Co-edition with Estudios de Política Exterior
Gran angular

Mediterráneo: un mar de oportunidades para liderar el desarrollo sostenible

Xira Ruiz-Campillo
Profesora del departamento de Relaciones Internacionales e Historia Global, Universidad Complutense de Madrid.
Voluntarios egipcios recogen desechos en las orillas del Nilo durante la iniciativa “Youth Loves Egypt”, cuyo objetivo es limpiar el río. Giza, Egipto, septiembre de 2022. mahmoud elkhwas/nurphoto vía getty images

El avance del silencioso cambio climático ya es evi­dente. Lo sentimos en unos veranos más largos y calurosos e inviernos cada vez menos fríos; más fenó­menos meteorológicos extremos e incendios cada vez más agresivos y difíciles de apagar. Los países del Me­diterráneo necesitan hacer de este desafío global una oportunidad para mejorar la forma en que se desarro­llan y prosperan. No hacerlo sería arriesgado, temeroso y, además, un crimen.

Los países mediterráneos han acogido seis de las 27 Cumbres del Clima que se han celebrado desde 1995 —Marruecos (2001 y 2016), Italia (2003), Francia (2015), España/Chile (2019), Egipto (2022)—, mos­trando interés por abordar el cambio climático desde el multilateralismo. Además, todos los países medite­rráneos, a excepción de Argelia, Siria, Turquía y Líbano, han actualizado sus Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC por sus siglas en inglés) al Acuer­do de París a fecha de octubre de 2022. Sin embargo, no podemos quedarnos en las florituras de la diplomacia y necesitamos cambiar la óptica desde la que aborda­mos el cambio climático, viéndolo como una oportu­nidad para mejorar la forma en que hacemos política, economía y nos aproximamos a la salud. Sabemos que es el gran desafío del siglo XXI, que nos afecta a todos los países y a todos los actores en mayor o menor me­dida. Sabemos también que el cambio climático no se aborda solo reduciendo gases de efecto invernadero, sino que necesariamente hay que adoptar una perspec­tiva holística que tenga en cuenta distintas dimensiones de la economía y el medio ambiente en su conjunto. A continuación, se esboza cómo el turismo, la agricultura, la pesca, la energía o la biodiversidad pueden transfor­marse en sectores que ayuden a equilibrar la economía y la naturaleza y cómo precisamente esa sostenibilidad puede ser el motor del desarrollo en el Mediterráneo.

Un Mediterráneo para el turismo sostenible

Sin duda el turismo de costa ha contribuido a la degra­dación del medio ambiente y a la contaminación del mar. Un estudio del Instituto de Ciencia y Tecnología Ambientales de la Universidad Autónoma de Barce­lona (ICTA-UAB) señaló en 2021 que el 80% de los residuos marinos que se encuentran en las playas son provocados por este sector económico. Además de aumentar la generación de residuos, el modelo actual de turismo incrementa de forma desproporcionada el consumo de energía y agua en una región en la que esta última es ya un bien muy escaso. La solución no es terminar con él, sino moldearlo y convertir al Medite­rráneo, por qué no, en una región en la que el turismo sostenible sea la seña de identidad. Porque, ¿estamos seguros de que seguirá habiendo turismo si continúa aumentando la contaminación de nuestro mare nos­trum? No es una idea nueva. Auspiciados por el Pro­grama de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), los Estados parte del Plan de Acción del Mediterráneo (1975) y del Convenio para la protec­ción del mar Mediterráneo contra la contaminación (Convenio de Barcelona, 1976–22 países contratan­ más la Unión Europea) se comprometieron hace ya décadas a proteger el medio ambiente marino y las zonas costeras, a poner en marcha medidas de protec­ción de los recursos naturales del Mediterráneo y a te­ner en cuenta tanto las necesidades del presente como de las generaciones futuras. Quizás habría que revisar la aproximación a este problema para encontrar solu­ciones más eficaces, en vista de que los problemas se han agravado en el transcurso de las últimas décadas.

Cada vez son más las personas que viajan en busca de un turismo más lento que les dé acceso a las comu­nidades locales, a proyectos pequeños y a la naturaleza, tanto de la costa como del interior. Para atraer este tipo de viajeros, que aprecia y respeta lo que tenemos, nece­sitamos prestar más atención a montes, playas y mares. ¿Por qué no crear riqueza con trabajos de limpieza que nos ayuden a que nos guste más donde vivimos, atraer a viajeros responsables y así contribuir a preservar el me­dio ambiente?

El turismo sostenible ha sido promovido desde las instituciones europeas desde hace años. Distintas estra­tegias y comunicaciones europeas han señalado la ne­cesidad de promocionar un turismo costero y marítimo sostenible, centrado en las buenas prácticas y la com­petitividad. En particular, el proyecto Interreg Med, del que forman parte 13 países del Norte del Mediterráneo, apoya iniciativas para tener un mar más sano y produc­tivo, a la vez que se mejora la vigilancia marítima o se desarrolla el potencial de la energía azul o la biotecno­logía y la competitividad del sector marítimo.

La Estrategia Mediterránea para el Desarrollo Sos­tenible 2016-2025 del PNUMA, por su parte, propo­ne también el fomento de un turismo y una economía sostenibles pensadas como parte de un ecosistema. Este tipo de aproximación al turismo y la economía apuesta por un uso más racional del agua destinada a la agricul­tura, la industria y el turismo teniendo en cuenta el fac­tor medioambiental; propone un plan para evitar las pre­siones que ejerce el turismo en zonas muy tensionadas, o el desarrollo de un turismo más cercano que promueva el conocimiento de la cultura local y el consumo de pro­ductos locales, fijando así población en zonas rurales del interior que son más desconocidas por el turismo masi­vo y que permitiría descongestionar las zonas costeras.

Agricultura, ganadería y pesca sostenible como identidad

Más allá del turismo masivo, un informe del Fondo Mun­dial para la Naturaleza de 2022 señala también el uso de fertilizantes, el vertido de residuos sólidos y otros mo­delos económicos poco sostenibles como causantes de la contaminación por plásticos.

A nivel global, la agricultura y la ganadería son responsables de alrededor del 24% de las emisiones de gases de efecto invernadero, porcentaje que se reduce al 11% en la UE



Históricamente, los países del Mediterráneo han centrado su economía en la agricultura y la pesca. Los fenicios fueron grandes marinos y comerciantes, y los romanos ya aprovecharon las bondades del clima me­diterráneo para cultivar cereales, uvas, olivos, higos y ciruelas, producir vinos y obtener sal, el oro blanco de aquellos tiempos. A nivel global, la agricultura y la gana­dería son responsables de alrededor del 24% de las emi­siones de gases de efecto invernadero, porcentaje que se reduce al 11% en la UE (dato de 2020). Sin entrar a debatir sobre cuál es el mejor tipo de alimentación para preservar el medio ambiente, debemos plantearnos cómo una ganadería y agricultura menos industrial, con menos antibióticos, químicos y fertilizantes, además de expulsar menos gases de efecto invernadero, puede contribuir a mejorar tanto nuestra salud como la biodi­versidad de nuestra región y la contaminación marina.

La plataforma Mediterranean Organic Agriculture Network, de la que forman parte 24 países de ambas orillas, contribuye a la promoción de la agricultura orgánica desde 1999. También el CIHEAM (Centro Internacional de Altos Estudios Agronómicos Medite­rráneos) —una organización intergubernamental en la que participan 13 países mediterráneos—, promueve la alimentación sostenible y la reducción del desperdicio alimentario. A nivel europeo, el Pacto Verde y la estra­tegia “De la Granja a la Mesa” (2020) apuestan por una agricultura más sostenible y climático-neutral. Para ello se pretende reducir a la mitad el uso de plaguicidas y fertilizantes o aumentar la superficie dedicada a la agri­cultura ecológica, lo que contribuirá a mejorar la bio­diversidad de nuestro entorno. La estrategia también menciona el bienestar animal, por ejemplo, proponien­do que se vigile el funcionamiento de las macrogranjas, lo que además de mejorar la calidad de sus productos, contribuirá a la reducción de la contaminación derivada de estas industrias y, como resultado, a proteger el me­dio ambiente.

También las prácticas pesqueras tienen que cam­biar para desindustrializar este sector económico y primar la pesca tradicional sostenible, apoyando así a los pequeños y medianos pescadores del Mediterráneo. Alrededor del 75% de las poblaciones de peces están so­breexplotadas en la región, aumentando ese porcentaje en aguas de la UE. Estos niveles de sobreexplotación se han alcanzado como resultado de la pesca ilegal, pero también por el uso de tecnologías que permiten iden­tificar la posición de los bancos de peces, facilitando su sobrepesca.

La dirección de las instituciones y administraciones públicas es clave para que los agricultores, ganaderos y pescadores —quienes nos alimentan a cambio de de­masiado poco—, puedan poner sus tierras a trabajar en favor de una agricultura más apegada a la naturaleza y menos a la industria que contribuya a limitar el calenta­miento global a los 1,5ºC fijados en el Acuerdo de París y que, de paso, nos ayude a tener una mejor alimentación y salud. No solo se trata de utilizar técnicas más soste­nibles, sino también de regular más y mejor para detec­tar y desalentar prácticas ilegales o poco acordes con la conservación de la naturaleza.

Un Mediterráneo líder en energía y transporte limpio

En la UE, según datos de Eurostat, el 57% de las emisio­nes de gases de efecto invernadero en 2017 procedían de la energía, seguidas por un 25% del transporte. A ni­vel mundial, esos porcentajes se reducen al 25% y 14% respectivamente. Además, se espera que para 2040 la demanda energética en los países del Sur del Medite­rráneo aumente un 62%, lo que convierte a la energía en un problema de primera magnitud. En vista de que son las dos grandes causas del cambio climático en nuestra región, ¿por qué no aprovechar que estamos condena­dos a cambiar nuestro acceso a la energía y el transporte para convertir el Mediterráneo en líder en energías lim­pias y transporte sostenible? ¿Por qué no ser los prime­ros en liderar e influir con el ejemplo?

En las relaciones internacionales sabemos que quien primero propone un camino, más posibilidades tiene de sacar rédito en el medio plazo. Y dado que es un camino que tendremos que emprender más pron­to que tarde, no esperemos a ir a remolque de otros y comencemos ya. De más está decir que contamos con grandes ventajas: disponemos de un mar Mediterráneo que puede darnos energía mareomotriz, undimotriz y eólica marina. Países como Italia, Francia o España ya han puesto en marcha alguno de estos proyectos a pe­queña y media escala, y también se ha identificado un buen potencial para explotar este tipo de energía en Chipre, Israel, Líbano y Egipto. Además disfrutamos de numerosas horas de sol que pueden utilizarse para obtener energía solar. Tanto el mar como el sol tienen el potencial de convertir al Mediterráneo en una región exportadora de energía renovable y, por tanto, en menos dependientes energéticamente de otras regiones cuya riqueza (y poder) emana de los recursos fósiles.

Ya hay en marcha proyectos para promover la se­guridad energética y la capacidad de adaptación en al­gunos países del Sur y Este del Mediterráneo (Argelia, Egipto, Israel, Jordania, Líbano, Marruecos, Palestina y Túnez), como Clima-Med, financiado por la UE y que promueve la inclusión de la acción climática en las polí­ticas y estrategias de los países; apoya a las autoridades locales a diseñar, implementar y monitorizar planes de acción climática, y facilita el acceso a financiación de acciones locales sostenibles. Otro ejemplo concreto es el parque eólico de Tafila, que cubrirá alrededor del 3% de la demanda energética de Jordania, además de crear puestos de trabajo. Este proyecto ha sido apoyado por la Unión por el Mediterráneo como un modelo de desa­rrollo en la región y ha sido financiado a través de inicia­tivas privadas y otras instituciones entre las que están el Banco Europeo de Inversiones y el Europe Arab Bank.

Las Plataformas para la Energía de la Unión por el Mediterráneo, que reúnen a todos los países euromedi­ terráneos, incluyendo instituciones financieras, indus­tria y expertos en energía, son un foro clave para seguir promoviendo el desarrollo del mercado eléctrico, así como la eficiencia energética y renovable en la región. Parece que estamos en el camino correcto, pero necesi­tamos correr más si queremos liderarlo.

Una región rica en biodiversidad

En términos de biodiversidad, el Mediterráneo alber­ga una de cada 10 especies marinas. Sin embargo, las poblaciones de mamíferos marinos, rayas, tortugas o tiburones han disminuido enormemente en los últimos años, no solo por la degradación de sus hábitats o por los plásticos, sino también por los excesos de distintas actividades económicas.

Tierra adentro, algunos países mediterráneos como España albergan la mayor biodiversidad de toda Euro­pa, pero también cuentan con un número demasiado alto de especies en régimen de protección especial se­gún el Catálogo Español de Especies Amenazadas: 351 especies de flora, 304 aves o 78 mamíferos, de un total de 973 especies recogidas en el catálogo. Las amenazas a nuestra región son múltiples, pero con un único ori­gen, el ser humano: desde la destrucción de hábitat para la construcción de infraestructuras, la agricultura o ga­nadería intensiva hasta la invasión de especies exóticas que desplazan a las autóctonas.

También se puede mencionar la devastación total que causan cada año miles de fuegos en todo el Medi­terráneo con un impacto fatídico para la biodiversidad. Y esto, en una región donde la desertificación avanza desde hace décadas y donde hay amplias evidencias de que el cambio climático la hará más seca y cálida. Solo en Turquía en 2021 se quemaron 206.013 hectáreas, 159.537 en Italia y 134.273 en Argelia. De enero a octu­bre de 2022, en España se han quemado casi 300.000 hectáreas, una cifra récord dentro de la UE desde que hay registros. Además de los provocados o de los cau­sados accidentalmente por colillas sin apagar o chispas de barbacoas en el monte en pleno agosto —actuaciones las unas y las otras que nunca son justamente condena­das por la destrucción de nuestro patrimonio natural—, hay otras causas que deben hacernos reflexionar. Una de ellas es el progresivo abandono de los pueblos, sie­rras y montañas, bien porque no dan suficiente rentabi­lidad económica o bien porque vivimos en una sociedad en la que hemos interiorizado que el progreso está en la ciudad, rodeados de asfalto, coches y contaminación. Esto hace que nuestros montes dejen de estar cuidados y limpios, favoreciendo la rápida extensión de los incen­dios en una superficie cada vez más seca y desértica. También la sobreexplotación y la mala gestión o un ac­ceso demasiado fácil y descontrolado al medio natural contribuyen al aumento de los incendios. A todo ello hay que sumarle una legislación débil o demasiado permisi­va con todo lo que ocurre en plena naturaleza, y unos dirigentes políticos que no terminan de comprender el valor económico de preservar la biodiversidad y cómo nos puede ayudar a crear riqueza y a tener una mejor calidad de vida. Propongamos crear riqueza y puestos de trabajo protegiendo nuestros montes y montañas, porque ayudan a equilibrar los excesos de contamina­ción, nos aseguran el acceso a recursos biológicos de valor incalculable y aportan una belleza que no puede ser sustituida por ningún paisaje artificial.

El Mediterráneo alberga una de cada 10 especies marinas que se ven amenazadas no solo por la degradación de sus hábitats, sino también por los excesos de distintas actividades económicas



El Convenio de Barcelona, junto a sus siete protoco­los, debería quizás reinventarse y establecer una hoja de ruta más atractiva en vista de que el mar Mediterráneo es uno de los más contaminados del mundo y de que no hemos conseguido hacer entender que su preservación es la clave para la economía sostenible de nuestra re­gión. Hay iniciativas como el Consorcio Mediterráneo para la Protección de la Biodiversidad, creado en 2021 por las organizaciones MedWet (Iniciativa de los Hu­medales Europeos), MedPan (Red de Áreas Marinas Protegidas del Mediterráneo), y el UICM-Med (Unión Internacional para la Conservación de la Naturale­za-Mediterráneo), entre otros, que buscan desarrollar soluciones innovadoras a la pérdida de la biodiversidad y mejorar la resiliencia de los territorios al cambio cli­mático. Esperemos que esta no sea una más de las tan­tas iniciativas que promueven la protección del Medi­terráneo.

Conclusión

¿No hay ya suficiente información que avala que el cam­bio climático contribuye a tener una peor calidad de vida, a más gastos en sanidad, en sofocar incendios o en reconstruir zonas dañadas por fenómenos meteorológi­cos extremos? ¿Por qué no se actúa con más decisión entonces?

Puede que uno de los principales problemas de los países mediterráneos sea que no hemos sabido enten­der la fortaleza que nos da tener un mar y a miles de especies marinas y terrestres entre nosotros. No se ha entendido que, tal y como apunta la “Tragedia de los Comunes” de Garret Hardin, primar el interés indivi­dual inevitablemente conduce a la destrucción del in­terés colectivo. Es urgente utilizar la óptica medioam­biental para comprender mejor que la preservación de la naturaleza y de su biodiversidad nos trae a todos riqueza, si bien es un tipo de riqueza muy alejada del extractivismo y de la sobreexplotación. Porque toda ac­tividad que vaya en contra de la naturaleza va también en contra de la economía, y hasta que no interioricemos esta idea, seguiremos maltratando nuestro patrimonio natural y perdiendo oportunidades de ser una región líder en promover un desarrollo y una economía soste­nibles./

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