Acuerdos de Ginebra, muros y colonización

A pesar de las críticas, israelíes y palestinas, que provoca la iniciativa demuestra que incluso en los peores momentos es posible la negociación.

Ferrán Izquierdo, profesor de Relaciones Internacionales, Universidad Autónoma de Barcelona

Para valorar los Acuerdos de Ginebra es necesario hacer algunas puntualizaciones previas. En primer lugar, el carácter de la iniciativa fue el de una verdadera negociación, no un encuentro de personas bienintencionadas sino el choque de dos partes enfrentadas. En segundo lugar, se afronta la solución final del conflicto, el estatuto final del Estado de Palestina y sus relaciones con Israel. No se trata de una propuesta provisional y transitoria como los Acuerdos de Oslo o la Hoja de Ruta, sino que tiene la voluntad de cerrar el conflicto.

Esto debería permitir salvar de una vez el obstáculo de la negociación de la paz para iniciar el camino de la construcción de la paz. En tercer lugar, si bien es verdad que las dos partes negociadoras no eran el gobierno de Tel Aviv ni la Autoridad Nacional Palestina (ANP), también lo es que las delegaciones israelí y palestina no eran simples representantes de la sociedad civil. La parte palestina negoció con conocimiento de la ANP y con la participación de Abd al-Rabboh, quien formaba parte del gobierno de Yasir Arafat, y en las dos delegaciones participaban personalidades destacadas de la política israelí y palestina que habían detentado incluso cargos ministeriales. La cercanía de los negociadores a la clase política es básica para comprender la importancia de los Acuerdos.

Tras la negociación, el final del conflicto en Palestina ya no depende de un nuevo proceso de paz, sino de que lleguen al poder en Israel los sectores que se sentaron en la mesa en Ginebra y, aunque parezca lejano, es posible porque ya han estado en el gobierno. No se debe olvidar que algunos firmantes de Ginebra fueron antes representantes del gobierno de Israel en las conversaciones de Taba a finales de 2000 e inicios de 2001. En Taba, los laboristas no ofrecieron todo lo que los palestinos podían esperar pero sí pusieron sobre la mesa una propuesta que permitía avanzar en el diálogo.

Los mapas de Taba y la propuesta sobre Jerusalén, más próximos a la resolución 242, eran muy distintos de la posición mantenida por Ehud Barak en Camp David en julio de 2000 que era un diktat inaceptable para cualquier palestino. En Taba, también se empezaba a reconocer la responsabilidad de Israel respecto a los refugiados palestinos, aunque esto no significaba que se aceptara el derecho al retorno. Taba y Ginebra también establecen una importante diferencia en lo que se refiere a Jerusalén. Los firmantes de Ginebra aceptan que debe ser la capital de los dos Estados, Israel y Palestina, si se quiere llegar a un acuerdo aceptable para los palestinos y lograr la paz.

Se debe resaltar la valentía de los negociadores israelíes al romper la operación de propaganda en contra de la devolución de Jerusalén Este llevada a cabo por los laboristas y la derecha. Taba abría una puerta a la esperanza, aunque se volvería a cerrar pocos días más tarde con la llegada al poder de Ariel Sharon y con el gobierno de coalición del Likud y el Partido Laborista. La colaboración del sector mayoritario del laborismo con el Likud mostró que la propuesta israelí de Taba sólo estaba apoyada por un sector minoritario de la izquierda. Sin embargo, lo conseguido en la ciudad del Sinaí egipcio se convirtió en la guía de las negociaciones de Ginebra tres años más tarde y en una muestra de que la negociación es posible siempre que, como dijo Isaac Rabin, se tuviera en cuenta que para entablar una negociación no se pueden hacer propuestas sin socios, sino que se debe permitir que la otra parte se siente a la mesa.

La política del ’muro de hierro’

Los Acuerdos de Ginebra han significado un gran cambio hacia la esperanza en el conflicto en Palestina por el contenido y porque, por primera vez, un sector importante de la sociedad israelí se sentaba en una mesa de negociación real y abandonaba la política del “muro de hierro” hacia los palestinos. El “muro de hierro” era el apelativo de la política que defendía la fuerza para obligar a los palestinos a aceptar el hecho consumado de la colonización sionista en Palestina. El “muro de hierro” lo había proclamado Ze’ev Jabotinsky, el padre de la derecha sionista, pero lo había llevado a cabo David ben Gurion y el laborismo escondiéndolo tras un discurso conciliador. Hasta hoy, la fuerza y los hechos consumados, el “muro de hierro”, continúan guiando a los gobiernos israelíes. Cuando Sharon dice ante el Parlamento que: “Si (los palestinos) no sienten que han sido vencidos no podremos regresar a la mesa de negociaciones”, mantiene el principio del “muro de hierro”, que incluso está ganando literalidad aunque en vez de hierro se esté construyendo en cemento.

La novedad de Ginebra está en el abandono del “muro de hierro” por parte de sectores importantes de la izquierda israelí. Esta andadura la inició Rabin en 1993 con la negociación en Oslo, pero fue abandonada por los gobiernos que siguieron a su asesinato y no fue retomada hasta la negociación en Taba y, sobre todo, en Ginebra. Estos sectores no defienden el binacionalismo, ni la superación del sionismo, ni son palomas de la paz que niegan la violencia para conseguir sus objetivos políticos, todo lo contrario, entre los que ahora aceptan el camino de la negociación hay destacados militares e ideólogos sionistas.

Pero han llegado a la conclusión de que el “muro de hierro” ya no es útil para la defensa del Estado de Israel como un Estado para el pueblo judío gobernado por judíos. Según los firmantes israelíes, ante la presión demográfica palestina, el futuro del nacionalismo judío sionista pasa por la separación de la población judía y palestina, y esto sólo es posible con el fin del conflicto y la separación física y política de los palestinos de los territorios ocupados en junio de 1967. Hasta este punto, los firmantes de los Acuerdo aceptan la posición mayoritaria del laborismo. Sin embargo, los primeros creen que la evolución del proceso de paz y las Intifadas han demostrado que el fin del conflicto sólo será posible con el acuerdo de los palestinos. Y éste no llegará si no es sobre los mínimos de la resolución 242 y la retirada de los territorios ocupados, razón por la cual se impone la negociación y no el diktat basado en la fuerza del “muro de hierro”.

Los firmantes de Ginebra y el laborismo oficial coinciden en la solución ante el dilema demográfico: la separación de las dos poblaciones para mantener la mayoría judía en Israel. Esto implica que continúan sin cuestionarse si la posición de vasallaje y no de ciudadanía que se impone a la población palestina de Israel es acorde a un sistema democrático. La discrepancia entre los negociadores de Ginebra y el aparato del Partido Laborista se limita al territorio sobre el cual mantener el control. Mientras que los primeros aceptan la Línea Verde y admiten la necesidad de retirarse de una zona importante de los asentamientos de colonos y devolver la mayoría del territorio de Cisjordania, el Partido Laborista espera poder anexionar buena parte de Cisjordania y Jerusalén Este a Israel. Éstas son las principales partes que hoy día negocian el futuro de los palestinos.

El Likud y su defensa de la anexión de todo el territorio. El Partido Laborista y su propuesta de retirada parcial. Y los firmantes de Ginebra y su aceptación de la resolución 242 y la negociación con los palestinos. Los motivos del fracaso del proceso de paz debemos buscarlos en esta negociación, ya que el poder y la influencia de los palestinos se limita a la manifestación de su rechazo a los resultados de la lucha y el mercadeo entre los israelíes.

El proceso de paz: una negociación israelí

Vistos los grandes sacrificios y renuncias que se imponen a la sociedad palestina, la firma de los negociadores palestinos al pie de los Acuerdos de Ginebra sólo se puede entender desde la perspectiva del pragmatismo y de la enorme superioridad del poder israelí. Desde el inicio del proceso de colonización sionista de Palestina, la evolución del conflicto es producto de la enorme diferencia de poder entre los israelíes y los palestinos. Ante este desequilibrio de poder, sólo hay una parte con capacidad de decisión y de influencia: Israel. Los palestinos no están participando en una negociación que, en realidad, se está produciendo en el seno de la sociedad israelí y de la administración estadounidense.

El poder militar, el económico y la influencia sobre las potencias internacionales es tan desmesuradamente superior del lado israelí que la única carta que les queda a los palestinos es la del rechazo. El rechazo a la ocupación y el rechazo a una solución impuesta. La negociación sobre el futuro de Palestina enfrenta a los sectores de la política israelí y estadounidense que creen necesario retirarse de los territorios ocupados para poder construir la paz y los que todavía mantienen el objetivo ideológico de la construcción del Gran Israel en toda Palestina. Este debate no se produce tan sólo en Israel, sino que se repite de forma muy parecida en Estados Unidos.

Ésta es la razón por la que, en función de la influencia que tengan unos u otros sectores, tanto en Israel como en EE UU se toman decisiones y se llevan a cabo políticas que pueden ser incluso contradictorias. Los sectores de la sociedad israelí que creen que el colonialismo ya no tiene sentido hoy día no cuestionan la colonización y la limpieza étnica fundacionales de Israel. Igual que la gran mayoría de la sociedad israelí, continúan defendiendo la idea de un Estado para el pueblo judío en Palestina. La misma ideología que, de forma inevitable, implicaba la limpieza étnica del territorio para conseguir que la población fuera mayoritariamente judía. Los israelíes que critican la colonización y la limpieza étnica de 1948 son una ínfima minoría.

Esta incapacidad israelí para reconocer los derechos de los palestinos y la deuda contraída con ellos se muestra incluso entre los firmantes de los Acuerdos de Ginebra. Ésta es una de las principales críticas que hace la minoría anticolonial israelí a los negociadores de Ginebra. Los sectores que defienden los Acuerdos de Ginebra no ponen en duda la ideología sionista, tan sólo que el colonialismo y la ocupación territorial sean útiles en el actual marco de globalización del capital, del poder y de las relaciones de producción. Al contrario, ven que el conflicto con los palestinos y los árabes provoca graves pérdidas económicas y dificulta la atracción de capital y comercio hacia Israel. La fuerza de estos sectores de la sociedad israelí se verá en el apoyo a los Acuerdos de Ginebra, aunque por lo que parece ahora mismo son minoría.

El muro de separación y el futuro de Palestina

Las insinuaciones de Sharon de una solución unilateral de Israel con la retirada del ejército detrás del muro de separación son una muestra más de la táctica que ya siguieron los gobiernos anteriores: publicitar una pretendida disposición a terminar con el conflicto con ofertas que se saben inaceptables para los palestinos. La retirada tras la línea fronteriza marcada por el muro que está construyendo el gobierno israelí, dejando la administración de las grandes aglomeraciones de población en manos de la ANP, es inadmisible para ésta y para cualquier grupo político palestino, incluso los más moderados.

El conflicto y la resistencia palestina continuarían y, al poco tiempo, el gobierno israelí volvería a ocupar los territorios desalojados y a reprimir directamente a la población. Sin embargo, el escenario de la retirada unilateral israelí es el más peligroso para el futuro de los palestinos. La devolución territorial en las líneas de Sharon sería rechazada por ellos, por los Estados árabes e incluso por toda la comunidad internacional, pero una retirada del ejército tras las líneas de la propuesta de Barak en Camp David seguramente sería apoyada por buena parte de las potencias occidentales, y quizás algunos Estados árabes.

En este contexto, la ANP tendría grandes dificultades para mantener el rechazo al diktat israelí y a la sociedad palestina le sería difícil continuar con la resistencia. El muro de separación diseñado por los laboristas era un primer paso en esta dirección. El tercer sector en discordia en la sociedad israelí es la derecha del laborismo, representada por Barak, Simon Peres y los que controlan el aparato del partido. El Partido Laborista mantiene las pautas marcadas por Ben Gurion y los primeros sionistas: ocupar el máximo territorio con el mínimo de población palestina. En 1948 esta política se plasmó en la limpieza étnica de los territorios conquistados. Desde junio de 1967, los gobiernos laboristas han procurado conseguir ese objetivo, pero como la expulsión de la población palestina ya no era posible porque la comunidad internacional no la aceptaría, la limpieza étnica se lleva a cabo hacia el interior.

La política laborista, ayudada por el Likud, ha consistido en concentrar a la población palestina en guetos cada vez más pequeños, expoliando cada vez más territorio al que los palestinos tienen prohibido el acceso. La paz que quieren los laboristas es la aceptación palestina de la expoliación, el mapa que dictó Barak en 2000. Entonces no fue posible porque Arafat no lo aceptó, así que el gobierno laborista ideó el muro para imponer esta realidad como un hecho consumado. El muro de separación es una iniciativa laborista a la que se sumó rápidamente la derecha. La lógica del muro para la izquierda y la derecha sionistas está ligada a sus propuestas para el futuro de los territorios ocupados.

Para unos y otros, el muro tiene la función de separar a la población palestina de la israelí y de los colonos judíos para mantener la esencia judía del Estado de Israel. En el caso de los laboristas para que los palestinos, con el mínimo territorio posible, proclamen un Estado que no sea viable y deba federarse con Jordania. En el caso de la derecha para encerrar a los palestinos en guetos convertidos en campos de concentración e imponerles el dominio israelí y la colonización de todo el territorio de Palestina. En unos y otros, el “muro de hierro” se convierte en muro de hormigón para obligar a los palestinos a aceptar su imposición. Los firmantes israelíes de los Acuerdos de Ginebra también apoyan la idea de separación e incluso pueden aceptar el muro, pero no con la demarcación actual sino sobre la Línea Verde o sobre una línea fronteriza negociada con los palestinos.