Marruecos y los franciscanos: una relación de siglos

La labor asistencial de los misioneros, aunque no exenta de problemas, les ha convertido en una figura clave del horizonte marroquí.

Ricardo Castillo Larriba

Alo largo de la costa marroquí es frecuente encontrarnos con una imagen muy alejada de la retenida en el imaginario de Marruecos: la presencia de frailes franciscanos en dichas tierras. A la extrañeza que supone tal presencia, se suma la consideración de los mismos como los restos de la etapa colonial. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. La existencia de la Orden Seráfica en tierras marroquíes se remonta siglos atrás, y forma parte de uno de los variopintos personajes que conforman la realidad del país, la frailía. En muchas ocasiones, éstos aparecen a los ojos de los marroquíes como hombres rodeados de prestigio y respeto, hombres de bien.

A pesar de todo, la relación entre los hermanos menores de San Francisco y el país cherifiano no siempre ha sido cordial, aunque si más continua ha sido la voluntad de permanencia de los primeros. La historiografía tradicional ha tratado de hacer ver cómo los orígenes de la “Misión seráfica de Marruecos” podrían remontarse a la época de los compañeros de San Francisco. Esta mítica inauguración misional, si bien puede tener una base real, no parece ser el origen de lo que ha sido la misión franciscana de Marruecos propiamente dicha.

A pesar de haber existido cierta estructura eclesiástica en Marruecos en el periodo anterior al siglo XVII, más nominal que real, la verdadera inauguración llegará de la mano del Beato San Juan de Prado, Ministro de la recientemente creada Provincia de San Diego de Andalucía, en 1631. Su vocación africana, nacida de la frustración de no poder realizar misión en las Américas, determinará para siempre el destino misional en el ámbito marroquí. Si bien desde sus inicios, el padre Juan de Prado era consciente de la imposibilidad de hacer labor proselitista en tierras del islam, rápidamente él y sus compañeros se vieron sometidos a la prueba de fuego.

En Marraquech, el acoso sufrido por parte de las autoridades sa’adíes para que diesen su testimonio acerca de la profesión de fe islámica, llevó a Juan de Prado a la muerte y a sus hermanos a prisión. Este capítulo se ha enmarcar en la situación de conflicto civil existente en Marruecos entre los distintos pretendientes al trono sa’adi. La subida al trono de Muhammad al cheij al Saghir (1636-1655), supuso un giro favorable a la presencia de los franciscanos en tierras marroquíes. A partir de este momento se inició la actividad para la cual había sido aprobada la misión seráfica: la asistencia espiritual, moral y sanitaria de los cautivos cristianos.

Su labor en Marruecos no estaba dirigida a su rescate –aunque colaborarían en los procesos de liberación– que estaba encargada a las órdenes redentoras, los Mercedarios y los Trinitarios. A diferencia de lo que sucedía en las Regencias de Argel y Túnez, el papel de éstas no implicaba la asistencia a los cautivos en las prisiones, ya que éste era el de los Hermanos Menores. Con la creación de la Prefectura, se institucionalizó así la misión, implicándose en la tarea asistencial, creando un modesto hospital en Marraquech. Rápidamente, las autoridades se sirvieron de los franciscanos para las misiones diplomáticas en países europeos, en especial con España, sobre todo en el conflicto civil, intentando asegurarse un posible apoyo militar español frente a los rivales.

Con la llegada al trono de la dinastía alauí, a pesar de no ser bien recibidos inicialmente, les fue permitido quedarse. Sin embargo, con Mulay Ismail (1672-1727) se intensificarían las relaciones entre el poder marroquí y los misioneros. Éstas siempre fueron ambivalentes, pasando de la confianza mutua a decretar su expulsión en 1676, aunque regresaron en 1684. Ramón Lourido nos revela que durante este periodo fueron abundantes los documentos emanados de la autoridad en el que se favorecía su labor. Les fue permitido construir iglesias, casas-misión y hospitales en las ciudades de Fez, Marraquech y Mequinez, asistiendo en el hospital de esta última a numerosos musulmanes e incluso a miembros de la familia real. También bajo la prefectura del padre Fray Diego de los Ángeles, los franciscanos tramitaron redenciones de cautivos, a pesar de no ser inicialmente, parte de sus competencias.

Tras la muerte de Mulay Ismail, se sucedió una inestabilidad política que duró hasta 1757. Las rebeliones de la guardia negra (abids), causaron el caos a lo largo del territorio marroquí, que también afectó a la misión ilesa de tales circunstancias. Sin embargo, la estabilidad fue recuperada bajo el gobierno del sultán Muhammad III ibn Abadlá (1757-1790). Durante su reinado se produjo el fin de la terrible realidad de la esclavitud cristiana, tras las negociaciones y tratados de amistad con la monarquía española y otras naciones europeas. En estas negociaciones, el papel desempeñado por los misioneros franciscanos fue crucial, en especial el realizado por el padre José Boltas, en colaboración con el secretario Muhammad Ibn Uthmán.

La desaparición de la esclavitud en un principio suponía el fin funcional de la misión. Sin embargo, el crecimiento de los comerciantes europeos en las ciudades costeras, fruto de la apertura comercial que dicho sultán impulsó en Marruecos, hizo que la misión se volcara hacia su cuidado asistencial. Con ello, se produjo un desplazamiento de la misión hacia los núcleos costeros, exceptuando un breve periodo en el que fueron expulsados por orden del nuevo sultán Mulay Yazid (1790-1792). Con la entronización de Mulay Suleyman (1792-1822), se permitió su regreso. Lo que no consiguieron algunos sultanes marroquíes, lo consiguió el proceso revolucionario que se dio en España en el periodo posnapoleónico: la extinción de la misión en Marruecos.

Las leyes de exclaustración de 1836 supusieron su golpe de muerte. Sin embargo, las operaciones que se sucedían en Argelia tras la conquista francesa, empezaron a intranquilizar a los políticos españoles, que veían en la caída de Marruecos bajo la influencia gala, la posibilidad de verse rodeados del poder francés, perdiendo lo que se consideraba de España por derecho (semejante privilegio se justificaba a través del testamento de Isabel la Católica). Así, la política española empezó a hacer memoria sobre el papel que habían tenido los franciscanos en Marruecos, y cómo éste podría ser aprovechado en beneficio de España, al convertirlos en un elemento fundamental de la influencia española sobre el imperio cherifiano.

Con este planteamiento, el gobierno se dispuso a la restauración de la misión, abriendo en 1856 un Colegio de Misioneros en Priego, que posteriormente pasaría a Santiago de Compostela. En aquellos momentos quedaba en Marruecos tan solo un franciscano de edad avanzada. Ya en 1859 fueron enviados los primeros misioneros de la “nueva misión”. Sin embargo, será tras el tratado de Wad Ras, tratado del conflicto hispano-marroquí de 1860, cuando se restablezca oficialmente, al obligar al gobierno marroquí a aceptar su regreso y la restauración de sus casas- misión en las ciudades costeras.

Es interesante ver cómo se impone esta condición en uno de los artículos del tratado, cuando en realidad nunca, salvo algunas excepciones, se había prohibido oficialmente su presencia en territorio cherifiano. Se instauró una proprefectura apostólica, bajo el patronato de España que la sostenía a través de los fondos de la Obra Pía de los Santos Lugares, que estaba bajo control del Estado. La nueva misión distribuyó sus actividades asistenciales sobre todo en Tánger, Tetuán, Rabat, Casablanca, Mazagán, Safi y Mogador. Con posterioridad iría ampliando sus establecimientos a otras ciudades como Larache, Alcazarquivir etcétera.

La labor de José María Lerchundi

Durante este primer periodo fue fundamental el trabajo realizado por el proprefecto José María Lerchundi (1877-1892). Gran conocedor del país y del idioma, la labor realizada por este religioso alcanzó muchos ámbitos de la realidad marroquí. Como intelectual, en contacto con los arabistas europeos, escribió la primera gramática de árabe dialectal marroquí en español y en inglés, así como un diccionario de árabe-español. Su conocimiento y su amor por Marruecos, le hizo implicarse decididamente en el apoyo a la conservación de la integridad del imperio en unos momentos en que estaba cuestionándose por parte de las potencias coloniales, abogando por las propuestas del mantenimiento del statu quo de Marruecos.

Actuó como diplomático intermediario, siendo el artífice de la primera embajada de un sultán marroquí ante la Santa Sede en 1888. Por otra parte, en un intento de ayudar a salir de la postración en la que se encontraba el país, se propuso introducir avances técnicos, que se plasmaron en Tánger, entonces la ventana al exterior. Influyó en la instalación del alumbrado eléctrico en la ciudad, instaló un heliógrafo para la comunicación con España. También fue obra suya la constitución de Cámaras de Comercio en Tánger y otras ciudades del litoral marroquí.

Sin embargo, su actividad en el fomento de las mejoras sociales y sanitarias fueron las que plasmaron con más intensidad su amor hacia los marroquíes. Impulsó la instalación de pequeñas escuelas y las creadas fueron modernizadas e intentó la creación de un Instituto de Enseñanza Secundaria que finalmente no prosperó. Creó una escuela de enseñanza del árabe en Tetuán y una moderna imprenta hispano-árabe (que podría considerarse la primera permanente del país). En cuanto a la sanidad, construyó en Tánger el primer hospital moderno, y junto a él, una escuela de medicina, dirigida por el famoso médico doctor Ovilo y Canales.

Por último no escatimó esfuerzos en la creación de una barriada de casas baratas en Tánger para familias necesitadas. En todos estos proyectos en ningún momento hizo distinción entre musulmanes, cristianos o judíos. La actividad del padre Lerchundi provocó recelos entre los políticos españoles, que le llegaron a acusar de no defender los intereses de España en Marruecos, tachándole su falta de patriotismo. Tras la muerte del padre Lerchundi, su discípulo, el padre José María Cervera, se convirtió en prefecto. Sin embargo su talante era diferente del de su antecesor y la realidad política también. Con el aumento de europeos en territorio marroquí, su actividad se inclinó más hacia los católicos. Durante su largo gobierno de la misión, de 1892 hasta 1927, vivió la desintegración del Estado marroquí, con sus conflictos y guerras civiles.

Hacia 1908, se hacía necesario, por la importancia que empezaba a tomar, la elevación del cargo de prefecto a vicariato apostólico. Ese año se nombró a Cervera Obispo de Marruecos, aunque la denominación oficial de su titularidad fue la de “Obispo de Fessea”. Sin embargo con el establecimiento del doble protectorado rápidamente comenzaron los conflictos de jurisdicción eclesiástica en la zona francesa y española, al pretender el núcleo francés ser independiente eclesiásticamente del español. Al final se produjo la ruptura en 1923, y se crearon dos obispados: uno con sede en Tánger y otro en Rabat, uno francés y otro español. Esta situación se prolongaría hasta la actualidad.

Durante este periodo, la actividad de fomento cultural de Marruecos por parte de las instituciones franciscanas continuó. Se llevaron a cabo obras de carácter histórico como la Historia de Marruecos del padre Castellanos, y numerosas obras sobre la historia de las Misiones, como Apostolado Seráfico. La Historia de Marruecos fue la primera gran obra que trataba todo el proceso histórico del país, en un lenguaje sencillo, que permitió su lectura por un amplio número de lectores tanto españoles como extranjeros e incluso marroquíes. También es destacable la labor del padre Pedro H. Sarrionandia, autor de la primera y única gramática rifeña.

Elaboró un diccionario de español-rifeño, que si bien no se publicó, tras ser sistematizadas y arregladas sus fichas, fueron publicadas por el padre Esteban Ibáñez. Recientemente la editorial Bellaterra ha reeditado ambos trabajos. Más tarde el padre Rafael González compondría una excelente Gramática del árabe literal. Sin embargo magna fue la obra que llevó la misión, publicando numerosos documentos relativos a la propia historia de la misión, así como numerosos estudios antropológicos a través de la revista Mauritania, que empezó a publicarse en 1927, dando a conocer al gran público español las complejidades y riquezas de la realidad marroquí.

La revista se mantuvo hasta 1962. Hoy la labor asistencial de los misioneros continúa, sobreviviendo a los sobresaltos de la independencia y posindependencia, junto a otras órdenes religiosas que se han ido instalando en Marruecos. Sin embargo, ninguna de ellas ha logrado identificarse tanto con el entorno como la misión franciscana, convirtiéndose la frailía en una figura imprescindible del horizonte marroquí, fruto de una relación de siglos