Fomentar la formación profesional

Los países del Sur del Mediterráneo tienen que desarrollar y mejorar urgentemente y de forma eficaz su sistema de formación profesional

Mongi Boughzal

El reto del empleo y de la inclusión de los jóvenes en la vida económica y social es importante para todos los países de la región, inseparable del reto del desarrollo de las competencias y del crecimiento inclusivo, para los jóvenes y a lo largo de toda la vida. El desempleo juvenil persiste desde hace varias décadas en la mayoría de los países del Sur del Mediterráneo y tiende a afectar cada vez más a los jóvenes con más formación, especialmente titulados de la enseñanza superior, mujeres y jóvenes que residen en determinadas regiones del país, cuya tasa de desempleo duplica la tasa media. En Argelia y Marruecos, por ejemplo, aproximadamente un joven de cada cuatro se encuentra desempleado; en Túnez, uno de cada tres.

En algunas categorías (mujeres y jóvenes titulados de la enseñanza superior), la tasa de desempleo puede alcanzar el 50%. El paro entre los titulados es especialmente preocupante, pero hay dos veces más desempleados no titulados. Se trata de un desempleo estructural consecuencia de una multitud de factores relacionados al mismo tiempo con la oferta y la demanda de trabajo, y es producto, en concreto, del rápido aumento de la población activa y del número de licenciados de los centros universitarios. También es consecuencia de las indudables deficiencias en cuanto a la calidad y la estructura de la formación y la educación, y al escaso nivel de creación de empleo, especialmente para la mano de obra cualificada.

La creación de empleo es insuficiente, y el que se crea es a menudo (entre la mitad y las dos terceras partes) informal y no satisface las aspiraciones de los jóvenes. Son trabajos mal remunerados, precarios y que cuentan con poca o ninguna protección social. Por consiguiente, los jóvenes que los aceptan están a menudo insatisfechos y no tienen la posibilidad de mejorar sus aptitudes y, por tanto, van a seguir esperando su oportunidad para acceder a un empleo formal y decente. ¿Qué hay que hacer para combinar el crecimiento y la mejora de la productividad con la creación de empleos decentes para los jóvenes?

La respuesta es compleja y depende de un gran número de factores, entre los que se encuentran el factor humano y el desarrollo de las aptitudes humanas. En todos los países del Sur del Mediterráneo se han realizado grandes esfuerzos de inversión en el sistema educativo y de formación, incluida la enseñanza superior y la formación profesional. De media, cerca del 20% del presupuesto del Estado se destina a educación y formación. Se han conseguido importantes avances, pero más en términos cuantitativos que cualitativos.

Por consiguiente, a pesar de la abundancia de mano de obra cualificada (de titulados), estos países sufren una falta de cualificaciones necesarias para el desarrollo y de cualificaciones solicitadas por las empresas. Hay un problema de calidad de la formación general y especializada en todos los niveles del sistema educativo (primario, secundario y superior), y, más concretamente, de la formación profesional. Por tanto, entre las condiciones necesarias para resolver el problema del empleo juvenil es necesario reestructurar el sistema educativo y formativo y, en particular, fomentar la formación profesional. Varios sondeos entre empresas han puesto de manifiesto que, con bastante frecuencia, tienen dificultades para encontrar personas con la cualificación que buscan.

Eso quiere decir que, además del desempleo, existen dificultades para contratar y sigue habiendo puestos de trabajo vacantes. En estas condiciones, cuando se da una falta de cualificaciones claramente identificadas, la formación profesional se convierte en una solución eficaz para el desempleo. De manera más general, la formación profesional, inicial y continua, es importante para el desarrollo de las empresas, así como para la población activa, de jóvenes y menos jóvenes, ya que les ayuda a progresar en una profesión o a encontrar un empleo. También les permite adquirir nuevas cualificaciones y mejorar su capacidad para encontrar un empleo.

La formación profesional es un medio fundamental para adaptarse a los cambios, tanto para los empresarios como para los trabajadores, porque permite que los trabajadores adquieran la cualificación profesional necesaria para desarrollar su capacidad de adaptación y para acceder a puestos de trabajo más productivos y más remunerados. La formación profesional continua es una herramienta que sirve para que las empresas y los trabajadores se adelanten a los cambios y se preparen para los empleos del futuro, y para mantener al día y adaptar las cualificaciones individuales a lo largo de la vida. Por tanto, es fundamental procurar que la formación profesional pueda responder a la demanda de cualificación y tener en cuenta la evolución de las profesiones y de los conocimientos.

Como resulta imposible prever con certeza cuáles serán las profesiones de futuro y cuál será la demanda de cualificación, es importante que toda la población activa pueda adquirir, a través de la educación y de la formación profesional, una capacidad de adaptación y de aprendizaje. La doble finalidad de la formación profesional es, por tanto, favorecer la evolución profesional de los asalariados y la competitividad de las empresas para que puedan adaptarse y seguir siendo competitivos. Para que la formación sea eficaz tiene que haber una cooperación entre todos los actores y existir la voluntad de responder al mismo tiempo a las necesidades de las personas y de las empresas.

Varios países, como Egipto, Jordania, Marruecos y Túnez, han intentado reformar sus sistemas de formación profesional en este sentido, y han tratado de reorganizarlos y orientarlos para satisfacer la demanda de cualificaciones por parte de las empresas, procurando elaborar planes de estudio según sus necesidades de cualificación y teniendo en cuenta la probable evolución de esas necesidades. Para ello, han adoptado el enfoque por competencias y el principio de la colaboración con las empresas. Estas intervienen en la elaboración de los planes de estudio y en la formación, en el marco de la formación en alternancia con el empleo.

Algunos países también han intentado adoptar un sistema de certificación de las cualificaciones y un proceso de mejora de la calidad en su dispositivo de formación. Incluso han adoptado medidas para adaptar el modelo de gestión de los centros de formación profesional al modelo de dirección en función de la demanda. En principio, se debería otorgar suficiente autonomía a estos centros para que puedan tener capacidad de respuesta. Por tanto, parece que estos países reconocen que la formación profesional es indispensable para el crecimiento económico y que eso exige pasar de una gestión centralizada a una basada en la participación de los actores en los resultados y en una colaboración más estrecha entre los centros de formación y los representantes de las empresas relacionadas con sus especialidades.

Los intentos de reforma han tenido sin duda efectos positivos y han hecho que mejore el funcionamiento de algunos centros de formación profesional, pero, en conjunto, ha habido serios problemas para llevar a cabo las reformas, y la realidad sigue siendo bastante diferente del modelo que se busca. Los elementos del sistema educativo y formativo siguen estando poco articulados, y la formación está más bien alejada de las necesidades de las empresas y de la empleabilidad de los jóvenes. La formación profesional sigue siendo la gran olvidada del sistema educativo y formativo, y sigue atrayendo solo a los jóvenes que han fracasado en el sistema educativo general y, por tanto, a aquellos que cuentan con una formación más escasa, cuando, en teoría, se supone que el éxito de la formación profesional se basa en la libertad de elección de los jóvenes.

Este es uno de los requisitos de cualquier educación de calidad, especialmente para aplicar unas normas de calidad en el sistema de formación profesional. Sin embargo, los jóvenes que superan los estudios básicos y luego los estudios secundarios no piensan en cursar formación profesional a menos que forme parte de la enseñanza superior universitaria (como es el caso de los estudios de ingeniería). En realidad, el sistema educativo y formativo todavía está formado por dos grandes segmentos separados, y la formación profesional es el segmento que sigue estando casi marginado. Sin embargo, en cierto sentido, la persistencia de esta actitud negativa hacia la enseñanza profesional no es tan ilógica por parte de los jóvenes y de sus padres.

De hecho, su comportamiento viene determinado por las perspectivas de empleo, las condiciones de trabajo y las remuneraciones que los jóvenes titulados de formación profesional pueden esperar recibir. Desde este punto de vista, se ha progresado, por lo menos en algunas especialidades (varían según las estructuras económicas del país). Pero, en primer lugar, gran parte de los titulados de formación profesional casi nunca tienen la posibilidad de recibir una formación continua o de acceder posteriormente a unos estudios superiores, y se ven condenados a trabajar en unas condiciones laborales y salariales poco atractivas, e incluso informales. Por tanto, la revalorización de la formación profesional y de la condición de titulado pasa por la mejoría progresiva de la economía y de las condiciones laborales.

En la práctica, sigue sin existir una verdadera colaboración entre los centros de formación y las empresas, y la participación de los empresarios en los métodos de formación sigue siendo escasa. Los métodos y la planificación de la formación son unos procesos muy complejos que todavía no se dominan. El objetivo consiste en hacer que todos los actores, empezando por los centros de formación, actúen en función de la demanda de cualificaciones y con vistas a garantizar la mejor calidad y adecuación posibles de la formación impartida. Eso implica la creación de un sistema de calidad y de motivación (a través de un sistema de incentivos) adecuado y de herramientas de análisis y de proyección de las cualificaciones.

Sin embargo, la previsión de las profesiones de futuro es fundamental en el mundo actual caracterizado por la rapidez de la evolución tecnológica. No resulta fácil animar a las empresas a participar en este proceso o al menos a que identifiquen de manera precisa y estandarizada sus necesidades en materia de formación, por no hablar de la dificultad de prever sus necesidades a largo plazo en materia de cualificaciones. Es un desafío para todos los países del mundo, incluidos los países del norte del Mediterráneo, pero a estos les queda mucho más por hacer porque todavía están al principio del camino.

Por otra parte, la capacidad de respuesta de los centros de formación profesional es insuficiente; tiene que ir acompañada de la capacidad de respuesta de los elementos que forman el sistema educativo responsables de la preparación de los alumnos que van a recibir estos centros. Es posible que la capacidad de respuesta de los centros de formación se vea limitada durante mucho tiempo por la escasez de profesionales capaces de transmitir sus conocimientos a los jóvenes, tanto en las empresas como en las aulas.

Mientras el tejido económico no sea rico y las tecnologías adoptadas sigan siendo poco intensivas en conocimientos, los profesionales experimentados y de alto nivel escasearán. La solución a este problema pasa por formar a formadores apoyándose en fuentes alternativas de conocimientos, como la formación en el extranjero, la contratación de profesores extranjeros y la explotación de los resultados en I+D. Mientras, la formación a lo largo de la vida todavía está poco desarrollada, y los dispositivos actuales para impartirla solo llegan a una pequeña parte de los empleados y de las empresas. Lo ideal es dejar de separar de una manera tan tajante la formación general tradicional y la formación profesional, e incluir el aspecto profesional en cualquier formación porque a todos los que cursan estudios les concierne a priori el acceso a trabajo. Sea como fuere, los países del sur del Mediterráneo tienen que desarrollar y mejorar urgentemente y de forma eficaz su sistema de formación profesional.

Actualmente, este sistema solo absorbe a un pequeño número de jóvenes, menos del 10% de los alumnos de la enseñanza secundaria y superior, mientras que esta proporción supera con frecuencia el 50% en los países más avanzados. Se deben llevar a cabo unas reformas profundas en las instituciones y en las normas que regulan el sistema para hacer que éste sea más atractivo y se adapte mejor a las necesidades del desarrollo económico. La actitud y el comportamiento de las personas y de las empresas tiene que cambiar. Por tanto, siguen siendo necesarias grandes inversiones. Y todo eso podría, y debería, planificarse para ser llevado a cabo en un plazo razonable.