Nuevas perspectivas para pensar la inmigración senegalesa

La inmigración se ha convertido en una salida indivual y en signo de prestigio social, más que en una estrategia familiar.

Mercedes Jabardo

La letra del rap de uno de los compositores más famosos de Senegal es ciertamente elocuente. Pero no sorprendente. A nadie que haya viajado en los últimos cinco años a Senegal le sorprende la dimensión que ha adquirido el fenómeno de la emigración. Ni la desesperación que muestran sobre todo sus jóvenes, ni la ansiedad ante una salida que siempre identifican con el sueño migratorio. Para toda una generación de chicos, la emigración así en general se ha convertido en lo que la escritora Melania Mazzuco decía que se había convertido América para los italianos a comienzos del siglo XX, “un lugar fabuloso y a la vez familiar, donde se cumplía, con el consentimiento de los adultos, un ritual de pasaje, un rito de iniciación” (M. Mazzuco, Vita. Editorial Península). El nuevo mecanismo de entrada a través de los cayucos no hace sino reforzar esos paralelismos.

El riesgo que supone el viaje lo hace si cabe más atractivo. Conseguirlo en condiciones hostiles refuerza el prestigio de aquellos que lo logran. E intentarlo está ya casi al alcance de cualquiera. Ese nuevo sector de las comunicaciones en que se ha reconvertido un sector pesquero en crisis está abaratando mucho los costes de la emigración. Un pasaje para el exterior que antes podía ascender a 4.000 euros (era lo que costaba un visado y un billete de ida-vuelta en avión) se ha rebajado a los 300 euros que cuesta obtener un sitio en uno de los cayucos que emprende el viaje desde la región de Casamance hacia Canarias.

Y en estos sitios la media de edad se ha ido rebajando, hasta rozar incluso la adolescencia. Con la llegada de cayucos a las costas españolas se ha visibilizado una inmigración que, pese a sus evidentes y claros rasgos fenotípicos, había permanecido semioculta en la última década, lo cual ha permitido reconocer a África como uno de los continentes vinculados a España a través de los flujos migratorios. Consecuencia de todo ello son los nuevos lazos y acuerdos políticos desarrollados por el gobierno español con diferentes países del África occidental, principal foco de expulsión de este nuevo y actual flujo migratorio.

Porque en este reciente fenómeno que significa la apertura de las nuevas rutas de la emigración africana a Europa a través del vínculo entre Senegal y Canarias y de esa tradicional forma de viajar que son los cayucos convergen dos hechos que merecen un análisis de fondo. En primer lugar, la consolidación de un flujo migratorio entre Senegal y España, que afianza la inmigración senegalesa como la más significativa y representativa en términos cuantitativos del África subsahariana. En el primer trimestre de 2006, 114.847 subsaharianos tenían permiso de residencia en España dentro del Régimen General. Entre enero y septiembre de 2006 más de 9.000 inmigrantes de África occidental han llegado a las costas españolas.

De ellos más del 80% procede de Senegal, que se convierte así no solo en el punto de partida de las nuevas rutas de la emigración africana, sino también el país con un mayor número de ciudadanos emigrantes (los senegaleses son la primera nacionalidad subsahariana asentada en España: 28.544 personas, de las que 27.533 están dentro del Régimen General, y el resto tienen régimen comunitario por ser familiares de españoles o comunitarios). Es cierto que los países del África occidental que ahora están en la retina de los medios de comunicación y de las autoridades españoles han sido durante décadas lugares de origen y destino de una de las corrientes migratorias más densas de todo el continente. Los flujos entre Burkina Faso, Costa de Marfil, Guinea Bissau, Malí, Mauritania, Níger y Senegal han sido constantes desde la penetración francesa y su política colonial.

La atracción de la agricultura comercial, de un lado, y las luces de la ciudad de otro, hicieron que estos países se convirtieran a un tiempo en lugar de origen y destino de las migraciones intercontinentales. Entre ellos, Senegal, Costa de Marfil y Nigeria se consolidaron como los países de atracción de los flujos migratorios en el África occidental (Zacariah y Condé, 1980). Nigeria y Dakar han conservado ese atractivo hasta la actualidad. Incluso reforzado en los nuevos contextos de migración transcontinental. Lagos fue durante décadas el trampolín que usaron muchos inmigrantes del África occidental para dar el salto a Europa. Ahora que las rutas de acceso han cambiado, Senegal ha tomado el testigo. El segundo hecho a tener en cuenta es el cambio en los patrones migratorios que se está haciendo visible con el nuevo perfil de los inmigrantes, no solo en relación a la edad (también eran bastante jóvenes los primeros senegaleses llegados a España en la década de los ochenta) sino sobre todo en relación con las expectativas.

No es una mera ecuación entre un país que no ofrece nada y una salida que posibilita un futuro. “Preferiría morir a vivir en este intento” –dice esa letra de rap, registrando las frases que como karmas repiten los jóvenes senegaleses. Se trata de algo más. Estos jóvenes, a diferencia de lo que ocurría con las cohortes anteriores, han incorporado en su imaginario un modelo de vida que no pueden encontrar entre las calles de las cada vez más populosas ciudades africanas. Y, sobre todo, reivindican su derecho a conseguirlo. “En las calles de nuestras ciudades vertedero –decía la pensadora maliense Aminata Traore– deambulan miles de candidatos a la partida, que la evolución económica del continente y del mundo han hecho bascular en la nada”. (Aminata Traore, La violación del imaginario. Ed. Viento del Sur, 2004). Aminata Traore se lamentaba, en ese mismo texto, de que los jóvenes habían perdido toda esperanza en su país, en su continente.

La política europea de inmigración

De dónde surge ese nuevo africano tan desligado del futuro de su país, tan preocupado por su supervivencia personal? ¿Cuándo se mutó la emigración en una mera salida individual? ¿Cuándo comenzó a representar para los emigrantes algo más que una estrategia familiar? ¿Cuando, en definitiva, la emigración se tornó en un signo de prestigio? Son cambios todos ellos que no pueden explicarse solamente desde el continente africano. Algunos cobran sentido desde la articulación a través de los flujos migratorios entre África y la Unión Europea (UE). Comencemos con el primero, tal vez el que termina explicando todos los demás.

Ese momento en el que empezaron a borrarse las fronteras entre una emigración más cualificada y una emigración laboral, y que tiene en la política migratoria europea su primer peldaño. Las restricciones a la entrada de ciudadanos extracomunitarios a la UE desde 1985 con la firma del Tratado de Schengen han ido colocando a ciudadanos procedentes del continente africano en una sola categoría jurídica, ilegales; al tiempo que los nuevos discursos en torno al multiculturalismo los redimensionó en términos étnicos. Las diferencias entre una inmigración cualificada y una inmigración laboral desaparecieron bajo esas categorías. Paralelamente, la institucionalización de la inmigración en los países europeos y los programas de apoyo a la inmigración desarrollados por ONGs e instituciones locales contribuyeron a paliar esas diferencias en el lugar de destino.

Todo ello sumado a las políticas migratorias que, como en el caso español, ligaban el control de flujos con la cooperación al desarrollo, y que en los últimos años se está orientado a lo que Sami Naïr definió como codesarrollo. En el caso español, fue el Fons Català de Cooperaciò la primera institución que intentó adoptar el codesarrollo como la mejor estrategia para desarrollar el potencial de los inmigrantes como agentes de cambio y mediadores culturales entre su lugar de origen y la sociedad de destino. “El codesarrollo –se plantea desde esta institución– intenta potenciar el papel que los inmigrantes desempeñan en el desarrollo de su propio país y apuesta al mismo tiempo por la cooperación activa de las comunidades de origen”. En países como Senegal es habitual la presencia en los medios de comunicación de ONGs o entidades municipales que visitan, hacen donaciones e incluso plantean proyectos de desarrollo en las localidades de origen de algunos de sus inmigrantes. Normalmente son éstos quienes hacen de puente entre estas instituciones y su comunidad.

Lo cual refuerza su prestigio social y le da a la emigración una dimensión comunitaria. Así pues, la institucionalización de la inmigración en los países de destino es usada por los inmigrantes en términos de capital social que traducen en sus lugares de origen en términos de prestigio. Se incrementa de esta manera el valor de la emigración, que ya no se traduce exclusivamente en términos económicos ni tiene una lectura únicamente familiar. Si en el pasado más reciente todavía se podía distinguir entre prestigio social (los que desde una posición social superior podían permanecer en su país) y enriquecimiento rápido (los que emigraban), las nuevas conexiones que desde los países donantes se hacen entre migración y desarrollo están empezando a borrar también estas divisiones. Los emigrantes están traduciendo su situación económica en posición social.

La conexión entre emigración y desarrollo no se limita a la capacidad de los emigrantes para canalizar en términos de ayuda sus vínculos con las ONGs de apoyo a la inmigración en los países de acogida. Desde que en 1986 Staton Rusell escribiera un artículo liminal sobre el papel de las remesas en el desarrollo, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y muchos de los países receptores de ayuda y exportadores de mano de obra, con Senegal a la cabeza, asumieron como propio el cociente de esa ecuación e hicieron una lectura interesada de la misma. (“Remittances from international migration: a review in perspective”, World Development, 1986). De hecho fue en Dakar donde se dio el primer paso para incorporar esta cuestión para el desarrollo del continente africano, en el marco de la conferencia africana que tuvo lugar en 1998 con la Comisión Económica de Naciones Unidas para África.

De momento, esto se ha traducido en el reconocimiento del valor de las remesas y por extensión del capital cultural y social de los emigrantes (Senegal es el quinto país del Africa subsahariana, después de Sudán, Nigeria, Sudáfrica y Uganda, en el envío de remesas). Un reconocimiento que ha tenido su traducción política con la creación del Ministerio de Asuntos Exteriores y de los Senegaleses en el Exterior y su espacio de debate social. La conferencia internacional sobre la participación de los migrantes en el desarrollo de sus países de origen celebrada en Dakar en 2000 tuvo una amplia cobertura mediática y muchos de sus planteamientos fueron asumidos e incorporados por los intelectuales senegaleses.

Si a esto le añadimos la depauperada situación económica local y el crecimiento de la brecha económica entre los dos lados del Estrecho (la relación entre el ingreso per cápita entre el Sur y el Norte ha pasado de 1:10 en 1900 a 1:60 en 2000), y lo traducimos en el valor económico de la emigración para las familias (en Senegal, las encuestas sobre el presupuesto de los hogares revelaban que las remesas enviadas por los emigrantes cubrían entre el 30% y el 70% del presupuesto, a veces el 80% de las necesidades de la familia), entenderemos el papel de la emigración en la sociedad senegalesa, donde prácticamente todos los niveles, el familiar, el comunitario y el nacional, giran en torno al capital cultural, social o económico de los emigrantes ya sea en aportaciones al presupuesto familiar, el desarrollo de un tejido social con entidades o ciudadanos occidentales, el desarrollo local o los lazos políticos a nivel internacional. Tal vez ahí resida una de las dificultades de “comunicación” entre el gobierno español y el senegalés ante lo que de forma eufemística se denomina desde Europa el control de fronteras.

Porque si bien desde los países de acogida, la inmigración se percibe como un problema, desde los países de origen se ve como la solución. Un hecho que incluso se ha visto reforzado con el nuevo y reciente flujo migratorio, que ha introducido una nueva imagen de la emigración en el imaginario senegalés. La publicidad que los medios de comunicación españoles han dado al fenómeno y la lectura que los periódicos senegaleses –extraordinariamente combativos y muy críticos con su gobierno– han hecho del mismo, subrayando la heroicidad de sus jóvenes, han contribuido sin duda a la incorporación de un nuevo segmento de la población a la emigración. Las restricciones jurídicas a la entrada legal de inmigrantes que han impuesto los países europeos habían segmentado las formas de acceso, estableciendo dos tipos: aquellos a los que prestigiaba la emigración, que coincidían con los que tenían acceso a un visado, bien porque contaban con una red establecida en Europa o bien porque disponían de capital para poder adquirir uno, y los desesperados que terminaban optando por soluciones más económicas y también más arriesgadas como las pateras.

El carácter aventurero y a veces heroico con el que se presenta a aquellos que llegan en cayucos a las costas españolas, está abriendo un nuevo segmento que no responde a ninguna de las categorías anteriores. Ya no es la desesperación familiar la que mueve. Ahora es otro tipo de reto. Más centrado en el individuo. Ya no se trata de contribuir a la economía familiar. Se trata de cambiar de vida. Y esto, el cambio, es algo a lo que se puede acceder si uno consigue los 300 euros que le cuesta un viaje. Un desafío accesible para los jóvenes urbanos.