Nuevas tecnologías,difusión del conocimiento y diálogo Occidente-Islam

“Ante los retos de la globalización, la contaminación medioambiental, el hambre y la pobreza debemos concentrar nuestros esfuerzos y solidaridad en un programa de desarrollo global”.

ENTREVISTA con Ismail Serageldin por Jordi Bertran

Ismail Serageldin (1944, Giza) es director de la Biblioteca de Alejandría, inaugurada el 23 de abril de 2002 con la voluntad de recuperar –según sus propias palabras– el espíritu de conocimiento y saber de la antigua biblioteca, destruida en el siglo IV d.C. Licenciado en Ingeniería por la Universidad de El Cairo y doctorado en la Universidad de Harvard, Serageldin desarrolló a partir de 1972 una intensa trayectoria profesional en el Banco Mundial (BM) a lo largo de casi 30 años. Tras ejercer como economista especializado en temas de educación y recursos humanos, dirigió programas y equipos destinados al desarrollo de África. Fue vicepresidente del BM para el desarrollo social y medioambiental durante ocho años. El componente estratégico de los recursos hídricos, especialmente en Oriente Próximo, fue una de las cuestiones que abordó en esa época –en la que la escasez de agua llegó a considerarse como probable motivo de conflictos bélicos en el siglo XXI– y en la que profundizó mediante la fundación de Global Water Partnership (1996- 2000) y la presidencia de la Comisión Mundial sobre Agua en el siglo XXI (1998 y 2000).

En la actualidad, Serageldin forma parte de consejos asesores de numerosas instituciones académicas y científicas, y continúa desarrollando en libros y otras publicaciones sus conocimientos sobre biotecnología, sostenibilidad medioambiental, desarrollo rural o el valor de la ciencia para la sociedad, aspectos sobre los que es invitado a hablar en numerosas capitales mundiales. Comprometido con el mejor entendimiento entre Occidente y el mundo árabo-musulmán, Serageldin es también miembro del Grupo de Alto Nivel de la Alianza de Civilizaciones.

AFKAR/IDEAS: Si consideramos el papel que desempeñó en la antigüedad la Biblioteca de Alejandría, usted como director de la actual, podría ser considerado como un nuevo guardián de la cultura, la ciencia y la civilización humana, asuntos sobre cuya importancia ha reflexionado extensivamente.¿Hasta qué punto los considera cruciales en la sociedad de hoy?

ISMAIL SERAGELDIN:Vivimos en la era de la ciencia. La ciencia impregna el panorama cultural de nuestras sociedades y nuestra visión del mundo, y ha contribuido a enormes logros en el bienestar humano. Gracias a ella tenemos al alcance de la mano un mundo que nunca había sido tan prometedor… o tan peligroso. Nuestro mundo está experimentando una transformación tan profunda que sus contornos sólo pueden ser vagamente percibidos, sus fuerzas motrices apenas entendidas y sus consecuencias son todavía difíciles de imaginar. De hecho, provoca tanto miedo como alienta la imaginación. Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TICs) han revolucionado el sentido mismo del tiempo y espacio y cabe preguntarse hasta qué punto serán fuerzas de la homogeneización o de la diversidad, o si serán usadas para abundar en las diferencias o proporcionarán a los débiles nuevas oportunidades. Tenga en cuenta la paradoja de nuestro tiempo. Vivimos en un mundo de abundancia, de deslumbrantes avances científicos y tecnológicos.

El siglo XX vivió el fin del colonialismo y la llegada de la emancipación de las mujeres, se superaron barreras raciales, étnicas y religiosas y se reconocieron los derechos políticos y civiles. En los últimos 40 años, las mejoras socioeconómicas son ostensibles. En los países en desarrollo se ha duplicado la matrícula escolar, mientras se rebajaba a la mitad la mortalidad infantil y el analfabetismo de adultos. Y, sin embargo, nuestros tiempos están marcados por el conflicto, la violencia, la incertidumbre económica y la pobreza. La sensación de inseguridad se extiende incluso a las sociedades más opulentas, lo que lleva a las naciones a mirar hacia adentro y a dar la espalda a los más pobres. A pesar de los avances, aún queda mucho por hacer y nos enfrentamos a retos tan exigentes como la globalización, la contaminación ambiental, la pobreza y el hambre. Debemos concentrar nuestros esfuerzos y nuestra solidaridad en un programa de desarrollo global.

A/I: Usted considera la libertad de expresión como el derecho más importante para
avanzar en el progreso y en la búsqueda de la verdad. Desafortunadamente, es un
derecho que no goza de mucha popularidad y está amenazado en muchos países.
¿Cómo se puede luchar para preservar la libertad de expresión y el derecho a la información?

I.S.: Efectivamente, estoy muy comprometido con la libertad de expresión, incluso
cuando es difícil, tal vez sobre todo cuando es difícil. Al igual que Jefferson, tengo “jurado ante el altar de Dios eterna hostilidad contra toda forma de tiranía sobre la mente del hombre”. Sin libertad de expresión no hay búsqueda de la verdad posible, ningún descubrimiento es útil y no es posible avanzar. La libertad de expresión es la raíz de
la innovación, del cambio y del progreso. Para ello debe protegerse la libertad
de enunciar manifestaciones o declaraciones que pueden resultar ofensivas o impropias ahora y que, en cambio, se revelen al cabo del tiempo como certeras. No todas conducirán
al progreso, pero no podemos decidir qué idea inusual, qué pensamiento aparentemente sedicioso será una verdad aceptada mañana.

Hoy damos por sentado, por ejemplo, el rechazo al derecho divino, la igualdad de género, los derechos a la libertad de religión o que la legitimidad de los gobiernos emana del pueblo. Derechos que en el pasado fueron condenables o inimaginables. Como hoy día no sabemos cuál es el próximo gran paso en el progreso de la civilización, debemos abrir nuestros oídos, nuestras mentes y nuestros corazones a lo nuevo, lo inusual y lo contrario. Promover el pluralismo, no el dogma, para cuestionar y debatir sobre cuáles son las nuevas ideas y las nuevas voces. Y no podemos hacerlo si nos cerramos a las ideas contrarias, o simplemente suprimimos las opiniones de aquellos que retan lo aceptado y lo conocido. No es una postura nueva. El médico árabe del siglo XIII, Ibn Al Nafis, en medio del oscurantismo y el fanatismo de ese pasado lejano, aceptaba escuchar cualquier idea contraria y sólo la rechazaba si no superaba la prueba de la racionalidad y la evidencia: “Al escuchar algo inusual, no lo rechacemos de forma preventiva, porque eso sería una locura. De hecho, las cosas horribles pueden ser verdaderas, y las cosas cotidianas y elogiosas pueden resultar falsas. La verdad es la verdad en sí misma, no porque [mucha] gente diga que lo es”. Sin embargo, debemos establecer límites a nuestras libertades cuando tengan un impacto negativo sobre los derechos de los demás.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos reconoce algunos de estos aspectos en los límites impuestos para, por ejemplo, evitar el incitamiento a la
discriminación, el atentado al honor o la reputación, o preservar el orden público y el bienestar de las sociedades democráticas. Pero, legislar contra la libertad de expresión
es siempre peligroso. Peor aún, en algunos países y contextos, los juicios se han utilizado para hostigar a los que tienen opiniones disidentes o contrarias. Las sociedades
deben escuchar las voces discrepantes, la opinión contraria, las nuevas ideas, los nuevos hallazgos en la investigación. La censura trata de negar el acceso al público a estas voces disidentes, a estas nuevas ideas. Y en este punto cabe recordar que la democracia tiene tanto
que ver con la protección de los derechos de la minoría, como con obtener el consentimiento de la mayoría para tomar nuevos rumbos. Si la censura acalla la voz disidente o innovadora, la posibilidad de escuchar nuevas ideas y promoverlas se niega a grandes segmentos de la sociedad. En la Biblioteca de Alejandría intentamos estar a la altura de Voltaire: “Puedo estar en desacuerdo con sus opiniones, pero arriesgaría mi vida por defender su derecho a expresarlas”.

Personalmente, creo que no debería haber ningún límite a la libertad de expresión, salvo la difamación. Con libertad de expresión podemos forjar un futuro que se expresa mejor con las palabras inmortales de Tagore en su Gitanjali: podemos crear un futuro en el que la mente carezca de miedo y la cabeza se mantenga alta, donde el conocimiento sea libre.

A/I: El acceso al conocimiento y a la educación que permiten las nuevas tecnologías de la información es para usted la mejor baza para el futuro.

I.S.: Vivimos en la era de Internet. Pero eso no significa que la palabra será abolida o que el libro vaya a desaparecer. Más bien, nuestros hijos tendrán muchas más opciones para elegir y un entorno cultural infinitamente más rico para vivir, aunque todavía pervivan al lado de las nuevas tecnologías un número nunca visto de periódicos, revistas y libros. Pero en cualquier caso, la explosión de la tecnología nos lleva a una tercera revolución global que ya estamos viviendo. Creo que la era de la información tendrá efectos transformadores de la escala que tuvieron la revolución agrícola y la industrial.

La revolución de la información y la comunicación también traerá consigo cambios cualitativos reales. Además, las TIC nos hacen vislumbrar un futuro de conectividad masiva. Ya hay miles de millones de teléfonos móviles en el mundo. Se puede acceder a Internet, con su gran impacto positivo, y con una capacidad de almacenamiento enorme, fácil y económica. Ante ese trascendental cambio corremos el riesgo de convertirnos en naciones de diletantes, con poca capacidad de concentración y conocimientos superficiales. La educación podría ser confundida con el entretenimiento en la búsqueda cada vez más intensa por parte de los medios de captar la atención voluble de los jóvenes. En ese escenario, las bibliotecas y museos del mundo son abandonados.

Pero yo creo en otro escenario, donde los enormes recursos de la revolución de las TIC se movilizan para poner a disposición de las generaciones futuras un acceso más fácil a la sabiduría acumulada por la humanidad. Unos recursos que podrán ser puestos a su disposición por bibliotecas, museos y otras instituciones de patrimonio y conocimiento cultural. Y estas nuevas tecnologías tienen el potencial de capacitar a las poblaciones de países del Sur con modelos de desarrollo que aprovechen las experiencias de países desarrollados. La conexión entre todas las escuelas es deseable y factible ya que revolucionaría las posibilidades de enseñanza para profesores y estudiantes. Aplicadas con rigor, las nuevas tecnologías pueden reforzar a comunidades deprimidas social y económicamente y empoderar a poblaciones pobres. Aunque todo ello conllevará una lucha por popularizar los costes de las nuevas tecnologías.

A/I: La juventud en el mundo árabe y en Egipto, representa el 50% de la población.Usted acostumbra a decir que no es sólo la mitad de la población actual, sino su futuro y siempre se ha mostrado confiado en su capacidad y habilidad para cambiar las cosas. ¿Cuáles son los motivos de su optimismo?

I.S.: Los logros y los éxitos de la Biblioteca de Alejandría son mi principal motivo. La edad media del personal de la Biblioteca es de 32 años. Según las estadísticas registradas hasta el 31 de agosto de 2008, sólo 60 personas de los 1.936 empleados de la Biblioteca tienen una edad superior o igual a 56 años. Creo que este dato justifica mi fe en la juventud.

A/I: Las esperanzas de un mejor diálogo entre Occidente y el mundo árabe que Obama dio hace un año tras ser elegido presidente de Estados Unidos, parecen haberse moderado. ¿Cómo cree que podría entablarse un mejor entendimiento y diálogo? I.S.: Nunca ha habido un momento en el que la polarización de los sentimientos sea tan aguda y la apuesta por la promoción del entendimiento y el respeto mutuo tan grande. Los medios de comunicación amplifican las declaraciones y opiniones simplificadoras, y las voces de la razón se ahogan en la cacofonía de imágenes y mensajes que predican el odio y la destrucción.

Los términos “Occidente” e “Islam” carecen de precisión y son utilizados en los medios abusivamente y mal. Para la mayoría de los musulmanes, si algo es calificado como islámico se refiere a la fe, mientras si algo es considerado musulmán nos referimos a las actividades de personas musulmanas. Por tanto, quizá sea mejor hablar de los mundos occidental y musulmán, el mundo de los pueblos que se identifican como “occidental” o “musulmán” en términos de sus identidades culturales, si bien estaremos generalizando y ocultando la enorme diversidad que existe en cada uno de ellos. Como se señaló en el informe emitido por el Grupo de Alto Nivel (GAN) de la Alianza de Civilizaciones, en noviembre de 2006, la confrontación principal entre los mundos musulmán y occidental es de carácter político, no religioso o ideológico. Si nos fijamos en el conflicto por excelencia, el conflicto palestino-israelí, los palestinos son cristianos y musulmanes.

Además, en el fondo del problema encontramos cuestiones relacionadas con los refugiados, la autodeterminación, la ocupación, los derechos humanos, la tierra y la seguridad. Todos asuntos políticos, que quedan ensombrecidos si se muestra el conflicto en términos de visiones ideológicas del mundo o de enfrentamientos religiosos. De hecho, el GAN fue más allá, subrayando que los únicos beneficiarios de explicar el conflicto en ese sentido son Al Qaeda y grupos similares que quieren promover un “choque de civilizaciones”. Dicho esto, debemos superar malentendidos graves en la percepción sobre el Islam y los musulmanes que se han promovido y perpetuado a través de los medios de comunicación occidentales. Por ejemplo, debe refutarse la creencia popular de una extensión violenta del Islam a partir del siglo VII y explicar que algunas fases se desarrollaron en términos pacíficos gracias al poder del ejemplo.

Desde la conversión en toda Arabia al Islam a las conquistas por parte del Califato de nuevos territorios donde los no musulmanes no estaban obligados a convertirse, ni a servir en los ejércitos musulmanes. Otra de las palabras de las que se ha abusado es yihad. No significa guerra santa. Su verdadero significado es la lucha con uno mismo en contra de nuestros instintos animales, en contra de nuestro temperamento, en contra de nuestro sentido de orgullo, en contra de nuestra ira. Las reglas del yihad son claras: la religión de una persona de ninguna manera constituye un motivo de guerra contra él y la agresión está prohibida. De hecho, el uso de la fuerza sólo está justificado en defensa propia, para la protección de la soberanía y en defensa de todas las personas inocentes.

Los no combatientes no son blancos legítimos. Pero retomemos la historia. Desde sus inicios hasta su apogeo en la Edad Media, las sociedades de los pueblos musulmanes crearon culturas abiertas y tolerantes, especialmente si las juzgamos bajo los estándares vigentes en la época. Hoy carecemos desesperadamente de la capacidad entre académicos e intelectuales musulmanes de reinterpretar esa tradición para aplicarla al mundo actual y para reivindicar la misma tolerancia, aceptación de la diversidad y apertura al otro de la que una vez hicieron gala.