Un verano en Argel, un alma africana

El 2º Festival Panafricano, entre literatura y cine, teatro y danza, moda, artesanía o patrimonio, afirma la esencia africana de la capital.

Jaoudet Gassouma

Argel, muchas veces considerada como la ciudad blanca por excelencia, se ha dejado cortejar por sus numerosos visitantes. Así, la hermosa ciudad ha mirado sobre todo hacia el Norte, dentro de los límites de la cuenca mediterránea. Sin embargo, esta ciudad, punta de lanza de un inmenso país, mantiene a menudo sus pies arraigados en un África que continua siendo ese continente fabuloso, un continente de riquezas, de colores y de sonoridades diversas. Argel posee, sin duda, raíces africanas. El diuán de Sidi-B’lal, remoto ancestro de todos los gnauas de Argelia, procedente de los confines de Su-dán, se encuentra dentro de los límites de la capital, céntrico y bien conocido por todos.

Huelga decir que la ciudad blanca estuvo situada de hecho en las riberas del mare nostrum durante un largo tiempo. Sin embargo, entre los tuaregs, herederos de esta lejana tradición subsahariana, y los bereberes del norte, investidos durante mucho tiempo de una antigua tradición alimentada en gran medida por la esencia africana, existe un vínculo probado naturalmente, aunque sólo lo fuera en los rituales de la vida y de la muerte que son la expresión más auténtica de una cultura con un trasfondo común. La esencia africana de Argel queda establecida de forma nítida, primero por la manifestación de una especie de liderazgo de niño bueno que cuenta en la historia ya que conoce la posición que ocupa Argelia en el continente, y además por haber organizado cumbres africanas y Juegos Africanos.

Es un lugar privilegiado para celebrar diversos acontecimientos deportivos, políticos y sociales. Antaño zona de tránsito hacia Occidente, Argel es hoy una zona convertida otra vez en una etapa permanente y en un destino para los numerosos inmigrantes venidos del África subsahariana. Pero también es una parada obligatoria para multitud de estudiantes del continente negro.

Un puente tendido entre 1969 y 2009

El Festival Panafricano de 1969, más allá de su carácter cultural espontáneo y de la mejor de las predisposiciones para pasárselo bien, afirmó también su carácter reivindicativo. En este sentido, hay que señalar que muchos países aún se encontraban bajo el yugo intolerable del sistema colonizador, del apartheid o de guerras civiles. Argel albergó durante largo tiempo varios movimientos de liberación africanos así como ramificaciones tolerantes con Estados Unidos, que recibían la consiguiente ayuda de éste y que acogían a militantes que luchaban por los derechos civiles de los afroamericanos.

Así, en junio de 1969 la fiesta estaba en su apogeo y afirmaba de muchas formas la dimensión africana de Argel, que concedió la nacionalidad a la inolvidable Myriam Makeba, quien sería una defensora de los derechos humanos, de todos los derechos humanos, hasta el final de sus días. Argel se convertirá 40 años más tarde en la capital de África tras ratificar una visión anclada con más firmeza en este inmenso continente africano. En la presentación del 2º Festival Panafricano de Argel, en julio de 2009, se afirmaba: “Casi medio siglo después, Argel no ha perdido ni un ápice de su profundidad ni de sus impulsos africanos.

La convicción inquebrantable de que el continente africano se construye sin prisa pero sin pausa de Norte a Sur y de Este a Oeste alimenta sin cesar a la capital. En este Festival Panafricano, el segundo de su género, tanto literatura como cine, teatro, danza, moda, artesanía y patrimonio, se han integrado, sin dejar nada de lado, para convertir este inmenso encuentro en el mayor homenaje que jamás se le haya rendido al arte y a la cultura de nuestro continente. Como para que arranquemos otra vez y renazcan nuestras esperanzas en este principio de milenio. ¡Como para iluminar un siglo africano!”.

Panaf 2009, un rayo de luz

Al lograr que por unos días memorables Argel fuera la capital de este África renovada, renacieron los anhelos más descabellados y las esperanzas más africanas. Estuvieron presentes más de 50 países, unos 8.000 artistas africanos de todas las regiones del mundo y cerca de 2.860 bailarines. También se reeditaron para la ocasión 250 libros relacionados con el continente africano. Qué decir de los griots, de los escritores y de los poetas que acudieron en masa (160 personas) para reafirmar el calor de un generoso continente. Y también 232 cineastas, 41 obras de teatro representadas, nueve grandes exposiciones temáticas de arte visual y 600 artesanos invitados. 2.300 cantantes y músicos que representaron 500 espectáculos musicales en 25 espacios públicos se encargaron de la animación musical, y contaron con la presencia de la abuela de todos, la mágica “Lucy”, llegada de su tan lejana y, sin embargo, tan cercana llanura de Afar, para, como hace en contadas ocasiones, deleitar al público argelino y contarle la gran historia de sus orígenes.

Todo ello dentro de un movimiento significativo de humanidad, en un impulso del corazón que en un rito de acogida natural devuelve a Argel toda su dimensión africana en el transcurso de una manifestación cultural continental que sigue siendo una de las más importantes de estos últimos años. Así, Argel mantiene definitivamente intacto su amor por un continente que será el suyo para siempre, una pertenencia que se ve, que se siente al descubrir sin complejos las tradiciones que se comparten con las países vecinos, con los países subsaharianos que a menudo nos observan desde un punto de vista sureño. A pesar de que “nos hallamos muy al Norte de algo…”, Argel sólo se siente bien en el caparazón africano y la serie de fabulosos y brillantes desfiles y los alegres espectáculos que animaron la capital durante un mes, no son sino la prueba de ello.

Argel, atractiva y ecléctica

Argel, multiétnica y multicolor, compartió gustosa su arte y su cultura en su propio feudo, en un territorio conocido que le resultaba familiar. Al fin y al cabo, ¿qué diferencia hay entre los cantos del Ahellil del Gurara y los cantos polifónicos de los pigmeos? Los dos pertenecen al mismo corpus histórico, un corpus humano, geográfico y etnológico enriquecido por su esencia, la cual se alimenta de una savia inmemorial que emana, sin duda, de un continente nutritivo. El hombre digno de Mechta Afalu, representante de los primeros hombres con empuje artístico, fue uno de los primeros habitantes de Argelia, por lo que es difícil negar sus orígenes ibero-mauritanos y africanos en una evolución del todo natural.

Así, durante 15 días, Argel se vistió con sus mejores galas para rendirse ante la evidencia de una realidad africana que no se cansa ni de verse en un espejo común ni de sentir las persistentes huellas de una cultura enraizada en su lengua y en sus prácticas cotidianas, las que, en sus tradiciones orales y demás transmisiones de conocimientos, dejan traslucir una cultura que sigue siendo esa reserva común en la que cada uno de los pueblos deposita sus bienes más preciados y de la que siempre se abastecen para enriquecer su propia cultura. Por último, los grandes discursos oficiales no fueron más que “políticos” y trataron superficialmente la cuestión colonial y poscolonial, encuadrándola en una recuperación de la estima perdida de un país que, sin embargo, supo resistir los embates de una historia a menudo ingrata pero que sigue su camino. Argel se acordó de su africanidad, recobrada con elegancia en estos festejos.

Pero también supo rendir un sereno homenaje a los hijos de la patria, a los hijos de África: a Frantz Fanon, a Leopold Senghor, a Kateb Yacine o a Ahmadu Hampaté Ba, con una selección cultural sistemática que ha revisado de arriba abajo la celebración a través de las tortuosas sendas de la literatura, del cine, del teatro o de las artes visuales, poniendo de relieve la identidad africana en una nueva “reserva” común que se ha reinventado de acuerdo con unas nuevas perspectivas dominantes. Argel también es africana en ese dolor común, el de “los que atraviesan el mar”, los que, en las aguas tormentosas, con frecuencia peligrosas, buscan en el horizonte un hipotético destino, y también el de aquéllos que son abandonados en un mundo que olvida su historia y avanza a la velocidad de la luz hacia el beneficio obsoleto despreciando este recurso, este factor humano del cual África se erige en último defensor. Huelga decir que el dolor compartido ha sido también un elemento de cohesión social en este 2º Festival Panafricano. En efecto, existen dolores que unen, que se comparten también en una mutua comprensión, en voz baja y a tumba abierta.

Argel, capital africana

En lo que dura un suspiro, Argel ha sido una capital africana, hermana mayor de todas sus vecinas, de Norte a Sur y de Este a Oeste. Dejó que el numeroso público se deslizara por las sonoridades más diversas, las imágenes más ricas y las palabras más vivas. Argel tuvo el placer de reencontrarse, en el transcurso de las más ricas manifestaciones, con las exuberantes correspondencias y con las similitudes que acabaron de una vez por todas con todos los malentendidos sobre el carácter esencialmente mediterráneo o magrebí de Argelia, que es africana ante todo.

Sin embargo, en el conjunto del programa, era necesario encuadrarse dentro de una visión destinada a generar un sentido en los países africanos: “Los poetas, los narradores, los trovadores y los griots que hasta hoy transmiten la historia a las generaciones pujantes, la contaban antes de que se escribiera”. Como dicen los africanos, es el legado de los oídos. La identidad es, por tanto, como sostiene la socióloga Hayira Ubachir, una fuente que hay que preservar porque algunas etnias no tienen ningún poder para protegerla. Es casi una identidad clandestina, sólo salvaguardada gracias a los cantos, las poesías y los bailes por esas miles de etnias en toda África.

A tal efecto, el historiador de Burkina-Faso, Joseph Ki-Zerbo, nos dice: “La cultura no es lo que queda cuando se ha olvidado todo, sino más bien lo que queda cuando todo va mal económicamente. Por tanto, las identidades culturales son más importantes que los recursos económicos ya que se encuentran en una perpetua creación, es el arte de vivir”. El simposio de escritores africanos, celebrado el 15 y el 16 de julio en la Biblioteca Nacional de Argel y que reunió a un elenco de diversas personalidades de la literatura, acabó por ratificar la idea de que el África contemporánea ha concluido el ciclo de integración de su cultura a nivel escrito, plasmando con palabras todo el dolor de la Historia sufrido a lo largo de los años de colonización y en los conflictos internos, pero también la expresión de la tradición oral transcrita al fin en las páginas en blanco de los nuevos libros al inmortalizar una cultura que se enriquece con el paso de los días mediante nuevas aportaciones.

Señalemos, además, que la primicia del regreso de esta africanidad fecunda se puede apreciar en la capital por medio de la celebración periódica de espectáculos, en particular relacionados con la música, que sigue siendo un vector y una correa de transmisión muy importante en la entrega y el reparto de la cultura a todos los niveles. La música gnaua, las tonalidades fundu o las polifonías rítmicas del ahellil que invaden los escenarios del mundo con las sonoridades argelinas a la cabeza, bajo el sol del Mediterráneo y con los pies bien asentados sobre la tierra subsahariana, hacen las delicias de los aficionados a la hermosa música moderna.

Los representantes de las nuevas tendencias musicales alternativas como Djmawi Africa, Joe Batoury, Gnawa Diffusion y Gaâda de Béchar, realizan giras revival hasta los confines de los países subsaharianos, y vuelven a apropiarse sin complejos de las tonalidades de nuestros abuelos, mientras que algunas editoriales como Apic o Barzakh reeditan a autores africanos como Tierno Monnemenbo, André Brink, Calixte Beyala o Alain Mabancku para determinados encuentros y también en revistas literarias como Livres’q dedicadas con frecuencia a África y a todas sus riquezas culturales. ¡Quizás algún día se pueda decir que la futura “movida” argelina se conjuga a modo de… África!