Ser ciudadanos turcos

Un reto para Turquía es integrar el concepto de nación turca con la diversidad lingüística, étnica o religiosa de su población.

Antonio Ávalos

La peculiaridad más acusada de Turquía es su situación geográfica. No en vano muchos pueblos durante toda su historia han luchado por ocupar estas agrestes tierras de las estribaciones occidentales de Asia que confluyen en el mar con uno de los extremos de Europa. Todos esos pueblos han intentado dejar testimonio de su conquista, la conquista de los mares y de todo lo que esto significa: riqueza, movilidad, difusión cultural… Pero no es el lugar, son sus gentes la que le dan nombre y se dan a conocer al resto del mundo. Y estas gentes han luchado y construido civilizaciones para dar respuesta a sus deseos y necesidades. Y los productos de estas civilizaciones han impregnado todos los rincones de las tierras que hoy forman ese país con tan peculiar contexto espacial que es la República de Turquía. Cuando uno llega por primera vez, es raro que la puerta que elija no sea Estambul.

Estambul, la histórica ciudad que contiene un puente de agua, el Bósforo, vía de comunicación para muchos pueblos, cuyas corrientes el Mediterráneo y sus avatares históricos y políticos han llevado hasta las orillas de los barrios de la ciudad. Es fácil quedarse impresionado, pero lo más impactante de Estambul es lo que no puede verse en una fotografía. La vida de sus gentes es compleja, en una negociación constante, llena de tradiciones y de modernidad. No es fácil definir de manera simple a estas gentes. Un turco es un ciudadano de la República de Turquía, pero también es el heredero de un objeto histórico poliédrico: el Imperio Otomano. Ningún otro imperio ha logrado subsistir en la labilidad de lo formal como el Imperio Otomano.

Diversas etnias, religiones y grupos lingüísticos convivían de una forma más o menos pacífica bajo la autoridad del emperador otomano. Cosa diferente es que su poder material fuera ejercido con la misma intensidad a lo largo de todos los territorios del Imperio cuyo soberano y dueño era el sultán-califa de Estambul. No es difícil hacer una rápida comparativa con las modernas categorías politológicas para hacerlo parecer una confederación, en la que los Estados confederados podían gozar de una autonomía casi completa o estar bajo el dominio directo de la casa imperial. No se aleja tampoco mucho de la organización político-administrativa imperial romana.

Los herederos de Osman se llegan a considerar herederos de esa tradición imperial con la intermediación de Bizancio. Quizás esta última comparación sea un poco más afortunada, puesto que la organización del Imperio Otomano no solo tenía en cuenta el territorio, sino que también consideraba al individuo dotado de una ley personal que iba con él a la provincia donde decidiese habitar. Lo primero, el territorio, se organizaba como vilayet o provincia conquistada. En lo personal, la organización era el millet, palabra que se ha traducido como nación de forma muy amplia.

Los ‘millets’

Pero ¿qué era un millet? En 1453 los otomanos entran en Constantinopla para convertirla en la capital de su Imperio con el nombre de Estambul (de una expresión griega que se puede traducir como “hacia la ciudad” para unos, o la deformación de “Islam poli”, la ciudad del Islam, para otros), ciudad mestiza desde su origen y por causa del mismo. La situación geográfica ha sido determinante para el carácter cosmopolita que se siente en el aire. Es difícil dar un paso por el centro histórico de Estambul y no encontrarse un testimonio de los distintos pueblos que la han dominado y vivido cada día, gobernando, comerciando, enseñando, orando, luchando,… gerundios sin fin ni principio. Las gentes que han vivido en la ciudad se han resistido a abandonar ese lugar tan cargado de simbolismo y empatía por lo ajeno. Cada millet en el Imperio Otomano es el reflejo de esta ciudad tan complicada.

Cada comunidad religiosa configuró un millet. Esta organización alrededor del millet como comunidad confesional no es nueva, fue práctica de los árabes respetar a las gentes del libro a cambio de ciertos deberes. Muchas de las atribuciones institucionales de su antecesor en el trono de la ciudad fueron ejercidas por el emperador otomano y entre ellas estaba la de ser cabeza de la Iglesia bizantina, que se transformó en la atribución del califato al sultán de Estambul en 1571, año de la derrota en Lepanto de la armada otomana a manos de la Liga Santa. El emperador era la cabeza de los musulmanes pero las otras confesiones debían ser controladas igualmente. Así se reconoce la existencia de un representante válido ante el sultán de forma paralela, siendo éstos los líderes de las distintas confesiones que debían respeto al monarca.

Así se empezarían a configurar las comunidades que a lo largo del siglo XIX irían ampliándose para dilatar el concepto de millet, que superará lo religioso para abarcar otras definiciones más cercanas a la idea de nación que en esos momentos se difundía por Europa. Los cambios en el concepto de millet se producirán desde los Tanzimat o reorganización del Imperio que comenzaron en 1839 y concluyeron con la Constitución otomana de 1876, firmada por el emperador Abdulhamid II, que pronto se rebelaría en su contra. Un ejemplo es la Constitución del millet armenio o Constitución Nacional Armenia de 1863, norma pactada bajo el borrador elaborado por los representantes de la elite cultural, política y económica armenia en el Imperio.

Ésta responde claramente a una reivindicación nacional, más allá del reconocimiento de la comunidad y su representante junto a las normas personales correspondientes. Así las cosas, el comienzo del siglo XX ve caer el Imperio Otomano a la sombra de las potencias vencedoras de la Gran Guerra. Todos vivirían pendientes de los acontecimientos posteriores a la derrota en los territorios del viejo enfermo de Europa. La revolución turca fue, por un lado una guerra de independencia, con el objetivo de expulsar a los ocupantes del territorio y, por otro, una revolución nacionalista que era corolario del proceso de desintegración y destrucción del Imperio. El milletmusulmán, el central del Imperio, se había quedado en Anatolia y en la Tracia desamparado ante las consecuencias de la guerra. Necesitaban una nación para poder sobrevivir.

El milletmusulmán no estaba constituido únicamente por turcos, así que si entendemos millet como nación, la revolución turca no puede comprenderse como un remedio tardío de las revoluciones nacionalistas europeas que tuvieron lugar durante el siglo XIX. En palabras de Kemal Karpat, la revolución turca es un intermedio entre la revolución bolchevique en el imperio ruso y la descolonización. Y parece que los hechos históricos corroboran la doble vertiente de los acontecimientos que llevaron a la proclamación de la República de Turquía en 1923. El milletmusulmán estaba formado por turcos suníes, alevíes (no solo turcos) y los kurdos, alevíes o suníes. Los alevíes, que en la actualidad se cree que pueden representar un cuarto de los musulmanes en Turquía, son del grupo chií con tradiciones y ceremonias heredadas de ritos chamánicos turcos y de las iglesias cristianas primitivas que poblaron Anatolia durante los primeros tiempos del Cristianismo.

Este grupo indiscutiblemente musulmán pero de ritos sincréticos, representa una inspiración importante en la creación del ideal turco por parte del gran líder de la revolución: Mustafá Kemal Atatürk. Su idea de nación era cívica, al modo francés, esto es: ¿quién es ciudadano francés? Todo aquél que luche por la revolución. El ciudadano turco, lo es por ser ciudadano de la República de Turquía. Pero las rupturas con el periodo otomano no son tan claras. El Imperio cae pero, como todos los que pasan por ese territorio fronterizo, de paso, se resiste a desaparecer. La influencia del Imperio Otomano en uno u otro sentido sobre las bases institucionales políticas y sociales de la República se sienten incluso hoy en día. Uno de los paradigmas de las continuidades es el Estado.

El Estado Eterno otomano (Devlet-i Ebed-Müddet) no ha dejado de existir. La tradición estatista turca es claramente patente en la fortaleza del Estado turco actual. La posición del ejército como guardián de la nación turca y los postulados kemalistas han llevado la historia republicana por caminos peligrosos ante una interpretación dogmática de las palabras de Atatürk, convirtiéndole en la figura omnipresente, física y espiritualmente, en todos los actos cotidianos de la vida republicana. Pero la figura de Atatürk tiene muchos matices y su pensamiento concebía Turquía como una nación moderna que tenía que seguir formando parte de Europa, aunque desde una posición de iguales entre el resto de naciones europeas. Para ello tuvo que ejercer una autoridad férrea para llevar a cabo reformas que tocaban lo esencial de la estructura social otomana. Su figura carismática logró reunir los espíritus de los ciudadanos turcos, algo que aún hoy perdura. Sin embargo, el kemalismo, como cualquier doctrina, tiene una rama ortodoxa y muchas heterodoxias que relativizan la existencia de un Estado unitario y eterno.

No debe sorprender encontrarse a un militante de un partido islámico que considere que la institución más prestigiosa del Estado es la institución militar, que Atatürk es el padre indiscutible de todos los turcos y que no practique el ayuno durante el Ramadán de forma estricta, adoptando una posición pragmática ante la práctica religiosa. Por otra parte, el secularismo estatal no ha logrado que el proceso de secularización sea total. La religión, no solo el Islam, sigue siendo una parte importante de la estructura social y familiar en Turquía. La exclusión del debate público de los asuntos religiosos oculta desigualdades provocadas por la pertenencia a una confesión u otra en los derechos de los individuos, especialmente respecto a su participación en la administración. Además, el secularismo militante del Estado deja de lado la realidad social que ha conservado las tradiciones, las cuales, en una parte muy importante, provienen de las tradiciones religiosas. El proceso de modernización turco, que ya había comenzado el Imperio, está dirigido por las elites que quieren ser europeas. Sobrevivir en Europa implica ser como el resto de Estados europeos.

La lengua

En ese proceso de construcción nacional, uno de los elementos más importantes es la lengua. Para poder administrar eficazmente el territorio, el Estado tiene que poder comunicarse con fluidez con los habitantes de ese territorio y para ello necesita la existencia de un instrumento normalizado de comunicación: una lengua nacional. Durante el periodo otomano la lengua oficial era el osmanlica, una mezcla de léxico árabe y persa con una base turca. Era una lengua de alta cultura y palaciega a la que la mayoría de la población no podía acceder de forma que se comunicaban en sus lenguas propias: turco, griego, armenio, árabe, circasiano, kurdo…

La República eliminó en su proceso de institucionalización todas esas lenguas para sustituirlas por un turco normalizado y construido. Un joven universitario turco tendría hoy serias dificultades para comprender los discursos originales de Atatürk (de hecho se pueden encontrar “traducidos” al turco moderno). Es evidente que todas las lenguas con arraigo tienden a persistir y así ocurre en Turquía con muchas de las nombradas, las cuales también señalan grupos étnicos o religiosos. Tanto los nacionalismos surgidos durante el siglo XIX y XX a partir de la “modernización” del millet como la exclusión de la arena pública de los asuntos relacionados con el hecho y la práctica religiosos, así como el monopolio del turco moderno como única lengua oficial de la República, han determinado los conflictos de minorías que actualmente se sufren en Turquía.

A todo esto hay que añadir el proceso de asimilación de una forma del Islam suní como parte integrante de la identidad turca promocionado por Turgut Özal durante la década de los ochenta. Es el resultado del fortalecimiento del nacionalismo turco tras el golpe de Estado de 1980, liderado por el general Kenan Evrem. Esto también ha hecho que exista un control aún más férreo desde ese momento hacia los imames en las mezquitas, siendo el Estado el que proporciona la formación de estos funcionarios que están a las órdenes del director de Asuntos Religiosos, órgano dependiente del gabinete del primer ministro y con rango ministerial. Así, el mecanismo de gestión fue el control del aspecto público de la práctica religiosa.

La conclusión es que el Estado turco ha controlado las desviaciones posibles al proceso modernizador y europeizador de Turquía al suprimir la posibilidad de discusión en la arena pública de todo aquello que puede afectar a la definición de la identidad turca tal y como era concebida oficialmente. La idea de la homogeneidad daba seguridad a la existencia legítima del Estado. Sin embargo, como siempre, los acontecimientos han superado a la realidad impuesta y el origen de la puesta en duda del sistema viene precisamente de aquellos Estados europeos a los que Turquía, la República nacida tras la caída de un viejo imperio patrimonial, pretendía imitar como ejemplo a seguir. No es difícil entender la confusión que provoca al ciudadano turco que va a la manifestación en homenaje a Hrant Dink y dice “nosotros también somos armenios”, porque el que ha sido asesinado es un ciudadano turco que tiene derecho a discrepar dentro de una democracia sin que nadie coarte su libertad.

Ha sido una de las manifestaciones más numerosas recordadas en la última década. Parece que finalmente Atatürk está logrando hacer entender que ser ciudadano no es un hecho excluyente de ser diferente: de ser mujer u hombre, de hablar turco o kurdo, de ser musulmán (suní o chií), cristiano (ortodoxo de rito griego, armenio, siriaco, o católico o protestante) o judío. Ser ciudadano turco es simplemente ser ciudadano, tener derechos, obligaciones y libertades iguales independientemente del género, la lengua o la religión, de sus ideas políticas o de su situación socioeconómica. Turquía está cambiando aunque la situación provocada por sus múltiples heridas abiertas necesite que la Unión Europea apoye el fuerte proceso de democratización no solo a nivel institucional, también apoyando el rico tejido cívico que existe ya.

La opinión y el debate público en Europa sobre Turquía es tenido muy en cuenta internamente y produce reacciones tanto positivas como negativas (como el nacionalismo reactivo en asuntos polémicos como las cuestiones armenia, kurda o chipriota) en los ciudadanos turcos. Curiosamente el europeísmo turco tiene una parte importante de reflexión sobre lo que Europa opina, lo cual influye sobre la opinión que los turcos tienen de Europa. Es un proceso muy delicado porque se retroalimenta con el discurso sobre una Turquía europea que quiere un lugar en Europa, no tanto por lo que los turcos quieren de Europa. Hay menos dudas en Turquía de querer ser europeos que en Europa de querer una UE con Turquía como socio.