Políticas de prevención de la radicalización

Estas medidas parecen reemplazar las iniciativas en favor del encaje de las poblaciones musulmanas europeas, a pesar de que la radicalización solo afecta a una ínfima minoría.

Jordi Moreras

Los estudios académicos relacionados con la radicalización de las poblaciones musulmanas en Occidente han crecido exponencialmente en la última década. En consecuencia, se han elaborado numerosas definiciones de lo que se entiende por radicalización, con la voluntad de identificar las causas que la activan. El problema es que el término radicalización se ha infrateorizado: es decir, en muchas de las ocasiones en que se usa tal concepto no queda claro el sentido que se le da, o de los motivos que se refieren para explicar tal proceso. Quizás esta infrateorización pueda explicarse porque la radicalización se presenta como un hecho dado por supuesto, como un estado al que se llega debido a una predisposición que muestran los musulmanes, y no como un proceso social condicionado por numerosos y aleatorios factores.

La ambigüedad de las causas que se argumentan para explicar el proceso de radicalización contrasta con la certeza con que ésta suele vincularse con la acción terrorista. Como si se tratara de un pleonasmo, es habitual hablar de “radicalización violenta”: una redundancia que insiste sobre la propia condición del sujeto. Así lo defienden algunos informes elaborados por los servicios de información europeos. Otros, en cambio, sugieren definiciones más elaboradas, pero no por ello evitan establecer una relación, si no directa, al menos potencial, entre radicalización y amenazas de seguridad. El resultado más evidente es que el uso común acaba entendiendo radicalización como “todo aquello que sucede antes de que estalle la bomba”, según la explícita expresión que utiliza Mark Sedgwick. Varios autores han alertado del carácter indeterminado y ateórico en el uso de este término por parte de la literatura académica, de la falta de estudios empíricos en torno a la radicalización, y de que tal término solo dé cuenta de este proceso cuando ya está en marcha.

En un estudio de 2012, identifiqué un total de 25 definiciones de radicalización elaboradas por parte de la bibliografía académica. Esta es la síntesis de esta comparativa:

– Buena parte de estas definiciones de radicalización utilizan adverbios como “progresivamente”, “crecientemente” o “gradualmente”, entendiendo que se trata de un proceso lineal y acumulativo, y que es posible describir en forma de fases.

– Un tercio de las definiciones utilizan explícitamente el término violencia en su enunciado. Ello no quiere decir que se establezca una conexión directa y derivativa entre radicalización y violencia, pero se sugiere su potencialidad y/o el desarrollo de una convicción que dé apoyo a las acciones violentas o el terrorismo.

– La forma en que se sugiere la potencial amenaza de los procesos de radicalización, no es tanto en clave de seguridad sino de oposición respecto al orden democrático de las sociedades occidentales. Se cita el uso de medios “antidemocráticos” como mecanismo de influencia, pero también se sugiere como factor causal de la radicalización el progresivo desapego y falta de confianza con respecto a las instituciones democráticas.

– La radicalización se muestra como un proceso individual, de transformación de las convicciones, de cambios de actitud y de adopción de nuevas ideas, que calan especialmente entre los jóvenes.

– Un tercio de las definiciones apelan a un contenido religioso como legitimador de este proceso. Algunas se emplazan explícitamente dentro de las interpretaciones más rigoristas de la doctrina religiosa, mientras que el resto considera la referencia religiosa como elemento que contribuye a definir el marco conceptual y referencial que es compartido por aquellos que forman parte de grupos radicalizados.

-– Algunas definiciones insisten en el carácter estratégico de los procesos de radicalización, en el sentido de mostrarlos como mecanismos elaborados por diferentes colectivos para conseguir notoriedad en un contexto dado, o bien adoptar un posicionamiento concreto en un proceso más global.

– También es frecuente el uso del término “extremismo” para acotar los posicionamientos de estos grupos, lo que formalmente dificulta la comprensión del concepto que se quiere definir, al utilizar otro como sinónimo que tampoco está definido.

Pero esto no sería más que una digresión académica, si no fuera porque sobre la base de esta indeterminación respecto a cómo se genera este proceso, se están definiendo acciones que se presentan como políticas de prevención de la radicalización. Estas políticas prácticamente están reemplazando aquellas iniciativas en favor de la mejora del encaje de las poblaciones musulmanas europeas, a pesar de que numerosos informes oficiales reconocen que la radicalización solo afecta a una ínfima minoría dentro de estas comunidades.

A pesar de ello, un somero balance de estas politicas de contrarradicalización sugiere una serie de argumentos que merecen ser valorados:

– Algunas intervenciones parten de un concepto amplio de radicalización, como proceso que afecta a colectivos étnicos, comunidades religiosas y otros grupos sociales, en cuanto manifiestan expresiones de polarización y reactividad que tensionan las relaciones sociales y afectan a la cohesión de una sociedad.

– Muchas de estas propuestas se elaboran y piensan en una escala local, algo que suelen olvidar las políticas que se formulan de forma global. Con ello entienden que el local es el escenario en donde se generan los procesos de convivencia que pueden verse alterados por el desarrollo de estas expresiones de radicalización o polarización.

– No todos estos programas se situan al margen de una lógica securitaria. Partiendo de una doble dimensión preventiva y proactiva, algunas de estas intervenciones se centran en intensificar y potenciar los mecanismos de cohesión social. Se asume como válido el principio de la capacidad de las estructuras sociales como mecanismos de contención y/o regulación de estos procesos.

– El desarrollo de estas políticas supone el replanteamiento de las relaciones institucionales establecidas con las interlocuciones musulmanas, en la búsqueda de una fluida cooperación mutua. No se cambia de representantes, pero se les exige otro tipo de interacción y nuevas responsabilidades (que no siempre están a su alcance). La extensión de interpretaciones doctrinales en estos colectivos hace emerger con fuerza su heterogeneidad interna, lo que supone revisar las lecturas homogeneizantes que se suelen hacer de estas comunidades.

– A pesar del replanteamiento de tales interlocuciones, estas intervenciones preventivas dan por sentado que es preciso considerar a estas comunidades como los principales agentes en contra de la radicalización. Se afirma que las opciones más moderadas y dialogantes del islam deben ser potenciadas, frente a aquellas que plantean argumentos más reactivos y supuestamente contrarios a un nivel de convivencia adecuado. No obstante, sin comprender que muchas de estas distinciones se explican basándose en contextos cambiantes, tales distinciones acaban entrando en contradicciones y ambigüedades.

Pero, de la misma manera, este balance muestra los defectos de que adolecen estas intervenciones en materia de prevención de la radicalización:

– El principal defecto es que muchas de estas políticas parten de una deficiente comprensión de los procesos de radicalización, atendiendo más a indicios que a indicadores, y dándola por hecho como una deriva que irremediablemente afecta a los colectivos musulmanes.

– Se dan por supuesto muchos elementos que se atribuyen a un proceso de radicalización (la centralidad de la referencia religiosa, el peso de la influencia de imames y mezquitas, determinados usos vestimentarios, las relaciones de autoridad entre adultos y jóvenes, o la crisis identitaria permanente de estos), sin disponer de un satisfactorio conocimiento empírico de estos elementos, y de la importancia que desempeñan en la conformación comunitaria de estos colectivos.

– Algunas propuestas parten de un cierto grado de idealización en la intervención respecto a la radicalización, ofreciendo escenarios en los que las interpretaciones ortodoxas del islam desaparecen y son reemplazadas por otras formas mucho más compatibles con las sociedades occidentales. Así, no se comprende que todas las opciones doctrinales buscan la centralidad de la ortodoxia, y que ésta es una de las dinámicas que explica la intensa pugna existente en el seno de estos colectivos. Tras estos argumentos se expresa el anhelo de que pueda definirse un llamado islam europeo que, a pesar de ello, sigue siendo una realidad por definir.

– Se cae en el error de interpretar la radicalización como síntoma del fracaso del modelo multiculturalista, y de identificar estas iniciativas políticas como la prueba que certifica y corrige los errores de las anteriores políticas basadas en este modelo. Ello denota una cierta voluntad de querer saldar deudas con el multiculturalismo y sus defensores, sugiriendo que estos fueron excesivamente tolerantes ante la consolidación del islam.

– En ocasiones, cuando se analizan estas propuestas, se tiene la sensación de que acaban sugiriendo lo que se debería haber hecho de manera natural con respecto a las comunidades musulmanas, fortaleciendo sus estructuras internas para hacerlas más resistentes a la penetración de determinados posicionamientos doctrinales que favorecen la polarización.

Esta última reflexión adquiere una especial relevancia después de los atentados de enero en París. ¿Qué ha fallado?, se preguntan las opiniones públicas europeas, al tiempo que miran desconfiadas a sus comunidades musulmanas. Apelar al fracaso de las políticas de integración de las poblaciones de origen inmigrante es demagógico e inexacto. Y para ello no tenemos más que responder al siguiente interrogante: ¿por qué algunos musulmanes europeos se radicalizan y muchos otros no? ¿Por qué nos preocupamos más por conocer las trayectorias vitales de los hermanos Chérif y Saïd Kouachi o de Amedy Coulibaly, y no de Ahmed Merabet, el policía asesinado, o de Lassana Bathiely, el empleado que protegió a los clientes del supermercado kosher? A la espera de poder disponer de un mayor volumen de datos empíricos, conocer con detalle estos ejemplos alternativos a la radicalización nos ha permitir saber mucho más de lo poco que todavía sabemos sobre lo que supone ser musulmán en Europa.