Kairuán, capital de la cultura islámica 2009

Una serie de mitos y hechos históricos importantes concurren en la emergencia de esta población como la cuarta ciudad santa del Islam.

Mounira Chapoutot-Remadi

Kairuán se fundó cuando la conquista aún no era realmente un hecho. En el año 50/760, cuando Uqba ibn Nafi decide erigir esta ciudad-campamento, la provincia de Ifriqiya dista mucho de estar sometida. El emplazamiento de la primera ciudad árabe e islámica de Ifriqiyya conocería al principio varios extravíos. Muauiya ibn Hudaiy al Kindi había escogido, en el año 41/661, el de Al Qarn, situado a 12 kilómetros de la ciudad actual. En el año 55/674, el rival de Uqba, Abu al Muhayir Dinar, preferirá Takiruán, a dos millas millas al norte, camino a Túnez. Sin embargo, Uqba será quien tenga la última palabra, en el año 62/681; ¡y con él Kairuán! Esta población tardó muy poco en ser considerada la cuarta ciudad santa del Islam.

Una serie de mitos concurren en la emergencia de esta imagen, pero también una serie de hechos históricos importantes. El propio nombre de la ciudad significa lugar de encuentro de las personas y del ejército, campamento militar (Malim, I, p. 8-9). El término, de origen persa, significaría caravasar. Efectivamente, muchos de los primeros conquistadores eran persas. Sin embargo, la explicación similar al ejemplo de Túnez, que en árabe significaría “Tunis, que da seguridad”, tratándose de un topónimo númida, lleva a pensar en un proceso de apropiación del mismo tipo. Sobre todo el paraje próximo de Takiruán podría incitarnos a actuar por analogía y optar por la arabización de un topónimo bereber.

Los mitos fundadores

Al escoger este emplazamiento, Uqba reproducía los gestos del profeta Mahoma a su llegada a Medina. Así, fundaba en pleno medio hostil, “a una jornada de camino del mar y a una jornada de camino de la montaña”, una dar hiyra, una casa de la hégira, un lugar donde él y sus compañeros podrían a partir de entonces cumplir los ritos de su fe con total seguridad. Uqba ibn Nafi se dirige así a los “habitantes del lugar”: “Nosotros, los Compañeros del Enviado de Dios, os ordenamos a vosotras, las serpientes venenosas y las bestias feroces, que abandonéis la maleza y os marchéis, pues vamos a instalarnos y todos cuantos se queden serán aniquilados.”

Entonces la gente fue testigo de un extraño espectáculo de leones que huían llevando consigo a sus cachorros, los lobos a sus lobeznos y las serpientes a su prole, obedeciendo así la conminación del emir. Uqba ordenó a sus compañeros que no entorpecieran la marcha de las bestias. Una vez el lugar vacío de sus habitantes, la instalación empieza como es debido, con la edificación del palacio del emir (dar al imara) y la gran mezquita. Los ciudadanos encontrarían ahí refugio durante 40 años. Vale la pena recordar también que el Corán contiene seis suras cuyo título menciona el nombre de una bestia, al igual que varios episodios de la vida del profeta incluyen animales.

En su éxodo de la Meca a Medina, Mahoma y su compañero Abu Bakr se habían refugiado en una gruta. Ésta fue de inmediato obstruida por una araña con su tela y una paloma que se puso a anidar en la entrada. Con ello, los fugitivos quedaban ocultos de las miradas de sus perseguidores de la ciudad saudí (Gaudefroy Demombynes, Mahomet, 1969, p. 107). La paloma ocupa un lugar especialmente destacado en el imaginario musulmán. Probablemente sea ésta la razón por la que varias leyendas de fundaciones cuentan con la intervención de animales. Así, Amr bin al As domestica la tórtola que ha puesto los huevos en lo alto de su tienda, demostrando con ello que el paraje era propicio para la fundación de El Fustat.

Toda una serie de elementos –el carácter sagrado de la Gran Mezquita, la orientación de la plegaria, el mihrab de Uqba, las columnas de porfirio, el mausoleo de Abu Zama al Balaui, los pelos de la barba del profeta, el pozo Bir Uta, el cementerio– vinculan Kairuán con los primeros tiempos del Islam y en especial con las ciudades santas. Quedaba acercarla a la capital del imperio islámico, algo de lo que se encargarán los poetas: uno la llama “la Bagdad de Occidente, cuya grandeza supera la de Oriente” y otro “la madre de todos los países de Oriente y Occidente”. La localidad puede enorgullecerse de contar con dos santos patrones, Uqba y Abu Zama, dos polos prestigiosos precursores del advenimiento del Islam en el Magreb. Las pruebas por las que pasó a lo largo de su historia la convierten en ciudad mártir, y todos sus padecimientos en una población santa. Sus poetas la compararon con Bagdad.

Participa del carácter sagrado de las dos ciudades santas de Arabia, a la que está estrechamente ligada por los espacios y por los hombres. Por ello, se convierte en la cuarta ciudad santa del Islam, después de la Meca, Medina y Jerusalén, hasta el punto de que siete peregrinaciones a Kairuán equivalen a una peregrinación a Oriente. Un conjunto de hadices (dichos del profeta), inventados en los primeros siglos del Islam, predicen el rol sagrado de Kairuán y sus habitantes. La literatura de los elogios, fadhail, que aparece en la introducción de los diccionarios biográficos de Kairuán, se hace eco de ello y desarrolla aquellos relatos de los orígenes trufados de leyenda. Contribuye a forjar la identidad de la localidad y a mostrar que, a pesar de las destrucciones, de su reducción a una simple aldea rural, Kairuán sigue siendo en nuestros días un lugar emblemático.

Kairuán, capital del Occidente musulmán y cuna del malikismo

Fundada en el 670, Kairuán dependía de El Fustat y de Egipto. Sin embargo, a partir de 86/705, pasa a ser la capital de Ifriqiya, hasta el punto de que la propia población recibe a menudo el nombre de Ifriqiya, en lugar del de Kairuán, pues la metrópolis y el país son uno. Arranca la conquista del resto del Magreb y, con Musa bin Nusair, la de Andalucía, en el 711. La ciudad resplandece y no tarda en convertirse en el punto de encuentro de las rutas comerciales que comunican Oriente con Occidente. Durante cerca de cuatro siglos, es una de las poblaciones más importantes, junto con Fez y Córdoba. La ciudad crece deprisa y su papel, cada vez más importante en la historia de la conquista y la islamización del Magreb acelera la organización de la vida urbana.

Así, se convierte en capital de tres regímenes sucesivos: primero fue conducida por gobernadores, wulat (86- 184/705-800). Una primera dinastía, la de los aglabíes (184-296/800-909) toma el poder y lo conserva durante más de un siglo. Esta dinastía suní marca el paisaje político, religioso y arquitectónico de la ciudad. Posteriormente fue eliminada por una familia chií ismaelí, rival de los abasíes. Con el objeto de adueñarse de Irak, en el 973 los fatimíes abandonan la provincia de Ifriqiya, rumbo a Egipto. Confían el poder a sus lugartenientes bereberes sanhhaya, los ziríes, que se convierten en la primera dinastía local desde la llegada del Islam. Los ziríes y, sobre todo, Kairuán, no resistirán la vuelta al nomadismo que afecta a la sazón al conjunto del mundo musulmán; a mediados del siglo XI, serán barridos por las tribus Hilal y Sulaim. Kairuán sufrió mucho a raíz de los saqueos nómadas, perdiendo definitivamente su estatus de capital. Bajo el impulso de esas dinastías, la localidad se desarrolló al ritmo del imperio.

La imposición del modelo bagdadí acosa a los cronistas e historiadores como a los propios soberanos. Transcurrido el periodo en que se recurre a los Compañeros y a los sucesores para asentar la imagen de la ciudad islámica, con los aglabíes surge una nueva inquietud: la de emular al centro, a Bagdad, cueste lo que cueste. Primero, se hará mediante la fundación de ciudades reales sobre los modelos sucesivos de Bagdad y luego de Samarra. Así, en el año 184/800, Ibrahim I funda al Abbasiya, en homenaje a los califas y a imagen de Bagdad. Poco después, Ibrahim II reitera ese gesto fundando Raqada en el año 264/877, después de Samarra. Es interesante observar la similitud entre ambas ciudades: una “suscita la alegría con sólo verla”, Surra man raa; en el caso de la otra, “quien se adentra en ella siente alegría y no hace más que reír, sin tan sólo saber la causa de su felicidad”.

Según las descripciones de Raqada, se trata de un lugar encantador, hasta el punto de que el Mahdi Ubaid Alá, al ver el palacio de al Arus, exclamó: “Ni en Oriente he contemplado jamás tamaña maravilla”. Raqada se bautizó con el nombre de Dar mulk, la Casa del Poder. Todos los soberanos musulmanes, de Oriente y Occidente, quisieron no sólo imitar a Bagdad, sino, sobre todo, fundar una ciudad que simbolizara su poder, para inmortalizar su gloria en la piedra. Así lo expresó Al Mutawakil a propósito de Samarra: “Ahora que he mandado hacer una ciudad donde vivir, ¡sé que soy rey!” (Miquel, La Géographie humaine, IV, p. 224). Hay otro rasgo a favor de la comparación. Se trata de la existencia, como en la capital iraquí, de una Bait al Hikma, Casa de la Sabiduría, donde se reunían los eruditos. Este hogar de las ciencias fue fundado por el emir Ibrahim II en Raqada. Supo atraer a los sabios, no sólo juristas, también gramáticos y médicos. A finales de la época aglabí y principios fatimíes, se constituyó una verdadera escuela médica de Kairuán. Grandes galenos, como Ishaq Ibn Sulaiman al Israili e Ibrahim ibn al Yazar, vivieron y escribieron aquí y contribuyeron a su prestigio.

Ahora bien, por encima de todo, Kairuán fue la ciudad fundadora del malikismo. Gracias a eruditos como Sahnun, autor de Al Mudawana; su hijo Muhammad Asad ibn al Furat, quien escribió al Asadiya, al Qabisi y muchos otros, Kairuán propagó el Islam por todo el Magreb y Andalucía. El triunfo del malikismo es otra prueba de los vínculos de esta localidad con Medina, pues es en esta última donde los primeros musulmanes seguían las enseñanzas de Malik ibn Anas. “Aunque contara con adeptos más allá, la escuela malikí se limita, sobre todo, a los habitantes del Magreb y de Al Andalus. Estos últimos raramente seguían otras escuelas. Sus viajes casi siempre los llevaban al Hiyaz. En aquel entonces, Medina era la capital de la ciencia, desde la que se había difundido en Irak. Este último país no se hallaba en su camino. Y los alumnos se contentaban con estudiar junto a los sabios de Medina. En aquel tiempo Malik era la autoridad más eminente de esa ciudad…

Lo siguieron, excluyendo a cualquier otro, pues no conocían más escuela que la suya.” (“Le Livre des Exemples”, La Muqaddima, VI, p. 875, trad. A. Cheddadi, París, 2002). Una de las etapas del viaje en busca del saber, rihla fi talab al ilm, era Kairuán, un lugar a la medida de Ifriqiya, así como del resto del Magreb y Oriente. Los estudiantes y eruditos consideraban la parada en Kairuán necesaria en su itinerario. Lévi-Provençal y Talbi estudiaron magistralmente los vínculos entre el malikismo andaluz y el malikismo de Kairuán. Con el aliento de los aglabíes y los ziríes, se consolida un verdadero florecimiento literario, gracias a los emires mecenas que fomentan la poesía de Ibn Rashiq, Ibn Sharaf y muchos otros.

El resplandor de Kairuán

Idris II, al fundar al Aliya en el año 193/808, en la parte occidental del emplazamiento de Fez –la ciudad fundada por su padre, Idris I– la llama Ifriqiya. Más tarde pasará a llamarse madinat al Qarauiyín, la ciudad de los kairuníes, mientras que los cordobeses del Arrabal, los rabadíes, exiliados en 818 por Al Hakam, pueblan la otra ribera, la de los andaluces. Los dos barrios erigidos a uno y otro lado del uadi Sebu eran antagónicos. Sin embargo, la tradición nos habla de dos mujeres, dos hermanas de Kairuán.

Una, Fatma, también conocida como Um al Banin, mandó construir la mezquita del barrio de los qarauiyín. La otra, Mariam al Fihriya, llamada Um al Qasim, habría financiado la mezquita del barrio de los andaluces (H. H. Abd al Wahab. Les tunisiennes célèbres, p. 41-244). “La mezquita de los kairuníes es la institución más rica de Fez. Posee grandes bienes, como los hamams y los hornos, pero también fuera de la ciudad: veinte hornos de cal y veinte hornos de tejas.” (H. Ferhat: “Fès”, en Grandes villes Islamiques, Roma: 2000, 229). Hay aún otro vínculo bastante curioso, pues muestra la fuerza de las tradiciones. Encontramos la misma bendición, casi en los mismos términos, para ambas localidades. La primera, en boca de Uqba: “¡Dios, haz que esta ciudad esté llena de ciencia y de fiqh! ¡Haz que sólo la pueblen quienes se sometan a tu ley! ¡Conviértela en un lugar donde se glorifique tu religión!” (Ibn Idhari, Bayan, I, p. 23; Maalim, 1, p. 7).

Y en los labios de Idris II: “Haz que esta ciudad sea el hogar de la ciencia y del fiqh! ¡Que sea un lugar donde se recite Tu Libro y se mantengan tus prescripciones! ¡Haz que su población sea fiel a la Sunna y a la doctrina ortodoxa mientras exista esta ciudad!” (Ferhat, op. cit., p. 232). Kairuán se tenía por una tierra santa. Sus eruditos se retiraban a las rábidas de Susa, Monastir y Radès. Sin embargo, sus inscripciones funerarias muestran también la voluntad de ser enterrados en los camposantos de esta ciudad. Kairuán también fue un recurso para Andalucía, pues algunos de sus sabios se vieron atraídos por la corte de Córdoba. Es el caso de Al Waraq al Qairauani, cuyo tratado de geografía conocemos a través de los masalik de al Bakri; de Al Jushani, autor de un diccionario de los cadíes de Córdoba y Kairuán, y sobre todo el músico iraquí Ziriab, el gran discípulo de Ishaq al Mausili, padre de las muwashshahat andaluzas.

En Oriente, los magrebíes emigrados, sobre todo a Alejandría y Damasco, llevaban a menudo la nisba de al Qairauani, recordando con ello sus orígenes de Ifriqiya. Kairuán es la única ciudad de Ifriqiya que disfrutó de diccionarios biográficos desde Abu al Arab hasta al Yudi al Qairauani, a principios del siglo XX. Con esta continuidad, se pone de manifiesto la permanencia del saber religioso de la ciudad y el prestigio de sus eruditos. Los saqueos de los nómadas no destruyeron definitivamente Kairuán. En la época hafsíes tuvo lugar un renacimiento progresivo consolidadoen el periodo otomano. Los mirabilia, karamat de los fundadores, fueron poco a poco sustituidos por los santos.

Se implantan zauias (hermandades) en el tejido urbano, para proteger Kairuán y recordar que la invocación de Uqba –que aún hoy todo el mundo conoce– preservó el rol de ciudad santa de Kairuán. Quien bebe del agua del pozo de Barruta regresa a Kairuán. Ahí es donde se celebran cada año los principales festejos del nacimiento del profeta. Kairuán es y sigue siendo una ciudad santa en el corazón de los tunecinos.