Brasil: una presencia que se confirmaen el Mediterráneo

Brasil, sobre el trasfondo de su herencia socio-histórica, refuerza sus relaciones con África y el mundo árabe: 80 millones de brasileños tienen raíces africanas.

Sébastien Abis

Europa y Estados Unidos ya no son las únicas potencias en el Mediterráneo. Numerosos actores se han autoinvitado a esta región, cuyo carácter geoestratégico es innegable. Aunque en ella se recrudecen las tensiones, los intereses y la codicia se desarrollan en esta zona atravesada por la globalización y por la recomposición de las relaciones geoeconómicas. Es cierto que el Mediterráneo ya no es el centro de gravedad del mundo, pero este Mediterráneo consume a escala mundial y actualmente los grandes actores mundiales se redistribuyen allí las cartas comerciales y geopolíticas. Este fenómeno se acelera desde el estallido de la crisis financiera en 2008.

El caso de la penetración de China en la escena mediterránea se analiza con frecuencia. Por el contrario, el de Brasil sigue estudiándose poco. Sin embargo, es un ejemplo de un proceso dinámico que aúna la multipolaridad y desarrollo de las relaciones Sur-Sur. La aparición de Brasil en el Mediterráneo simboliza hasta qué punto esta región se sitúa en el centro del tablero mundial. Desde finales del siglo XX, Brasilia abandona poco a poco el patio trasero de las relaciones internacionales para afianzarse en el primer plano del escenario y convertirse en un actor influyente en este mundo.

Este aumento de su importancia puede explicarse por varios factores, entre los que se incluyen su tamaño demográfico (5º país del mundo); su estabilidad política; su peso económico (9º país del mundo en términos de PIB); la explotación de sus múltiples recursos (agua, suelos y dentro de poco petróleo) sobre una superficie considerable (5º país del mundo); la fuerza de su diplomacia, que se mueve con eficacia en el ruedo de las organizaciones multilaterales; y también la cooperación que lleva a cabo con el Sur, siendo uno de los primeros donantes en ayuda al desarrollo.

Pero, a este panorama no exhaustivo, debe sin duda añadirse el carisma excepcional del ex presidente Lula, quien entre 2002 y 2010, no se limitó a dirigir un país. No solo dio un rumbo atrevido a la acción exterior, sino que también favoreció el desarrollo de nuevos equilibrios geopolíticos. La imagen de Brasil en el mundo ha cambiado, espoleada por la figura de Lula. Brasil, preocupado por articular en mayor medida las relaciones Sur-Sur, ha llevado a cabo una política exterior proactiva y sin complejos. Esta ambición no se ha conformado con una mayor implantación estratégica en Latinoamérica.

En efecto, Brasilia, con el trasfondo de su herencia socio-histórica, se ha concentrado en intensificar sus relaciones con África y el mundo árabe. Sirva como recordatorio que 80 millones de brasileños tienen raíces africanas y que 12 millones son de origen árabe, la mayor parte de ellos libaneses. Este puente geopolítico se construyó progresivamente mediante el mecanismo del diálogo político establecido entre los países sudamericanos y los 22 miembros de la Liga Árabe bajo el impulso manifiesto de Brasil.

Efectivamente, dos cumbres de jefes de Estado y de gobierno de esos 35 países, celebradas, respectivamente, en Brasilia en 2005 y Doha en 2009, permitieron reforzar las relaciones diplomáticas y económicas toda vez que se identificaron los sectores de cooperación mutuamente beneficiosos: la investigación científica, la modernización de la agricultura, la adaptación a los cambios climáticos y la formación profesional. A pesar de que ese foro se organiza desde un punto de vista multilateral, los progresos se materializan sobre todo a nivel bilateral, es decir, entre Brasil y los países árabes. Así, las numerosas reuniones técnicas permiten alimentar esta relación en ciernes y desarrollar programas sociales en cooperación.

El prisma de los intercambios comerciales

La progresión de los intercambios económicos se ha basado en esta estrategia diplomática. Al desplazarse Lula con representantes de las empresas brasileñas, un gran número de visitas oficiales en los países árabes se ha traducido en un incremento notable de las relaciones comerciales. Desde 2002, el comercio entre Brasil y los países árabes se ha cuadruplicado. Las empresas brasileñas como Petrobras (energía), Randon (vehículos industriales) o Norberto Odebrecht (ingeniería de infraestructuras) son cada vez más activas en los países árabes. En el marco de Mercosur, se dibuja progresivamente una liberalización de los intercambios de bienes con Marruecos, Jordania, Egipto y Siria.

Es conveniente añadir a Turquía e Israel entre los países mediterráneos que tienen sus ojos cada vez más puestos sobre Brasilia: también con esos dos Estados los intercambios se han multiplicado por tres bajo el doble mandato de Lula. Vale la pena realizar algunas precisiones. En primer lugar, los países árabes solo representaban el 6,5% de las exportaciones brasileñas en el mundo en 2010, con una suma cercana a los 12.000 millones de dólares. Asimismo, las importaciones procedentes del mundo árabe solo constituyen el 5% de las compras internacionales de Brasil.

Las cifras de 2010 revelan por tanto que Brasil no ocupa una posición dominante en los intercambios con los países mediterráneos. Es necesario recordar aquí que la Unión Europea, China y EE UU son actualmente los principales socios comerciales de Brasil. Una vez dicho esto, las cifras del comercio entre Brasil y los países árabes presentan un ritmo alcista en estos últimos años y nada anuncia un cambio de tendencia ya que el potencial comercial interregional todavía parece subexplotado. A continuación, tenemos que insistir sobre la polarización geográfica de estos intercambios: Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos son los primeros socios comerciales de Brasil en el mundo árabe, seguidos de Egipto, Argelia y Marruecos. También constatamos que los intercambios comerciales con los países mediterráneos son muy desequilibrados, a favor de Brasil, incluso en el caso de Turquía.

Por último, estas relaciones económicas se concentran en los productos agrícolas (azúcar, carne, maíz) y las materias primas (petróleo, fosfato, fertilizantes). Por ejemplo, gracias al maná de su oro negro, Argel presenta una balanza comercial positiva con respecto a Brasilia. Es importante subrayar hasta qué punto cuenta la variable alimentaria en el acercamiento entre Brasil y el mundo árabe. La agricultura moderna y exportadora brasileña responde perfectamente a la dependencia estructural de los países árabes y mediterráneos del mercado internacional para alimentar a su población.

La potencia agrícola de la que hace gala un lado contrasta con el aumento de la fragilidad alimentaria del otro. Por tanto, no es sorprendente que las ventas agrícolas de Brasil se disparen desde hace algún tiempo. Pasaron de 1.500 millones a 7.000 millones de dólares entre 2000 y 2009 y constituyen más de la mitad de las exportaciones totales brasileñas hacia los países árabes. Estos últimos representan el 11% de las compras internacionales en productos agroalimentarios brasileños, es decir, un poco menos que China (14%), pero más que EE UU (7%). En el caso de Egipto, los bienes agrícolas constituyen el 50% de las importaciones totales procedentes de Brasil. Este índice aumenta hasta el 75% para Marruecos e incluso hasta cerca del 90% para Argelia.

El desarrollo de los agrocarburantes, sobre los que Brasil dispone de unos conocimientos casi únicos y que atrae la atención de varios países que tratan actualmente de diversificar sus modelos energéticos, es otro asunto en el que el entendimiento es cada vez mayor. Es verdad para Egipto y sin duda preocupará a Turquía cada vez más. El food power de Brasil, que se manifiesta en la producción y también en los conocimientos científicos (a través de la agencia Embrapa), ha encontrado su campo de acción tanto en el mundo árabe como en Asia.

Diplomacia proactiva y singular

El acercamiento político ha venido acompañado de una penetración económica. El corolario de estas dinámicas se plasma inevitablemente en las cuestiones de orden estratégico que acompasan los asuntos mediterráneos y de Oriente Próximo. Para enriquecer la argumentación, conviene mencionar en primer lugar un expediente que debe leerse de forma paralela a los temas anteriores sobre la agricultura y que parece que agita la relación entre Brasil y los países árabes. Estos últimos se encuentran en el centro del debate relativo a la proliferación de las ansias por las tierras agrícolas mundiales.

Varios Estados árabes sufren una dependencia alimentaria estructural y exploran los terrenos disponibles del planeta para cultivar en ellos los productos que ya no pueden desarrollar localmente. Estas inversiones en el extranjero tienden a acrecentarse y Brasil, que posee un territorio inmenso (más amplio que el continente europeo), no escapa a esta carrera territorial. En 2009 se hicieron públicas las negociaciones de Arabia Saudí, que carece de tierras y de agua y que parece especialmente activa, con las autoridades de Brasilia. A la relación privilegiada del Reino saudí para abastecerse masivamente de productos agrícolas brasileños (cerca de 1.500 millones de dólares en 2009), se le superpone una visión más a largo plazo que consiste en plantearse una seguridad alimentaria deslocalizada en el espacio todavía disponible en el país más grande de Latinoamérica.

Sin embargo, el desbocamiento del fenómeno preocupa tanto a Brasil, que en agosto de 2010 revisó su ley territorial para limitar las compras de tierras agrícolas en su territorio que abarcan varios miles de hectáreas. Por otra parte, debemos señalar que en 2010 Brasil ha sabido capitalizar su dinámica de inserción progresiva en el primer plano de la escena internacional, al invitarse a sí mismo, por ejemplo, en el asunto del conflicto palestino- israelí. Brasil ha reconocido oficialmente el Estado palestino en una carta que envió Lula a su homólogo Mahmud Abbas el 3 de diciembre de 2010.

Esta acción es la continuación tanto de los posicionamientos habituales de Brasil a favor de la paz en Oriente Próximo y en contra de las políticas de colonización llevadas a cabo por Israel, como también de la visita oficial de Lula a Ramala (Brasil cuenta allí con una representación diplomática desde 2004) y a Jerusalén, en abril de 2010, algo que ningún presidente brasileño había hecho antes. Brasil, que ansía un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, podría estar tentado de desempeñar el papel de nuevo mediador en Oriente Próximo (algo que el líder sirio Bashar al Assad ha pedido abiertamente), al situarse como un actor complementario pero singular con respecto a las potencias tradicionales implicadas en la región.

Efectivamente, a diferencia de EE UU y Europa, Brasil llega allí sin secuelas históricas y políticas, lo que explica además porqué dispone de semejante capital de simpatías en la mayoría de los países de la zona. Aparece como un interlocutor honrado, que no oculta su artillería económica detrás de su ballet diplomático y que, además, no muestra una alineación sistemática con las posturas americanas o europeas. Un último ejemplo de otro acontecimiento que sacudió recientemente la actualidad: el acuerdo trilateral sobre el sector nuclear iraní que Brasilia negoció con Turquía.

Este acuerdo se mediatizó ampliamente cuando se anunció el 17 de mayo de 2010. Aunque tuvo pocos efectos concretos, ilustra la voluntad de Brasil de afianzarse como actor global, al dar preferencia a la carta del multilateralismo y de la solidaridad entre los países del Sur y al construir así unas alianzas que transforman las relaciones geopolíticas tradicionales. Discutir con el régimen de Teherán actual es una decisión que Brasilia ha tomado tras mucha reflexión, por razones tanto políticas como económicas. Resulta evidente que este nuevo orden internacional es consecuencia de la hiperactividad de Lula. El presidente brasileño acaba de finalizar sus dos mandatos (2002-10) con una popularidad en su punto más alto, tanto en el plano internacional como en el nacional. Es algo lo bastante poco frecuente como para insistir en el carácter excepcional de esta presidencia.

A partir de ahora, su sucesora, Dilma Roussef, que accedió a la jefatura del Estado brasileño el 1 de enero de 2011, solo puede querer enmarcarse dentro de la continuidad de su mentor. Por otra parte, Lula, desde hace poco tiempo, no descarta la posibilidad de volver a presentarse en 2014 (tendrá entonces 69 años). Hasta ese momento, se especulará sobre su vocación mundial y su posible candidatura para dirigir la ONU. La hipótesis más probable es que la estrategia de Brasil para tomar parte en los asuntos del mundo prosiga sobre las mismas bases que las establecidas estos últimos años (búsqueda del compromiso, federación de las posiciones del Sur).

El programa de reforzamiento de la capacidad militar, demasiado limitada en estos momentos, también forma parte de ese panorama prospectivo. Varios puntos débiles internos siguen lastrando el potencial de desarrollo de Brasil y su influencia en el mundo sigue siendo incomparable con la de China, cuyas dinámicas, tanto nacionales como internacionales, han vuelto a configurar realmente la geopolítica de este principio de siglo XXI que también sigue presa de las grandes dificultades venideras. Una vez dicho esto, debería confirmarse el surgimiento multiforme de la potencia brasileña en el Mediterráneo y Oriente Próximo.

Esta dinámica es doblemente estratégica: resulta imposible no implicarse en esta zona si se pretende influir en la escena internacional y en los intereses comerciales cada vez mayores que impulsan el desarrollo económico de Brasil. Esta es la realidad que EE UU, que a veces ve con ojos desconfiados la llegada brasileña a los asuntos iraníes y de Oriente Próximo, debe contemplar de frente, así como Europa, afligida al comprobar hasta qué punto su relación con los países mediterráneos no es exclusiva.

Ya sea para hacer diplomacia o negocios o ayudar al desarrollo, existe un “estilo” brasileño que se concreta y se desmarca claramente de los enfoques occidentales. Ahí donde podía observarse una penetración comercial a principios del siglo XXI, parece que de ahora en adelante es fundamental contar a Brasil entre los grandes de este mundo y los nuevos actores mundiales en el Mediterráneo.