Comprender el cambio cultural en Argelia y Marruecos

El amazigh seguirá siendo una espina hasta que no se lleve a cabo un política con espíritu de igualdad y autonomía.

Tassadit Yacine, Ecoles des Hautes Etudes en Sciences sociales, París. Directora de la revista Awal

Africa del Norte (en particular Argelia y Marruecos) atraviesa una etapa nueva en su historia cultural que, ciertamente, se abrirá sobre un futuro cuyos horizontes serán innegablemente diferentes de lo que habían proyectado los nacionalistas de los años cuarenta (el Istiqlal en Marruecos, el movimiento nacional en Argelia) o los religiosos de las décadas anteriores (como los ulemas en Argelia). El intento de cambio de política cultural, iniciado actualmente, tiene como génesis acontecimientos políticos internacionales (las divisiones Este/Oeste) pero también los de Oriente Próximo, en particular la caída de Sadam Husein y sus consecuencias políticas sobre el conjunto de la región, como el fin de la ideología del partido Baas –que gozó de una influencia considerable sobre los países jóvenes al salir de la colonización; sin olvidar el peso de las instituciones europeas (en particular la Comisión) y las presiones ejercidas para llevar a esta región más democracia y, por tanto, más derechos culturales para las poblaciones que están lejos de constituir minorías en el terreno demográfico.

Esos países poseedores de riquezas naturales considerables (petróleo, gas, fosfatos) ocupan un amplio espacio (Argelia, Marruecos, Libia) y tienen por cultura común, la amazighidad, cierto, pero también la arabidad. Esta última les viene de la conquista musulmana (en el siglo VII), de ahí la presencia de un idioma árabe (llamado darija) que practica un número importante de personas. La francofonía y el hispanismo y la cultura italiana fueron igualmente introducidos como consecuencia de las ambiciones coloniales que caracterizaron el principio del siglo XX. En el proyecto europeo de dominación de África, el norte de África (llamado también África blanca) correspondió a Francia. Túnez (1881) y Marruecos (1912) fueron protectorados mientras que en Argelia, desde 1830 se instauró una verdadera política de colonización, que duró siglo y medio. Esos procesos políticos ejercidos a largo plazo tuvieron efectos de una importancia capital sobre las lenguas, las culturas y las representaciones del mundo de los dominados en la medida en que su práctica se devaluó en beneficio de las lenguas dominantes.

Esta estrategia de postergación de las culturas autóctonas (cuando no tiende pura y simplemente a su olvido) es en realidad un vasto programa político que se basa en la dominación psicológica y afectiva de las poblaciones. Esta última etapa es más operativa que las luchas abiertas, en la medida en que el combate no solamente está planeado a largo plazo, sino que tiende a que los grupos procedan a su propia depreciación hasta el punto de renunciar ellos mismos a lo que fue su propia identidad.

El árabe se sirvió del islam para proclamarse lengua superior, elegida (véase sagrada) para expresar el mensaje divino en esta tierra y, por tanto, tendente a imponer una legitimidad. De ahí se deriva que todos los que proclaman esa cultura y esa civilización, se consideran elegidos destinados de hecho y de derecho a ejercer un poder político y a privilegiar su lengua en la transmisión de valores sociales y culturales. Parece, en todo caso, que el francés utiliza otros argumentos para asentar su legitimidad durante la colonización.

Diferente por la forma pero fundamentalmente el mismo en la medida en que se proclama portador de una misión laica, fundada sobre un “jacobinismo” pensado como universal y percibido en consecuencia como modelo político aplicable en gran escala. La superioridad de la civilización de Francia es intrínseca a un humanismo ligado a los derechos del hombre. Pero, en cualquier caso, la dominación cultural no deja de tener relación con lo político y con lo económico. En realidad, la operación es aún más vasta porque además del espacio, las riquezas, tiene como objetivo, propiamente dicho, proceder a la destrucción de todo lo que caracteriza la personalidad de un pueblo; en suma, de lo que determina y forma su cultura, su identidad y su historia.

Los más expuestos a ese riesgo son a la vez los países más debilitados por las dominaciones coloniales (en el sentido amplio) y los más alejados de centros legítimos de la cultura. Pero por inverosímil que pueda parecer, esa estratagema no es lo único que hicieron los antiguos colonizadores. La trampa terrible es la constatación de que los Estados nacionales se han visto inducidos a utilizar los mismos procedimientos de dominación que sus antiguos opresores, de los cuales pura y simplemente tomaron la divisa “jacobina” con una sola excepción: un pueblo, una lengua, una religión. Argelia, Marruecos, Mauritania, Libia, entre otros (con excepción del Túnez de Habib Burguiba) han inscrito su lucha en el campo político árabe; esas naciones que se dotan de tales proyecciones no pertenecen objetivamente al área árabe: son espacios anexados a Oriente gracias al islam.

Sin duda debemos de ver en ello una prueba de un proceso de arabización inacabado. Debido a esa pertenencia africana (blanca, negra, mestiza) el África del Norte no es étnicamente árabe: esta realidad hace explícito un exceso de celo –para proceder también a una homogeneización étnica– al igual que las prácticas del pasado. Así el pueblo reconstituido a partir de una lengua y una religión volverá a dar un nombre al pueblo norteafricano que no es el que existe en su diversidad sino el que los poderes han decidido hacer que exista: el pueblo “elegido” por excelencia, que se supone desciende en línea directa del Profeta o de su etnia.

Este recordatorio sólo es un preámbulo que permite comprender las razones de una larga lucha, sobre todo en el seno del movimiento nacional argelino (ya que fue donde se planteó esa cuestión desde 1949), y más tarde a lo largo de toda la pos-independencia y hasta los años ochenta, que condujeron a los sangrientos acontecimientos de 2001 que sufrió la juventud de la Cabilia (Argelia), y que tuvo un fuerte eco en la región. Si la Cabilia, en particular, fue la punta del combate por su lengua y su cultura y si la represión fue feroz, se debe en realidad a que esa cuestión afecta a los fundamentos del Estado-nación y a la naturaleza misma del poder.

En ese marco hay que colocar los sucesos ocurridos después de 1990, que tuvieron consecuencias en las regiones amazighs. Éstas sólo pueden encontrar su lugar real en un Estado de Derecho. Bajo el nombre de estrategias de poder, los diferentes clanes en la cima del Estado y del ejército se sirvieron de la cólera mantenida y generalizaron e instrumentalizaron así a ultranza la cuestión bereber. El juego no puede ser más claro desde 1992.

Por paradójico que parezca, no es Argelia la que intenta –en lo inmediato– aportar una verdadera solución a la amazighidad, a pesar de que se produce una fuerte toma de conciencia popular y de los intentos de institucionalizar la cuestión (Alto Comisionado de la Amazighidad –HCA–, creación de centros universitarios en Tizi-Uzu y Bejaia), sino en el Marruecos vecino, que ha tomado la delantera con la esperanza de evitar lo peor y ofrecer una imagen de apertura y cambio en ruptura con los “años de plomo”. Es ese espíritu el que explica la creación de una institución que moviliza muchos medios y a un gran número de investigadores para asentar la investigación. En su concepción, la monarquía no ha escatimado medios.

Quedan las posibilidades de realización que incumben a la práctica y a la responsabilidad de los investigadores: sólo ellos determinarán el verdadero objetivo y el sentido que convendrá dar al proyecto. En el corazón de la historia de África del Norte, la cultura amazigh seguirá siendo una espina hasta que no se lleve a cabo una verdadera política con espíritu de justicia, autonomía e igualdad social lejos de los juegos y desafíos políticos.