Grupos étnicos y facciones en la lucha de poder siria

El capitalismo de familias, las etnias y élites urbanas y las facciones religiosas determinan el cauce actual del conflicto.

Jesús Gil, Alejandro Lorca, Ariel José James

Siria está situada en el extremo oeste del paralelepípedo chií en la costa del Mediterráneo, que se extiende a lo largo de Líbano, Siria, sur de Irak, norte del Golfo e Irán. Este es el territorio con mayor concentración de población musulmana que profesa el credo chií. A excepción de Irán y Bahréin, en los demás países del paralelepípedo, la población chií es minoritaria. En este paralelepípedo, Siria cumple un papel de pivote esencial para asentar el papel de los intereses chiíes en la región.

Aunque el gobierno sirio es alauí (una rama influenciada por el chiísmo), estas facciones religiosas musulmanas están muy próximas y la alianza Siria- Irán es clave en la fortaleza que este paralelepípedo ha adquirido en los pasados años. Siria es la aliada incondicional e imprescindible para la ambición hegemónica territorial iraní. Superpuesto a esta estructura de sentimientos religiosos, existe una marcada segmentación tribal de tipo patriarcal, donde las lealtades están atadas a una descendencia común y donde familia, clan, tribu y pacto de honor se interrelacionan con fuertes motivaciones y condiciones de comportamiento.

Conflictos como los de Libia y Yemen nos dan una buena prueba de la importancia de estas estructuras, alineamientos de alianzas y su inestabilidad, que buscan el apoyo exterior aprovechando las coincidencias de los intereses. Sin olvidar que su localización, en un territorio con distintos valores geopolíticos y neoeconómicos, les da a los actores, ya sean tribus, clanes, etnias o facciones religiosas, grandes ventajas que tratan de ser aprovechadas por los extranjeros.

Es ese entramado de relaciones originadas por una infraestructura tribal, étnica, de facciones religiosas y asentadas en una zona geográfica donde los recursos de agua y energía, y las rutas de tránsito complicaron el entendimiento de las dinámicas de las sociedades asentadas sobre ellos. Para enredarlo aún más, a principios del siglo XX, Europa superpuso en el territorio una estructura de Estado-nación sin ninguna referencia a las características socioeconómicas ni al asentamiento étnico en el territorio y basada en sus intereses de influencia. Dichos intereses introdujeron inestabilidad y confrontación interna en los nuevos Estados-nación originados por la confrontación del entramado de la infraestructura social ya señalada (según el Tratado de París de 1919, diseñado en la oficina del primer ministro Churchill con la asesoría de T. E. Lawrence).

Y por encima de todo, están los intereses de los Estados con ambición hegemónica regional y transnacional. No tratamos en este trabajo de resolver los problemas planteados en esta zona, nuestro propósito es tan solo colocar la atención en el estudio de la infraestructura de esta sociedad que, a nuestro juicio, mejoraría el entendimiento sobre el comportamiento de estos pueblos. Esta comprensión nos acercaría más a su realidad vital, y reforzaría nuestro punto de vista basado en la cooperación y el respeto.

Por lo general, Occidente rechaza, sin el menor deseo de análisis, el comportamiento de estos pueblos, sin detenerse a pensar que para la UE son sus vecinos inmediatos del Sur, y que conforman una periferia que recorre toda la frontera sur de Eurasia. Tradicionalmente, en Siria confluyen además factores religiosos y étnicos. El régimen Al Assad, a lo largo de su existencia, ha contado con apoyos de las élites de sectores sociales cristianos y judíos y de otras minorías rurales (drusos). Por otra parte, los cristianos (15% de la población en Siria) en Egipto, Irak y Líbano se sienten actualmente perseguidos, provocando en los últimos años una diáspora nueva, silenciosa, de cristianos de Oriente Próximo hacia Occidente. Irónico que uno de los fundadores del partido Baaz fuese el cristiano Michel Aflaq. Intelectuales sirios niegan conexión con el sistema tribal de Libia (declaraba Michel Kilo: “la sociedad siria no es la sociedad libia; no somos una sociedad tribal”, en AFKAR/IDEAS nº 32, invierno 2011), al igual que otros personajes árabes (cf. Saif el Islam, en Tribus, Armas, Petróleo, Algon, 2011) abogaban por la supuesta diferencia étnica y social de cada país; pero es cierto que existe un patrón: sea o no débil el porcentaje tribal en una sociedad musulmana, lo cierto es que la pertenencia a una familia importante siempre es mejor valorada.

Y de ahí el respeto subconsciente musulmán por uno de los elementos principales que caracterizan una tribu, la gran familia bien organizada. Las tribus empiezan a formar parte de la trama siria del desorden. La famosa ley tribal siria de 1960 separaba tierras, y reglamentaba incluso los pastos de pastoreo; inicio de un equilibrio de poder y supuesta pax mantenidos por la dinastía Al Assad en el poder de Siria. En realidad el Estado quería acabar, al igual que otras autarquías árabo- nacionalistas, con el nomadismo y las tribus transnacionales. Pero en el inicio de la revuelta siria hubo desorden en la ciudad meridional de Deraa, próxima al desierto habitado por algunas de esas tribus transnacionales suníes, y en el extremo nordeste, en el Jabur sirio, donde viven poblaciones y tribus kurdas (la mayor minoría étnica de Siria, con casi el 10% de la población), frontera con una de las franjas más problemáticas del sureste de Turquía.

Rencillas tanto en disputas judiciales sobre el control del ganado de las tribus, resuelto en favor de rivales, como los disturbios sofocados de forma despiadada en el norte del Jabur (por ejemplo los sucesos de Qamishli en 2004 y otros previos) son un factor más a tener en cuenta en la revuelta comenzada en 2011 y que ha derivado en una guerra civil encubierta por la Surya de Al Assad. No olvidemos que los mismos alauíes sirios provienen de cuatro tribus principalmente: Matauira, Haddadin, Jayatin y Kalbiya; estas se desenvolvían en su mayoría en el medio rural de las montañas occidentales del país. La élite dominante procede de la primera tribu y específicamente del clan Numailatiya.

En Siria, donde impera el concepto de la familia tradicional, de base patriarcal, de Oriente Próximo (con una larga historia que se remonta según los textos al Bronce Medio de la región y con posibilidad de retrotraerse a la época de los albores de la ciudad y el Estado, hace unos 6.000 años), está a la orden del día la lex talionis, el ojo por ojo y la mera sustitución de unos por otros en el poder, y no a impulsos mayoritariamente democráticos. Un ejemplo claro es que Yisr al Shughur (norte de Siria), donde en el verano de 2011 ya se produjeron duros combates y muertes, fue una de las localidades más represaliadas por el padre del actual presidente durante los adath de 1979-1982 (“sucesos” que se refieren a la dura represión de la oposición e islamistas). El actual conflicto sirio tiene cuatro niveles que deben tenerse en cuenta en cualquier análisis:

– Se trata de una pugna entre élites urbanas por la sucesión en el poder de dinastías hegemónicas: hoy los Al Assad, mañana un nueva familia, pero siempre dentro del orden establecido de los linajes patrilineales del mundo árabe. La política en el mundo árabe se hace de la mano del juego de intereses en conflicto entre dinastías urbanas, herederas de los antiguos comerciantes de Hiyaz que fundaron el islam hace 15 siglos (no debemos olvidar que el islam es una religión predominantemente urbana, extendida luego al medio rural).

– En esta pugna entre élites, los Al Assad caerán previsiblemente porque ya no logran gestionar con éxito el reparto de las ganancias entre las distintas facciones de la élite gobernante, dividida en grupos étnicos, religiosos y sociales diferentes. Los Al Assad no caen por ser más autocráticos que otros regímenes, sino porque ya no logran asegurar el manejo efectivo de las riquezas nacionales: no pueden controlar el monopolio político y económico de las grandes familias sobre el país.

– Como en toda revolución, las élites locales no se exponen al fuego de la guerra. Los muertos ocurren cada día en los bandos de la población civil, que se juega la vida en un conflicto que no puede controlar verdaderamente. El problema real de la sociedad siria no es si gobierna una familia u otra, sino quién, en términos de élite, detenta el poder de las relaciones y los medios de producción, quién se queda con la plusvalía, hacia dónde van los ingresos nacionales.

– El papel de los segmentos étnicos y religiosos dentro del conflicto es fundamental, y al mismo tiempo, preocupante. Siria corre el riesgo, como ha ocurrido en otros países árabes, de que se utilice la necesidad indudable del cambio político como un manto para la ocupación del poder por medio de enfrentamientos étnicos y religiosos (ha pasado antes en Bosnia, pero ahora mismo sucede de manera dramática en Afganistán e Irak).

Tres claves de interpretación: capitalismo de familias, etnias y élites urbanas y facciones religiosas

Siguiendo esta línea de argumentación, vamos a señalar los tres elementos socio-culturales centrales de la sociedad siria que determinan el cauce del actual conflicto:

– La oposición entre mundo rural y urbano. Siria es el ejemplo paradigmático del sistema económico que los especialistas en el mundo árabe llaman “capitalismo de renta”, por oposición a “capitalismo productivo”. Nosotros lo denominamos “capitalismo de familias” árabe. Es un sistema completo y cerrado de apropiación de la renta de la tierra por parte de las élites urbanas, en el que la riqueza que se genera socialmente siempre queda en manos de una oligarquía de propietarios en términos rentísticos, no productivos.

Uno de los especialistas en el mundo rural de Siria, el historiador y geógrafo Jacques Weulersse, ha definido la estructura del capitalismo de familias de manera magistral: “El que cultiva la tierra no es propietario, el que es propietario, no la cultiva”. El capitalismo de empresa, productivo e industrial, avanzado tecnológicamente, no existe en el mundo árabe musulmán a día de hoy, aunque sí en el mundo turco-iraní (el proyecto nacionalista de Nasser en Egipto intentó construirlo en los años cincuenta del siglo XX, bajo la fórmula del nacionalismo panarabista, proyecto fallido).

Esto significa que en Siria –como en todos los países árabes desde Marruecos hasta el Golfo– impera un sistema económico basado en el capitalismo rentístico, que no genera riqueza, no produce innovación tecnológica, no modifica las relaciones dependientes de producción, encadena a los campesinos pobres a sus patrones y evita toda fórmula de desarrollo autónomo a escala nacional. El capitalismo de familias en el mundo árabe contemporáneo tenía hasta hace poco sus mayores exponentes en las familias gobernantes derrocadas en 2011: Gadafi, Mubarak, Ben Alí-Trabelsi, y ahora llega el turno a los Al Assad, todos ellos estratos sociales superiores no productores, dueños del excedente de sus países al poseer el control político y económico. Básicamente, lo que estas dinastías han conseguido es trasvasar el dinero acumulado por las élites urbanas en el sistema de renta al exterior, invirtiendo en capitales y flujos financieros y bancarios de Europa y Estados Unidos, sin redistribuir las riquezas entre los habitantes de sus países, los verdaderos generadores de dicha riqueza.

En Siria, el mundo rural es el de los pobres campesinos jornaleros que trabajan la tierra pero no la poseen, ya que sus títulos de propiedad se han perdido debido a que no han logrado pagar las deudas del pasado. Ahora viven en regímenes de explotación a favor de una clase rentista urbana, que es la que establece los gobiernos en la capital, cobra la renta territorial sin realizar inversiones ni modernizar la producción, y luego traspasa estas ganancias fuera del país. Como señala Xavier de Planhol, el Oriente musulmán ha permanecido “íntegramente fiel al capitalismo de renta” desde los tiempos de Mahoma (en esto coinciden Planhol, Ehlers, Weulersse, Bobek, Chelhod, entre otros expertos).

– El segundo elemento relevante es la composición de los grupos étnicos. En Siria, como en el resto del mundo árabe y musulmán, la mayor parte de la población tiene fuertes lazos étnicos y tribales (en algunos países como Marruecos, Argelia, Libia, Yemen, Afganistán o Irak, esa cifra es mucho mayor). Esto significa que el “mundo rural” no es homogéneo y que existen amplios grupos sociales que escapan al poder absoluto del Estado. La estructura étnica árabe se articula a través de la organización del parentesco que en antropología se denomina “familia árabe”. Consiste en una organización piramidal que tiene en la cumbre al abuelo, fundador del linaje, seguido por sus hijos varones, cuyos hijos a su vez se casan con sus primas paralelas.

Esto quiere decir que los hombres se casan preferentemente con sus primas, hijas de su tío paterno (las mujeres no transmiten la filiación, que siempre es masculina). En el espacio rural, el grupo local incluye a los hijos del padre, a sus esposas, aunque estas últimas provengan de grupos distintos, y a todos los ahijados y afines del padre. Cuando se reúnen varias familias con diversos linajes, entonces surgen estructuras mayores, que bien pueden ser clanes (conjunto de varios linajes), o tribus (conjunto de varios clanes). El hecho es que aunque, en Occidente no se utilice a menudo la terminología “clan” o “tribu”, la estructura real del campesinado sirio sigue las normas de parentesco patrilineal de la organización étnica árabe.

La filiación transmite los derechos de consanguinidad, que es la base del estatus social de las personas, público y muchas veces hereditario, que a su vez permite que determinadas familias se conviertan en dinastías políticas, al asumir el poder en las ciudades, y construir un discurso de legitimación de su hegemonía. Nuestra hipótesis es que en el mundo árabe musulmán las estructuras de familia, grupo étnico y organización del parentesco, siguen la lógica del sistema social patrilineal, aunque muchos segmentos sociales no se reconozcan a sí mismos como “tribus”. En otras palabras, se puede ser parte de una lógica sociocultural de linajes patriarcales, dinastías y familias de poder, sin saber que se está atrapado en esta lógica de ordenamiento.

– El tercer elemento es el posible enfrentamiento sectario entre facciones islámicas (suníes, chiíes) y otras creencias como el cristianismo, el judaísmo o los drusos (chiíes ismailíes). El mapa sociopolítico sirio es en extremo complejo porque los tres niveles están superpuestos: el antagonismo campo-ciudad, grupos étnicos y grupos ciudadanos y, por último, sectas y creencias religiosas. Y cada uno de estos componentes se encuentra entremezclado con los otros. Las facciones religiosas en disputa tampoco pretenden modificar la arquitectura económica de Siria, ni mucho menos la estructura parental de las dinastías hegemónicas. Los secuestros y asesinatos en la ciudad de Homs entre miembros de diferentes facciones religiosas, son señales muy preocupantes (la situación tampoco es mejor en Hama, Deraa e Idlib).

Hoy el poder está en manos de un clan alauí (chií), pero nada indica que lo esté en los próximos años, teniendo en cuenta que la mayoría de la población es suní. Por lo menos el 80% de los altos oficiales del ejército es alauí, pero el resto de las fuerzas armadas sigue la corriente suní (unos 300.000 soldados, aunque no está del todo claro su grado de profesionalización).

El epicentro de la revuelta sigue estando en zonas eminentemente agrarias como Deraa y Yisr al Shugur, que han sido castigadas por los soldados del régimen, pero que son el ejemplo claro de la confluencia de los factores étnicos, rurales y religiosos. El elemento religioso es fundamental en la resolución del conflicto porque el sentido de comunidad y de solidaridad colectiva descansa en la Siria contemporánea sobre los pilares religiosos. Por este motivo, definimos el concepto de “tradición”, la civilización árabe musulmana como una tradición conformada por dos vertientes o variables: la tradición étnica (el sentido de pertenencia a una comunidad de consanguíneos, afines, ahijados, etcétera) y la tradición religiosa (el sentido de pertenecer a la comunidad de una verdad revelada) que se cruzan y mezclan.

El enfrentamiento entre facciones religiosas y étnicas muestra que la ansiada unidad nacional de Siria aún es una utopía, por no hablar ya de una sola tradición global que no existe, ya que es una sociedad pluricultural, con grandes desigualdades sociales y una amplia diversidad cultural y religiosa. El peligro de que musulmanes y cristianos se enfrenten en Egipto tampoco es desdeñable. La homogeneidad cultural de los pueblos árabes solo existe en el discurso de los políticos, pero esta riqueza de la diferencia no debe ser manipulada con fines políticos o partidistas. La experiencia muestra que el enfrentamiento entre chiíes y suníes es una construcción interesada de los poderes hegemónicos regionales en el ámbito árabe musulmán, con dos centros fundamentales: Irán (chií) y Arabia Saudí (suní).

Por ello, Irán no deja caer a los alauíes sirios, y por la misma causa, pero en sentido contrario, la monarquía de los Saud apoyó a Sadam Hussein en Irak contra la mayoría chií, así como ahora ha disuelto la revuelta popular en Bahréin alentando el odio sectario entre las comunidades suníes y chiíes. El enfrentamiento construido entre ambas facciones religiosas esconde el juego de ajedrez regional por el poder y el control del monopolio político y económico del mundo árabe musulmán, y de Asia Central por extensión.

Es un juego muy peligroso, porque consiste en exacerbar los odios y los conflictos interétnicos e interreligiosos, para propiciar cambios o la permanencia de regímenes, según convenga a los poderes, y justificar así la injerencia en asuntos de otros países. En cualquier caso, el poder de la élite patrilineal, descendiente (en términos míticos) del profeta Mahoma, urbana, rentística (que vive del expolio de los hidrocarburos y de la mano de obra empobrecida), y transnacional, no cambia nunca, sino que se perpetúa. Hasta ahora presenciamos un traspaso de élites, en el interior de las propias oligarquías árabes, pero no una modificación profunda del marco de las relaciones políticas, ni mucho menos de las relaciones de producción ni de redistribución de la riqueza. En el mundo árabe, las perspectivas en un futuro cercano no son muy esperanzadoras.

Conclusiones

Siria se encuentra en una posición delicada dentro de la llamada revolución árabe, ya que su propia complejidad sociocultural, la diversidad de sus grupos étnicos y religiosos, la disparidad entre el mundo urbano y rural y, sobre todo, la renuencia de sus élites urbanas a compartir el poder con los sectores menos favorecidos de la población, son elementos de peso para justificar un enfrentamiento violento entre diversas facciones y grupos sociales, que a la larga sirve a ambos bandos en disputa: a la dinastía baazista porque así puede justificar la represión de la sociedad civil, y a los líderes rebeldes, porque de esa manera pueden justificar a futuro el control del gobierno. En cualquier caso, como con la guerra civil libia (2011), los grandes perjudicados son los que menos tienen y, por tanto, los que menos cuentan para los poderes: los ciudadanos del común que conforman el pueblo sirio.