¿Se ha aprendido algo del Proceso de Barcelona?

Para Estados Unidos y Europa, prevalecen las cuestiones de seguridad por encima de los progresos democráticos de los países árabes.

Omayma Abdel-Latif

Según van acelerándose los preparativos para una posible intervención militar en Irán, la triste realidad es que lo que menos se necesita en estos momentos es la clase de fantasías sobre la facilidad de las opciones militares contra Irán que rondan por los pasillos de los gobiernos occidentales. Esas fantasías las alimentan los mismos a quienes habría que responsabilizar de la tragedia en que se ha convertido Irak. El conciliábulo neoconservador vuelve a la carga con sus viejas tácticas agresivas. Ahora el enemigo ha cambiado: en lugar de Irak, es Irán y Siria; y en lugar de Al Qaeda, es Hezbolá, el movimiento de resistencia libanés.

La prensa norteamericana está repleta de informes en los que se cita a fuentes secretas americanas, otra vez, según las cuales Irán está proveyendo a grupos chiíes iraquíes de las armas letales con las que atacan al ejército de Estados Unidos. En Oriente Próximo se interpreta como un nuevo intento de la administración Bush de poner a la opinión pública en contra de Irán, y así justificar cualquier intervención militar en ese país. Por lo visto, no se ha aprendido nada de Irak. Mientras la región se dispone a hacer frente a una época dura, hay tres factores principales que pueden determinar los acontecimientos que tendrán lugar en el mundo árabe en el futuro próximo: el destino del proceso de reforma política que ha arrancado en varios países árabes, incluyendo Egipto, Jordania, Kuwait y Marruecos, por mencionar solounos cuantos; los esfuerzos por restablecer las conversaciones de paz entre israelíes y palestinos, y la gestión de la crisis en Irak por parte de los norteamericanos, que amenaza con desbordarse a otros países, en forma de creciente tensión sectaria.

Los tres factores estarán muy vinculados e influidos por la nueva estrategia americana en Oriente Próximo: la estrategia del realineamiento. Como han explicado varios miembros de la administración de EE UU, esta estrategia pretende reactivar viejas alianzas con el llamado “eje de los moderados” en Oriente Próximo. Incluye a Egipto, Arabia Saudí, Jordania, al presidente palestino, Mahmud Abbas, y al primer ministro libanés, Fuad Siniora. Sin embargo, ha llovido mucho desde que EE UU forjó sus primeras alianzas regionales durante la segunda guerra del Golfo en 1990 para echar a Sadam Hussein de Kuwait.

La dinámica interna de algunos de los países con los que la administración Bush se está aliando de nuevo ha cambiado, debido a un proceso de introducción de reformas políticas, aunque mínimas y superficiales, durante los últimos años. A día de hoy, en un país como Egipto, por ejemplo, se está desarrollando un animado debate político, donde se rompe con gran parte de lo que durante mucho tiempo fue sagrado o tabú. La irrupción, de la noche a la mañana, de la prensa independiente y la televisión por satélite ha generado el clima propicio para un encendido debate público. La prensa ha tenido carta blanca para sacar a la luz casos de corrupción, aun cuando hubiera implicadas varias de las esferas más altas del poder.

Durante las elecciones al Parlamento de 2005, la prensa independiente, así como las organizaciones de la sociedad civil, desempeñaron un papel crucial al revelar muchas de las tácticas de fraude electoral puestas en práctica por el partido de gobierno, el Partido Democrático Nacional. Aun considerándose que las reformas introducidas por el régimen egipcio estaban muy por debajo de lo que reclamaba la oposición del país, han generado el clima adecuado para debatir libremente las cuestiones que probablemente forjarán el futuro de la nación. El resultado final más importante es que Egipto ya no puede regirse por las viejas tácticas.

Al parecer, el régimen se ha quedado sin trucos con los que seguir conservando el poder. Tal vez la única estrategia que le queda sea aliarse con Washington o recuperar la vieja alianza que se ha visto afectada por la insistencia americana en que introdujera más reformas políticas durante los últimos dos años. No es de extrañar que, en su visita a El Cairo en enero, la secretaria de Estado norteamericana, Condoleeza Rice, no se refiriera en ninguna rueda de prensa a cuestiones relacionadas con reformas políticas o democracia. En reconocimiento, el régimen egipcio no tardó en dar el visto bueno al nuevo plan de seguridad para Irak de la administración Bush.

También ordenó a su ejército de periodistas que demonizaran a Irán y a los chiíes, en un intento de preparar al público para cualquier posible “contribución” a la futura guerra contra Irán. Al ser casi imposible llevar a cabo el proceso inverso, reprimiendo el apasionado debate público sobre adónde se dirige el país, el régimen está haciendo cuanto puede por silenciar a la oposición, abordando desde el punto de vista de la seguridad los problemas crónicos sociopolíticos egipcios. He aquí el problema al que se enfrenta la nueva política norteamericana en la región. Al adoptar esta estrategia de realineamiento, Washington se arriesga a aliarse con regímenes que ya no pueden gobernar a sus propios ciudadanos al viejo estilo autocrático.

El brillo de la legitimidad que existía en el pasado se ha descolorido en más de un país de los que EE UU denomina moderados. Eso explica por qué muchos de esos autócratas no tardaron en adoptar el lenguaje sectario, al necesitar desesperadamente estrategias para movilizar al público. Ahora, pues, los gobernantes moderados se enfrentan a un nuevo juego: el de su “sunismo” frente al “chiísmo” de sus enemigos y los de Washington, concretamente Irán y Hezbolá. Como comentó un observador, esos regímenes autoritarios mostraron tendencia a recurrir a los prejuicios sectarios para apuntalar su autoridad y dar alas al sectarismo.

Aunque en Oriente Próximo la línea divisoria tiene que ver más con política y ideología que con posturas sectarias, estos autócratas, junto con la administración Bush, fomentan una teoría según la cual la raíz del conflicto es el viejo feudo entre los suníes y los chiíes del mundo musulmán, y no los resentimientos de tipo político o económico. Las consecuencias de dicha movilización basada en posturas sectarias se dejaron ver con claridad en Líbano, cuando el 25 de enero las calles de Beirut reeditaran los días de la guerra civil. También sucede a diario en Irak, donde han ido desplegándose los sangrientos estragos de la guerra y la ocupación. Y es probable que se produzca en países de minoría chií, como Arabia Saudí, Bahrein y Kuwait.

No es que sean muchos los ciudadanos del mundo árabe que se creen esta línea divisoria, como tampoco se creían la retórica occidental sobre reforma o democracia en Oriente Próximo. La reacción de Occidente frente a la victoria de Hamás en las elecciones palestinas del año pasado y la guerra que emprendió contra lo que muchos árabes consideraban la elección de sus propios dirigentes por parte del pueblo, les ha dado la razón. A Occidente no le interesa ver cómo progresa la apertura democrática en el mundo árabe. La retórica sobre la democracia no era más que una herramienta para obtener tantas concesiones como fuera posible de los regímenes autocráticos: era una estrategia de chantaje así de sencilla.

Así los gobernantes occidentales describen al gabinete de Siniora como un gobierno elegido democráticamente, considerando la exigencia por parte de la oposición libanesa de un gobierno de unidad nacional como un intento de derrocar a “uno de nuestros aliados”. Por otro lado, el gobierno de Hamás no es, a sus ojos, sino un gobierno encabezado por una organización terrorista que se niega a reconocer el derecho de Israel a existir. Ningún político honrado se plantea preguntar si Israel reconoce el derecho de los palestinos a existir como seres humanos dignos y respetados.

¿Por qué Occidente exige que los palestinos reconozcan a Israel como condición para darles dinero, respaldo político y demás, sin darse cuenta de que este reconocimiento debe ser cosa de dos? A pocos árabes sorprende, pues, que el Proceso de Barcelona se haya venido abajo tras casi una década. El modo de enfocar el conflicto palestino-israelí fue un error desde el principio. Occidente, EE UU y Europa deberían dejar de hacer suyos el discurso, los miedos y los análisis israelíes, y ser capaces de ver el problema como lo que es: una cruel ocupación racista que consume tierras y vidas humanas, negando a los palestinos el modesto sueño de tener un Estado, una carretera segura, una escuela para sus hijos y unas condiciones de vida adecuadas para seres humanos.

Ése es el esquema en el que se basan actualmente gran parte de las ideas y los debates públicos de muchos países árabes. Persiste la desconfianza ante cualquier intento por parte de Occidente de abordar el conflicto árabe-israelí. Europa y EE UU están demasiado enfrascados en sus propias preocupaciones respecto a la seguridad como para renunciar a sus amigos autocráticos de Oriente Próximo y permitir la apertura democrática en cualquier país árabe que no les complazca.

Su postura frente al proceso de paz bloquea cualquier posible salida de la difícil situación palestina que no conlleve la victoria israelí. Una vez más, Europa prefiere la seguridad a costa de la democracia en Oriente Próximo. Sin embargo, la triste realidad es que acabará sin ninguna de las dos. ¿Se ha aprendido algo de Barcelona?