El mundo al revés de los archivos: memoria, borrado y resistencia en Palestina
“¿Por qué el fuego? Porque el fuego no deja más que
cenizas, y las cenizas no pueden testificar. El fuego es el
cómplice perfecto del olvido”
Waciny Laredj, escritor argelino
Hay siglos ocultos en esa pregunta. El fuego siempre ha sido el arma de quienes temen la memoria o desean borrar lo que no pueden controlar. Desde el auto da fe de Cándido, de Voltaire, donde se queman libros y cuerpos para purificar al mundo de sus supuestos pecados, hasta las bibliotecas de Bagdad y Sarajevo convertidas en cenizas en nombre del orden, cada llama pretende defender la civilización, incluso mientras la devora.

Tres siglos después, ese mismo ritual continúa y ese fuego sigue ardiendo, ya no en las plazas de Lisboa, sino en los cielos de Gaza. La justificación ya no es la herejía, sino la seguridad. Las herramientas evolucionan, pero la fe en la destrucción persiste. Hoy, Gaza no arde con antorchas, sino con F-16 y silencio algorítmico. Israel ha declarado la guerra a la memoria misma. Sus huellas están por todas partes. Bibliotecas reducidas a polvo. Archivos vaporizados. Centros culturales bombardeados hasta el olvido. Archiveros y bibliotecarios, esos silenciosos custodios de la continuidad, asesinados en sus puestos. No se trata de daños colaterales. Es “libricidio”: la aniquilación deliberada y sistemática del alma intelectual y cultural de un pueblo. Acuñado a mediados del siglo XX y definido por Rebecca Knuth (2003), el término “libricidio” designa lo que el derecho internacional ya reconoce como crimen de guerra: la destrucción deliberada del patrimonio cultural como acto de borrado.
Y, sin embargo, la ley no ha logrado proteger la memoria. La Convención de La Haya de 1954 para la Protección de los Bienes Culturales en caso de Conflicto Armado tenía por objeto salvaguardar archivos, bibliotecas e instituciones culturales en tiempos de guerra. Pero Gaza ha demostrado su futilidad. Cuando los archivos son objeto de ataques deliberados y las instituciones culturales borradas sistemáticamente, el silencio internacional se convierte en complicidad. O tal vez el mundo en el que realmente vivimos resultó ser un mundo al revés, donde un lado brilla con continuidad y privilegios, y el otro queda aplastado bajo los escombros y la censura. Mientras sus archivos se protegen como “patrimonio” y sus ruinas se lamentan como tragedias globales, las bibliotecas, museos y centros culturales de Gaza se dejan arder en silencio. Esto no es ficción: las leyes de este mundo invertido deciden qué historia merece protección y cuál puede ser borrada sin consecuencias.
De las ruinas de las bibliotecas y museos de Gaza, ha surgido un nuevo campo de batalla, el digital, donde los palestinos han podido documentar y archivar los dos años de bombardeos
Aquí, la antigua teología del auto da fe se une a la física del imperio: el fuego como purificación, la gravedad como dominación, la memoria como garantía. El resultado es nuestro “mundo al revés de los archivos”, una realidad en la que los poderes de preservar y borrar obedecen a la misma ley del desequilibrio, donde la protección misma se convierte en un privilegio.
Los archivos de Gaza bajo fuego: la guerra contra la memoria
Desde el 7 de octubre de 2023, Gaza ha sufrido no solo uno de los ataques más devastadores contra la vida civil en la historia moderna, sino también una de las mayores destrucciones de la memoria cultural jamás registradas. Académicos y observadores de derechos humanos lo han descrito como una campaña de “genocidio cultural”, un ataque no solo contra los palestinos, sino contra la historia misma.
Los informes del Consejo Internacional de Archivos (ICA), las Naciones Unidas y numerosas organizaciones de derechos humanos como el Euro-Med Human Rights Monitor documentan la destrucción de los archivos municipales, bibliotecas y museos de Gaza durante la guerra. Las pérdidas incluyen registros irremplazables de la vida palestina: escrituras de propiedad históricas, manuscritos, fotografías y libros raros que encarnaban la continuidad civil, social e intelectual de Gaza.
Entre los acontecimientos más devastadores se encuentra la destrucción de los Archivos Centrales de la ciudad de Gaza en noviembre de 2023, cuando los bombardeos provocaron un incendio que consumió más de 150 años de registros municipales: escrituras de propiedad, registros civiles y documentos de desarrollo urbano. Ese mismo mes, el Centro Cultural Rashad al Shawa, sede de la Biblioteca Tamari Sabbagh, que contenía decenas de miles de libros, fue bombardeado. En diciembre, un ataque aéreo dañó gravemente la Gran Mezquita Omari, la más antigua y grande de Gaza. Su biblioteca albergaba una de las colecciones más importantes de manuscritos raros de Palestina, algunos de los cuales databan del siglo XIV.
El Centro Eyes on Heritage, ubicado en la Torre al-Ghafri y famoso por digitalizar manuscritos árabes e islámicos raros, fue atacado en diciembre de 2023, lo que provocó la destrucción de colecciones de valor incalculable. Lo que quedaba se mantuvo en pie hasta que el segundo ataque aéreo a principios de 2025 redujo el centro a escombros, borrando uno de los espacios vitales de conservación de archivos de Gaza.
La Biblioteca Pública Edward Said en Beit Lahia, fundada por el poeta y bibliotecario Mosab Abu Toha, fue destruida y su colección de 4.000 volúmenes quemada. Toha consideró más tarde que el valor de los libros perdidos no residía en los objetos, sino en el “conocimiento, los recuerdos y las dedicatorias de los autores” que contenían. Otras bibliotecas, incluida la Biblioteca Municipal de Gaza, una de las más antiguas de la Franja, sufrieron daños o fueron destruidas.
La devastación se extendió a las instituciones de educación superior de Gaza. Según Scholars at Risk, el edificio principal de la Universidad de Israa, junto con su biblioteca y el museo nacional, que albergaba más de 3.000 objetos arqueológicos únicos, fue demolido en enero de 2024.
A los museos y yacimientos arqueológicos no les fue mejor. El Museo Cultural Al Qarara, el Museo Akkad, el Museo Deir al Balah y el Museo Arqueológico de Palestina (Museo de Gaza) fueron destruidos o saqueados. También sufrieron daños yacimientos como el monasterio de San Hilarión (siglo V d. C.) y Tell es-Sakan (una ciudad cananea). Según el Ministerio de Cultura palestino, más de cien yacimientos culturales y arqueológicos se vieron afectados, lo que supuso la desaparición de pruebas tangibles de la presencia continua de los palestinos en el territorio.
La destrucción también se cobró la vida de quienes preservaban este patrimonio. En marzo de 2025, el Ministerio de Cultura palestino informó de que 118 trabajadores del sector de la cultura –escritores, artistas, archiveros y bibliotecarios– habían perdido la vida solo en 2024. Cientos de bibliotecas privadas y colecciones familiares perecieron bajo los escombros. Y para aquellos cuyas colecciones sobrevivieron al bombardeo, el mero hecho de sobrevivir supuso otro tipo de pérdida. Algunos, enfrentados al hambre y al colapso total de las infraestructuras, quemaron sus libros para cocinar para sus hijos. Como lamentó el escritor Fayez Abu Shamala: “Pedimos perdón por quemar un libro de poesía, pero nos vemos obligados a hacerlo para cocinar nuestra comida”. En Gaza, incluso el acto de alimentar a la familia se vio envuelto en la destrucción de la cultura, y las páginas que antes estaban destinadas a la lectura se convirtieron en el único medio para mantener con vida a los niños.
A principios de 2025, la Unesco, basándose en imágenes satelitales y evaluaciones remotas, verificó los daños causados a más de 110 sitios culturales en Gaza, incluidos edificios religiosos, museos, monumentos y yacimientos arqueológicos. Sin embargo, sus informes no llegaron a atribuir responsabilidades ni a reconocer la destrucción como sistemática. En cambio, sus declaraciones solo expresaban “profunda preocupación” y reiteraban los llamamientos al cumplimiento de la Convención de La Haya de 1954 para la Protección de los Bienes Culturales en caso de Conflicto Armado.
Para la población de Gaza, la pérdida de archivos y bibliotecas supuso un duro golpe para la continuidad palestina: el pasado escrito, registrado y recordado que sustenta la identidad. Como declaró el novelista Yousri al Ghoul en su testimonio sobre la destrucción del patrimonio de Gaza, “la destrucción es demasiado grande como para mencionarla en un solo testimonio; es como si ellos [los israelíes] estuvieran declarando: Vamos a destruiros desde las raíces”.
Del silencio al testimonio: cuando la memoria resurge
Tras esta aniquilación, el silencio institucional agravó la herida. La Unesco, el ICA y la IFLA emitieron declaraciones redactadas con cautela diplomática, en las que expresaban su preocupación, pero sin nombrar a los responsables. Estas declaraciones parecían desproporcionadas en relación con la magnitud de la destrucción que se estaba produciendo en Gaza, donde los archivos, las bibliotecas y toda la infraestructura cultural fueron arrasados sistemáticamente.
En una cruel ironía, mientras los archiveros palestinos eran asesinados y sus archivos convertidos en cenizas, la comunidad archivística internacional celebraba la Semana Internacional de los Archivos en junio de 2025, un doloroso reflejo del “mundo al revés de los archivos”, un mundo en el que los guardianes de la memoria preservan el orden, pero no la justicia. Es una realidad que nos obliga a preguntarnos: ¿cómo es posible que, ante una devastación cultural sin precedentes, las instituciones culturales del mundo sigan siendo incapaces de responder de forma proporcional a su magnitud? Especialmente cuando la Comisión Internacional Independiente de Investigación de las Naciones Unidas vinculó los ataques contra los sitios del patrimonio a posibles crímenes de guerra y a intentos de “erosionar los lazos históricos de los palestinos con la tierra”.
Sin embargo, en medio de este silencio, los palestinos y las redes de solidaridad mundial construyeron sus propios contraarchivos. En junio de 2024, el Archives & Digital Media Lab lanzó la campaña “Archiving Against Genocide”, a la que se sumaron docenas de archiveros y trabajadores de la memoria de todo el mundo. Su declaración condenaba el saqueo y la quema de los archivos de Gaza y pedía solidaridad profesional y acciones éticas contra el borrado cultural.
En este vacío de responsabilidad, donde los mecanismos oficiales fallaron, surgió de las ruinas una nueva forma de práctica archivística: “el archivo digital de la supervivencia”. Con las instituciones reducidas a escombros, los palestinos recurrieron a sus teléfonos y redes sociales como herramientas de preservación. Archiveros, periodistas, estudiantes y familias se convirtieron en custodios de la memoria, documentando los bombardeos, los desplazamientos y la resistencia en tiempo real. Cada foto, vídeo y mensaje se convirtió en una prueba, un fragmento de testimonio colectivo.
Estos esfuerzos dieron lugar a una forma de archivo descentralizada y en red, lo que se puede llamar un “archivo de encuentro”: memoria producida en el momento del peligro, compartida para resistir el olvido. En plataformas como Telegram, X, Instagram, Facebook y TikTok, los palestinos transformaron el testimonio personal en un registro colectivo de la verdad.
A través de esta insurgencia digital, el pueblo de Gaza redefinió el propio archivo. Lo que las instituciones no lograron proteger, las comunidades lo reconstruyeron a través de la documentación y el testimonio. Cada subida se convirtió en un acto de rebeldía, cada conjunto de datos en un monumento contra el borrado. Y de la destrucción surgió un archivo vivo, un archivo de dolor y resistencia que insiste, incluso bajo fuego, en que la memoria pertenece al pueblo. Sin embargo, este nuevo archivo no se alojó en edificios, sino en el ancho de banda. Lo que comenzó como actos individuales de testimonio pronto se convirtió en algo más grande: un frente digital donde la memoria misma se convirtió en el campo de batalla.
Archivos de encuentro: el campo de batalla digital de la memoria
De las ruinas de las bibliotecas y museos de Gaza surgió otro campo de batalla, el campo de batalla digital de la memoria.
Durante casi dos años, mientras las redacciones occidentales debatían “ambos lados”, los habitantes de Gaza retransmitían en directo el hambre, las fosas comunes y las últimas palabras susurradas bajo el fuego. Miles de millones de publicaciones inundaron Instagram, X, TikTok y Telegram. El mundo fue testigo del borrado a través de las manos temblorosas de una madre en Rafah, un médico en Al Shifa, un estudiante en la ciudad de Gaza.
En este nuevo campo de batalla, los palestinos convirtieron las redes sociales en un contraarchivo. No solo recuperaron el poder de narrar, sino que invirtieron la jerarquía global de la narración, rompiendo décadas de monopolio israelí sobre la historia de Palestina. A través de estas herramientas digitales, construyeron lo que Hanine Shehadeh llama una “patria digital flotante”, un archivo disperso y vivo que desafía el borrado al existir en todas partes a la vez. Ante el silencio de las instituciones globales, este “archivo social de un genocidio” se convirtió en el registro más veraz de la guerra, construido desde cero por quienes la vivían. Sus repercusiones fueron globales: las protestas, los levantamientos en los campus y las acciones legales, como el caso de genocidio que llevó Sudáfrica ante la Corte Internacional de Justicia, se nutrieron de esta documentación popular.
Pero este giro ha intensificado la batalla por la narrativa. Habiendo perdido el control de la opinión pública, Israel ha tratado de rediseñar el propio terreno digital. En 2025, se reveló que el gobierno israelí había contratado a la empresa estadounidense Clock Tower X para una campaña de seis millones de dólares destinada a “manipular” los algoritmos de las redes sociales y entrenar a los sistemas de inteligencia artificial, incluido ChatGPT, para generar contenidos proisraelíes para el público más joven, con el fin de inundar las cronologías con narrativas fabricadas.
Además, los gigantes tecnológicos han desempeñado su papel. Bajo el pretexto de la “moderación neutral”, los sistemas algorítmicos de Google y Meta siguen suprimiendo contenidos palestinos, prohibiendo publicaciones, señalando las imágenes de destrucción como “gráficas”, mecanismo que permite silenciar las voces que desafían el consenso occidental.
Esta revelación nos lleva de vuelta a una pregunta fundamental: ¿por qué el archivo es siempre el primero en ser atacado? Derrida nos ayuda a entenderlo a través de la noción del pharmakon: el archivo como veneno y como cura. En todas las épocas, quien controla el archivo controla la narrativa, y quien da forma a la narrativa influye en el público. Este proyecto no se limitaba a la propaganda, sino que era un intento de apoderarse de la propia arquitectura de la memoria y la verdad en la era digital.
Y, sin embargo, el sistema se está resquebrajando. En un giro sorprendente, un bot proisraelí impulsado por IA se rebeló, tildando a los soldados de las FDI de “colonizadores blancos en el Israel del apartheid” y rechazando promover su narrativa. Las mismas tecnologías diseñadas para borrar Palestina comenzaron a exponerla. Resultó que la verdad tiene gravedad: se pueden manipular los algoritmos, pero no se puede borrar lo que millones de personas ya han visto, guardado y compartido.
Esta es la nueva realidad: el archivo ya no está controlado por los poderosos, ahora lo tiene el pueblo. Cada captura de pantalla, cada vídeo descargado, cada repost es un ladrillo en una infraestructura de memoria indestructible. Israel puede bombardear bibliotecas, pero no puede bombardear la nube. Puede censurar hashtags, pero no puede deshacer el torrente de testimonios. El intento de controlar la visibilidad solo ha revelado lo que pretendía ocultar: la persistencia de la memoria palestina, viva y conectada en red en todo el mundo digital.
Luchar contra el borrado: el archivo del pueblo
Ante la ausencia de esfuerzos internacionales para reconstruir la infraestructura archivística palestina, los palestinos, junto con archiveros y académicos, han asumido la tarea de preservar su propia historia. Es sencillo: lo que los Estados no lograron proteger, las comunidades lo reconstruyeron a través de la documentación y la memoria.
A pesar de la censura, los cortes de suministro y las campañas de desinformación, los palestinos han convertido el exilio digital en resistencia epistémica. Sus vídeos, fotos y testimonios no solo han sobrevivido a la eliminación, sino que también han remodelado la propia historia. Sin embargo, ¿es suficiente con sobrevivir? Como observa Jamila Ghaddar, “entre el cierre de Internet y la censura masiva por parte de las empresas de redes sociales, la documentación del genocidio corría un grave peligro”. Por lo tanto, el archivo se convirtió en una necesidad urgente. En respuesta a esta urgencia, y en medio del borrado digital –mientras Meta y Google reforzaban el control algorítmico, suprimiendo el contenido palestino y silenciando las pruebas mismas de las atrocidades–, comenzaron a surgir nuevas iniciativas para documentar y archivar el genocidio.
A partir de este creciente movimiento de resistencia digital, varias iniciativas de base pronto comenzaron a sistematizar y salvaguardar sus pruebas. Entre ellas están “We Are Not Numbers”, “Accountability Archives”, “Israel Exposed” y “Airwars”, que también han intervenido y documentado, verificado y preservado las pruebas de la destrucción, transformando los fragmentos del trauma en los cimientos de futuros archivos. Estos proyectos no se limitan a recopilar datos, sino que crean continuidad. En julio de 2025, por ejemplo, “Israel Exposed” anunció la presentación ante la Corte Penal Internacional de 710 gigabytes de imágenes del genocidio de Gaza, procedentes principalmente de Telegram y recopiladas por el grupo “Evidence Task”. Estos actos de archivo cívico transforman la memoria en testimonio legal, garantizando que lo que se ha presenciado no pueda ser negado.
Entre estas iniciativas se encuentra “Archiving Gaza’s Genocide & the War on Lebanon” (Archivar el genocidio de Gaza y la guerra de Líbano), desarrollado dentro del proyecto “Fighting Erasure” (Luchar contra el borrado). Esta iniciativa, junto con otras, ha convertido el archivo de las redes sociales en el acto de preservación más importante de Gaza: un intento colectivo de capturar lo incontenible. Se han rastreado sistemáticamente miles de cuentas en Instagram, Telegram, TikTok y X para documentar todas las facetas de la guerra, desde los bombardeos y los desplazamientos masivos hasta las expresiones creativas que surgieron como acto de rebeldía. A través de estos rastros digitales, los palestinos y sus aliados en toda la región y el mundo han transformado las redes sociales en un registro vivo de la guerra y la cultura, donde conviven el sufrimiento y la creatividad.
La comedia negra, el arte de protesta, los murales callejeros, los diarios ilustrados, la poesía, los cánticos y las canciones de resistencia circulan junto con testimonios e imágenes satelitales de la destrucción. Las luchas indígenas globales –actuaciones de haka, cánticos ancestrales y canciones compartidas de duelo– se han entrelazado con la voz de Gaza, formando un coro transnacional de solidaridad. En esta convergencia, las redes sociales se convierten en algo más que un testigo: se convierten en un archivo vivo del rechazo de la humanidad a olvidar, preservando no solo las pruebas de las atrocidades, sino también el pulso de la propia supervivencia cultural.
Estas iniciativas marcan un punto de inflexión: han eludido las instituciones y las jerarquías, han recuperado la autoría y han convertido el testimonio en una forma de supervivencia. A través de ellas, el archivo revela su verdadera identidad como herramienta de preservación, protegiendo la historia para que no sea borrada.
Así, en “el mundo al revés de los archivos”, los palestinos han hecho lo inesperado: lo han puesto del derecho. Han marcado una nueva era en la práctica archivística palestina, donde el archivo, que antes era una herramienta de los Estados y los imperios, ahora vive en la nube, en discos duros y en manos de quienes se niegan a mirar hacia otro lado. Lo que se diseñó para borrar, ahora se conserva; lo que se buscaba silenciar, ahora habla.
Y en Gaza, el borrado ha fracasado./