 300 representantes de la sociedad egipcia, un grupo que congregaba a escritores, periodistas, juristas, representantes del mundo académico y estudiantes. Tiempo después, otro grupo de estudiantes, movilizados primero en las páginas de Facebook, aliados con los obreros de la región de Mahalla, organizaba el 6 de abril de 2008 unas manifestaciones que desembocaron en detenciones masivas y dos muertos, entre ellos un adolescente de 15 años. Estos hechos engendraron el Movimiento 6 de abril, que luego se convertiría en uno de los principales pilares de la revolución del 25 de enero.

El tercer y probablemente más importante motor de las manifestaciones desencadenadas el 25 de enero fue el grupo We are all Khaled Said (“Todos somos Khaled Said”). El nombre de esta página de Facebook, creada por un grupo de administradores entonces anónimos, estaba dedicada al joven activista contra la corrupción policial Khaled Said. Fue golpeado hasta la muerte en Alejandría, ante numerosos testigos, en junio de 2010. Las fotos de su rostro deformado dieron la vuelta al mundo en cuestión de días. En unas semanas, la página de Facebook recibió más de 300.000 visitas.

Durante los meses posteriores al asesinato del joven alejandrino, dicha página se dedicó a denunciar, mediante fotos, vídeos y la publicación de testimonios y datos importantes, los abusos cometidos a diario por la policía y el régimen de Mubarak contra la población. Poco antes del levantamiento, las versiones en árabe y en inglés de las dos páginas habían recibido más de 500.000 visitas. Wael Ghonim, director ejecutivo de marketing para Oriente Medio de Google y creador, inicialmente anónimo, de la página, fue detenido del 27 de enero al 7 de febrero. Una vez más, las emociones desencadenaron el cambio. Invitado a un canal de televisión público, seguramente para decir que durante su detención no había recibido maltratos ni torturas, Wael rompió a llorar al ver las fotos de los jóvenes mártires caídos en días anteriores durante los enfrentamientos con la policía. Antes de abandonar el plató, pronunció, conmocionado, las siguientes palabras: “No es culpa nuestra, no somos los responsables de sus muertes.

Los responsables son quienes se han aferrado eternamente al poder sin aceptar abandonarlo”. Al día siguiente, el número de manifestantes en Plaza Tahrir y en todo el país era el mayor desde las protestas del 25 de enero. El resto lo conocemos. Unos días más tarde Mubarak se vería obligado a marcharse, dejando el poder en manos del ejército.

¿Y el día después de la Revolución?

No obstante, al alba de esta nueva etapa de la historia egipcia, que empezó el 11 de febrero, son muchos los interrogantes. ¿Podrá Egipto cambiar de verdad y convertirse en una democracia? Sin duda, en estos momentos, lo único posible es especular sobre el futuro, analizando los indicios de los hechos y acontecimientos de los días pasados. Para intentar comprender el periodo futuro y el tránsito hacia la democracia, debe tomarse en consideración una serie de factores.

En primer lugar, los vínculos entre las fuerzas armadas y la administración americanas. Como es natural, al igual que en los 18 días de la revolución, las relaciones privilegiadas con Washington influyeron para que el ejército no atacara a los manifestantes. Así deberá seguir siendo en los próximos meses. El problema, sin embargo, es que, como ya sabemos, el funcionamiento de todas las tropas del mundo se basa en un sistema extremadamente jerárquico y le cuesta desenvolverse en un contexto democrático. De entrada, por lo que respecta a una verdadera reforma constitucional o una reescritura de la Constitución, tan necesaria e importante en el Egipto actual, el poder militar ha anunciado que, por ahora, no tendrá lugar.

Tan solo se prevé enmendar seis artículos de la Constitución relativos a la apertura de la participación en las próximas elecciones. Así que lo más probable es que, como suele pasar en Egipto, durante la próxima etapa se produzca toda una serie de maquinaciones, destinadas a mantener el peso de los militares o de sus allegados en el poder. En otras palabras, hay muchas posibilidades de que haya un candidato surgido del ejército, seguramente Ahmed Shafiq, el actual primer ministro encargado del gobierno.

El papel de los Hermanos Musulmanes

Y cuál es el papel de los Hermanos Musulmanes en el futuro político del país? Sin duda, se trata de una fuerza política poderosísima actualmente en Egipto, algo de lo que sus dirigentes tienen plena conciencia. La cuestión es que conocen muy bien la suerte de los partidos islámicos de la región MENA: del Frente Islámico de Salvación (FIS) a Hamás en Palestina, nunca un partido de inclinación islámica ha logrado ejercer el poder en la región. Así que, de momento, los Hermanos Musulmanes han optado por una estrategia inteligente, la de quedarse en un segundo plano y no perseguir el protagonismo en la escena política.

Al igual que el resto de fuerzas políticas, su preocupación principal en este momento es instaurar la democracia civil y garantizar su consolidación gradual, presionando para que el país pueda liberarse de la influencia total de los militares y pertenezca de verdad al pueblo.

Emergencia de nuevos actores: los jóvenes

Finalmente, la principal fuerza capaz de consolidar la transición de Egipto a una etapa más moderna, libre y democrática es, con toda seguridad, la misma que ha podido, en 18 días, derrocar a un dictador que llevaba más de 30 años en el poder: la juventud con estudios de la clase media, los auténticos héroes de la revolución egipcia.

Extremadamente organizados, abiertos y ágiles, con un dominio sorprendente de la tecnología y de las herramientas del siglo XX, sabrán luchar contra las maquinaciones tradicionales y arcaicas de las generaciones del pasado, para imponer un clima más transparente y democrático en la fábrica política egipcia. La apertura es ya inevitable. La combinación de factores como el flujo de información por los medios tradicionales y alternativos, así como la instauración de un estado de derecho, donde ya no tendrá cabida la impunidad, conducirán a Egipto, tanto si se quiere como si no, hacia una verdadera democracia.