¿Existe en Argelia una política cultural?

Frente a la falta de estrategia oficial, la esperanza reside en la persistencia de los creadores y de las asociaciones que emergen de entre la niebla.

Brahim Hadj Slimane

Existe una política cultural en Argelia ? ¿Ha existido alguna vez? Antes que nada, vale la pena revelar o recordar que esta referencia a una política cultural, “en el sentido de un conjunto de planes, de proyecciones y de programas coordinados, institucionales y centralizados es propia de regímenes políticos precisos, como el régimen francés que sirve de modelo a los argelinos”, retomando las palabras de Hayy Miliani, docente e investigador. Esta clase de modelo jacobino no existe en los países anglosajones, en particular en Estados Unidos, donde no hay política cultural, en el sentido que acabamos de definir y que se ha dado en Latinoamérica, en la URSS y Francia. Queda por examinar el caso de Argelia, y tal vez el de otros países descolonizados.

Adelantamos la hipótesis de que, como en muchos otros ámbitos, las élites argelinas siempre han tomado como referencia y modelo el del Estado jacobino francés. Sin embargo, para no encerrarnos en un callejón sin salida jurídico, estéril, sería mejor ir en busca de la vida cultural, real, y tratar de extraer las tendencias, momentos y figuras sólidas, en relación con las acciones del régimen político. Durante los años de guerra civil, Argelia vivió una hecatombe y una sangría en las filas de sus élites culturales, aunque éstas ya estaban sometidas a una larga tradición de exilio que se remonta a la época colonial. Todos los segmentos de la vida intelectual y artística se vieron afectados por este fenómeno, al que las autoridades no prestaron la atención necesaria, salvo de forma puntual, individual y aislada. Más que de simples creadores o técnicos, se trata de una generación de tránsito, de relevo.

Buena parte de ella se formó durante los años setenta, Argelia los empezó a perder a partir de los años ochenta y, ya de forma brutal y masiva, durante los noventa. Hacia finales de esa década, en las grandes ciudades, cierta vida cultural –que nunca había desaparecido del todo– empezó a salir a la luz: teatros, música, cine, literatura, artes plásticas. La novedad de esta emergencia de espacios y actividades procedía de iniciativas privadas: librerías, galerías de arte, agencias de espectáculos y de acontecimientos, editores. La puesta en marcha del Año de Argelia en Francia (2003) catalizó esta proliferación y aportó planes de cambio consecuentes a varios operadores privados, la mayoría de reciente aparición. En 2008, otro acontecimiento, Argel, capital de la cultura árabe, sacó de nuevo a flote la dinámica de las actividades culturales, aunque en un contexto de conflictos en las altas esferas y de preparativos de último minuto. Asimismo, la capital se dispone a vivir otra manifestación de envergadura: la segunda edición del Festival Panafricano, 40 años después de la primera.

A estas grandes citas, decididas en las altas esferas, se suman multitud de festivales, la mayoría en torno a las artes escénicas. Desde hace años, alentados y ahora también dirigidos por el Ministerio de Cultura, estos festivales han proliferado como setas. Paralelamente, las direcciones y casas de cultura, en el interior del país, deben hacer malabarismos con presupuestos míseros durante el resto del año. Estos festivales, similares, se suceden, “a menudo sin identidad, ni gestión competente, montados al tuntún” (Hayy Miliani). El argumento esgrimido a favor de todas estas manifestaciones coyunturales es que fomentan la creación cultural. A menudo se menciona el ejemplo de Francia, o el de los vecinos marroquí y tunecino. Sin embargo, en los tres casos, las redes de los festivales están, para empezar, estrechamente vinculadas con la política turística.

Eso por un lado. Por otro, la gestión de los festivales está rigurosamente controlada, y se confía a profesionales, también extranjeros. Dista mucho de ser el caso de Argelia, donde la gestión financiera ya ha hecho correr ríos de tinta y el personal encargado no está, ni mucho menos, exento de controversia; como en el resto, la cultura es rehén del sistema de redes y del clientelismo. La profesionalidad se ve relegada a un segundo plano. Además, estos festivales están a merced de una decisión repentina y autoritaria del Ministerio de Cultura, que puede resolver, de la noche a la mañana, “deslocalizar” una manifestación, sin dar explicaciones a nadie. Así ha ocurrido con varios festivales, que han sido trasladados de una ciudad a otra.

El último caso, sorprendente, es el del festival de música rai que le fue arrebatado a Orán, donde nació y se celebraba desde hacía 28 años, para desplazarlo, en julio de 2008, a Bel Abes, en el interior del país. En estas condiciones, no se sostiene ningún argumento de buena fe, ni se ve con buenos ojos el que estos festivales hagan las veces de política productiva. Si a principios de la última década podía percibirse un renacimiento de la vida cultural local, en algunos sentidos, hoy asistimos a un descenso relativo de ésta. Es como si los nuevos espacios y estructuras, nacidos de la sociedad, fueran en busca de un nuevo aliento, divididos entre la voluntad cultural y la inquietud por la rentabilidad comercial. O, como si, en algún lugar, se hubiera roto un hilo, se hubiera quebrado un vínculo, y hubiera quedado un vacío. Es como si hicieran mucha falta unos precursores, portadores de fe y de utopía fecunda. Para comprender este enigma, también parece necesario remontarnos al día después de la guerra de la independencia.

La cultura tras la independencia

Habría que empezar reconociendo un hecho triste (y sin embargo ineludible): desde ya hace tiempo, puede que incluso mucho tiempo, en el seno de la sociedad argelina no hay debate ni reflexiones en torno a la cultura. Desde los albores de la independencia y podría decirse que hasta más o menos mediados de los años ochenta, la sociedad ha generado actores culturales e intelectuales que han producido, alimentado reflexiones y animado debates sobre la cultura, el futuro de ésta, las experiencias de otros países, los modelos inspiradores, básicamente los de países “progresistas” –como entonces se decía– o descolonizados recientemente. Era la época en que la sociedad argelina aún se hallaba inmersa en la euforia de la independencia, recobrada tras 132 años de colonialismo.

Días de libertad y de expresión libre que empezarían a relativizarse hasta el golpe de Estado del 19 de junio de 1965, por el que el coronel Huari Bumedián depuso al presidente Mohamed Ben Bella y tomó el poder. No obstante, incluso aquel frenazo brutal de un periodo inolvidable, para quienes lo vivieron, se caracterizó por la represión de los opositores políticos al golpe de Estado, una regresión progresiva de las libertades públicas que, en realidad, ya había empezado bajo el mandato de Ben Bella. El reino del partido único llegaba para quedarse largo tiempo. A pesar de todo, seguía existiendo cierta libertad en el ámbito cultural. Ahí la sociedad, o cuando menos las élites, podía seguir respirando, creando e incluso dialogando, interpelando o hasta desafiando al poder con respecto a su discurso, promesas y decisiones.

En la prensa, únicamente oficial, la relativa libertad de expresión y la crítica se habían refugiado en las páginas culturales. Al llegar la independencia, pues, junto a los demás frentes abiertos en las mentes, con el entusiasmo de proseguir el proceso de descolonización y alumbrar una nueva sociedad, estaba el de la cultura. Hay que recordar, además, que para casi todas las élites esta sociedad por construir se inscribía en la perspectiva del socialismo, aunque éste se entendiera de distintas maneras, según los círculos existentes. La reflexión y las iniciativas se situaban a la izquierda y, de hecho, existía una tendencia llamada la “izquierda del Frente de Liberación Nacional”, que inspiraba un periódico y contaba con el apoyo de figuras como Mohamed Harbi, Hosin Zehuán y Mohamed Budia. Esta tendencia no sobrevivió al golpe de Estado de Bumedián; su oposición le valdrá la represión. En esta Argelia incipiente, Argel recibía el sobrenombre de “la Meca de los revolucionarios”.

La capital atraía y albergaba a figuras militantes y a representantes de movimientos descolonizadores, debates y esbozos de experiencias culturales. Bajo la atenta mirada de los Guardianes del Templo FLN, que aún no eran virulentos, personajes de primer orden alimentaban esa vida. Hay que empezar hablando de Jean Sénac, agitador cultural dotado de una fe y una energía increíbles, hasta su último aliento. Morirá asesinado en circunstancias confusas el 29 de agosto de 1973. Fue uno de los fundadores de la Unión Nacional de Escritores Argelinos (UNEA), que en sus inicios fue uno de los focos de reflexión sobre el futuro de la cultura en el país. La poesía de “grafía francesa” (expresión acuñada por Sénac), la literatura y la pintura argelinas de los años setenta y ochenta, le deben mucho a ese gran poeta altruista.

Más que eso: más que un terreno de expresión artística, es un planteamiento, una visión, una utopía fecundada incluso durante los años de compromiso con la liberación francesa, de la que Sénac era transmisor. Si evocamos la trascendencia de Sénac, habría que hablar de la de Kateb Yasin, contemporáneo suyo, también poeta genial, novelista, dramaturgo, militante y diseñador cultural. Por sí solo, su teatro constituía todo un programa, toda una visión de la cultura que el poder no le permitió nunca expresar en voz alta, ni en televisión ni en radio, a pesar de sus insistentes peticiones. Y lo que es peor: tras una intervención escandalosa durante un debate en 1976, en que reivindicaba el reconocimiento de la lengua bereber, le prohibieron hablar en público. El pueblo argelino en lucha armada emergía de sus obras subversivas y pioneras, pero también colmadas de esperanzas de libertad futura. Estas esperanzas serán regularmente objeto de acoso.

En cualquier caso, todos ellos han estado en el exilio o experimentado continuas idas y venidas. Y así sigue ocurriendo, también con los cantantes de rai. Tras los primeros momentos de libertad (es cierto que fueron a menudo y en todas partes relativos y fugaces), el nuevo poder, en proceso de afirmación, toma el control de la vida política, intelectual y cultural. Todo ello a partir de la intervención militar de junio de 1965, por medio del partido único y algún que otro relevo que gira a su alrededor. Se controlarán directamente la televisión (estrechamente, por supuesto), la edición, el cine y el teatro. E indirectamente la música y las artes plásticas. Todo espacio de producción y difusión, así como las fuentes de financiación, se convertirá en monopolio del Estado.

La música, no obstante, seguirá siendo producida y difundida por editores privados, pero con el ojo puesto en ellos. Los artistas y técnicos se habían convertido en empleados de empresas culturales estatales. A cambio de esta seguridad material y el acceso a la financiación de sus proyectos, los artistas estaban obligados a asumir el discurso del poder y autocensurarse. Este arte de propaganda fue la norma durante los años setenta y ochenta. Habría que ver si no sigue siendo así, bajo otras formas y en cierta medida… Si queremos considerar estos mecanismos como una política cultural, entonces sí: se trataba de una política calcada a las de los regímenes totalitarios o despóticos. Ahora bien, había más que eso. En Argelia, el control y la censura dejaban algún que otro espacio de expresión marginal. Como el movimiento de los cineclubs, el teatro aficionado y la música, en parte fruto de círculos “izquierdistas”, surgidos del movimiento de Mayo del 68.

En el apartado cultural, el polo de atracción será Kateb Yasin, a su regreso a Argelia, con su compañía teatral, la Acción Cultural de los Trabajadores. Instalada en Argel, esta compañía desarrollará, con el impulso y el carisma de Kateb, un teatro subversivo, muy atractivo, en un lenguaje popular, que atraerá multitudes a sus representaciones. Probablemente sea la aventura teatral más fuerte del mundo árabe. Ninguna de sus obras se ha emitido por televisión. En 1978, Kateb y su compañía se volverán demasiado molestos en la capital, y serán expulsarados y exiliados a Ben Abes. En menor grado, Abdelkader Alula (dramaturgo y director, asesinado en 1994), intentó renovar el lenguaje teatral, acompañado de un compromiso político.

Vuelta al control

De forma general, paradójicamente, si consideramos el conjunto de la producción teatral en la era del partido único, no tiene nada que ver con el teatro de ahora, tras reanudarse a finales de los años noventa, con el retroceso del terrorismo de masas. Tanto en el plano temático como en el formal, hay una terrible regresión. Se lleva a cabo una autocensura sistemática, y no se pasa ni de puntillas por ningún tema de actualidad social, y aún menos político. Es bien sencillo: las subvenciones concedidas por el Ministerio de Cultura están subordinadas a la lectura previa de la obra de teatro. Estas subvenciones se otorgan primero a los siete teatros heredados de la época colonial y, accesoriamente, a algunas compañías privadas. Lo mismo ocurre con la financiación de las producciones cinematográficas: siempre ha estado sometida al control de los proyectos.

Mediante comités de “lectura” (censura). Y, por cierto, la censura ha vuelto al galope, tras la desventura de la película de Jean- Pierre Lledo, cuya difusión está prohibida desde 2007. Ahora se censura la edición. Tras los embargos acaecidos durante los salones internacionales del libro de Argel, en particular los ensayos panfletarios del periodista Mohamed Benchicu y las novelas de Bualem Sansal, por no hablar de otras obras importadas, se ha instituido un visado de censura indirecta previo a la impresión. Volviendo al cine, es el sector que ha sufrido la peor devastación. Dicho en cifras: cuando se independizó, Argelia disponía de un parque de 336 salas de cine. Actualmente se ha visto reducido a menos de 20, la mayoría perteneciente a la red de la Filmoteca argelina, la única que ha sobrevivido al cataclismo. Como resultado, desde hace 10 años, las películas producidas, muchas de ellas en el marco del Año de Argelia en Francia y Argel, capital de la cultura árabe, están destinadas a difundirse confidencialmente.

Lo único a lo que pueden aspirar estas películas son los festivales extranjeros, pues la ENTV (la televisión) apenas compra películas. Sin embargo, a partir de la independencia, el poder creó organismos de producción, gestión y difusión del cine. Pero la inestabilidad, la improvisación, la gestión aproximada y el clientelismo han minado toda veleidad de emergencia de un cine nacional de calidad, de una verdadera industria cinematográfica. La censura y también la autocensura, por supuesto. Resultado: durante años, el cine ha estado debilitado, subordinado a la propaganda del poder, al discurso oficial sobre la historia, la economía, la sociedad y tutti quanti… Sólo para el Año de Argelia en Francia, se inscribieron 10 películas, cuando el país no había producido más que 80… ¡en 40 años! Eso lo dice todo.

Lo que lleva a afirmar a Buyemaa Karech, antiguo director de la Filmoteca argelina y figura destacada del panorama cultural argelino: “Es el año Cero del cine argelino.” Tiene toda la razón. Al acabar la guerra civil, hubo que ir en busca de las brasas para reavivar un fuego imposible. Muchos intelectuales y artistas murieron o se exiliaron. Lo que quedó fue una industria cinematográfica pública, muerta, ejecutada por el gobierno de Ahmed Uyahia, en el marco del Plan de reajuste estructural. Lo mismo para la edición. Se pasó el relevo a los inversores y patrocinadores privados, que no siguieron el juego. Hasta la fecha, son muy pocos los empresarios que han invertido en producción de películas, libros o música. Al contrario, en el terreno musical, la industria local atraviesa una mala época. En cuanto al cine, han nacido productoras, de la mano de técnicos o cineastas, pero todas ellas dependientes de las subvenciones estatales, a falta de fondos propios.

Lo que significa que hay algún malentendido por ahí. Sin embargo, los propios productores (recientemente constituidos en colectivo de reivindicación) sufren las consecuencias de la falta de una red de difusión, capaz de rentabilizar sus inversiones y realimentar la producción. Se trata, pues, de un círculo vicioso. Volviendo a la pregunta del principio, el investigador Mohamed Bensalá, observador veterano del panorama, resume así la trayectoria histórica del cine argelino: “Creo que en Argelia no ha habido nunca política del cine. Todo ha sido coyuntural, dependiendo de los acontecimientos, las circunstancias y los avatares, a la hora de determinar cierto número de manifestaciones surgidas de la nada para honrar tal o cual fecha histórica. Desde la independencia hasta la actualidad, nunca ha habido reflexiones ni estrategias para el cine argelino”.

Esta observación bien podría extrapolarse al conjunto de la cultura. Como hemos subrayado antes, las autoridades se conforman básicamente con gestionar manifestaciones coyunturales, para las que movilizan enormes presupuestos que acaban esfumándose. No obstante, la esperanza podría residir en la audacia y la perseverancia de creadores marginados, sin ayuda estatal, consecuente, así como en algunas figuras culturales y asociaciones militantes, que se abren camino esquivando las plazas fuertes institucionales, repletas de barricadas. Nombres de escritores, cineastas, cantantes y músicos emergen de entre la niebla…