Guerra, tiranía y colonialismo: los males incurables de Oriente Medio
Cuando las bombas dejan de caer, todo está por hacer, pero como caen con tanta fuerza y frecuencia, todo está siempre por hacer. No hay escapatoria a la provisionalidad en Oriente Medio ni tampoco a los gobiernos autoritarios. Después de cada guerra, todo sigue más o menos igual. Incluso revoluciones tan importantes como la iraní en 1979 y las primaveras del 2011 no cambiaron las cosas. Irán sustituyó un régimen represor por otro y la democracia no se abrió paso en el norte de África, en Siria, Yemen y las monarquías del golfo Pérsico a pesar de los esfuerzos de una juventud que se rebeló contra una jerarquía que les niega la emancipación.
La injerencia de Estados Unidos y sus aliados en la región no ha contribuido a crear sociedades más justas, al contrario. No hay ningún ejemplo de una intervención militar occidental que haya propiciado un cambio de régimen a mejor, es decir, a un Estado de derecho. Washington acumula un largo historial de fracasos. Su fuerza militar se ha estrellado una y otra vez contra la resiliencia de enemigos a priori inferiores. Sucedió en Líbano en 1983, cuando dos terroristas suicidas de Hezbolá atacaron los cuarteles de las fuerzas estadounidenses y mataron a más de 300 militares. Y sucedió en el año pasado, cuando los hutíes resistieron una intensa campaña de bombardeos contra sus posiciones en el norte de Yemen.

El nacimiento de la República Islámica de Irán en 1979 es, tal vez, el mayor fracaso de Estados Unidos en Oriente Medio. En 1953, la CIA organizó un golpe de Estado contra el primer ministro, elegido democráticamente, con la intención de fortalecer al sha Reza Pahlavi, que era la mejor garantía para sus intereses. El pueblo iraní sufrió las consecuencias de un régimen injusto y brutal. La elite comercial de Teherán capitalizó este descontento para alentar el cambio. La presión social acabó con el sha y dio paso a una transición que debía ser democrática, pero que los ayatolás no tardaron en secuestrar.
La élite religiosa, política y militar de la República Islámica hace tiempo que perdió el contacto con la realidad y, como sucede con cualquier tiranía, ha debido incrementar la confrontación y la represión para sostenerse
Irán se convirtió entonces en una alternativa islámica a Occidente y a sus aliados en la región, sobre todo en Irak y las monarquías absolutistas del Golfo. Han pasado 47 años y sigue siéndolo.
Esta alternativa es la razón de ser de Irán. El régimen la esgrime para justificarse. El chiísmo persa como alternativa al sunismo saudí. La república como alternativa a la monarquía. El antiimperialismo como alternativa a la colaboración con Occidente.
La propaganda explota los sermones de la jerarquía eclesiástica y las gestas contra Estados Unidos. Ninguna es más importante que el secuestro de 66 diplomáticos en la embajada de Teherán a finales de 1979.
Arabia Saudí, Israel, Estados Unidos… La República Islámica también necesita enemigos para justificarse, para ocultar el fracaso de la revolución y para revestirla de un destino manifiesto, sin duda divino, que también obliga a aplastar a Israel, caballo de Troya en tierras islámicas de un Occidente cristiano, judío, corrupto y decadente.
Los ayatolás luchan y predican. Libraron una guerra de ocho años contra el Irak de Saddam Hussein, aliado de Estados Unidos, que terminó muy mal. Hubo más de un millón de muertos, la mayoría iraníes, mártires que murieron en vano, pero que el régimen exhibe como ejemplo del sufrimiento que es capaz de asumir.
En las guerras de Oriente Medio nunca hay vencedores ni vencidos. Israel ha ganado todas las guerras, pero ninguna victoria le ha servido para vivir en paz
El terrorismo ha sido una estrategia política de la República Islámica casi desde su nacimiento. Una red de grupos armados en Yemen, Siria, Irak, Gaza y Líbano actúan bajo sus órdenes y gracias a su ayuda financiera y militar.
Incapaces de vivir y dejar vivir, los ayatolás han sido una amenaza constante para su propio pueblo, víctima de uno de los sistemas más represivos del mundo. La elite religiosa, política y militar de la República Islámica hace tiempo que perdió el contacto con la realidad y, como sucede con cualquier tiranía, ha debido incrementar la confrontación y la represión para sostenerse.
Palestina ha sido la causa que ha permitido a Irán enfrentarse a Israel disfrazado de justiciero solidario. Hezbolá desde 1982 y Hamás desde 2006 han sido amenazas existenciales para el Estado judío. Estas organizaciones todavía siguen en pie, pero apenas son una sombra de lo que fueron. Las Fuerzas de Defensa Israelíes las han destrozado. Irán no logró sostenerlas durante la prolongada campaña militar que sucedió a la masacre del 7 de octubre de 2023. Ese día Hamás asestó un golpe atroz a la sociedad israelí y provocó una respuesta política y militar de Israel que excedió toda la violencia sufrida en Oriente Medio desde la Nakba.
Gaza ilustra bien estos tiempos de ruptura, de prevalencia de la fuerza sobre la razón, sobre la moral y el derecho Internacional, de bombas que caen para que todo esté siempre por hacer.
El primer consejo que el presidente norteamericano, Joe Biden, ofreció al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, cuando lo visitó pocos días después del ataque de Hamás fue que no se dejara dominar por la venganza, es decir, que no cometiera el mismo error de Estados Unidos a raíz de los atentados del 11-S.
Los ataques contra las Torres Gemelas de Nueva York y contra el Pentágono del 11 de septiembre del 2001 causaron en Estados Unidos una conmoción sin precedentes. Y lo mismo ocurrió en Israel el 7 de octubre del 2023. Estados Unidos decretó entonces una “guerra contra el terror” que supuso la vulneración flagrante de los valores que decía defender. A corto plazo sirvió para neutralizar a Al Qaeda, pero a largo plazo ha deteriorado la influencia de Estados Unidos en el mundo, sobre todo en los países del Sur Global. Usar la fuerza de forma excesiva, saltándose todas las salvaguardas del Estado de Derecho transmite la certeza de que nadie puede escapar a la arbitrariedad de la Casa Blanca. Hoy esta amenaza es más evidente que nunca.
Netanyahu desoyó a Biden. No podía hacerle caso. Necesitaba la guerra para ocultar su enorme responsabilidad en la matanza de Hamás. El ejército israelí ha matado a unas 70.000 personas en Gaza, entre ellas más de 18.000 niños, y utilizado el hambre como arma de guerra. Sobre la Franja han caído tantas bombas como seis Hiroshimas. No es un lugar apto para la vida.
Una comisión independiente, creada por el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, acusa a Israel de genocidio. La Corte Penal Internacional ha
cursado orden de busca y captura contra Netanyahu, al que acusa de cometer crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad.
Netanyahu necesita la guerra para sobrevivir. Le ayuda a ganar elecciones y ha convencido a Donald Trump, sucesor y antítesis de Biden, de que a él también le conviene apretar el gatillo.
El 28 de febrero, Israel y Estados Unidos declararon la guerra a Irán por segunda vez en apenas ocho meses.
En las guerras de Oriente Medio nunca hay vencedores ni vencidos. Israel ha ganado todas las guerras, pero ninguna victoria le ha servido para vivir en paz. Las guerras empiezan, pero nunca acaban del todo. Es muy difícil salir de ellas. Se adormecen, pero las causas que las provocan siguen vivas. La paz de Israel con Egipto y Jordania, así como los acuerdos de Oslo, no acabaron con las guerras en Oriente Medio porque no resolvieron el mal de todos los males, el problema estructural que hunde a la región en la violencia, el pecado original del colonialismo.
Francia y Reino Unido, primero, Estados Unidos, después, y hoy, Israel, han sometido a los pueblos de la región para favorecer sus intereses políticos y económicos.
La lucha de Israel no es solo existencial. También es expansionista. Necesita más territorio del que le concedió la ONU en 1948. Cree que tiene derecho a ocupar las tierras palestinas. Lo justifica sobre la fantasía del Antiguo Testamento. El Gran Israel es el Israel bíblico.
Tiene razón Israel cuando dice que no hay nada que negociar con quien desea su desaparición. Pero tiene razón también Hamás y otros grupos armados cuando dicen que Israel no quiere palestinos al oeste del río Jordán.
Antes de ser acusado de genocidio, Israel era acusado de apartheid. Los palestinos israelíes son ciudadanos de segunda clase y los palestinos de Gaza y Cisjordania viven bajo la ocupación militar y a merced de la violencia de los colonos, punta de lanza de un expansionismo mesiánico.
No habrá paz, por lo tanto, mientras Israel sea, por encima de todo, el Estado de los judíos. El sionismo que debía protegerlos para siempre, los condena a vivir rodeados de enemigos, parapetados detrás de muros inexpugnables, siempre a la defensiva, necesitados del apoyo incondicional de Estados Unidos.
El fracaso del sionismo debería dar paso a un Estado democrático, laico y multiétnico, formado por 14 millones de personas, la mitad judíos y la otra mitad, palestinos. La racionalidad de esta solución, sin embargo, es imposible llevarla a la práctica.
No hay mediación posible entre el Israel de la guerra y el Hamás del nihilismo. Estados Unidos, además, ya no podrá ser árbitro de nada. Los palestinos no olvidarán que sus bombas arrasaron Gaza.
El presidente Trump se jacta de haber llevado la paz a Gaza. El alto el fuego que arrancó a Netanyahu en otoño de 2025, sin embargo, no es una solución. Hamás no se ha desarmado y el ejército israelí mantiene el control sobre más de la mitad de la Franja. No existe ni siquiera un mecanismo para que los dos bandos, poco a poco, construyan una relación de confianza que, por mínima que sea, es imprescindible para fijar los términos de una relación futura. Sin esta confianza, la reconstrucción es imposible.
El gobierno de Netanyahu no contempla una nueva Gaza bajo administración palestina y con viabilidad económica. El éxito de Gaza sería una amenaza demasiado importante porque sabe muy bien que siempre habrá palestinos dispuestos a tomar las armas mientras se les niegue el derecho a la autodeterminación. Mucho más conveniente a sus intereses es la contención física de los gazatíes en un territorio sin ninguna posibilidad de sostenerse por sí mismo.
Esta estrategia colonialista y racista también la aplica en Cisjordania, donde el objetivo es concentrar a la población en núcleos urbanos a los que solo se podrá acceder a través de controles militares. Las condiciones de vida dentro de los enclaves, según prevén los planes del gobierno Netanyahu, han de ser duras para favorecer el exilio voluntario de sus habitantes. Fuera de ellos, los colonos tendrán vía libre para construir más asentamientos que luego serán anexionados.
Netanyahu calcula que podrá imponerse de nuevo en las elecciones legislativas previstas para otoño. La guerra es una buena aliada electoral. En momentos de escalada bélica, la sociedad israelí cierra filas con sus líderes.
El primer ministro, por lo tanto, confía en que su contribución al colapso de la teocracia iraní y la pacificación del territorio palestino a través de la coacción armada será suficiente para que Arabia Saudí se avenga a una relación comercial que transforme Oriente Medio.
Eliminada la República Islámica de Irán y neutralizada la causa palestina –que siempre ha sido un estorbo para todos los países árabes– Netanyahu podría demostrar que tenía razón cuando defendía la paz mediante la fuerza.
La supremacía militar, sin embargo, no garantiza la paz cuando el enemigo tiene la capacidad de reemplazar a sus dirigentes tan pronto como son abatidos. ¿Cuántos jóvenes gazatíes, supervivientes de la campaña militar israelí, asumirán la senda del terrorismo?
La paz sin negociación, es decir, por sometimiento, no es sostenible. Es la paz de los ricos, la que contemplan, por ejemplo, los acuerdos de Abraham. Las monarquías del Golfo desean establecer lazos comerciales con Israel, sobre todo para comprar tecnología militar y de vigilancia. Pueden pasar por encima de la causa palestina y reconocer al Estado judío, pero esta paz no podrá transformar las sociedades árabes. Sin duda no podrá hacerlo en las monarquías del Golfo que funcionan como grandes corporaciones y se nutren de mano de obra asiática y muy barata. En estos países los ciudadanos viven de las rentas que reparte el estado-corporación e incluir a Israel en el negocio aumentará su riqueza. Sin embargo, en el resto de la región, en países que padecen desde siempre una gran desigualdad, la paz con Israel no resuelve ninguna patología social. Egipto y Jordania lo demuestran.
Estados Unidos, Israel y los reinos absolutistas del Golfo construyen en Oriente Medio un orden sin Estado de Derecho y sin derechos humanos que solo puede sostenerse por la fuerza y la tiranía.
Las intervenciones militares norteamericanas se han disfrazado hasta ahora con el manto de la democracia y la autodefensa, pretextos para que la opinión pública aceptara la agresión. El cambio de régimen, sin embargo, nunca ha funcionado.
La invasión de Irak es el ejemplo más claro de que no se puede transformar un país desde el exterior. Al ejército norteamericano le bastaron 22 días en la primavera de 2003 para ocupar el país y derrocar a Saddam Hussein. Estados Unidos se mantuvo en Bagdad durante ocho años, hasta 2011, cuando tuvo que retirarse sin haber alcanzado sus objetivos políticos, es decir, colonialistas.
Trump ganó las elecciones presidenciales de 2016 riéndose de los neoconservadores que creían en los cambios de régimen. Los acusaba de ser unos ilusos, de “intervenir en sociedades complejas que ni siquiera entienden”. Renegaba de los esfuerzos para cambiar países como Irak y Afganistán que, según su criterio, estaban más allá de toda salvación. Los fracasos allí, así como en Libia y Siria, aconsejaban mucha prudencia en el tablero geoestratégico de Oriente Medio.
Trump inició su segundo mandato en enero de 2025 con la promesa de que sería el presidente de la paz. Desde entonces, sin embargo, ha lanzado a sus fuerzas armadas contra siete países. Ahora cree que la virilidad del comandante en jefe le abrirá un espacio destacado en la historia y en los jardines que rinden homenaje a los grandes estadistas.
El orden mundial se rompe bajo el peso de Donald Trump, un presidente que, posiblemente, nunca entenderá las consecuencias de sus actos porque no es un estratega, sino un promotor inmobiliario. No le importan la historia ni los pueblos que habitan los territorios donde quiere edificar sus torres doradas, que no son más que castillos en el aire.
Un día, no sabemos cuándo, el mundo y, sobre todo Oriente Medio, superará el delirio de Donald Trump. Ese día las bombas dejarán de caer y todo estará por hacer, pero todo será también un poco más fácil. Los pueblos semitas saben muy bien que después de cada diluvio hay una oportunidad./