Creación artística y libertad de expresión en Túnez

En un país que ansía la modernización de su sociedad, los derechos humanos, la dignidad humana y el respeto mutuo son indivisibles, intrínsecos e innegables.

Josep Giralt i Balagueró y Carina Soriano

El papel de la cultura en las transiciones democráticas se ha mostrado siempre como un elemento importante. A menudo se saca a discusión la transición española como uno de los claros ejemplos donde la canción, la poesía, el teatro, las artes plásticas, la creación artística en general, fueron instrumentos básicos y fundamentales en los que se asentó primero la contestación ideológica y “revolucionaria”; después la libertad y la construcción democrática y social de finales de los años setenta.

Los primeros años del siglo XXI han visto gestar y nacer un proceso que hemos bautizado con el nombre de Primavera árabe y que ha significado un proceso de transición democrática no exento de fuertes y violentas posiciones enfrentadas. La celebración de las primeras elecciones libres en Túnez, Libia y Egipto, ha provocado la llegada al poder de partidos islamistas tanto en Túnez como en Egipto. Y los primeros brotes de tensión entre cultura y poder, entre creación y libertad de expresión han hecho su aparición inmediatamente. Seguramente el caso más elocuente de dicha confrontación, de las contradicciones y fricciones entre democracia, libertad de expresión y creación artística ha tenido lugar en Túnez.

Durante la décima edición de la Primavera de las Artes en Túnez, el pasado mes de junio, un grupo de salafistas “ofendidos” por el contenido de algunas obras que allí se exponían y que consideraban blasfematorias a los principios del islam, atacaron con desatada violencia el espacio expositivo –el centro cultural estatal Palais Abdellia– quemando y rompiendo alguna de ellas. Posteriormente, 27 de los artistas que allí expusieron fueron amenazados de muerte por ir contra lo sagrado. Dos de los artistas más duramente juzgados fueron Mohamed Ben Slama y Nadia Jelassi.

Mohamed Ben Slama por haber expuesto un cuadro con la imagen de una mujer desnuda junto a un plato de cuscús y otro donde unas hormigas salían de una cartera de un escolar. Estas hormigas sobre una pared formaban letras transcribiendo la expresión “Gloria a Dios”. A Nadia Jelassi la acusaron de alterar el orden público por exponer los bustos de unas mujeres veladas con piedras evocando una lapidación. Esta última tuvo que soportar en agosto una vista preliminar de su causa delante de un juez de instrucción, y continua imputada. El papel del Ministerio de Cultura ante estas agresiones fue, digámoslo, más bien ambiguo.

Si por un lado no condenó los hechos de forma inmediata y permitió que se abriera una demanda judicial contra los dos artistas “por haber atentado contra lo sagrado”, ante las manifestaciones de profundo malestar del sector artístico y cultural, ordenó que una comisión creada por el ministerio adquirier cuatro obras de la Primavera de las Artes de Túnez. Éstos no son hechos aislados, anteriormente ya se habían producido otros ataques contra la libertad de expresión. En octubre de 2011, los salafistas protestaron violentamente contra la cadena de televisión privada tunecina Nessma por la difusión de la película Persépolis. La Facultad de Letras, Artes y Humanidades de la Universidad de la Manuba vio alterada su actividad académica en varias ocasiones, por el ataque salafista por discrepancia con alguna de las normas del centro (prohibición del niqab, clases mixtas, etc.) pero también por entender que algunas de las asignaturas impartidas eran contrarias a los valores del islam.

O más recientemente los ataques a la actriz y modelo tunecina Rim El Benna, o la prohibición de actuar en Túnez a la reina del rap árabe, la libanesa Lynn Fatouth aka Malikah Conciliar islamismo, libertad de expresión y creación artística no ha sido fácil a lo largo de la historia del mundo árabe y, por tanto, no parece una tarea menor para las sociedades que han de gestionar el tiempo del “después” de las revueltas árabes. Según la arabista Luz Gómez García, “con el estallido de las revueltas árabes, los salafistas del viejo cuño titubearon: al fin y al cabo los autócratas les habían dejado hacer. Aunque pronto comprendieron que tenían que buscar su hueco en un tiempo nuevo.

Y lo encontraron sin grandes problemas en el discurso de la identidad y en la batalla cultural. Ello ha supuesto que hayan entrado de lleno en la guerra de las posiciones del marco posrevolucionario, abandonando su anterior estrategia de revolución silenciosa (…) los salafistas enarbolan la pura islamicidad de la sociedad y llenan el hueco opositor dejado por los islamistas ahora en el poder.” Seguramente, una de las reacciones más furibundas contra todos estos actos ha sido la expresada desde Túnez por el poeta Moncef Wahaibi (nacido en el oasis de Hajeb el Aiun, cerca de Kairuán, 1949): “los salafistas y las demás fuerzas oscuras que les apoyan deben saber que los tunecinos han hecho una revolución por la libertad y la democracia, y no para instaurar un nuevo despotismo religioso como en Irán. En esta fase histórica, los intelectuales de todo tipo y condición deben unirse para hacer frente a las amenazas.

Los salafistas son conocidos históricamente por sus crímenes atroces contra la cultura…. Han quemado bibliotecas y sembrado el terror desde Bagdad a Córdoba, y no creo que vayan a abandonar su barbarie porque su odio a la cultura siempre estará presente”. Ante estos hechos, son diferentes las voces que se han alzado en uno y otro sentido. Están los que, indudablemente, se cuestionan si es posible la convivencia del islam con valores democráticos y defienden la total libertad de expresión y creación. Y, por otro lado, los que tachan la creación artística de estos autores y la producción y exhibición de estas obras de pura provocación. Seguramente entre los segundos no hay voluntad para entender ni aceptar que la creación artística es la expresión del sentimiento íntimo que se plasma en formatos diversos.

La cuestión de la libertad de expresión, de creación y de conciencia es uno de los temas recurrentes aportados por los creadores y actores culturales del mundo árabe, tanto bajo regímenes totalitarios como, sobre todo, a partir de las revueltas. La revolución tunecina ha desembocado en una democratización de la vida social, política y cultural como consecuencia del propio origen de las revueltas. El proceso revolucionario experimentado en Egipto y Túnez (también en menor medida en Marruecos y Jordania) ha ido acompañado por una dinámica artística que ha utilizado de forma inusual las redes sociales. Es evidente que las revueltas destilaban una fuerte dimensión cultural y artística, apoyándose en unos medios de transmisión del relato y del discurso hasta entonces desconocidos: las redes sociales, internet, facebook… fueron las correas de transmisión del poder de las imágenes producidas sorteando las diferentes formas de censura y divulgaron ampliamente las creaciones, las luchas, la represión; pero también del acceso al conocimiento y a la reflexión de cómo reaccionaba el mundo exterior ante tales acciones.

Y todo ello en manos de una generación de jóvenes urbanos y educados, con una fuerte presencia femenina (que no es banal), pero también con la participación de una gran parte de intelectuales, artistas y escritores. En estos últimos meses, y ante estos acontecimientos, el pueblo tunecino ha aclamado y apoyado con fervor la libertad de expresión y creación artística y ha abogado por defender estos valores democráticos: “El arte es libertad” era el lema de una manifestación artística y ciudadana que tuvo lugar en los jardines de Belvedere, muy cerca del Centre des Arts Vivants de Túnez, uno de los centros contemporáneos más activos y férreo defensor de los artistas y de su libertad de creación y, por ello, también, uno de los lugares más amenazados por el islamismo más radical.

En las redes sociales fue contundente el apoyo, por parte de los ciudadanos, a todos los artistas que expusieron en el Palacio Abdellia y, sobre todo, tras las detenciones a los dos artistas más arriba citados. En un país que ansía el progreso de su sociedad, los derechos humanos como la libertad de expresión (incluido el ejercicio libre del arte), la dignidad humana y el respeto mutuo son indivisibles, intrínsecos e innegables.