De Irak al Magreb, una región en cambio

Los países árabes han optado por mirar hacia Occidente más que Oriente, sin que eso quiera decir que exista una verdadera cultura de la democracia.

Mohamed Tozy, profesor de Ciencias Políticas en Casablanca

El 2 de febrero de 2005, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, anunciaba que unas reformas llenas de esperanza se estaban poniendo en marcha en un territorio discontinuo y abigarrado que dibuja un arco virtual y virtuoso desde Marruecos a Jordania y Bahrein. Las elecciones iraquíes, pese a la violencia extrema que las ha acompañado, han sido consideradas un enorme avance y saludadas como el preludio de una democratización, reafirmada por un porcentaje de participación excepcional visto el clima de inseguridad; la gestión por los palestinos de la sucesión de Yasir Arafat y las elecciones presidenciales que se celebraron a continuación; la “revolución pacífica de los cedros” que ha obligado a los sirios a abandonar Líbano sin que degeneren las provocaciones mediante coches bomba, de las que ha sido víctima nuestro compañero Samir Kassir, asesinado a comienzos de junio de 2005; así como la agitación en las calles egipcias y la fuerte oposición que encuentra la hipótesis de una enésima elección de Hosni Mubarak o, en su defecto, el establecimiento de una república hereditaria, llevan a algunos comentaristas americanos y europeos a afirmar que asistimos a una “primavera árabe” en los países de Oriente Próximo y el Magreb.

Esta hipotética primavera árabe vendría a legitimar, a posteriori, la invasión de Irak y la caída del régimen de Sadam Husein. El coste de la guerra llevada a cabo por EE UU en Afganistán y en Irak se ve así muy reducido y la hipótesis de una guerra por la democracia se volvería repetible e incluso deseable por parte de las elites árabes, sobre todo, la expatriada. La pregunta que podemos hacernos desde los márgenes del mundo árabe, cuya dinámica no es ni audible ni tomada en serio, es la siguiente: si los países árabes no podrían, tarde o temprano, escapar al proceso de modernización acelerada con su ración de urbanización anárquica, escolarización masiva, individualización y disminución de los vínculos de solidaridad tradicional que vuelven imposible o, al menos, difícil una gestión patrimonial de los recursos y un modo de gobierno basado en una instrumentalización de la religión y de la historia mítica de los árabes, tampoco podemos volver a caer en el mito de la varita mágica y creer a pies juntillas en el advenimiento de una “primavera árabe”.

No se trata aquí de un pesimismo de buena calidad, según el cual los países que constituyen lo que habitualmente se denomina el mundo árabe se transforman a un ritmo sostenido. Estas mutaciones violentas remiten a enormes conflictos entre generaciones que inducen a estas sociedades a regresiones, desvíos y a la adopción de un ritmo caótico que da pie al pesimismo. Lo honrado sería que empezáramos a refutar algunas cosas, como considerar la categoría “mundo árabe” inclusiva, sólo porque se supone que hablamos el mismo idioma y reivindicamos la misma historia, lo cual es falso.

Creer de entrada, sin espíritu crítico, en el discurso de los actores es consolidar los estereotipos que generan unas políticas esquemáticas que llevan a dar rodeos. En efecto, cuando se observa el mundo árabe, sorprende el hecho de que se trata de una construcción que va a contracorriente de los itinerarios históricos territorializados de cada entidad que lo compone, de cada país en el sentido ecológico de la palabra. Si hay algo que ha tenido éxito son precisamente las construcciones autoritarias de los nacionalismos situados en las fronteras legadas por la colonización.

Estos Estados-nación dan la espalda, con razón, a la nación árabe que se ha convertido en un referente mítico más cercano a la visión mística que a la realidad. En el informe del PNUD sobre el desarrollo humano de 2002, dedicado a la cuestión de la “democracia en un mundo fragmentado”, los autores recuerdan que el número de regímenes autoritarios sólo se ha reducido hasta 30, mientras que los demás países están “en transición”. Así, la investigación se encuentra ante una zona gris cuyo perfil resulta difícil de esbozar. En esta zona conviven países como Kuwait, los Emiratos Árabes y Marruecos.

La idea de una democracia a punta de fusil

La ciencia política de las áreas estudiadas, parte implicada en el proyecto del Gran Oriente Medio, está cada vez más inmersa en un paradigma prescriptivo que inscribe la memoria en un horizonte insuperable, hasta el punto de tratar el mundo árabe como una excepción cultural a la que únicamente una intervención enérgica exógena puede librar de los extravíos patrimonialistas. Esta ciencia del poder tiene tendencia a quitarse de encima la cuestión del autoritarismo y sus diferentes manifestaciones.

Trata el autoritarismo como una categoría residual y se obliga a contemplar todos los países a partir de la referencia democrática, dentro del marco de una especie de nuevo ideal positivista en el que estarían comprometidos explícitamente todos los sistemas políticos, unas veces por convicción, en la creencia de que van a conciliar las desviaciones autoritarias y los mecanismos de la representación habilitando unos espacios de competición desactivada, y otras veces por astucia, para atraerse los favores de los inversores para quienes la democracia es la opción racional por excelencia, como lo sería asimismo el mercado o el liberalismo económico (Jean Leca, “L’hypothèse totalitaire dans le tiers monde; les pays arabo-musulmans”, en Guy Hermet (dir.): Totalitarisme, París, Economica, 1984.) Para calificar estas situaciones híbridas, los politólogos no han dudado en echar mano de asociaciones de conceptos incompatibles: “autocracia liberalizada” o “democracia controlada”…

El programa de reformas de rigor se esfuerza en disociar los indicadores medibles de la historia de los modos de apropiación de estas reformas y de la realidad del reparto del poder, determinando por encima los efectos pedagógicos de un cambio gradual y sectorial y sacrificando una orientación apegada a los procesos de reinvención de los mecanismos de dominación y a la capacidad de adaptación de los regímenes autoritarios ante los imperativos de buena gobernanza y el rendimiento económico.

Dentro de esta perspectiva, la celebración de elecciones en Afganistán e Irak nos libraría de ver la hegemonía del tribalismo y la neutralización de la aparición de una ciudadanía iraquí liberada de las lealtades confesionales y étnicas, a través de la opción americana de la confesionalidad y de la etnicidad como modos de estructuración de las tendencias políticas. Para los estrategas de la democracia en marcha, lo esencial son los indicadores de resultados de los mecanismos y no la adopción de valores que provocarían una ruptura con las herencias del pasado.

Por consiguiente, no sería extraño ver a Qatar como una pequeña dictadura petrolera erigida en modelo exitoso de reformas políticas, sólo porque Al-Jaziraemite desde ahí, o a los Emiratos Árabes, saludados como el gran mercado mundial, modelo incontestado del triunfo del liberalismo sin decir ni una palabra sobre el sistema político de prebendas, y aún menos sobre la suerte de la mayoría de los residentes asiáticos o magrebíes privados de sus derechos elementales como mano de obra inmigrante.

La categoría de mundo árabe

Vista desde el Magreb, la categoría “mundo árabe” indispone, no porque el carácter bereber gane terreno y porque en la especificidad árabe haya una especificidad magrebí todavía más remisa a la sistematización. El malestar procede del hecho de que los analistas parecen ignorar las trayectorias históricas de estos países, que han iniciado desde hace tiempo unas reformas mucho más consistentes. Esto no quiere decir que la democracia se haya convertido en una cultura, en absoluto.

Como mucho, estos países parecen haber optado a través de su sociedad civil por vincular su futuro más a Europa que a Oriente. Su punto de mira está orientado más hacia Turquía y la apuesta de que pueda romper la excepcionalidad musulmana, integrándose en Europa con sus islamistas convertidos en islamodemócratas a fuerza de compromisos políticos, que hacia las reformas introducidas por los siervos de los santos lugares (Arabia Saudí) dirigidas a crear ayuntamientos y un parlamento elegido.

Durante la última semana de mayo de 2005, el Banco Mundial (BM), que publicó en 2002-03 cuatro informes sobre la región MENA (Oriente Próximo y África del Norte), organizó un seminario en Túnez capital que reunió a un centenar de personalidades magrebíes. (Los cuatro informes son: Por una mejor gobernanza en los países de Oriente Próximo y África del Norte; Desigualdad entre sexos y desarrollo en Oriente Próximo y África del Norte; Intercambios comerciales, inversiones y desarrollo en la región de Oriente Próximo y África del Norte; y Valorizar las posibilidades de empleo en los países de Oriente Próximo y África del Norte, Ediciones Banco Mundial y ediciones ESKA, 2004). Esta reunión es una especie de reconocimiento del fracaso de la categoría “mundo árabe”.

Uno de los informes, que trata de la cuestión de la gobernanza, encontró problemas para ser admitido por el conjunto de los regímenes de Oriente Próximo, pese a múltiples concesiones. En efecto, para cubrir la zona MENA, el estilo adoptado por los redactores se vio obligado a edulcorar las definiciones más importantes para que fueran mejor recibidas por los regímenes con mayor retraso en el ámbito de la gobernanza.

También tuvieron que aceptar algunas contradicciones. Por ejemplo, recurrir en ocasiones a una referencia tradicional para ilustrar el caso de la buena gobernanza; lo que no ilustra forzosamente lo que hoy se podría denominar “la buena gobernanza” en su forma moderna: hacer referencia a las declaraciones del segundo califa o a la consulta como preludio para la democracia. Por otro lado, la definición que se realiza de los parlamentos árabes elimina la representatividad electiva como principal fuente de legitimidad.

Pese a estas concesiones, el informe no ha sido admitido tal y como está, lo que ha obligado en cierto modo al BM a reorientarse hacia el Magreb, considerado una categoría más homogénea y que permite unas discusiones de fondo sobre estas cuestiones pese a la vigilancia del país organizador, el Túnez de Zine el Abidin Ben Alí. Esta reunión tuvo cierto éxito, no porque el Magreb sea más democrático, sino sencillamente porque las comparaciones son posibles sin que cuestiones tan banales como la ley como único vínculo entre ciudadanos, la representatividad electiva o la participación de la mujer en la política se vuelvan subversivas.

La cumbre árabe de Argel (marzo de 2005) es otra oportunidad para subrayar las dificultades encontradas por la entidad “mundo árabe”. Una simple visita a los diferentes foros de Internet que han seguido esta manifestación muestra la desilusión del ciudadano “árabe”, sobre todo porque esta cumbre ha evitado sutilmente tratar las reformas políticas internas. Lo más notable fue la visita del rey de Marruecos, Mohamed VI, a Argel y la presencia del presidente de gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, en la cumbre, donde la iniciativa por la paz nació muerta tras ser rechazada por Israel.