Participación pública de las musulmanas de Europa

Amel Boubekeur

De los 20 millones de musulmanes que hay en Europa, 12 son mujeres. A pesar de ser social, económica, étnica y políticamente diversas, estas mujeres se encuentran expuestas a una creciente discriminación a múltiples niveles que las presenta como minorías étnicas, personas sin derechos, o incluso amenazas “radicales en potencia”, y a menudo se las reduce a estereotipos como víctimas de matrimonios forzosos, de la violencia doméstica o de asesinatos de honor.

Sin embargo, en la actualidad, una mayoría cada vez más numerosa de estas mujeres –sobre todo las que han crecido en Europa– se expresa sobre la libertad y la fe, la igualdad de derechos y la diversidad, y planta cara a la discriminación proveniente tanto de la comunidad musulmana como de la no musulmana. Un ejemplo son las mujeres que han empezado a reclamar el mismo espacio en las mezquitas y el acceso a la misma preparación religiosa que los hombres. De hecho, hoy la mayoría de los alumnos de los Institutos de Estudios Islámicos son mujeres que quieren conocer sus derechos religiosos para defender su estatus en sus propias comunidades musulmanas.

Las mujeres musulmanas empiezan a buscar soluciones a las cuestiones que las afectan en el seno de su comunidad. Iniciativas como el programa “Unir las Manos contra los Matrimonios Forzosos”, puesto en marcha por un grupo de asociaciones de jóvenes musulmanas en Bruselas, Madrid, Londres, Berlín, Bolonia y Rotterdam, entre otras ciudades, son un buen ejemplo. Con el fin de abrir un diálogo, han reunido a imames, padres, hijos y funcionarios municipales para explicar a la comunidad musulmana y no musulmana que el islam prohíbe ese tipo de prácticas. A causa de la incomprensión fuera de sus comunidades, las mujeres musulmanas sufren discriminación en colegios, centros sociales y de salud, partidos políticos y agencias inmobiliarias. Por ejemplo, la retórica institucional que define el pañuelo como un signo de opresión ha tenido como resultado que se las critique por llevarlo en lugares públicos al considerar que están consintiendo la tiranía masculina.

Si bien la discriminación ha llevado a algunas mujeres a retirarse de la sociedad, la mayoría intenta hacerse un sitio invirtiendo en nuevos canales. Muchas revistas fundadas por jóvenes musulmanas tratan de ofrecer una visión alternativa dirigiéndose a un público que va más allá de las comunidades musulmanas. A pesar de las controversias, según las musulmanas europeas, crear sus propias empresas de moda islámica o de cosmética ecológica les permite escapar de la discriminación en el mercado laboral.

Aún así, cabe la duda de si las mujeres musulmanas europeas lograrán imponerse ante la discriminación que padecen, así como a los cada vez más frecuentes ataques islamófobos, sin la ayuda de los gobiernos y de la población. Parece que Dinamarca ya ha mostrado el camino a seguir. Tras el debate de las caricaturas en 2005, la sociedad danesa ha sido testigo de la aparición de mujeres políticas, una presentadora de informativos e incluso una jugadora de la selección nacional de fútbol musulmanas, muchas de las cuales, aunque no todas, llevan hiyab. A través de modelos de identificación positivos como estos, las mujeres musulmanas están desarrollando la confianza en sí mismas. La discriminación debería afrontarse a través de un enfoque pluridimensional que incluyese el conocimiento de los propios derechos, una mayor participación en los medios de comunicación y las instituciones públicas, el fomento de la colaboración entre musulmanes y no musulmanes, y entre hombres y mujeres.

La forma en que las mujeres musulmanas están aprovechando el contexto europeo para defender sus derechos pone de manifiesto que las identidades feministas, religiosas y étnicas están cambiando. Con sus demandas de igualdad de derechos y de acceso a la esfera pública, están confrontando a los políticos con la necesidad de adaptar sus estrategias en un clima de diversidad en rápida expansión.

Los responsables políticos tienen que cambiar su visión de estas mujeres: dejar de considerarlas inmigrantes con valores antieuropeos a las que hay que “integrar”, y empezar a verlas como las ciudadanas activas que ya son, como mujeres que quieren sentirse seguras, trabajar, formarse y ser visibles. La discriminación contra las mujeres musulmanas –tanto si procede de las comunidades musulmanas en las que han crecido, como de una población más amplia– debería ser un asunto de interés común en el desarrollo de una Europa más cohesionada.