Argelia y la distracción evangelista

La diversidad religiosa se aceptaba mientras era un asunto de extranjeros. La expansión del evangelismo produce malestar porque afecta a los argelinos.

Lakhdar Benchiba

Está Argelia amenazada por los evangelistas y por los más controvertidos de éstos, los cristianos sionistas americanos? ¿Existe una empresa fríamente organizada, destinada a crear una minoría religiosa –principalmente en Cabilia– con el fin de justificar a largo plazo las injerencias extranjeras? Para los argelinos que sólo lean los periódicos en lengua árabe –Echourouk, An-Nahar y El Khabar, por citar los más conocidos–, la cosa es evidente.

Como en el caso del terrorismo, algunos de sus artículos se nutren de informes oficiales imprecisos que catalogan el fenómeno evangelista, real pero cuya magnitud se ha exagerado enormemente, como un problema de seguridad. Los evangelistas cristianos sionistas atacan a Argelia solapadamente y, en esa línea, incluso la Iglesia Católica, a pesar de que es antigua y vive en buena armonía con los musulmanes, se ha convertido en sospechosa.

¿Cómo explicar que el régimen argelino –en general más preocupado por su imagen exterior que por la que tiene ante su propia opinión pública– permita, e incluso cultive, lo que hay que llamar claramente una campaña contra los cristianos y un incumplimiento flagrante de la libertad de conciencia reconocida por la Constitución de la misma manera que define al Islam como la religión del Estado? ¿Por qué no son los partidarios del islamismo político, sino el poder religioso tradicional establecido, concretamente la Asociación de Ulemas, quienes están a la cabeza de esta campaña por la defensa del Islam contra supuestas agresiones externas?

¿Cuántos son?

La presencia regular del tema de la evangelización en la prensa en lengua árabe da a entender que se trata de un fenómeno invasor y grave que ya constituye una amenaza para el equilibrio de la sociedad argelina. Como en otras muchas cuestiones, existen elementos ciertos, pero que, al amalgamarse con fines políticos, proporcionan un conjunto falso. Efectivamente, algunos argelinos musulmanes se han convertido, sin duda de manera más significativa en Cabilia, pero no exclusivamente. La mayoría, por no decir la totalidad, de estos nuevos conversos está en la esfera de influencia evangelista, agrupados en la Iglesia Protestante de Argelia, oficialmente establecida como asociación desde 1972.

Desde entonces, como signo de que el fenómeno es real, la Iglesia Protestante está dirigida por nacionales. Esta “nacionalización” de la iglesia explica en parte la inquietud que parece suscitar. Cuando las iglesias reunían sólo a extranjeros que vivían en Argelia –es el caso, por ejemplo, de la Iglesia Católica– apenas provocaban reacciones. Un extranjero –a semejanza del pastor metodista Hugh Johnson que residía en Argelia desde 1963– puede ser desalojado fácilmente del país, ya sea por denegación de la renovación del permiso de residencia, o simplemente por una expulsión que apenas necesita justificarse.

La novedad de una Iglesia Protestante dirigida por nacionales, y cuyos nuevos fieles también son nacionales, impide pues este procedimiento de expulsión. De ahí viene el argumento del lobo entre los corderos que se dedica a explotar, por medio de dinero, el desasosiego de los argelinos para convertirlos, tentándolos con la posibilidad de obtener visados para ir a Europa. De este modo, un periódico árabe afirmaba que a los que conseguían convertir a un musulmán se les remuneraba con 5.000 euros. En el contexto social argelino, ésta es una suma importante y debería promover muchas vocaciones.

Ahora bien, las estadísticas más exageradas hablan de 30.000 cristianos; la cifra más cercana a la verdad es la de 15.000 cristianos, la mayoría evangélicos y aproximadamente 4.000 católicos. Si se relacionan con una población de 33 millones de habitantes, no se trata de un fenómeno sino de un epifenómeno y hace todavía más incomprensible la campaña de prensa, así como las presiones ejercidas por las autoridades. Presiones que no se han limitado a los evangelistas, sino que se han extendido a los católicos, a los que nadie en Argelia, ni siquiera el estamento oficial o los ulemas, han acusado nunca de hacer proselitismo.

Es más, la Iglesia Católica, de la que 19 miembros, sacerdotes, religiosos y religiosas, entre ellos el obispo de Oran, Pierre Claverie, perdieron la vida entre el 8 de mayo de 1994 y el 1 de agosto de 1996, fue, en el difícil contexto de los años noventa, un apoyo para el régimen actual. Y se distanció abiertamente de la Plataforma de Roma, firmada en esa ciudad el 13 de enero de 1995, por los partidos argelinos de la oposición bajo los auspicios de la comunidad de San Egidio.

La ordenanza de febrero de 2006

La expansión del movimiento evangelista es una realidad que efectivamente produce un cierto malestar social. En los pueblos de Cabilia, donde la gente se conoce, la aparición de pequeñas iglesias evangelistas, en una sociedad en la que el Islam ha servido de freno y de unión, no deja de causar cierta inquietud. Cuando la diversidad religiosa era asunto de los extranjeros –prácticamente es así todavía en el caso de los católicos–, se aceptaba. Se vivía en buen entendimiento con los sacerdotes católicos cuyo compromiso social despertaba admiración.

Con el movimiento evangelista, la diversidad religiosa adquiere un sentido más amenazante, puesto que es asunto de los argelinos –presuntamente musulmanes–, de los hermanos, de las hermanas, de los primos, y no de los extranjeros. Allí donde se han establecido comunidades evangelistas, en Cabilia especialmente, existe una inquietud real. Pero, un hecho reseñable y signo seguramente de una evolución de las mentalidades es que, a pesar de estas inquietudes perceptibles en los debates, no se ha registrado violencia vinculada a la aparición de estas iglesias o a las conversiones. A lo sumo, ha implicado distanciamientos en el seno de las familias respecto a los que se han convertido. La decisión del gobierno de endurecer las condiciones de ejercicio del culto no musulmán se apoya en este malestar difuso.

Una ordenanza fechada el 28 de febrero de 2006 prevé penas de dos a cinco años de prisión y multas de 5.000 a 10.000 euros contra toda persona que “incite, obligue o utilice medios de seducción dirigidos a convertir a un musulmán a otra religión…”, prohíbe el ejercicio de un culto distinto del musulmán “fuera de los edificios previstos a tal efecto”, y supedita la asignación de los edificios para el ejercicio del culto a la obtención de una autorización previa. Esta voluntad de enmarcar las prácticas del culto no musulmán –las mezquitas lo están también–, en teoría, no debería poner en entredicho la libertad de conciencia y el derecho al ejercicio del culto.

La Constitución argelina define al Islam como religión del Estado, pero estipula también que la libertad de conciencia y la libertad de opinión son inviolables (artículo 36) y que las libertades de expresión, de asociación y de reunión están garantizadas para el ciudadano (artículo 41). Este equilibrio entre la voluntad del Estado de enmarcar jurídicamente las prácticas religiosas –que incluso existe, por otra parte, en países europeos– y el respeto a la libertad de conciencia es el que se iba a poner en entredicho, a causa del relativo dinamismo de los movimientos evangelistas y sobre todo de su “nacionalización”.

La revancha de los religiosos tradicionalistas

Los diarios en lengua árabe, Echourouk y El Khabar, enredados en una competencia feroz, han convertido la amenaza evangelista en un tema estratégico. Esta apropiación mediática creó un efecto de aceleración que daba una imagen sobredimensionada de la extensión del movimiento evangelista. Durante varios meses, los artículos, basándose en fuentes dudosas y en reportajes rebuscados, se empeñaron en crear la idea de una grave amenaza para la unidad de la nación. Esta campaña de prensa, puesto que eso es lo que es, orquestada por periódicos rivales, terminó por crear un clima de emulación entre los religiosos tradicionalistas, ya fueran del Ministerio de Asuntos Religiosos o de la Asociación de Ulemas.

Hay que señalar que las corrientes del islamismo político fueron muy discretas respecto a la cuestión. Era un asunto del establishment religioso tradicional. Éste había quedado completamente desbordado en los años noventa, cuando se demostró incapaz de desarrollar un discurso religioso creíble frente a los islamistas armados. Por otra parte, el Estado argelino tuvo que recurrir a los islamistas salafistas saudíes para “vender” su política de reconciliación a los grupos armados. Para estos religiosos, la “amenaza” evangelista se convertía en una bicoca para recuperar su salud.

Cheij Buamrane, islamólogo, antiguo decano de la Universidad de Argel y presidente del Alto Consejo Islámico acusa a “algunos responsables de la Iglesia Reformista Evangélica (…) de intentar sembrar la fitna (disidencia religiosa) entre los niños del mismo pueblo. Su objetivo político a la larga consiste en forjar una minoría aliada con determinadas instituciones extranjeras. Es una forma de neocolonialismo que se reviste de libertad de conciencia”. Al acusar Ghlamalá, ministro de Asuntos Religiosos, a los evangélicos de querer constituirse en “minoría”, como pretexto para una injerencia extranjera, los “cristianos sionistas” americanos son sospechosos de tener a Argelia en el punto de mira. El tema clásico de la amenaza para la unidad nacional se dramatiza esta vez por medio de una amenaza contra la unidad religiosa del país.

El poder y la amenaza

Estas campañas fueron obra del poder, directamente por medio del Ministerio de Asuntos Religiosos, e indirectamente a través de la Asociación de Ulemas. Permitían, frente a una corriente islamista aún poderosa en potencia, adjudicarse la talla simbólica del mayor defensor de la religión. Por otra parte, es patente que la Argelia oficial de Buteflika favoreció sobradamente el desarrollo de una religiosidad “apolítica” y devolvió el peso a las zauias (comunidades espirituales sufís), llamadas por el Ministro de Asuntos Religiosos, que procede de ellas, a combatir la evangelización.

Además de esta competencia respecto al tema de la religión, la exageración de la amenaza permitía distraer de los problemas sociales y políticos graves que se plantean en el país. Objetivamente, los jóvenes argelinos están menos tentados por la aventura evangelista que por la harga, la emigración clandestina que el gobierno acaba de criminalizar y, más seriamente, por el terrorismo. El intento de distracción no ha cuajado realmente, aunque ha creado un clima de inquietud en la comunidad cristiana.

El entusiamo judicial

El entusiamo judicial de la campaña cambió la situación. El 30 de enero 2008, la condena a un año de prisión condicional del padre Pierre Wallez, por haber dirigido un rezo para trabajadores emigrantes cameruneses cristianos en Maghnia, cerca de la frontera con Marruecos, causó indignación. La Iglesia Católica, a la que nadie acusa de proselitismo en Argelia, siente amenazada su existencia. En mayo de 2007, las autoridades locales de las 48 wilayas invitaron a los miembros de la iglesia a abandonar Argelia ya que serían objeto de amenazas por parte de Al Qaeda del Magreb.

Si se hubiera aplicado la medida en lugar de anularla, tras someter el caso los responsables de la iglesia a las más altas autoridades del país, habría sido sencillamente el fin de la iglesia. Toda una serie de hechos iban a convencer a los responsables católicos de que son, tanto como los evangelistas, el blanco de la campaña. Monseñor Henri Teissier, antiguo arzobispo de Argel, hombre poco propenso al enfrentamiento, ha cuestionado a “algunos grupos que pretenden reducir la presencia de la Iglesia Católica y le crean dificultades”.

En Argelia, el 17 de marzo de 2008, intelectuales y militantes de los derechos humanos impulsaron una petición por el respeto de las libertades democráticas y por la tolerancia. En concreto, afirman su compromiso con la libertad de expresión, con el pluralismo sindical y con “la libertad de conciencia, sinónimo del derecho de todos a practicar la religión de su elección, o a no practicar”. La multiplicación de juicios contra los conversos en los que la simple posesión de una Biblia implicaba diligencias por proselitismo, iba a causar un interés internacional no deseado.

El régimen argelino, obsesionado por su imagen externa, descubría que la distracción evangelista se volvía contra él. Desde hace algunos meses, la campaña de prensa ha cesado, y el establishment tradicionalista se mantiene en segundo plano. No faltaría razón en ver, también allí, la mano del poder…