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Tendencias económicas

Economía azul: motor de cambio, integración y resiliencia regional

Jérémie Fosse
Co-founder and president of eco-union

El Mediterráneo es una anomalía económica: un mar relativamente pequeño, con una densidad excepcional de usos, infraestructuras, ciudades, rutas, y una concentración de actividad productiva que lo convierte en un “corazón azul” para las economías nacionales. También es un punto caliente ecológico: ecosistemas frágiles, contaminación ambiental, pérdida de biodiversidad, presión sobre el litoral y, cada vez más, episodios climáticos extremos debido al calentamiento global. En ese cruce de fuerza y fragilidad, la economía azul aparece como una promesa de prosperidad, pero también una fuente de vulnerabilidad: ¿cuántos empleos dependen del buen estado del mar? ¿Qué impacto ambiental tienen estas actividades económicas? ¿Qué actores ganan o pierden con la transición ecológica? Y, ¿cómo acelerar la adaptación al cambio climático y la resiliencia a los shocks externos?

La respuesta es que el Mediterráneo ya vive de la economía azul, pero todavía no la gobierna ni la gestiona como un activo crítico y compartido. Y esa es precisamente la oportunidad: convertir un conjunto disperso de sectores en una palanca coherente de transformación ecológica, bienestar social e integración económica.

El valor de la economía azul

Dos conceptos financieros permiten entender el valor económico del mar: el “producto marino bruto” (gross marine product), es decir, el valor anual de las actividades productivas vinculadas al mar, y el “fondo de riqueza compartida” (shared wealth fund), entendido como el valor del “activo” natural del Mediterráneo (costas productivas, praderas marinas, captura de carbono, etc.). Con esa metodología, se estima que las actividades relacionadas con el mar Mediterráneo generan 450.000 millones de dólares anuales, lo que la convierte en la quinta economía de la región, por detrás de Francia, Italia, España o Turquía. Aunque el Mediterráneo representa solo el 1% del área oceánica mundial, concentra alrededor del 20% del producto marino bruto global (Randone, 2017).

Mirando el mar como un activo financiero, la riqueza compartida del Mediterráneo alcanza 5,6 billones de dólares, con las costas productivas representando el 83% del valor. En otras palabras: el mar Mediterráneo es una infraestructura económica esencial de escala regional cuyo deterioro tiene implicaciones directas sobre el empleo, la inversión y la estabilidad territorial (Randone, 2017).

Un motor económico sobre un mar (sobre)presionado

En la Unión Europea, los sectores tradicionales de la economía azul emplearon 4,82 millones de personas, generaron 891.000 millones de euros de facturación y 251.000 millones de euros de valor añadido bruto en 2022. El turismo costero sigue siendo el mayor sector, representando el 53% del empleo y el 33% del valor añadido de la economía azul europea, en recuperación total tras el shock de la pandemia (Comisión Europea, 2025).

Este patrón se refuerza en el Mediterráneo: la economía azul no es solo puertos o pesca; es, sobre todo, una mezcla de servicios (turismo) e infraestructuras (puertos y transporte), con cadenas de valor integradas y globalizadas que van desde la logística y la construcción naval hasta la distribución alimentaria, la gestión de residuos y el tratamiento de aguas.

Turismo costero y marítimo, un sector en riesgo

El turismo mediterráneo ha sido un motor de crecimiento durante décadas. Pero su éxito tiene dos caras: crea empleo y renta, pero también concentra presión en épocas y áreas de escasez de agua, tensiona vivienda y servicios públicos y degrada ecosistemas que son, precisamente, la base de su atractivo. En el Mediterráneo, esto se traduce en dependencia territorial: muchas economías locales se basan en el turismo, lo que aumenta su exposición a shocks externos (eventos climáticos, crisis geopolíticas) o internos (falta de personal, trabajos precarios) que alteran flujos y empleos.

La cuestión económica central ya no es solo cuántos turistas llegan, sino qué valor generan y qué coste inducen. En términos de competitividad, un turismo que agota recursos hídricos, colapsa infraestructuras y erosiona el litoral es, a medio plazo, un turismo que se encarece, pierde calidad y reduce resiliencia. En términos de política, la transición del turismo costero pasa por cuatro palancas: desestacionalización, movilidad baja en carbono, eficiencia hídrica y energética, y fiscalidad turística con retorno visible en adaptación y protección del litoral. Si el Mediterráneo quiere que el turismo contribuya a la paz social, y no a la polarización local, debe demostrar que los beneficios se redistribuyen y que los costes ambientales se corrigen.

Puertos y transporte marítimo, nodos de la transición

El Mediterráneo es un corredor global. Sus puertos conectan rutas euroasiáticas, flujos energéticos y cadenas logísticas. Más allá del comercio, aquí se juega la transición ecológica. Electrificación de muelles, eficiencia energética, combustibles alternativos, digitalización de operaciones, control de emisiones y calidad del aire en ciudades portuarias son parte central de la sostenibilidad ambiental, económica y social.
La agenda climática y regulatoria empuja cambios acelerados hacia la transición energética del transporte marítimo y soluciones basadas en la naturaleza frente a las erosiones costeras. Los puertos pueden ser polos de innovación (energía, digitalización, logística verde), pero también pueden convertirse en puntos de fricción si la transición genera costes sin mecanismos de apoyo, especialmente en la orilla sur y este, donde el coste de capital suele ser mayor.

Pesca y acuicultura, claves para la seguridad alimentaria

La pesca pesa menos en el PIB que el turismo o la logística, pero es vital en la cohesión social, empleo local y seguridad alimentaria. En el Mediterráneo, el sector de pesca y acuicultura supera 1,5 millones de toneladas de producción total (55% pesca, 45% acuicultura), genera alrededor de 18.000 millones de euros de ingresos (40% pesca, 60% acuicultura) y sostiene más de 700.000 empleos a lo largo de la cadena de valor (UpM, 2025).

La sostenibilidad es un activo estratégico: stocks sobreexplotados implican menor productividad futura, mayor volatilidad de ingresos y pérdida de tejido local. La transición digital (datos, trazabilidad, monitoreo) aparece como una oportunidad para mejorar la gestión y el valor añadido, especialmente si apoya a la pesca artesanal, la seguridad alimentaria, el empleo digno y la cohesión comunitaria.

Energías marinas renovables, crecimiento y conflictos de uso

Las renovables marinas, en particular la eólica offshore, han dejado de ser una tecnología de futuro para convertirse en un vector económico con efectos en toda la cadena de valor: ingeniería, construcción naval, logística portuaria, operación y mantenimiento, digitalización, formación técnica y nuevos servicios especializados. En Europa, el despegue del sector se ha vinculado a dos objetivos estratégicos: seguridad energética para reducir la dependencia de combustibles importados y descarbonización para cumplir con los objetivos de cero emisión en 2050. Esta doble narrativa, industrial y climática permite justificar inversiones públicas, acelerar permisos y movilizar capital privado.

En el Mediterráneo, sin embargo, el reto no es solo tecnológico, sino territorial. El mar está “ocupado” por rutas de navegación, áreas de pesca, zonas de alto valor ecológico, turismo costero, cables, infraestructuras, áreas militares, y una pluralidad de usos locales. Por eso, cada nuevo proyecto offshore enfrenta dificultades para encontrar el espacio adecuado, con vientos suficientes y estables, sin impactar el ecosistema marino cercano. En un contexto de alta sensibilidad ecológica y de economías costeras dependientes del turismo y la pesca, la legitimidad social se obtiene con procesos de participación inclusivos, datos transparentes y mecanismos de reparto de beneficios.

Residuos, aguas y economía circular, el sector invisible

La economía azul puede generar beneficios económicos, pero también “subproductos” negativos: residuos, plásticos, aguas sucias, nutrientes o vertidos que a menudo se envían al mar sin control. Esa invisibilidad es una trampa. Si los costes ambientales no se internalizan, pagamos dos veces. Primero con degradación ambiental y pérdida de atractivo, y después con gasto público para reparar daños. En el Mediterráneo, donde el turismo concentra presión estacional y las ciudades costeras crecen, la gestión de residuos y del agua se convierte en una cuestión económica central.

La economía circular es más que un marco normativo europeo: es una estrategia de competitividad. Reducir plásticos y mejorar la recogida y reciclaje disminuye la basura marina, pero también reduce costes para municipios turísticos, protege sectores como el turismo y la pesca, y puede crear empleo local en logística, reparación, reutilización y valorización. Lo mismo ocurre con el agua: mejorar tratamiento de aguas residuales, reutilización y eficiencia hídrica es una póliza de seguro para destinos turísticos en regiones cada vez más secas. En la práctica, estos proyectos suelen ser menos “glamurosos” que un gran puerto o un parque eólico, pero tienen ventajas económicas: retornos en salud pública y atractivo territorial, reducción de riesgos físicos vinculados al clima, y creación de empleo distribuido, con pymes y servicios locales.

Un mar compartido y gestionado

El hilo conductor que une turismo, renovables, pesca y puertos es el espacio. En un mar congestionado, la economía azul depende menos de crecer sector por sector y más de cómo se ordenan los usos y se reducen conflictos. La ordenación del espacio marítimo y la gestión integrada de la costa permiten disminuir incertidumbre, reducen litigios, facilitan permisos, mejoran coordinación entre administraciones y, en última instancia, hacen financiables proyectos que, de otro modo, quedarían atrapados entre contestación social y riesgo regulatorio.

Esto es especialmente importante en el Mediterráneo porque la densidad de usos y la diversidad institucional son altísimas. La misma infraestructura puede ser vista como oportunidad o amenaza según el territorio: un parque eólico puede significar empleo industrial para un puerto, pero pérdida de paisaje para un destino turístico; una área protegida puede significar recuperación de biodiversidad, pero restricciones para pesca; un corredor marítimo puede significar competitividad logística, pero contaminación atmosférica en ciudades portuarias. La gobernanza espacial no elimina estos dilemas, pero permite gestionarlos con reglas claras: zonificación, evaluación de impactos acumulativos, datos compartidos y mecanismos de compensación o co-beneficios.

Financiar la transición

Sabemos que la transición ecológica es cara. La electrificación de puertos, los combustibles descarbonizados, la adaptación costera, la restauración de ecosistemas, el tratamiento de aguas, la circularidad de residuos, la digitalización pesquera o la reconversión turística requieren inversiones masivas y sostenidas en el tiempo. Solo en la Unión Europea, el esfuerzo necesario para la transición se estima en más de 800.000 millones de euros al año, alrededor de 4,9% del PIB anual (I4C, 2025). En el Mediterráneo, además, el desafío es doble: movilizar capital y hacerlo de forma convergente entre orillas, evitando una transición a dos velocidades que aumente vulnerabilidades donde el coste del capital ya es más alto.

Aquí conviene distinguir tres mecanismos de financiación. La financiación pública (subvenciones y programas) es imprescindible para bienes públicos regionales: ecosistemas, ciencia, datos, planificación marítima y adaptación. La financiación de mercado (préstamos e inversión) es clave para infraestructuras y empresas, pero depende de estabilidad regulatoria, retornos claros y riesgos controlados. Entre ambas se sitúa la financiación híbrida (blended finance): usa recursos públicos para reducir riesgo (garantías, tramos first-loss, asistencia técnica) y así movilizar inversión privada hacia proyectos con impacto y retorno a medio plazo.

Instrumentos innovadores como los bonos azules y los incentivos fiscales verdes y azules pueden corregir fallos de mercado, enviar señales de precios y acelerar la inversión. Pero el verdadero cuello de botella suele ser operativo: conectar inversores con proyectos maduros. No faltan ideas; faltan proyectos “bancables” con permisos, datos, métricas de impacto, salvaguardas ambientales y sociales, y una estructura financiera replicable. Por eso, las prioridades prácticas pasan por construir carteras agregadas (por ejemplo, varios municipios o destinos turísticos), reforzar la asistencia técnica para preparar proyectos, y establecer marcos de medición y verificación que den confianza al capital. En economía azul, financiar la transición es, en gran medida, financiar la capacidad de convertir buenas intenciones en proyectos listos para ejecutarse.

El giro hacia la sostenibilidad

a Estrategia Mediterránea de Desarrollo Sostenible, adoptada en el marco del Convenio de Barcelona, marca un giro claro: sitúa el cambio climático como primera prioridad regional y refuerza líneas de acción que están directamente conectadas con la economía azul. Entre ellas destacan el despliegue de energías renovables, las soluciones basadas en la naturaleza para la adaptación costera, la planificación marítima y la gestión integrada del litoral, el impulso de modelos circulares (residuos, plásticos, agua) y, de forma cada vez más central, el fortalecimiento de finanzas sostenibles. La estrategia incorpora explícitamente el objetivo de “acelerar la transición hacia una economía verde, azul y circular y finanzas sostenibles”, y abre la puerta a un marco mediterráneo de finanzas sostenibles capaz de canalizar capital hacia inversiones alineadas con resiliencia y protección del capital natural.

Este énfasis importa por dos razones. La primera es conceptual: conecta economía azul y resiliencia, evitando que el “azul” se reduzca a crecimiento sectorial y recordando que el activo económico principal es el propio mar. La segunda es geopolítica y distributiva: coloca sobre la mesa la convergencia entre orillas. Si el Mediterráneo aspira a seguridad y estabilidad, debe reducir asimetrías de capacidad y financiación: no puede haber transición “solo en el norte” y vulnerabilidad “solo en el sur”, porque los riesgos climáticos y ecológicos –y sus efectos económicos– se propagan a escala regional.

Diplomacia azul

En el Mediterráneo, la cooperación rara vez avanza por grandes tratados; suele avanzar por proyectos, plataformas, estándares y redes. Por eso la hoja de ruta de la Unión por el Mediterráneo (UfM) resulta especialmente útil: compila iniciativas, identifica vacíos y apunta caminos para acelerar la implementación. El diagnóstico, sin embargo, es claro: abundan los proyectos piloto y las plataformas, pero la capitalización –escalar, consolidar y replicar lo que funciona– sigue siendo minoritaria. En una región donde los choques son cada vez más frecuentes, pasar del piloto al despliegue es tan importante como diseñar buenas estrategias.

La economía azul es también un vector de cohesión e integración porque obliga a una cooperación transnacional y transectorial. La contaminación y la pérdida de biodiversidad no conocen fronteras; la seguridad marítima, las disrupciones logísticas y los eventos extremos afectan a todos; la pesca depende de reglas comunes; y la adaptación costera requiere coordinación científica y financiación sostenida. Incluso cuando la geopolítica bloquea, el mar impone pragmatismo: nadie gana con un Mediterráneo degradado, inseguro o económicamente dualizado.

Para que esa “diplomacia azul” funcione, se necesitan tres condiciones. La primera es datos compartidos y métricas comunes, para que el debate deje de ser ideológico y se convierta en una discusión verificable sobre impactos, costes y beneficios. La segunda es mecanismos financieros de convergencia, que reduzcan brechas de coste de capital y de capacidad para preparar proyectos bancables, especialmente entre orillas. La tercera es gobernanza espacial y participación, porque sin legitimidad social la transición (offshore, áreas protegidas, regulación turística, infraestructuras portuarias) se convierte en conflicto y aumenta el riesgo para la inversión. Con estas tres condiciones, la economía azul puede transformarse en una forma de diplomacia práctica: menos declaraciones y más resultados, medibles y compartidos.

Resiliencia de la economía azul

En el Mediterráneo, hablar de resiliencia significa ir más allá de “adaptarse” al clima. Implica actuar sobre varios vectores que se retroalimentan: estabilidad del empleo en territorios costeros, reducción de tensiones por vivienda y recursos (agua, energía, espacio), menor exposición a shocks energéticos y a disrupciones logísticas, cooperación en seguridad alimentaria y reglas pesqueras, y capacidad de gestionar migraciones inducidas por clima y desigualdad. La resiliencia, en suma, es la capacidad de sostener prosperidad y cohesión social en un contexto de choques recurrentes.

La economía azul es la economía de la interdependencia. Y en el Mediterráneo, aprender a gestionar interdependencias es la forma más realista de construir prosperidad y de reducir conflictos

Desde esta perspectiva, la economía azul puede aportar resiliencia a través de tres palancas. La primera es crear empleo decente y local, especialmente para jóvenes y mujeres, reduciendo la dependencia de trabajos estacionales precarios. Esto requiere cualificación (blue skills), diversificación del modelo turístico y nuevas cadenas de valor asociadas a la transición (puertos verdes, circularidad, mantenimiento offshore, servicios digitales). La segunda palanca es evitar la degradación del capital natural. Un litoral degradado no es solo un problema ambiental: es un balance económico en números rojos (pérdida de atractivo turístico, caída de productividad pesquera, mayores costes por daños y por salud pública), y esas pérdidas acaban traduciéndose en tensiones sociales. La tercera palanca es redistribuir beneficios y costes. Sin mecanismos visibles de reparto –fiscalidad finalista, inversión pública local, participación y retornos tangibles– la economía azul se percibe como extractiva y se erosiona su legitimidad. Con ellos, en cambio, puede convertirse en un motor de estabilidad territorial: más resiliencia climática, más aceptación social y menos conflicto en torno a usos y proyectos.

Cuatro prioridades para una economía azul sostenible

  1. Medir más para decidir mejor. Sin datos sólidos y estadísticas comparables, el “azul” corre el riesgo de convertirse en blue washing. Mejorar la medición, con indicadores estandarizados, metodologías compatibles y transparencia institucional permite orientar la inversión, evaluar impactos y diseñar políticas basadas en evidencia. También ayuda a visibilizar costes hoy ocultos (degradación ambiental, limpieza, salud pública) y a comparar de forma justa entre territorios y sectores.
  2. Hacer madurar los proyectos de transición. La mayoría de iniciativas se quedan en fase piloto por falta de asistencia técnica, capacidad administrativa y estructuras financieras replicables. Para pasar a escala, es clave construir carteras de proyectos (por ejemplo, adaptación costera, reutilización de agua, eficiencia hídrica en destinos turísticos o circularidad de residuos), que ganen tamaño, reduzcan costes de transacción y resulten atractivas para bancos e inversores. Aquí, la preparación de proyectos es tan importante como la financiación.
  3. Gestionar colectivamente el espacio. En un Mediterráneo congestionado, la planificación espacial marítima y la gobernanza integrada del litoral son imprescindibles para compatibilizar usos y evitar conflictos: pesca, turismo, transporte, conservación, renovables y urbanización compiten por el mismo territorio. El reto es convertir la planificación en práctica habitual, con participación real, datos compartidos y coherencia entre decisiones “en tierra” y “en el mar”, incluyendo evaluación de impactos acumulativos y mecanismos de compensación o co-beneficios.
  4. Convertir la transición en convergencia. Una economía azul sostenible no puede avanzar a dos velocidades. Reforzar la cooperación transnacional en capacidades, estándares, ciencia, financiación y preparación de proyectos es esencial para reducir la brecha de inversión y evitar hubs avanzados frente a periferias vulnerables. Sin convergencia, aumentan los costes sociales y geopolíticos; con ella, la transición azul puede convertirse en un proyecto regional de estabilidad: más resiliencia, más empleo local y menos desigualdad entre orillas.

Una transición inevitable

La economía azul mediterránea ya existe: sostiene empleo, comercio y territorios. La pregunta no es si debe desarrollarse, sino qué modelo la guiará. La evidencia reciente apunta que el futuro económico regional depende de la salud del mar y de la capacidad de financiar la transición. La OCDE recuerda el peso global del océano en empleo y valor añadido y advierte de escenarios donde los riesgos climáticos y de productividad pueden frenar su crecimiento. La Comisión Europea muestra que, incluso en economías avanzadas, el turismo costero domina pero se contrae más rápido que el resto de los sectores por su dependencia a shocks externos. En el Mediterráneo, la pesca y acuicultura siguen siendo esenciales en seguridad alimentaria, y la gobernanza costera se está convirtiendo en una herramienta crítica por la densidad de usos.

Si el Mediterráneo quiere que la economía azul sea motor de transformación, resiliencia y paz, necesita un último salto: pasar de la suma de sectores a un proyecto compartido. No es una utopía institucional; hace falta pragmatismo económico: medir, planificar, financiar, redistribuir y cooperar. En un mar donde todo está conectado, la economía azul es, en el fondo, la economía de la interdependencia. Y en el Mediterráneo, aprender a gestionar interdependencias es la forma más realista de construir prosperidad y de reducir conflictos./

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