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Ideas políticas

La guerra de Gaza: el reto más duro de Biden en política exterior

Ellen Laipson
Directora del Center of Security Policy Studies, School of Policy and Government, George Mason University.

La Administración Biden se enfrenta a su mayor crisis de política exterior en la guerra de Gaza. A diferencia de los desafíos de la guerra rusa en Ucrania o las preocupaciones por un conflicto China-Taiwán, la respuesta estadounidense desde el ataque de Hamás a Israel el 7 de octubre de 2023 y su fuerte respaldo político y militar a la campaña de Israel para “destruir” a Hamás se ha desarrollado en múltiples niveles.

De entrada, reflejó una profunda e histórica alianza en materia de seguridad con Israel, y en los primeros días la respuesta israelí se consideró una acción de legítima defensa contra un ataque terrorista. Sin embargo, en poco tiempo, el daño colateral causado por la campaña militar de Israel hizo que el apoyo incondicional por parte de Estados Unidos entrara en conflicto con muchos amigos de Washington en Oriente Medio y de la comunidad internacional en general.

En segundo lugar, la guerra dio lugar a reacciones encendidas entre diversos miembros del electorado norteamericano, mucho más allá de las esperadas por parte de los grupos proisraelíes, incluyendo a judíos estadounidenses y a evangélicos cristianos, así como a ciudadanos árabes y musulmanes. Generó activismo político en las grandes ciudades y en decenas de universidades, lo que condujo a intensos debates sobre la libertad de expresión y sobre si las acciones israelíes constituían genocidio. Llevó a la dimisión de al menos dos rectores de importantes universidades norteamericanas, además de la preocupación permanente por proteger de la violencia antisemita o islamófoba al alumnado y al conjunto de la sociedad, así como a instituciones culturales y religiosas.

Por último, en un año de elecciones presidenciales, es posible que la guerra de Gaza influya en las decisiones del electorado de una forma bastante poco habitual en la política estadounidense. La política exterior raramente determina el resultado de los comicios presidenciales y no suelen ser el foco de las campañas de los candidatos. Sin embargo, este año, esta crisis internacional cala bien hondo en millones de norteamericanos con vínculos ancestrales con Israel y Palestina, así como en el mundo árabe y musulmán en general. Ha agudizado las divisiones entre los partidos políticos acerca del ámbito y alcance del apoyo de EEUU a un país que no es un aliado formal, pero que mantiene lazos excepcionalmente estrechos en política y seguridad con las élites estadounidenses, en todo el espectro político.

Evolución de la política estadounidense

Las políticas de la Administración Biden han evolucionado con los meses. Al principio de la crisis, el presidente expresó su absoluta solidaridad con Israel y aseguró al gobierno y al pueblo israelíes que Washington les daría todo el apoyo necesario, pues se enfrentaban a lo que no tardó en llamarse la peor crisis en los 75 años de historia de Israel y “el día más mortífero para el pueblo judío desde el Holocausto”.

El presidente habló con el corazón y la cabeza sobre la difícil situación de Israel y la solidaridad que siente al cabo de décadas en política exterior. Dio la sensación de que las desgracias vividas por el propio Biden determinaban su capacidad para empatizar con la situación de Israel. No obstante, días después del ataque israelí a Gaza, el presidente trató de advertir a Israel sobre la experiencia de EEUU tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001. En una visita relámpago a Israel el 18 de octubre, donde abrazó a su “ami-enemigo” el primer ministro, Bibi Netanyahu, el presidente norteamericano aludió a los errores que su país cometió tras el 11-S: “No dejes que te consuma esa rabia que sientes. Después del 11-S, en EEUU sentíamos rabia. Buscamos justicia y tuvimos justicia, pero también cometimos errores”.

En noviembre y diciembre, la Administración expresó su malestar con la devastación causada por el bombardeo de Gaza, con pocas pruebas públicas de que la campaña militar estaba logrando su objetivo de decapitar el liderazgo de Hamás y destruir sus capacidades de combatir. El secretario de Estado, Anthony Blinken, visitó la región cinco veces entre octubre y febrero; el secretario de Defensa, Lloyd Austin, lo hizo dos, en octubre y diciembre. En cada ocasión, se informó de que alentaron a los israelíes a replantearse sus planes operativos para reducir las bajas civiles. También reconocieron, sin embargo, que Washington no estaba imponiendo ninguna condición a Israel: solo lo aconsejaba como amigo y colaborador en materia de seguridad.

La postura estadounidense en el Consejo de Seguridad de la ONU es otro reflejo de cómo el equipo de Biden ha tratado de equilibrar su solidaridad rotunda con Israel con la necesidad de demostrar su inquietud por el coste de la respuesta israelí, así como la necesidad de al menos una tregua temporal en la contienda por razones humanitarias, para permitir la entrega de ayuda y liberar a los rehenes aún en manos de Hamás. Incluso en tres ocasiones EEUU ha vetado las resoluciones que pedían un alto el fuego: el 18 de octubre, el 8 de diciembre de 2023, y el 20 de febrero de 2024. Washington ha alegado que las resoluciones no deberían debilitar las negociaciones diplomáticas en curso, ni pedir una tregua permanente, pero EEUU está cada vez más aislado internacionalmente, por su incapacidad de sumarse a un fuerte consenso mundial sobre la necesidad de parar los combates. (Al cierre de este número, el Consejo de Seguridad aprobaba la primera resolución pidiendo el alto el fuego, con la abstención de EEUU).

A principios de 2024, aumentó la inquietud estadounidense por el coste humanitario y pasó a ocupar una parte más destacada del discurso oficial en torno a la crisis. Lo que antes eran ruegos en privado se volvieron súplicas más directas y abiertas a Israel para que reconsiderara su campaña, recuperase su reputación internacional y facilitara la liberación de los rehenes retenidos por Hamás. Al tiempo que evitaban hacer llamamientos a un alto el fuego, los diplomáticos norteamericanos han entablado conversaciones con líderes regionales, de Egipto y Catar en particular, para negociar treguas temporales a cambio de la liberación de rehenes israelíes, aunque no parezca que esa sea la mayor prioridad del gobierno israelí. Estos esfuerzos diplomáticos han proseguido en marzo de 2024.

Hay cierta evidencia de que los esfuerzos de EEUU han dado algún fruto. Israel ha hecho discretos ajustes en sus operaciones y ha dejado más tiempo a los palestinos para reubicarse conforme avanza hacia nuevos objetivos de Hamás en la zona meridional de la Franja de Gaza. Asimismo, ha anunciado el fin de determinadas operaciones relacionadas con la ciudad de Gaza y la intricada infraestructura de túneles. En febrero de 2024, parecía que Israel estuviese atendiendo la recomendación de retrasar el asalto a los bastiones de Hamás al sur de Gaza. El antiguo embajador estadounidense en Israel, Martin Indyk, ha sugerido que, en público, el jefe del ejecutivo israelí suele enfocarse principalmente en mantener intacta su coalición de partidos nacionalistas de derechas, pero que en privado acepta la realidad de satisfacer al menos algunas de las demandas de la Casa Blanca.

Otro momento clave en la política de Washington ha sido en marzo de 2024. Tras el ataque mortal a un convoy de ayuda en el norte de Gaza el 29 de febrero, que dejó más de 100 muertos y centenares de heridos, Biden anunció una nueva iniciativa de su país: lanzar desde el aire alimentos y suministros básicos en Gaza. El primer día, la vía aérea aportó casi 40.000 raciones de comida. Los expertos en asistencia humanitaria no creen que los lanzamientos desde el aire sean una opción eficaz ni segura, pero la acción parece reflejar un nuevo compromiso estadounidense de aumentar la ayuda de primera necesidad a los palestinos, en lugar de ceder a las políticas israelíes o aguardar a que complicadas negociaciones regionales mejoren la llegada a Gaza de los corredores por tierra y convoyes de camiones.

Instrumentos de la política estadounidense

Apoyo a Israel en seguridad. La respuesta inmediata de Washington a la crisis fue en el ámbito de la seguridad. Anunció que Israel recibiría todo el apoyo que necesitara para defender su territorio y reducir la amenaza terrorista de Hamás. Al mismo tiempo, EEUU quería mandar el mensaje a otros actores regionales que cualquier expansión del conflicto armado se encontraría con una respuesta norteamericana. EEUU desplegó dos portaaviones en el Mediterráneo oriental, y ha hecho numerosos envíos de material militar a Israel: escuadrones de caza al Golfo, obuses de artillería, granadas de tanque (utilizó un sistema agilizado para hacer llegar a Israel proyectiles por valor de más de 100 millones de dólares).

En circunstancias normales, Israel recibe anualmente 3.800 millones de dólares en ayuda militar estadounidense, de la que aproximadamente la mitad se dedica a sus sistemas de defensa aérea (la ayuda económica concluyó hace 15 años.) La Administración Biden ha ofrecido un paquete adicional de 17.000 millones, aprobado por el Senado pero aún pendiente de la Cámara de Representantes, en parte por las disputas sobre la ayuda a Ucrania. Pese al gran respaldo republicano a Israel, el paquete de ayuda fue criticado porque no contemplaba recortes en otros gastos para cubrir este elevado coste. Este paquete incluye 4.000 millones de dólares para reaprovisionar los sistemas de defensa israelíes y 1.200 millones para contrarrestar los ataques con cohetes de corto alcance y morteros.

El hecho de que el Congreso no haya aprobado esta medida a principios de marzo de 2024 parece obedecer a la política partidista, y a las señales del potencial candidato republicano Donald Trump, cuya estrategia consiste en sembrar el caos y hacer que todo fallo en seguridad nacional parezca culpa de la actual Administración Biden. Los republicanos tradicionales partidarios de la seguridad nacional reconocen la pérdida de influencia y prestigio de su país derivada de la incapacidad de prestar de inmediato ayuda de emergencia a Israel y Ucrania. Sin embargo, a los aislacionistas de las filas conservadoras estos argumentos no los conmueven.

En cuanto a los demócratas, el apoyo a la ayuda militar incondicional a Israel está cambiando, y destacados miembros del partido han pedido una aplicación más estricta de las leyes que establecen que los destinatarios de la ayuda militar estadounidense deben respetar los derechos humanos. Algunos demócratas progresistas exigen un cambio radical en la relación Washington-Jerusalén en materia de seguridad, y les preocupa que internacionalmente se vea a su país como cómplice de la campaña militar israelí, que ya ha sido objeto de acusaciones en tribunales internacionales de crímenes de guerra y genocidio.

– Operaciones militares estadounidenses en la región. Desde que estalló la crisis, la Administración Biden se ha enfocado también en impedir que la guerra se extienda más allá de Gaza. El despliegue temprano de dos portaaviones pretendía disuadir a Irán y sus proxys de sumarse a las fuerzas de Hamás o de agitar otros conflictos regionales para exacerbar las tensiones entre Israel y sus partidarios occidentales, y los mundos árabe y musulmán. Aunque Irán ha expresado su deseo de evitar una conflagración en toda la región, EEUU se ha visto obligado a responder a las incursiones de varias milicias en Líbano, Siria e Irak. En enero y febrero, fuerzas estadounidenses reaccionaron a más de 200 ataques en Irak y Siria, y el campo de batalla que se ha derivado ha llevado a nuevas conversaciones sobre la renegociación de la presencia militar de Washington en Irak.

La excepcional escalada de las tensiones regionales provocada por los ataques de los hutíes yemeníes, con misiles y drones armados, a la navegación del mar Rojo ha causado una respuesta norteamericana aún mayor: defensas antimisiles desde buques de la armada estadounidense, ataques aéreos en territorio yemení, interceptaciones y controles de embarcaciones comerciales y de otra índole, acuerdos en materia de protección naval y otras medidas diplomáticas y militares para garantizar el tránsito seguro de barcos comerciales por el mar Rojo y el Canal de Suez. Pese a todo, la navegación comercial por el Canal de Suez descendió más del 60% entre octubre de 2023 y enero de 2024.

– Ayuda a los palestinos. Al principio de la crisis, EEUU destinó 100 millones de dólares de asistencia humanitaria a los palestinos, casi toda canalizada a través de organizaciones de la ONU que llevan mucho tiempo siendo los principales transmisores de alimentos, medicinas y otras necesidades básicas, con financiación internacional, a Gaza. La administración estadounidense asignó la coordinación de las operaciones de ayuda al veterano diplomático, David Satterfield, quien ha colaborado con Israel, Egipto y organizaciones de la ONU para tratar de que las provisiones y fármacos sigan llegando.

Las acusaciones de Israel, a finales de enero de 2024, de que nada menos que 200 empleados de la UNRWA (Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos en Oriente Medio) eran militantes de Hamás, ha complicado los esfuerzos para que las provisiones siguieran circulando. La UNRWA emprendió acciones con varios empleados, pero EEUU suspendió de inmediato la ayuda a la organización y es improbable que el Congreso estadounidense apruebe cualquier reanudación de la aportación a esa agencia. A finales de febrero, la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional anunció el envío de 53 millones de dólares al Programa Mundial de Alimentos, destinados a los palestinos de Gaza y Cisjordania. La directora de US AID, Samantha Power, declaró que, desde el estallido de la guerra, EEUU ha aportado ayuda por un valor de 180 millones de dólares (según el Servicio de Investigación del Congreso, el total de la asistencia a los palestinos desde 1994 asciende a más de 5.000 millones.)

– Dinámica interna. Está claro que la guerra en Gaza es una cuestión interna y un viejo problema que atañe a la seguridad. La Administración Biden se encuentra apoyando a un gobierno amigo que pierde la aprobación entre varios electorados clave. En un año de elecciones presidenciales, es posible que la política de la Administración con respecto a Israel/Gaza sea uno de los factores que determine el ganador de los comicios de noviembre.

Hace mucho que el apoyo a Israel y la solidaridad con los palestinos cuentan con el apoyo del público estadounidense, no solo de quienes tienen vínculos ancestrales con Oriente Medio. Hay mayorías que durante décadas han estado a favor de la ayuda de Washington a Israel, y a favor de una solución de dos Estados. Los cambios desde el 7 de octubre no son aún un abandono radical de esa línea de fondo, pero son potencialmente significativos.

Según los sondeos de febrero del Chicago Council on Global Affairs, el respaldo a la imparcialidad de EEUU descendió del 64% en septiembre de 2023 al 56% en febrero de 2024. Una mayoría de los republicanos (56%) quiere que EEUU se ponga de parte de Israel, pero aproximadamente un 60% de los demócratas e independientes no quiere que su país se posicione. Más del 50% de la ciudadanía estadounidense desea ahora ver restricciones en la ayuda militar de su gobierno a Israel.

La guerra es un reto mayor para el Partido Demócrata que para el Republicano. Las primarias de Michigan a finales de febrero fueron una importante encuesta: el 13% de los votantes inscritos votaron “no comprometido” en lugar de a Biden, en una clara protesta contra la política del actual presidente. Eso son cerca de 100.000 votos en un Estado con la mayor proporción de electores arabo-americanos.

La campaña “no comprometido” arrancó en febrero de 2024 y bien podría ir más allá de los arabo-americanos. Podría atraer a demócratas e independientes progresistas en las próximas primarias en Estados donde los arabo-americanos no constituyen un bloque importante.

En un análisis sobre las opiniones estadounidenses sobre la política exterior, el investigador Christopher Shell del Carnegie Endowment for International Peace dibuja algunos primeros signos de cambio entre los afroamericanos, de posiciones tradicionalmente proisraelíes a una solidaridad creciente con los palestinos a finales de 2023.

Es demasiado pronto para decir si la política de la Administración con respecto a la guerra de Gaza seguirá siendo un tema importante para el electorado, junto con la inmigración y la política fronteriza, así como la economía y otros cuestions candentes en una sociedad polarizada. Entre principios de primavera y noviembre podrían cambiar muchas cosas. El posible candidato republicano no necesita adoptar una posición de fuerza, aparte de declaraciones vagas de apoyo a Israel y temores al extremismo musulmán. Su historial sobre la inmigración musulmana a EEUU y el “plan de paz” de su Administración era un anatema para la ciudadanía árabe y musulmana del país, y de poco serviría para convencer a quienes están insatisfechos con la Administración actual por su postura en la guerra.

La Administración Biden no puede ignorar la creciente impopularidad de la guerra. Incluso desde su partido, se exige que EEUU ejerza más presión sobre Israel, redoble sus esfuerzos para proporcionar ayuda urgente a los palestinos y que lleve a cabo una diplomacia más eficaz para poner fin a los enfrentamientos y comenzar a abordar las perspectivas, hoy escasas, de que Israel y Palestina encuentren una solución más justa y duradera a la difícil situación en la que se encuentran desde hace un siglo./

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