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Diálogos

El precio de la estabilidad: la guerra y el futuro del poder blando del Golfo

Giuseppe Dentice
Analista del Observatorio sobre el Mediterráneo (OsMed), Instituto de Estudios Políticos “S. Pío V”.

Durante las últimas dos décadas, las monarquías del golfo Pérsico han invertido enormes recursos en la construcción de una proyección internacional basada no solo en el poder económico derivado de los hidrocarburos, sino también en su capacidad de atracción a través del turismo, la cultura, la educación, el deporte y las inversiones. Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos (EAU) y Catar han desarrollado progresivamente sofisticadas estrategias de poder blando (soft power) destinadas a fortalecer su imagen internacional, atraer capital y talento, diversificar sus economías nacionales y consolidar su peso geopolítico.

La apertura de grandes museos, la organización de eventos deportivos internacionales, la creación de centros universitarios de alcance global y la expansión de los fondos soberanos en el exterior han convertido al Golfo en uno de los principales laboratorios mundiales de “marca país” (nation branding). EAU fue pionero en este campo: Dubái y Abu Dabi se han transformado en centros neurálgicos del comercio, las finanzas y la logística global; Doha ha utilizado con éxito la diplomacia deportiva y cultural, culminando con la organización de la Copa Mundial de la FIFA 2022; mientras que Riad, a través de “Visión 2030”, ha puesto en marcha un ambicioso programa de transformación económica y social destinado a redefinir el papel del Reino en el sistema internacional, apoyándose en el turismo, el entretenimiento y la innovación como instrumentos de representación del nuevo poder blando saudí.

La guerra está obligando a los países del Golfo a replantear sus estrategias de influencia. El reto no es preservar el poder blando, sino adaptarlo a un entorno regional profundamente transformado.

Sin embargo, la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán constituye la prueba más importante para este modelo. El conflicto ha puesto de manifiesto una contradicción fundamental: el prestigio y la influencia acumulados mediante el poder blando no se han traducido en una capacidad equivalente para controlar la evolución estratégica de la región. Las monarquías del golfo Pérsico han intentado favorecer la desescalada y contener el conflicto, pero no han logrado ni impedir su expansión ni evitar que infraestructuras críticas situadas en sus territorios se volvieran vulnerables a las tensiones regionales.

LA GUERRA COMO PRUEBA DECISIVA DEL PODER BLANDO DEL GOLFO PÉRSICO

La guerra ha puesto en evidencia los límites estructurales del poder blando. El turismo, las inversiones y la diplomacia cultural pueden aumentar el prestigio y la influencia, pero no sustituyen la capacidad de garantizar la seguridad en un entorno regional caracterizado por una creciente militarización y una competencia estratégica. El conflicto ha demostrado que el poder blando puede amplificar la relevancia internacional de un Estado, pero no puede reemplazar al poder duro (hard power) ni garantizar una verdadera autonomía estratégica en una región que sigue estando dominada por dinámicas de disuasión, confrontación militar y rivalidad geopolítica.

Al mismo tiempo, la guerra ha revelado una segunda vulnerabilidad, menos visible pero igualmente significativa. En los últimos años, los países del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) han invertido masivamente en ciudades inteligentes, infraestructuras digitales, plataformas logísticas integradas, inteligencia artificial y sistemas energéticos avanzados. Sin embargo, esta creciente sofisticación tecnológica ha ampliado también la exposición de la región a los conflictos híbridos. Los ataques contra infraestructuras energéticas, redes digitales, puertos y corredores logísticos han demostrado hasta qué punto la seguridad económica y la seguridad estratégica están hoy profundamente entrelazadas. Proyectos emblemáticos de la transformación regional –desde NEOM hasta los corredores logísticos emiratíes y las plataformas digitales cataríes– dependen de la continuidad energética, de sistemas avanzados de ciberseguridad y de la estabilidad geopolítica.
La guerra ha obligado, por tanto, a una profunda revisión de las estrategias de transformación económica impulsadas por las monarquías del Golfo. Si antes del conflicto, el poder blando estaba asociado principalmente a la capacidad de atraer visitantes, inversores, estudiantes y grandes eventos internacionales, en el período de posguerra podría estar cada vez más vinculado a la capacidad de garantizar estabilidad, financiar la reconstrucción regional y contribuir a la definición de nuevos marcos de seguridad en Oriente Medio.

En este contexto, los efectos de la guerra sobre el poder blando del CCG resultan especialmente visibles en tres ámbitos estratégicos: turismo, educación superior internacional e inversiones en el exterior.

TURISMO: EL DESAFÍO DE LA SEGURIDAD REPUTACIONAL

Entre todas las herramientas de poder blando desarrolladas por las monarquías del golfo Pérsico, el turismo es probablemente el más expuesto a los efectos de la guerra. En los últimos años, EAU y Arabia Saudí han invertido cientos de miles de millones de dólares para convertirse en destinos mundiales, apoyándose en infraestructuras avanzadas, seguridad, conectividad internacional y servicios de alta calidad.

La estrategia turística del Golfo se basa en la capacidad de presentar la región como una excepción positiva frente a la inestabilidad que caracteriza otras zonas de Oriente Medio. Dubái, Abu Dabi, Doha y, cada vez más, Riad han sido promocionadas como ciudades globales seguras, modernas y abiertas a la inversión y al turismo internacional.

No obstante, la guerra amenaza con socavar este supuesto fundamental. Aunque los principales centros turísticos del Golfo no estén directamente implicados, el conflicto alimenta una percepción internacional que tiende a considerar Oriente Medio como un único espacio geopolítico, influyendo negativamente en las decisiones de viajeros y operadores del sector.

La vulnerabilidad demostrada por determinadas infraestructuras estratégicas ha suscitado además dudas sobre la capacidad de las monarquías del Golfo para preservar la imagen de seguridad que ha sido uno de los pilares de su éxito turístico. En otras palabras, la guerra no afecta únicamente al turismo a través de riesgos concretos, sino también mediante un significativo daño reputacional.
Esto tiene igualmente un impacto en la sostenibilidad económica de los grandes proyectos de transformación urbana. Iniciativas como NEOM, el Red Sea Project, Qiddiya o Diriyah representan mucho más que simples destinos turísticos: constituyen el núcleo simbólico de las estrategias saudíes de marca país. Estos proyectos requieren inversión internacional, capacidades tecnológicas y confianza por parte de los mercados globales. La inestabilidad regional, por el contrario, incrementa la percepción de riesgo, genera mayor cautela financiera y eleva los costes de desarrollo.

En este contexto, el mar Rojo adquiere una relevancia particular. Más allá de su papel como corredor estratégico para el comercio y la energía, este espacio marítimo constituye uno de los pilares de la estrategia turística saudí. Buena parte de los proyectos asociados a la “Visión 2030”, especialmente el Red Sea Project y otras iniciativas de desarrollo de la costa occidental del Reino, dependen estrechamente de la estabilidad y seguridad de esta zona. Sin embargo, las tensiones derivadas del conflicto en Yemen y las acciones de los rebeldes hutíes contra el tráfico marítimo internacional han aumentado significativamente la percepción de riesgo. Los ataques contra buques comerciales y las amenazas a las rutas de navegación han generado incertidumbre entre inversores y operadores turísticos, ralentizando algunos proyectos vinculados al desarrollo turístico saudí. La inestabilidad del mar Rojo demuestra así que el éxito de la estrategia turística del Reino depende tanto de la calidad de las infraestructuras como de la capacidad de garantizar la seguridad de uno de los espacios marítimos más estratégicos del mundo.

La creciente inseguridad en el mar Rojo pone además de manifiesto una realidad más amplia: la transformación económica del Golfo está cada vez más condicionada por factores geopolíticos. Los grandes proyectos turísticos saudíes necesitan no solo atraer visitantes, sino también garantizar cadenas logísticas eficientes, conexiones marítimas seguras y un entorno regional estable. La seguridad marítima se convierte así en un componente esencial del propio poder blando saudí.
Sin embargo, la guerra también podría producir efectos paradójicos. En una región marcada por una creciente inestabilidad, ciudades como Dubái y Abu Dabi podrían reforzar aún más su imagen como refugios seguros para el turismo, los negocios y la residencia internacional. Cuanto más incierto parezca el entorno regional, más podría beneficiarse Emiratos de su consolidada reputación de eficiencia, resiliencia y estabilidad.

A largo plazo, la sostenibilidad del crecimiento turístico dependerá de la capacidad de las monarquías del Golfo para pasar de ser simples destinos atractivos a convertirse en protagonistas de la estabilización regional. Si logran presentarse como actores indispensables para la reconstrucción y la paz en Oriente Medio, el turismo podría convertirse no solo en una fuente de ingresos, sino también en una herramienta de legitimación geopolítica.

UNIVERSIDADES INTERNACIONALES Y DIPLOMACIA DEL CONOCIMIENTO

La educación superior constituye uno de los ámbitos en los que el golfo Pérsico ha invertido con mayor intensidad para reforzar su influencia internacional. Campus de universidades occidentales, centros de investigación, programas de innovación e iniciativas destinadas a atraer estudiantes extranjeros han sido concebidos como instrumentos de integración en las redes globales del conocimiento.

Esta estrategia responde a un doble objetivo: apoyar la transición hacia economías basadas en el conocimiento y fortalecer el prestigio internacional de las monarquías del Golfo mediante la formación de las futuras élites globales.

Vista general del pelotón cerca del Museo Guggenheim de Abu Dabi durante el UAE Tour 2026. Abu Dabi, febrero de 2026. (Tim de Waele, Getty Images)

También en este ámbito la guerra introduce nuevos desafíos. Estudiantes, investigadores y profesores internacionales suelen considerar la estabilidad política y la seguridad entre los principales criterios a la hora de elegir un destino académico. Un aumento de las tensiones regionales podría reducir el atractivo del Golfo para parte de la comunidad académica internacional

.
Asimismo, la creciente polarización política asociada a los conflictos de Oriente Medio podría generar presiones sobre las asociaciones académicas entre instituciones del Golfo y universidades occidentales, sometiéndolas a un escrutinio público cada vez mayor.

No obstante, el conflicto también podría reforzar el papel del Golfo como polo global de investigación e innovación. Las monarquías disponen de recursos financieros suficientes para sostener programas científicos y tecnológicos en un momento en que muchos sistemas universitarios occidentales enfrentan crecientes restricciones presupuestarias.

En el período de posguerra, las universidades del Golfo podrían desempeñar un papel central en la formación de las capacidades necesarias para la reconstrucción regional, contribuyendo a la creación de nuevas redes de cooperación económica, tecnológica y científica. En este escenario, el poder blando académico estaría cada vez menos ligado a la imagen internacional y más asociado a la capacidad de generar conocimiento, innovación y desarrollo para toda la región.

INVERSIONES EN EL EXTERIOR: DE LA PROYECCIÓN GLOBAL A LA RECONSTRUCCIÓN REGIONAL

Entre las distintas herramientas de poder blando utilizadas por las monarquías del CCG, las inversiones en el exterior son probablemente las más resilientes. A través de sus fondos soberanos, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Catar se han convertido en actores fundamentales de los mercados mundiales, adquiriendo participaciones en empresas estratégicas, infraestructuras, tecnologías emergentes e instituciones financieras.

Estas inversiones han permitido a las monarquías del Golfo construir una red global de relaciones económicas y políticas sin precedentes. Sin embargo, la guerra ha demostrado que la influencia financiera no se traduce automáticamente en capacidad para influir en las decisiones estratégicas de las grandes potencias ni en la evolución de los conflictos regionales.

El conflicto ha puesto así de manifiesto uno de los principales límites del poder blando económico: la disponibilidad de capital genera acceso y prestigio, pero no garantiza necesariamente autonomía geopolítica.

Además, la guerra ha acelerado un proceso de creciente “securitización” de la economía regional. Las monarquías del Golfo Pérsico se ven hoy obligadas a destinar una proporción cada vez mayor de sus recursos a la protección de infraestructuras críticas, la ciberseguridad, la seguridad marítima, la resiliencia energética y la protección de las cadenas de suministro. Esta transformación modifica profundamente la lógica original de los programas “Visión”. La innovación tecnológica, la logística global y las finanzas digitales ya no son únicamente instrumentos de crecimiento económico, sino componentes esenciales de la seguridad nacional. La modernización ya no puede separarse de la seguridad estratégica.

Desde esta perspectiva emerge una dinámica más profunda. Los programas de diversificación económica impulsados por las monarquías del CCG ya no pueden interpretarse como simples estrategias para superar la dependencia del petróleo. Más bien constituyen modelos de desarrollo basados en una forma de “interdependencia energética ampliada”. Los fondos soberanos que financian los megaproyectos siguen alimentándose de las rentas energéticas; las infraestructuras digitales requieren un suministro energético constante; la logística depende de la seguridad de las rutas marítimas; y la transición tecnológica necesita un entorno geopolítico estable. La guerra no interrumpe el proceso de diversificación, sino que revela sus límites estructurales y la persistente dependencia de la capacidad de las monarquías del Golfo para garantizar la seguridad del sistema energético regional.

Paradójicamente, la propia guerra podría reforzar aún más el papel financiero del golfo Pérsico. La reconstrucción de las zonas afectadas por el conflicto requerirá enormes cantidades de capital, capacidades técnicas y de infraestructura. Pocos actores disponen de los recursos necesarios para sostener estos procesos en la medida en que pueden hacerlo los fondos soberanos del Golfo.
En este contexto, el poder blando financiero de las monarquías del CCG podría adquirir una nueva función. Si en el pasado las inversiones en el exterior eran principalmente un instrumento de diversificación económica y prestigio internacional, en la próxima década podrían convertirse en un mecanismo de gobernanza regional capaz de influir en la reconstrucción económica y en los equilibrios políticos del Oriente Medio de la posguerra.

A ello se suma una creciente competencia intragolfo. Las diferentes estrategias de transformación económica impulsadas por Arabia Saudí, EAU y Catar están adquiriendo una dimensión cada vez más geopolítica, alimentando formas de cooperación selectiva, pero también una competencia creciente por atraer capital, tecnología e influencia internacional. Paralelamente, la creciente proyección de los países del CCG hacia África –a través de inversiones en hidrógeno verde, energías renovables, infraestructuras portuarias y minerales críticos– refleja el intento de preservar la centralidad estratégica del Golfo también en la era de la transición energética global. Sin embargo, la inestabilidad regional amenaza con socavar precisamente esta ambición, dificultando la presentación del Golfo como un centro fiable de la nueva economía energética internacional.
La verdadera transformación del poder blando del Golfo podría consistir, por tanto, en el paso de una lógica de atracción global a una lógica de estabilización regional. El prestigio internacional seguirá siendo importante, pero estará cada vez más vinculado a la capacidad de generar seguridad económica, desarrollo y reconstrucción en un Oriente Medio inmerso en profundas transformaciones geopolíticas.

CONCLUSIÓN

La guerra está obligando a las monarquías del Golfo a replantear las estrategias de influencia construidas durante las últimas dos décadas. El turismo, las universidades internacionales, los eventos culturales, la diplomacia deportiva y las inversiones globales han permitido a Arabia Saudí, EAU y Catar pasar de ser exportadores de energía a actores centrales de la globalización. Sin embargo, el conflicto ha demostrado que la capacidad de atracción no puede sustituir a la seguridad y que el prestigio internacional no se traduce automáticamente en influencia sobre los equilibrios estratégicos regionales.

El poder blando financiero del CCG podría convertirse en un mecanismo de gobernanza regional capaz de influir en la reconstrucción económica y en los equilibrios políticos del Oriente Medio de la posguerra

La principal lección de esta crisis es que el futuro del Golfo no dependerá únicamente de su capacidad para atraer turistas, estudiantes, inversiones o grandes eventos internacionales. El verdadero desafío consiste en proteger y reforzar la resiliencia de las infraestructuras físicas y digitales que sustentan el nuevo modelo económico regional. En un contexto marcado por conflictos híbridos, competencia tecnológica e interdependencia energética, la seguridad se ha convertido en una condición previa para el desarrollo.

Durante años, el éxito del golfo Pérsico se midió por el número de visitantes internacionales, la presencia de universidades extranjeras o el tamaño creciente de sus fondos soberanos. Hoy, el criterio decisivo es otro: la capacidad de preservar la estabilidad en una región atravesada por crisis cada vez más complejas. La guerra ha dejado claro que el verdadero valor del poder blando no reside únicamente en atraer personas, capital y talento, sino también en generar confianza y seguridad duraderas.

Paradójicamente, la crisis podría ofrecer a las monarquías del CCG una nueva oportunidad estratégica. Si en el pasado su poder blando se apoyaba principalmente en una imagen de modernidad y prosperidad, en la próxima década podría estar cada vez más vinculado a la capacidad de financiar la reconstrucción, facilitar el diálogo regional y promover nuevos modelos de desarrollo económico. En este escenario, los fondos soberanos, las universidades y los grandes proyectos de infraestructura dejarían de ser simples instrumentos de promoción nacional para convertirse en pilares de una arquitectura regional de estabilización.

La guerra está transformando al Golfo de escaparate de la globalización en un posible arquitecto del futuro orden de Oriente Medio. El desafío para Riad, Abu Dabi y Doha no será preservar el poder blando construido en las últimas décadas, sino adaptarlo a un entorno regional profundamente transformado. Si logran completar esta transición, la guerra no representará únicamente el límite de su poder blando, sino también el momento de su maduración geopolítica./

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