Argelia-Francia: 50 años de transición generacional

Ni diplomacia ni negocios pueden resolver el contencioso histórico, que somete las relaciones bilaterales al capricho de las crisis y los cambios de humor.

Abed Charef

Cuando Argelia celebre el 50º aniversario de su independencia, el próximo 5 de julio, Francia, antigua potencia colonial, tendrá un presidente no implicado en la guerra de Argelia, mientras Argelia seguirá gobernada por un veterano de la guerra de independencia. Ni Nicolas Sarkozy ni François Hollande se vieron directamente involucrados en ese conflicto, que llegó a su fin cuando el presidente galo actual y el candidato socialista tenían siete y ocho años, respectivamente. Abdelaziz Buteflika, en cambio, era un joven comandante del Ejército de Liberación Nacional (ALN, en sus siglas en francés, el brazo armado del Frente de Liberación Nacional), y ya se encontraba en el primer núcleo del poder argelino.

Por parte francesa, el cambio permite zanjar la actitud de los antiguos presidentes. Jacques Chirac había servido de oficial en Argelia durante la guerra, cercano a los partidarios de la Argelia francesa hasta la víspera de la independencia. Al igual que toda una generación de franceses, había entrado en política en plena guerra. En cuanto a François Mitterrand, ocupaba la cartera de Interior al estallar la contienda, el 1 de noviembre de 1954. Toda la vida le persiguió la declaración que hizo en ese momento: “El único diálogo (con el FLN) es la guerra”. Más tarde, cuando la tortura practicada por el ejército colonial se amplió y el gobierno francés decidió ejecutar a los condenados a muerte por pertenecer al FLN, Mitterrand era ministro de Justicia.

De ahí el contencioso que arrastraba con Argelia y la sombra de esa guerra en las relaciones entre ambos países y sus dirigentes durante los años posteriores a la independencia. A pesar del cambio de generación, Francia todavía no ha logrado liberarse por entero de Argelia. Y es que, pese a la llegada al poder de nuevas generaciones, estas aún sufren la carga, a veces oprimente, del pasado. Sarkozy se convirtió en francés básicamente porque su padre se alistó en la legión extranjera e hizo parte de la carrera en Sidi Bel Abbes, al oeste del país, donde ese cuerpo dejó un recuerdo siniestro. El padre de Hollande era partidario de la Argelia francesa, cercano a la OAS (Organización del Ejército Secreto), que había inundado de sangre Argelia en los últimos meses de la colonización, rechazando cualquier idea de independencia.

Frente a ello, del lado argelino, la generación que hizo la guerra aún no ha abandonado los mandos del país. El presidente Buteflika, de 73 años, sigue ahí. Toda su carrera está marcada por el peso pesado del socio francés. Ya fuera cuando hizo la guerra, antes de 1962, cuando gestionó las relaciones difíciles de su país con Francia tras la independencia, como ministro de Asuntos Exteriores, o en su larga travesía del desierto, cuando creía, con o sin razón, que Francia tenía algo que ver con su arrinconamiento.

La ley que glorifica la colonización

A principios de su primer mandato como presidente de la República, que arrancó en 1999, Buteflika quiso construir una nueva relación con Francia. Visitó París, algo a lo que su predecesor, Liamine Zerual, se había negado. Y también recibió a Jacques Chirac, incluso antes de su investidura para un segundo mandato, en 2004. Chirac viajó a Bab El Ued, baluarte de la contestación popular, para mostrar su simpatía hacia ese barrio que había vivido un drama terrible, tras unas inundaciones que habían dejado cerca de un millar de muertos. Sin embargo, los esfuerzos de los presidentes Buteflika y Chirac no llegaron a buen puerto.

Los devolvió brutalmente a la realidad una historia que irrumpió en la vida política de ambos Estados, para confirmar que las relaciones entre Francia y Argelia escapan al control de los dirigentes, y no pueden reducirse a contactos entre diplomáticos, comerciantes o industriales. Obedecen a reglas no escritas, opacas, que cualquier lobby puede romperse. Con afán de seducir a un electorado cercano a la extrema derecha y los harkis, aquellos efectivos del ejército colonial, París mandó adoptar, en 2005, una ley que reconocía “la labor positiva de la colonización”.

Los argelinos, independientemente de su tendencia política, se tomaron el texto como una afrenta. Por mucho que Chirac hiciera que el Consejo Constitucional anulara de la disposición, el mal ya estaba hecho, y las relaciones se crisparon. A pesar de los discursos y las buenas intenciones, nunca ha habido una mejora. La participación de Buteflika en la cumbre para la creación de la Unión por el Mediterráneo (UpM), en 2008, precedida de una vista de Sarkozy a Argelia, a finales de 2007, permitió retomar el contacto, pero nada más. Hay que tener en cuenta que Sarkozy puso al frente de la diplomacia a un hombre que los argelinos odian especialmente, Bernard Kouchner.

Este, por si fuera poco, declaraba que las relaciones argelino-francesas mejorarían cuando la generación que hizo la guerra de la independencia desapareciera. Como resultado, Argelia afirmó que el ministro galo ya no sería bienvenido en su territorio. Entre escaladas dialécticas, los dirigentes argelinos llegaron al punto de exigir un “arrepentimiento” de Francia como condición previa a cualquier normalización. Sarkozy rechazó la idea y criticó severamente a quienes presionaban a Francia para que “se flagelara”. Luego cada cual volvió a sus posiciones, con una nota de resentimiento particular por parte argelina: la ley que glorificaba la colonización la había preparado un ministro de origen argelino, Hamlaui Mekachra.

Ambigüedades

Ahora bien, este terreno pasional no está del todo exento de ambigüedad. Así, Buteflika viaja regularmente a Francia para recibir atención médica, en el seno del establecimiento francés más oficial, el hospital militar Val de Grâce. Su antiguo ministro de Interior y compañero durante medio siglo, Yazid Zerhuni, y otros dignatarios del régimen, también reciben asistencia en Francia. Hasta el punto de que Abdelhamid Mehri, el que fuera secretario general del FLN, fallecido el 30 de enero, despertó una profunda simpatía por el mero hecho de acabar sus días en un hospital argelino y no en París.

A esas relaciones difíciles, incluso caóticas, en el plano de la memoria, se suman otros contenciosos que emponzoñan las relaciones bilaterales, sobre todo desde que la historia se ha acelerado en el mundo árabe. Desde que estalló la Primavera Árabe, París ha perdido a sus antiguos aliados y, para dar buena imagen, ha apoyado los movimientos contestatarios con cierto celo, mientras Argelia ha adoptado una postura prudente, a la expectativa, incluso eventualmente hostil a los cambios. En Libia, Túnez y Egipto, cuyos jefes de Estado han sido derrocados, Argelia se adaptaba perfectamente a los antiguos poderes, que garantizaban lo que para ella es una prioridad absoluta, la estabilidad y seguridad.

Por contra, el activismo francés a nivel oficial es objeto de burlas en Argel, que no olvida que Sarkozy nombró a los expresidentes Hosni Mubarak y Zine el Abidín ben Ali padrinos de su proyecto de UpM. Mubarak había sido designado copresidente, mientras que Túnez debería haber albergado la sede de la institución.

La preferencia francesa

Otro motivo enraizado de discordia es la preferencia francesa, en el Magreb, por Túnez y, sobre todo, Marruecos. En el conflicto del Sáhara Occidental, reivindicado por el Frente Polisario, apoyado por Argelia, Francia –tanto de la derecha como de la izquierda– siempre se ha mostrado favorable a las tesis marroquíes. Esta actitud política tradicional se ha visto reforzada por una proximidad más franca con Marruecos, especialmente en el terreno humano, mientras que la relación con Argelia andaba de capa caída.

Los políticos y famosos franceses van de vacaciones a Marruecos, donde poseen riads y segundas residencias. Tienen acceso al Palacio Real, y los hijos del Majzen marroquí van a las mismas escuelas que las élites francesas. De ahí nacen vínculos, se forjan complicidades, y las relaciones bilaterales adquieren una gran densidad humana, lo que acaba dando resultados en los ámbitos político y económico. En Argelia, en cambio, donde domina un nacionalismo a flor de piel, un populismo muy extendido y un discurso igualitario de rigor, aunque la práctica social esté cada vez más desfasada, toda relación con la antigua potencia colonial genera suspicacias. Los contactos se reducen al mínimo.

Además, en Argelia no se sabe qué es el turismo, no se sabe dar la bienvenida a un inversor, ni tan siquiera a un simple visitante. Los pocos intentos de atraer turistas franceses han acabado en fracaso. Y luego, para más inri, está la inseguridad de los años noventa, con grupos terroristas que iban sistemáticamente a por los extranjeros, llegando al extremo de desviar un avión de Air France, atacar una escuela francesa y secuestrar a agentes consulares. En definitiva, los franceses ya no conocen Argelia.

Bazas mal utilizadas

La presencia de tres millones de argelinos en Francia podría hacer las veces de puente. Y se ha transformado en un hándicap adicional, de tanto acumularse conflictos. Sin ser del todo argelinos ni cien por cien franceses, estos binacionales, de quienes recelan ambos bandos, ni tan siquiera constituyen un electorado homogéneo de peso en la vida política francesa. ¿Acaso no silbaron el himno nacional galo en un estadio francés, con ocasión de un amistoso entre las selecciones nacionales de ambos países, un partido que no pudo ni acabar? Hasta los años ochenta, estos franceses de origen argelino se agrupaban en torno a la “Amicale des Algériens en Europe”, asociación fundada por el FLN, y votaban principalmente a la izquierda.

Luego las cosas cambiaron mucho. La izquierda francesa no cumplió sus promesas con este segmento de la ciudadanía, según los dirigentes argelinos, que señalan que Sarkozy ha sido el primer jefe de Estado francés en dar visibilidad a los magrebíes, al hacer ministra a Rachida Dati, algo a lo que la izquierda nunca se había atrevido. Al mismo tiempo, esos jóvenes surgidos de la inmigración empiezan a representar una baza para las empresas francesas interesadas en instalarse en el mundo árabe, incluida Argelia. Estos binacionales, que dominan la lengua y la cultura del país de destino, crean un clima de confianza que las firmas francesas no encuentran en unas sociedades que se les antojan hostiles. Asimismo, desde el punto de vista argelino, son un resorte excelente para la lengua francesa, que pierde terreno frente al “árabe por satélite”. Y en este ámbito, los franceses demuestran una curiosa ceguera.

A menudo se quejan de dirigentes argelinos que consideran “desfavorables” u “hostiles” a la lengua francesa, pero no hacen nada al respecto. Un antiguo primer ministro argelino sorprendió a los franceses al recordarles una simple evidencia: Argelia ha enseñado más francés en 20 años de independencia que Francia en 130 años de colonización. La enseñanza era en francés hasta los años ochenta, cuando la tendencia se invirtió a favor del árabe, pero el francés sigue siendo omnipresente en la administración y centros de decisión. El retroceso de la lengua francesa es también fruto de otros fenómenos modernos, de los que los franceses no son conscientes. Como la televisión. Tras un gran entusiasmo por los canales satélite franceses en los años ochenta, los argelinos se volvieron poco a poco hacia los canales árabes, que eran a un tiempo “púdicos” y gratuitos. Así, un padre de familia cuenta que su hijo mayor aprendió francés básicamente con los dibujos animados de las cadenas francesas. El más pequeño, que nació cuando esas cadenas empezaron a ser de pago, se ha criado con las del Golfo: conoce la saga Digimon en versión árabe.

El comercio marcha

La última paradoja de esas difíciles relaciones argelino- francesas es que el comercio marcha. Y marcha incluso estupendamente, aunque dependa de la compra masiva de cereales por parte de Argelia y de hidrocarburos por parte de Francia. A pesar de las dificultades con que tropiezan las empresas galas en las exportaciones, Francia consolidó su lugar como primer proveedor de Argelia en 2011, con un volumen de exportaciones que ascendían a 7.500 millones de dólares, lo que supone un incremento del 9,8% con respecto al año anterior. Argelia, el tercer mercado fuera de la OCDE para Francia, por detrás de China y Rusia, vendió a Francia productos por un valor de 5.720 millones de dólares.

Se prevé que esa cifra aumente, puesto que las importaciones francesas de hidrocarburos vivirán un boom derivado de la decisión de París de no importar más petróleo iraní. En Argelia, a menudo se hace hincapié en “la importancia de los intercambios comerciales entre ambos países”, que en 2011 superaron la barrera de los 13.000 millones de dólares. Pero también se lamenta la falta de interés francés por invertir en determinados nichos en los que insiste Argelia, como el del automóvil. Cueste lo que cueste, los dirigentes de Argelia quieren abocarse a este sector, para servir a un mercado que, de aquí a 2015, debería alcanzar el medio millón de vehículos al año, lo que supone una factura de 8.000 millones de dólares.

Sin embargo, Renault optó por instalarse en Marruecos, debido a lo arcaico del sistema de inversiones de Argelia, cuyas reglas cambian de la noche a la mañana. “Hay dos incompetencias paralelas”, opina un economista argelino. Por un lado, “la gestión de las inversiones extranjeras en Argelia adolece de una ineptitud sorprendente, como si buscáramos disuadir a los inversores de fuera del país”. Por otro, añade, “las empresas francesas no llegan ni a aprovechar las ventajas con las que cuentan, como el idioma, la proximidad del mercado argelino y la presencia de una comunidad argelina numerosa en Francia”. El resultado es de lo más curioso. Por parte francesa, se desprende que las cosas van bien, pero hay insatisfacción por ver las relaciones limitadas al intercambio de mercancías.

Del lado argelino, hay una gran demanda, pero falta capacidad para concretar las múltiples oportunidades que se ofrecen ambos países. Al final, el resultado es una sucesión interminables de reproches, ante una situación que nadie parece poder resolver. Lo que confirma que, entre ambos países, ni la diplomacia ni los negocios pueden resolver el contencioso histórico. Se impone abordarlo de un modo particular. Argelia no ha sabido hacerlo. Francia no ha sido capaz de decidirse, por lo que las relaciones bilaterales se ven condenadas a evolucionar al capricho de las crisis y los cambios de humor.