Agua en Oriente Próximo

Son necesarios acuerdos para hacer frente a la degradación ambiental. Podrían ser, además, una vía hacia la solución del conflicto palestino-israelí.

Mariona Rico

A lo largo de los últimos años ha crecido la preocupación por la potencialidad de los conflictos relacionados con el agua. El oro azul, fuente indispensable para todos los aspectos de la vida y desarrollo de las sociedades, se encuentra en una situación de creciente escasez en el mundo. Se estima que la Tierra en 2050 tendrá una población de 9.000 millones de personas, 2.200 millones más que en la actualidad. Ahora bien, la cantidad de agua disponible para la población será la misma.

Los expertos reunidos en el quinto Foro Mundial del Agua, celebrado en Estambul en marzo de 2009, advertían del riesgo de que el agua represente uno de los focos de conflicto más importantes en los próximos años. La escasez de los recursos ambientales que vive el planeta viene determinada por tres factores: agotamiento y degradación de los recursos; crecimiento de la población y cambios en los hábitos de consumo; y reparto desigual de la riqueza y el poder. Se trata pues de una situación de escasez ambiental, entendida como la disminución de los recursos renovables disponibles. Ante la creciente escasez, el riesgo de conflictos por el acceso a los recursos naturales es cada vez más preocupante, debido sobre todo al hecho de que muchos recursos básicos son compartidos por dos o más naciones o se encuentran en áreas fronterizas conflictivas.

Los Estados prefieren depender únicamente de los recursos que se encuentran dentro de sus fronteras pero, ante una situación de agotamiento, la reacción normal de los gobiernos será buscar la manera de maximizar el acceso a los depósitos, con el consiguiente riesgo de conflicto con los países vecinos. Estos conflictos, probables incluso en los casos en que los Estados implicados mantienen relaciones amistosas, pueden convertirse en detonantes en el contexto de una hostilidad preexistente, como es el caso de Oriente Próximo. El fin de la guerra fría supuso un importante cambio en la definición de los parámetros de poder e influencia. Mientras que en el pasado el poder nacional venía determinado por la posesión de un arsenal militar poderoso y el mantenimiento de un amplio sistema de alianzas, ahora se relaciona con el dinamismo económico y la innovación tecnológica. Por esta razón la protección de las fuentes de energía nacionales se ha convertido en una de las prioridades de los Estados. En la actualidad, los ejércitos pueden hacer poco para promover el comercio o mantener la estabilidad financiera, pero pueden desempeñar un papel principal en la protección de las fuentes de recursos.

Nos encontramos pues ante una nueva geografía estratégica, definida por la concentración de recursos y no por las fronteras políticas. Cada vez es más evidente la vinculación entre Estado, seguridad y medio ambiente. En este contexto es necesario ampliar la noción de conflicto en relación con la de seguridad. Según la teoría realista, la seguridad debe ser entendida en términos militares. Ahora bien, en la actualidad el concepto debe incorporar la variable ambiental. Así, se habla de seguridad ecológica en política internacional. El análisis de Peter H. Gleick sobre seguridad ecológica resulta interesante en este punto. Gleick afirma que la ampliación del concepto de seguridad con respecto a los problemas ambientales es el resultado directo de la reducción de las preocupaciones por la seguridad militar tradicional y el aumento de la atención dada a los problemas relacionados con los recursos. Se ha tomado conciencia de que las nuevas amenazas medioambientales pueden tener graves repercusiones políticas internacionales, además de consecuencias directas sobre el bienestar de las personas, por lo que suponen un riesgo para el desarrollo socieconómico. Así pues, hay una serie de recursos naturales, esenciales o estratégicos para la supervivencia y el desarrollo, que pueden ser motivo de conflicto armado.

Cada vez es más frecuente que determinados conflictos armados deriven en violencia por efecto de la escasez ambiental. Y, a la vez, la escasez medioambiental irá en aumento a causa de los conflictos violentos. Tal como señala Thomas E. Homer-Dixon “… la escasez de recursos medioambientales fundamentales está contribuyendo a la violencia masiva en varias regiones del mundo. Aunque esta escasez ambiental no provoca guerras entre países, sí agrava mucho las tensiones dentro de los países, contribuyendo a alentar los choques étnicos, los disturbios urbanos y las rebeliones…”. Más aún, los conflictos violentos derivados de la escasez ambiental son normalmente crónicos y difusos, y casi siempre subnacionales, no internacionales. A pesar de que contribuyen a exacerbar las tensiones existentes, ya sean de tipo ideológico, político, económico o religioso, es difícil demostrar que la escasez ambiental provoca guerras interestatales importantes. La excepción podría encontrarse en el caso del agua.

La escasez de agua, ¿fuente de conflicto?

La crisis ambiental que sufre el planeta tiene uno de sus elementos centrales en la escasez de agua. El agua es esencial para la vida y el desarrollo económico de las sociedades y, lo que es más importante, no tiene sustituto; junto con la alimentación debe ser considerada un Derecho Humano fundamental y no puede ser considerada como cualquier otro bien económico. Además de estar en una situación de creciente escasez, el hecho de que se trate de un recurso que se encuentra dividido de modo muy desigual, ya sea por causas naturales o provocadas, ha incrementado la preocupación por la potencialidad de los conflictos hídricos. La denominada crisis del agua es uno de los retos más importantes a los que debe hacer frente el mundo actual. El agua dulce de la que dispone el planeta es un recurso limitado, vulnerable e insustituible.

Durante el siglo XX la población mundial se duplicó y la demanda de agua se multiplicó por más de seis, a pesar de que la oferta de agua disponible se ha mantenido prácticamente constante. Según datos del Banco Mundial (BM), en 2025 dos tercios de la población mundial no tendrán acceso a suficiente agua potable. Así pues, es comprensible que en los últimos años tanto políticos como investigadores hayan advertido de la potencialidad de las guerras del agua, desde John F. Kennedy –“Quien fuere capaz de resolver los problemas del agua, será merecedor de dos premios Nobel, uno por la Paz y otro por la Ciencia”– a Ismail Serageldin, actual director de la Biblioteca Alejandrina, que en 1995 desde el BM afirmó que “las guerras del próximo siglo serán por el agua”. El siglo XXI se presenta así como la era de la tensión hídrica y la escasez de agua. Las regiones más amenazadas por este grave problema son Oriente Próximo, el sur y centro de Asia y el África Subsahariana.

En estas zonas el agua se está convirtiendo en un asunto de high politics. La amenaza que la falta de agua supone en términos de seguridad es evidente si se tiene en cuenta que en las regiones que sufren escasez, este recurso se encuentra normalmente compartido por dos o más naciones. Ríos, lagos y acuíferos no respetan las fronteras nacionales. Hasta el momento se calcula en 276 el número de masas de agua de superficie transfronterizas y en 273 el de los acuíferos transfronterizos, y alrededor del 40% de la población mundial vive en zonas aledañas a esos recursos. En este contexto, el control, administración y gestión del oro azul se han convertido en cuestiones geoestratégicas con dimensiones de seguridad nacional. Así, no es casual que el Día Mundial del Agua 2009, auspiciado por la UNESCO, se haya dedicado a las aguas transfronterizas. Oriente Próximo es uno de los ejemplos más claros. Los problemas de escasez de agua en la región, que presenta uno de los índices de tensión hídrica más altos del mundo, se ven agravados por la inestabilidad política y militar.

Se trata de una zona extremadamente árida, con unas precipitaciones escasas que se concentran en los meses de invierno, y donde las temperaturas medias en verano oscilan entre los 30 y los 50 grados centígrados. Además, es uno de los ejemplos más claros de región en que la mayoría de los recursos hídricos son de carácter internacional, lo que hace que su uso sea compartido por las distintas naciones de la zona: Siria, Jordania, Líbano, Israel y Palestina comparten la cuenca del río Jordán sin que haya acuerdo sobre su uso; más aún, Israel consume el 90% del agua que debería compartir con los palestinos y supervisa el uso del otro 10%. Según datos del BM, la región de Oriente Próximo y norte de África es la que sufre la mayor escasez de agua del mundo. Las organizaciones internacionales establecen el umbral de 1.700 metros cúbicos de agua renovable por habitante y año como el mínimo necesario para el desarrollo sostenible de un país; si no se alcanza ese volumen, se considera que un país padece de estrés hídrico; por debajo de 1.000 metros cúbicos, el país se encuentra en situación de escasez de agua.

En este contexto, el 50% de la población de Oriente Próximo y norte de África vive por debajo del umbral de estrés hídrico. Más aún si tenemos en cuenta que las mismas organizaciones internacionales establecen que la media de agua disponible por persona y año es de 7.000 metros cúbicos y que los habitantes de la región disponen sólo de unos 1.200 metros cúbicos por persona y año. La única vía posible para reducir los riesgos de los conflictos hídricos es el desarrollo de una regulación internacional sobre el agua. Si bien hasta el momento el derecho y las instituciones internacionales no se han mostrado demasiado eficaces al respecto, en el futuro deberán desempeñar un papel primordial en la prevención y la resolución de este tipo de conflictos.

Los diferentes intentos de desarrollar leyes internacionales de conformidad general para proteger los recursos medioambientales –como la Ley de Usos No Navegables de Cursos de Agua Internacionales de 21 de mayo de 1997, elaborada por la Comisión de Derecho Internacional de Naciones Unidas– han sido siempre reactivos, es decir, se han centrado en limitar los daños ecológicos resultados de conflictos y guerras. Ahora bien, ante la constatación de la amenaza de los conflictos ambientales, se hace imprescindible desarrollar instrumentos legales preventivos. En este sentido, no se ha desarrollado ninguna ley sobre aguas aceptable para todas las naciones; conseguir este tipo de acuerdos resulta difícil debido a las complejidades de la política interestatal, las prácticas nacionales y otros factores políticos y sociales. Junto a la regulación, muchos ven la cooperación como instrumento para hacer frente tanto a la degradación ambiental como a la potencialidad de los conflictos derivados de ésta. Incluso algunos la consideran como una posible vía que permita abrir el camino de la solución del conflicto palestino-israelí. En este sentido, se trataría de lograr acuerdos específicos sobre el agua que permitiesen, más adelante, tratar otros aspectos del conflicto.

Hacia la construcción de una Comunidad del Agua y la Energía en Oriente Próximo

Bajo el patrocinio del Centro Internacional de Toledo para la Paz (CITpax) y el Instituto Europeo del Mediterráneo (IEMed), Barcelona acogió en mayo un seminario con el objetivo de idear un marco de cooperación en Oriente Próximo para el agua y la energía. El encuentro, liderado por Munther J. Haddadin –ex ministro de Agua e Irrigación y ex negociador jordano en el proceso de paz de Oriente Próximo– en representación oficial del príncipe El Hassan bin Talal de Jordania, contó con la participación de responsables gubernamentales y expertos en agua y energía de España, Palestina, Jordania, Egipto, Siria y Líbano. Se trataba de buscar las vías de integración regional para constituir una Comunidad del Agua y la Energía en Oriente Próximo, utilizando como marco de referencia la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) de 1951.

El objetivo era valorar la posibilidad de crear una Comunidad del Agua y la Energía en Oriente Próximo que permita la cooperación de los países en asuntos que hacen necesaria una gestión coordinada y en los que se puede trabajar de manera conjunta, a pesar de la situación de conflicto. Así como la integración a través de la generación de intereses comunes por medio de dos bienes estratégicos supuso el inicio en el proceso de reconciliación de Francia y Alemania tras la Segunda Guerra mundial, el agua y la energía representan para la región dos elementos clave para la creación de un embrión de relaciones basadas en la confianza que, más adelante, puedan abarcar otros aspectos esenciales para la resolución del conflicto de Oriente Próximo. La cooperación regional en las dos grandes áreas de producción de la zona pueden suponer un elemento de unión, de compromiso y cooperación para facilitar el establecimiento de un marco de paz y desarrollo. En el seminario se acordó la fundación de la Iniciativa hacia la construcción de una Comunidad del Agua y la Energía en Oriente Próximo.

El objetivo del grupo será afrontar los retos que se plantean en Oriente Próximo en lo referente al agua y la energía desde un punto de vista económico, social, medioambiental y político, así como establecer vías de cooperación para prevenir el enfrentamiento y hacer frente a los desafíos relacionados con estos aspectos de manera colectiva. Los participantes acordaron formar dos grupos de trabajo para el desarrollo de esta iniciativa. Incluirán por un lado a Palestina, Israel, Jordania y Egipto (es decir, Israel y los países árabes con los que tiene firmado algún tipo de acuerdo de paz o de cooperación) y, por otro, a Palestina, Jordania, Siria, Líbano y Egipto. Estos grupos se reunirán en talleres similares al celebrado en Barcelona. En el encuentro se acordó también que los debates se centrarían esencialmente, pero no de forma exclusiva, en su trabajo técnico sobre agua y energía en la medida en que éste pueda apoyar y contribuir a los esfuerzos para la resolución del conflicto en Oriente Próximo. Liderada por el IEMed y CITpax, la iniciativa intentará obtener el apoyo político y financiero de la Comisión Europea y de la próxima presidencia española de la UE.

El hecho de que el agua sea una de las seis prioridades de la Unión por el Mediterráneo refuerza las posibilidades de que la iniciativa tenga un verdadero apoyo internacional en el ámbito euromediterráneo. Se trata pues del embrión de lo que, se espera, sea una primera vía para el diálogo en la región. El objetivo final es aprovechar las posibilidades de cooperación que implica el agua, recurso que no conoce fronteras, para avanzar en la resolución del conflicto en Oriente Próximo.