Los conflictos sectarios amenazan la transición siria
Cuando la transición siria se acerca a su primer aniversario, se hace cada vez más palmaria la brecha entre dos narrativas muy diferentes presentes en la sociedad sobre la dirección en la que va el país. Una de ellas mira al futuro con un optimismo cauto. Con un 90% de la población bajo el umbral de la pobreza y con unas cinco horas de electricidad al día, la euforia de diciembre pasado ya se ha evaporado. Los defensores de esta narrativa admiten que, desde su ascenso al poder, las nuevas autoridades han cometido errores, y se han dado pasos hacia atrás, pero no ignoran los avances y resaltan el enorme desafío que representa reconstruir un país devastado, traumatizado y en bancarrota.

Septiembre de 2025./Hasan Belal, Anadolu (vía Getty Images).
La otra narrativa mira hacia el futuro con angustia. La confianza en el nuevo gobierno y su presidente, Ahmed al Shara, al que se suele calificar de “yihadista”, está rota. El derrocamiento del régimen de Bashar al Assad por una coalición de milicias islamistas fue ya acogido con escepticismo, y las diversas masacres con tintes étnicos de los últimos meses han confirmado los peores temores. Aunque las nuevas autoridades no han decretado medidas contundentes para islamizar el país, existe el convencimiento de que estas llegarán cuando el nuevo régimen sea suficientemente sólido.
Si bien es posible encontrar estas dos narrativas entre todas las comunidades étnicas y religiosas siria, cada una suele encajar con un grupo determinado. La primera, más optimista, abunda entre la mayoría árabe musulmana suní, incluso entre aquellos que no se consideran especialmente religiosos. La segunda es la más habitual entre el mosaico de minorías que configuran un país tan plural como Siria. Y es que, precisamente, conciliar los planes del actual gobierno y su presidente, Al Shara, antiguo líder de la milicia islamista radical Hayat Tahrir al Sham (HTS), con las aspiraciones de las minorías se ha convertido en el principal desafío de la transición siria.
El estallido violento en Sueida
Desde el verano, el mayor epicentro de la tensión política en Siria es la provincia de Sueida, el bastión de la comunidad drusa, una confesión escindida del islam chií hace unos 10 siglos. Los drusos constituyen solo entre el 3% y el 4% de la población siria, pero en Sueida son la gran mayoría –cerca del 90%. Tras haber mantenido una posición más bien neutral durante la guerra civil, en verano de 2023 se produjo un levantamiento popular contra el régimen sirio a causa de las duras condiciones socioeconómicas de la población. El régimen optó por no reprimir las protestas, y las milicias drusas se hicieron con el control de la provincia, que goza desde entonces de una autonomía de facto.
Desde la caída de Al Assad, esta situación ha sido el principal motivo de tensión con el gobierno de transición, que ha situado como una de sus prioridades recuperar el control de los territorios autónomos, es decir, Sueida y la Administración Autónoma Democrática del Norte y el Este de Siria (AADNES), dominada por las fuerzas kurdas. Tras meses de “tira y afloja”, la violencia sectaria estalló en abril tras la difusión en las redes sociales de una grabación falsamente atribuida a un clérigo druso que incluía comentarios ofensivos hacia el islam. Durante varios días, hubo choques entre las milicias drusas y milicias islamistas afiliadas al gobierno. Según el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos (OSDH), al menos 137 personas fallecieron durante los combates, incluida las ejecuciones a sangre fría de civiles drusos que habitaban un barrio druso situado en las afueras de Damasco.
Responder a las aspiraciones de las minorías y dotarse de unas estructuras que garanticen el pluralismo político son, junto con la economía, los principales retos de la transición siria
Un vago acuerdo entre las facciones drusas y Damasco acompañó el fin de los combates. El texto se limitaba a reconocer el statu quo, es decir, la autoridad de las milicias drusas en el ámbito de la seguridad en Sueida, a la vez que recogía una futura integración de la provincia en la administración central. Ahora bien, lo que no se pudo restaurar es un mínimo de confianza entre las partes, lo que explica que, en julio, tan solo tres meses después, la conflagración fuera todavía más violenta. En esta ocasión, el detonante fue un conflicto sobre la propiedad de unas tierras entre una tribu beduina y las facciones drusas. Los enfrentamientos provocaron varios muertos, lo que empujó al gobierno a intervenir. Aunque su justificación era poner fin a la violencia, algunas facciones drusas lo interpretaron como un intento unilateral de retomar el control de la provincia.
Durante más de una semana, miles de milicianos islamistas y de beduinos armados de otras provincias se abalanzaron sobre Sueida, hasta a hacerse con el control de una parte de la provincia. Atribuyéndose el deber de proteger a la minoría drusa, Israel, donde residen unos 150.000 drusos, llevó a cabo varios bombardeos contra las milicias gubernamentales, además de la sede del Ministerio de Defensa en Damasco. Sin embargo, en Siria, el apoyo a los drusos se percibe como una excusa para mantener su ocupación de la región siria de los Altos del Golán, que el ejército hebreo amplió tras la caída del régimen de Al Assad.
La intervención israelí resultó clave para poner fin a las hostilidades con la retirada de las milicias islamistas de la provincia. El episodio de violencia sectaria se saldó con la muerte de más de 1.300 personas, incluida la ejecución de centenares de civiles, la mayoría drusos. Al parecer, la escalada se produjo por un malentendido entre Damasco y Washington, pues el gobierno sirio interpretó que el apoyo estadounidense a la integridad territorial de Siria, manifestado días antes, incluía el visto bueno de Tel Aviv a recuperar por la fuerza el control de Sueida.
Una de las consecuencias del estallido fue una renovada unidad de las milicias drusas, bajo el liderazgo del clérigo Hikmat al Hijri, la figura con una posición más hostil a Damasco. De momento, el futuro de Sueida parece todavía en el aire, y el acuerdo firmado a mediados de septiembre entre Jordania, Siria y EEUU no aporta mayor claridad. Si bien reitera la futura integración de la provincia al Estado sirio, también prefigura la existencia de un cierto grado de autonomía. La posición de fuerza de los drusos se podría consolidar si se firma un acuerdo entre Damasco y Tel Aviv que, tal como se ha filtrado a la prensa, establece una retirada parcial israelí a cambio de la creación de una zona desmilitarizada en todo el sur de Siria.
Alauíes y kurdos, las otras ‘minorarías rebeldes’
Los acontecimientos de Sueida no solo tienen un impacto para la comunidad drusa, sino que condicionan las percepciones y estrategias políticas de las otras minorías concentradas territorialmente, es decir, los alauíes en las provincias de la costa, y los kurdos en el noreste, en la región de la AADNES. De hecho, la retroalimentación es mutua. También las masacres que tuvieron lugar en marzo en las zonas alauíes están muy presentes en las mentes de los líderes drusos cuando se niegan a desarmarse y ceder su control a las milicias vinculadas a Damasco, responsables de las exacciones contra la comunidad alauí. Según una comisión de investigación del gobierno, unas 1.426 personas murieron en aquel estallido sectario, y la mayoría fueron civiles alauíes, la confesión a la que pertenecía el exdictador Bashar al Assad.
En aquella ocasión, el desencadenante fue un ataque coordinado en varias localidades de las provincias costeras por parte de una milicia pro-Assad contra las fuerzas de seguridad, que sufrieron decenas de bajas. Los días siguientes, miles de milicianos islamistas con sed de venganza venidos de todo el país se dirigieron a la región alauí y cometieron todo tipo de abusos contra civiles indefensos. Más de seis meses después, la población alauí continúa atenazada por el terror, y las denuncias de exacciones y secuestros atribuidos a milicianos o cometidos por desconocidos son habituales. Un elemento de debate en Siria es hasta qué punto el presidente Al Shara controla estas milicias y podría evitar estas recurrentes masacres.
A diferencia de otras minorías, la alauí se halla huérfana de cualquier tipo de liderazgo político, lo que dificulta cualquier acuerdo con Damasco. “Al Assad no dejó que emergiera otro líder político en la comunidad. Y ahora hay un gran vacío. El gobierno actual ha intentado convertir a los clérigos alauíes en los interlocutores, pero no ha funcionado. Los alauíes no son especialmente religiosos”, comenta el responsable de un histórico partido sirio en la región alauí. Ese vacío es el que trata de ocupar la Brigada Escudo del Sahel, la milicia que cometió los ataques de marzo, pero no parece haber tenido demasiado éxito, y sus atentados se han reducido a la mínima expresión en los últimos meses.
La violencia sectaria en las zonas drusas y alauíes ha marcado también las expectativas de la minoría capaz de plantar un mayor desafío a Damasco: la kurda. Poco después del inicio de la guerra civil, se creó la AADNES, y buena parte del norte y este del país gozan desde entonces de una especie de independencia de facto, incluso con sus propias fuerzas armadas, las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS). Aunque estas zonas atesoran una gran diversidad étnica, la gran mayoría de los cargos políticos y militares están ocupados por kurdos, de ahí que se asocie la entidad a esta minoría.
La mejora de las condiciones materiales de vida es la gran prioridad de la mayoría de los sirios, muy por encima de cualquier consideración política
La ecuación política en el nordeste es parecida a la de Sueida, con dos importantes diferencias. En primer lugar, el tamaño: la AADNES controla casi una tercera parte del territorio sirio, y las FDS tienen más efectivos y están mejor armados que las facciones drusas. La segunda diferencia estriba en el tipo de injerencia extranjera. En este caso, se trata de Turquía, que aspira a poner fin al experimento de autogobierno kurdo en alianza con el gobierno interino en Damasco.
Precisamente, fueron las presiones de Turquía y de EEUU, con bases militares en la AADNES para combatir contra el grupo Estado Islámico, las que empujaron a los líderes kurdos a firmar en abril un acuerdo con Damasco que recogía la voluntad de integrarse en los aparatos estatales. Sin embargo, las negociaciones para cerrar los flecos del acuerdo, y que estaba previsto que terminaran este año, están estancadas. Por tanto, la perspectiva de que estalle un conflicto violento con la participación de Turquía es muy real.
La economía y el pluralismo, los otros desafíos
Por lo que respecta a la otra gran minoría, la cristiana, al estar dispersa territorialmente, no representa ningún desafío real para las autoridades en Damasco. Aquellos más preocupados por el futuro en la comunidad cristiana buscan una salida en la migración.
Ahora bien, el éxito o fracaso de la transición siria no depende solo del acomodo de las minorías, sino también de otros factores: la evolución de la economía y los servicios públicos, así como de la voluntad del presidente Al Sharaa de dotar al país de unas estructuras que garanticen la expresión del pluralismo político.
En el primer apartado, las mejoras son muy lentas, al menos, más de lo que esperaban muchos sirios. Si bien es cierto que el gobierno ha sido capaz de entablar unas relaciones diplomáticas fluidas con Occidente y la mayoría de los países de la región, ello no se ha traducido aún en la llegada de un alud de inversiones o de ayuda. En un país con las infraestructuras destruidas, la reconstrucción avanza muy lentamente. Además, el levantamiento de las sanciones estadounidenses, clave para la integración en la economía mundial, se está alargando por las reticencias del Capitolio. El resultado es que, aunque han aumentado los salarios públicos, y se ha moderado la inflación, en muchas regiones la red pública todavía proporciona cuatro o cinco horas al día de electricidad.
La mejora de las condiciones materiales de vida es la gran prioridad de la mayoría de los sirios, muy por encima de cualquier consideración política. Por ello, Al Sharaa hasta el momento ha podido monopolizar todas aquellas decisiones relativas al diseño de la hoja de ruta para la transición, que será de cinco años, tal como establece la Declaración Constitucional que él mismo aprobó en marzo. Así, son sus personas de confianza en la disuelta HTS quienes copan los principales ministerios del ejecutivo, y el presidente goza además de la potestad de escoger un tercio de los 210 diputados del futuro Parlamento que redactará la Constitución. La elección de los dos tercios restantes, es decir 140 diputados, se hizo el 5 de octubre mediante un sistema indirecto que estaba tutelado por el gobierno. Eso hizo temer a los críticos del presidente Al Sharaa que su corriente ideológica, el islamismo ultraconservador, dominara también el Parlamento, encaminando el país hacia una nueva dictadura personalista.
Habrá que ver hasta qué punto las nuevas instituciones son capaces de canalizar las demandas de una sociedad tan plural como la siria en un momento tan sensible como la redacción de la nueva Constitución
Sin embargo, este no fue el caso, y muchos de los diputados elegidos tienen un perfil centrista o liberal. De hecho, los ultraconservadores son una pequeña minoría. La nota más negativa de la jornada fue que, a pesar de haber una cuota del 20% reservado para las mujeres, solo seis resultaron elegidas. También estarán infrarrepresentadas las minorías. Por ejemplo, solo hay un diputado cristiano. Esto se explica porque esta es una minoría que no se halla concentrada territorialmente en ninguna región. De momento, un total de 19 escaños permanecerán vacíos: son los correspondientes a aquellas provincias que se escapan al control de Damasco, es decir, Sueida, Raqqa y Hasake, estas dos últimas bajo la AADNES, ya que no se pudo celebrar la elección.
Se espera que Al Sharaa anuncie durante los próximos días la identidad del tercio de diputados restante. Si el presidente utiliza su potestad para aumentar la representación de mujeres y minorías, el Parlamento será bastante diverso, lo que significaría un paso en la buena dirección para el proceso de transición política. Habrá que ver hasta qué punto las nuevas instituciones serán realmente capaces de canalizar las demandas de una sociedad tan plural como la siria en un momento tan sensible como la redacción de la nueva Constitución. De no ser así, difícilmente podrán aportar la estabilidad que requiere la reconstrucción de un país material y socialmente devastado./