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Co-edition with Estudios de Política Exterior
Oriente Próximo, modelo 2006
Éste ha sido el año de la violencia, la desestabilización y el terrorismo: la cooperación entre la comunidad internacional y el mundo árabe cambiaría la situación.
Samuel Hadas
Oriente Próximo, acosado por los conflictos y la sospecha durante décadas, está al borde de la euforia. Se vislumbra una oportunidad sin precedentes para avanzar decididamente hacia la paz en esta región”. Esto escribe, en julio de 1999, el ex secretario de Estado de Estados Unidos, Henry Kissinger. Desde entonces, Oriente Próximo ha estado “al borde de la euforia” una y otra vez. Pero la ventana de oportunidad, abierta trabajosamente una y otra vez, fue cerrada de forma estrepitosa, también una y otra vez. Para resumir el año que nos deja, podríamos decir, a la manera del bromista, que ha sido peor que el anterior aunque probablemente sea mejor que el próximo. No fueron pocos los que al inicio de 2006 emitieron previsiones aperturistas para la región, anticipando un clima de cambio. Pero Oriente Próximo nos ha demostrado con harta frecuencia que muchas de las previsiones de expertos no han sido otra cosa que wishful thinkings. Oriente Próximo casi siempre ha decepcionado a los futuristas: lo imprevisible ha sido una constante en su historia.
Evidentemente, 2006 ha sido un año poco misericordioso para un Oriente Próximo afectado desde tiempos inmemoriales por guerras y conflictos. “La región hace frente a su peor crisis en años como consecuencia de la guerra en Líbano y la creciente violencia en los territorios (palestinos) ocupados” declaró el ministro de Asuntos Exteriores español, Miguel Ángel Moratinos, en la reunión ministerial FOROMED de Alicante (octubre 2006). El régimen teocrático de Teherán continuó su carrera armamentista nuclear y la implementación de su proyecto de hegemonía regional sin que la comunidad internacional logre detenerlo. La crisis iraquí no solo está lejos de finalizar, sino que la violencia amenaza con desembocar en una guerra civil.
La guerra en Irak ha sido costosa desde el punto de vista político para EE UU, profundizando el encono del mundo árabe contra su política. El conflicto palestino- israelí alcanzó nuevas cotas de violencia: Gaza arde y los enfrentamientos internos pueden desembocar en una guerra civil mientras israelíes y palestinos se encuentran al borde de la tercera intifada. Líbano acaba de padecer una guerra que no era la suya y cuyas consecuencias, internas y externas, aún están en proceso de gestación. Siria prosigue proporcionando santuario a organizaciones terroristas y por su territorio siguen afluyendo hacia Irak los elementos terroristas que contribuyen a desestabilizar este país. En Darfur, Sudán, el sistemático genocidio por parte de su gobierno continúa sin que la comunidad internacional pueda hacer nada por impedirlo. Algunos países se sienten amenazados por un fundamentalismo religioso cada vez más militante, que busca imponer su concepción de vida a toda la población mientras se profundiza la recesión económica en la región. En síntesis, 2006 ha sido el año de la violencia, de la desestabilización y del terrorismo.
El caos iraquí
La ocupación de Irak, como escribiera en su momento el semanario americano Newsweek, ha sido una empresa masiva llevada a cabo “con poca planificación y excesiva arrogancia”. Mientras aumenta el caos y la violencia, EE UU enfrenta un serio dilema: el establecimiento de un sistema democrático podría exigir una prolongada permanencia de sus fuerzas. Pero a medida que se alarga su presencia, aumenta el antagonismo en la población. Si antes de la guerra los neoconservadores de la administración del presidente George W. Bush consideraban que una vez que el dictador iraquí fuera destituido, su política estabilizaría el Irak de la posguerra y que este país se transformaría aceleradamente en una democracia modelo en la región, hoy tienen poca o ninguna esperanza de que esto suceda en un futuro previsible.
La invasión de Irak es un puro fiasco, sentencia Hans Blix, quien fuera el jefe del equipo de inspectores de la ONU en Irak, agregando que la situación es hoy peor a la existente bajo la dictadura de Sadam Husein. Es evidente que si Washington retira sus fuerzas militares de Irak, dejaría al país al borde de la guerra civil, pero de no hacerlo, difícilmente pueda contribuir a lograr su estabilización. Diga lo que diga el presidente Bush, la cuestión no es si EE UU puede vencer en Irak. El único interrogante es, editorializa el New York Times, si EE UU puede lograr salir de allí sin dejar detrás una interminable guerra civil que disemine caos y sufrimiento en todo Oriente Próximo y engendre terrorismo en otras regiones del mundo.
La primavera libanesa
En Líbano, el asesinato de su ex primer ministro, Rafik Hariri, en 2005, constituyó un revulsivo de la política libanesa que culminó con la evacuación de las fuerzas militares sirias de ese país: el gobierno de Bashar el Assad no pudo seguir ignorando la creciente presión internacional para que pusiese fin a una ocupación que se prolongó casi tres décadas. La guerra Israel-Hezbolá de este verano ha demostrado de nuevo, si hacía falta, que Líbano sigue siendo territorio utilizado por gobiernos extranjeros, en particular Irán y Siria, como instrumento para la ejecución de sus aspiraciones hegemónicas en la región, en este caso, concretamente a través de la instrumentalización de la organización fundamentalista radical libanesa.
La guerra en Líbano ha demostrado asimismo los conflictos de intereses existentes en el mundo árabe. Y si la calle árabe ha reaccionado con notable hostilidad hacia Israel, algunos de sus gobiernos han expresado reservas ante la actuación de Hezbolá y sus benefactores. Si supera la situación actual, Líbano podría desempeñar un papel esencial en la búsqueda de una vía árabe hacia la modernidad, en vistas a vencer el ciclo estéril de regresiones y huídas hacia adelante en que hoy se halla inmerso el mundo árabe, escribe Samir Frangie, analista político libanés. Pero Líbano, acosado por quienes buscan manejar su situación, está muy lejos de que esto suceda. Por lo menos, mientras la comunidad internacional sea incapaz de ayudarle a obtener su plena soberanía.
Palestinos e israelíes
En lo que respecta al conflicto palestino-israelí, lo que es evidente es que el staus-quo no es una opción, pero cada vez que se entreabre nuevamente un resquicio en la ventana de oportunidad, en lugar de la brisa esperanzadora que muchos presagian, soplan violentas ráfagas de renovados vientos de guerra que la cierran estrepitosamente. Por el momento, poco puede esperarse salvo que continúe la imparable espiral de violencia y la letal ecuación terrorismo-represalia.
La causa de la cada vez más grave situación interna palestina es la negativa de Hamás a abandonar la “lucha armada” a la vez que proclama que no se considera obligada a respetar los acuerdos con Israel, rechazando una y otra vez las iniciativas de establecer un gobierno de unidad nacional que negocie con Israel. Hamás está muy lejos de renunciar a sus principios religiosos según los cuales las tierras sagradas sobre las que está establecida Israel no pueden ser cedidas por el Islam. Para el periodista palestino Daud Kuttab, tanto Al Fatah como Hamás son responsables del caos y la anarquía que reinan en la sociedad palestina.
Los palestinos, sostiene, están pasando por su peor momento y lo que se exige es “visión de Estado”, coraje y liderazgo, si se quiere impedir que siga el proceso en marcha de autodestrucción de los palestinos. Pese a los sufrimientos causados a su propia población, pese a la fragilidad de la Autoridad Nacional Palestina, a la interrupción de la ayuda financiera internacional y pese al contínuo derramamiento de sangre, Hamás no tiene otro objetivo que la “resistencia” y el no reconocimiento de Israel, cerrando así las puertas a cualquier arreglo con Israel y postergando indefinidamente el establecimiento de un Estado palestino. ¿Y en Israel? El gobierno del primer ministro Ehud Olmert aún no ha cumplido su primer medio año de vida. Ya pocos siguen intentando ocultar que la guerra en Líbano ha sido un fiasco. Pero la actuación del gobierno durante la guerra empalidece frente a su negligencia en la posguerra, como señala el analista israelí Ari Shavit, del cotidiano Haaretz.
La agenda política que le llevó al poder en las elecciones de marzo de 2006 ha sido marginada por la guerra con Hezbolá. El plan de “convergencia”, que incluiría nuevas retiradas unilaterales de territorios ocupados en Cisjordania en el caso de la imposibilidad de negociar con los palestinos un acuerdo bilateral, ha sido archivado y nadie tiene claro cuál es hoy su política para la solución del conflicto con los vecinos árabes. Lo más preocupante de la situación interna israelí es que su gobierno se ha quedado, como resultado de la guerra en Líbano, sin agenda política. Su supervivencia política, ante el acoso de una opinión pública israelí cada vez más crítica, es su principal preocupación. El ingreso en el gobierno del líder de un partido ultranacionalista, Abigdor Liberman, no ayudará a mejorar la imagen internacional del ejecutivo.
En Israel no faltan los convencidos de que el país deberá enfrentar severos desafíos en un futuro no muy lejano. La situación interna palestina y la escalada de violencia de las organizaciones terroristas, el masivo contrabando de armas a Gaza y las consiguientes represalias israelíes son causa de gran preocupación en este país. Un deterioro en el sur de Líbano, por ejemplo, podría provocar un nuevo estallido. Pero la principal preocupación seguirá siendo Irán, cuyo presidente, Mahmud Ahmadineyad, declara día tras día que Israel “debe desaparecer del mapa”. El régimen teocrático de Teherán es visto como una real amenaza a la supervivencia misma del país.
Irán
Poca credulidad merecen a los expertos desmentidos de las autoridades iraníes de que su programa nuclear no persigue objetivos militares. Irán está dando claras indicaciones de que intenta producir los elementos esenciales para la fabricación de armas nucleares. La opción diplomática con la que la comunidad internacional intenta detener la carrera armamentista nuclear iraní se encuentra en una etapa crucial. Hasta ahora, los esfuerzos de EE UU y la Unión Europea (UE) nada pudieron lograr, entre otras razones, por la oportunista actitud de Rusia y China.
Irán, además, continuará amenazando la estabilidad de la región. Sus ambiciones no terminan aquí. Seguirá intentando exportar su revolución, apoyando grupos armados radicales, como Hezbolá y Hamás, e incluso explotando la disparidad religiosa en algunos países árabes, como Irak y Líbano. Si la comunidad internacional quiere ocuparse de forma efectiva de las ambiciones nucleares militares de Irán, necesita abandonar inmediatamente la práctica de esperar a ver cómo reacciona su régimen al que no debería dar nuevas oportunidades para demostar su destreza negociadora arrastrando a la comunidad internacional a una vía diplomática que conduce a ninguna parte.
Siria
El gobierno sirio ha instrumentalizado el Hezbolá libanés. Sus servicios de seguridad apoyan con santuario, dinero y armas a organizaciones terroristas palestinas que pretenden impedir la paz con Israel. Es de suponer que, pese a estar a la defensiva en la arena internacional, el gobierno sirio no habrá de escatimar medios para intentar, intimidando a los políticos libaneses a fin de que sirvan sus propios intereses, aumentar su menoscabada influencia en Líbano, incluso intentando desestabilizar, de ser necesario, la política libanesa, a fin de recuperar una posición perdida de “factor estabilizador” en este país. El presidente Bashar el Assad, aún deberá rendir cuentas a la comunidad internacional sobre su actuación en Líbano y la probable participación de su régimen en el asesinato de Hariri.
¿Y ahora qué?
El panorama no puede ser más desconsolador. Los escollos en el camino hacia la estabilidad y las relaciones pacíficas en Oriente Próximo parecen insuperables: la insurgencia iraquí, alimentada desde el exterior por un enemigo “invisible”; el terrorismo islámico de la escuela de Osama bin Laden no cede; el conflicto palestino no tiene visos de solución en un futuro previsible, por el contrario, amenaza con complicarse aún más: el fundamentalismo radical palestino impide, con sus irreductibles posiciones, al igual que los sectores ultranacionalistas israelíes, la reanudación del proceso de paz; Siria continúa brindando santuario a los grupos palestinos más radicales, enemigos de la paz con Israel, mientras amenaza con recuperar la meseta del Golán, “usando los métodos de Hezbolá” o incluso con una guerra abierta; el genocidio en Sudán prosigue.
Las ambiciones nucleares de Irán podrían crear una reacción en cadena, con países como Egipto, Arabia Saudí y Turquía buscando mantener el balance, mediante la adquisición de armas nucleares. El terrorismo de raíces fundamentalistas seguirá siendo uno de los graves problemas de Oriente Próximo: la religión está implicada profundamente en la política y en la cultura de los pueblos de la región y es componente vital del espacio mediterráneo, en el que el terrorismo motivado por quienes instrumentalizan la religión se ha convertido en protagonista singular.
Han pasado los días en que Oriente Próximo era visto únicamente como el principal reservoir de petróleo o la arena del conflicto árabe-israelí, escribe en el periódico egipcio Al-Ahram, Mohamed Sid Ahmed, agregando que si sus problemas políticos, económicos, sociales y culturales no son resueltos, seremos testigos de cataclismos que podrían afectar la estabilidad no solo de la región, sino del mundo “globalizado”. Según Thomas L. Friedman, uno de los más autorizados analistas del New York Times y su corresponsal en la región durante largos años, el mundo debe entender que las pequeñas flores de democracia plantadas en Líbano, Irak y los territorios palestinos son pisoteadas por las botas de las milicias islámicas apoyadas por Siria, desesperadas por evitar que la auténtica democracia se instale en la región y de las milicias islámicas apoyadas por Irán, desesperadas por evitar que llegue el modernismo.
La inestabilidad y las guerras en Oriente Próximo no podrán ser eliminadas por la fuerza. Tampoco podrán ser resueltas por los países de la región. El establecimiento de un mecanismo de cooperación económica y política, con la participación activa de la comunidad internacional, sobre todo del Cuarteto integrado por EE UU, la UE, la ONU y Rusia, podría contribuir a modificar sustancialmente la situación. “Europa –escribe Benita Ferrero-Waldner, comisaria para las Relaciones Exteriores y la Política de Buena Vecindad Europea, de la UE– debe hacer todo lo posible para llevar a todas las partes a la mesa de negociaciones”.
Pero la actitud de la comunidad internacional sigue siendo ambigua y por el momento parecería que no tiene serias intenciones de asumir responsabilidad en la búsqueda de soluciones negociadas a los grandes conflictos de la región. EE UU y la UE tienen en estos momentos otras prioridades y dolores de cabeza. Las hendiduras que se notan entre ambos socios transatlánticos y la oportunista desmarcación de Rusia del Cuarteto en nada contribuyen a facilitarles un rol constructivo. También el mundo árabe podría desempeñar un papel importante. Países como Egipto, Arabia Saudí, Jordania, los países del Golfo, que no ignoran el peligro representado por Irán y las organizaciones radicales extremistas, deberían implicarse más activamente en la búsqueda de soluciones pacíficas a los problemas más candentes de la región.
Europa, que por el momento va a remolque de la diplomacia americana, aspira a asumir un papel más activo en la región. Para que ello suceda se requiere una convergencia de políticas de EE UU y la UE. La administración Bush debería modificar su política a fin de revertir las percepciones en el mundo árabe ante una política que considera injusta y que ha creado antagonismo incluso en las sociedades de países árabes aliados. Una genuina contribución a la paz en Oriente Próximo exige de EE UU, como escribe James A. Baker III, ex secretario de Estado, que su país promueva activamente la reanudación de negociaciones y que la hora de hacerlo es ya mismo. La creciente conflictividad en Oriente Próximo presenta a la comunidad internacional un desafío que de no ser asumido generará más tensiones y nuevas guerras.