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Contrapunto

Silvana Rabinovich
Instituto de Investigaciones Filológicas, Universidad Nacional Autónoma de México

Contrapunto.
Mahmud Darwish, Selección y traducción de Luz Gómez. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2025

Como si se hubiese propuesto prestar voz a aquel cuadro de Millet que retrata a tres mujeres cosechadoras, Luz Gómez dispone su traducción de poemas de Mahmud Darwish en tres gavillas poéticas.

La primera gavilla recrea el amor a la tierra “Era Palestina ¡y lo sigue siendo!” (24) a la vez que la experiencia del exiliado a domicilio, como Sirhán. Cultiva el germen de la revolución en las letras, en la lengua, mientras alerta contra el falsete de “himnos, celebraciones, bancos, parlamentos” (37).

La segunda gavilla rinde homenaje a la poética árabe que llega hasta la época pre-islámica “¡Tanto pasado deviene mañana!” (50). El poeta se define por su lengua, su varita mágica “Soy mi lengua (…) no soy sino mi lengua” (48). La figura de la viña se anuncia desde el primer poema que alude a la clemencia divina: una viña del abuelo enterrada bajo el asfalto (43) desde la Nakba 1948). Esa viña regresa en un poema de 1967 que recrea el “Testimonio de Bertolt Brecht ante el tribunal militar”. Con la Naksa, la viña evoca el relato bíblico del despojo: el viñedo de Nabot, del cual fue despojado por la codicia del rey Ajab y Jezabel (1 Reyes 21). La parábola del pasado irrumpe como un presente depravado.

Cierra la segunda gavilla con el poema “Contrapunto”, que da nombre al libro y es una elegía palestina. Así se llama el poema que Darwish le dedica, a modo de despedida, a su amigo Edward Said. En la última etapa de gestación de la guerra del imperio de “Sodoma” contra “la gente de Babel” (la visita de Darwish a Nueva York fue en 2002 y el ataque a Irak se produjo unos meses más tarde), el melómano promete al poeta heredarle “lo imposible” al que sitúa “a una generación” de distancia (97). Promesa agridulce, ardua esperanza. Una voz advierte ante la modernidad de “la nueva Sodoma”: Puede que el avance sea el puente de vuelta/ a la barbarie…/ (88) Publicado hace 20 años, como un “adiós a la poesía del dolor” (98), hoy la triple repetición de la sangre –tres veces tres– anega la tierra que se revela “más pequeña que la sangre de sus hijos” (95).

El contrapunto evita, armoniosamente, el tedio de la monodia. Así, la tercera gavilla recorre ciudades europeas mientras discute con poetas. En textos de prosa poética se adentra en reflexiones dialógicas de crítica implacable y autocrítica incondicional.

Luego, a saltos de aforismos. Si en el elogio a las mu’allaqas se identifica con su lengua, en el exilio del yo sentencia: “La identidad es lo que legamos, no lo que se nos ha legado. Lo que inventamos, no nuestros recuerdos. La identidad es un espejo corrompido, hay que romperlo cada vez que nos gusta la imagen” (116). Reflexiones aforísticas, afiladas como dardos: cada corte anuncia uno más agudo. Si en otro poema (El discurso del “indio”) Darwish llama al colonizador a no matar a Dios, aquí advierte “Quien grita ‘¡Dios es grande!’ sobre el cadáver de su víctima, su hermano, ¿sabe que es un infiel por ver a Dios a su imagen y semejanza: la de alguien más pequeño que cualquier otro ser humano?” (117) y sentencia, irrevocablemente: “¡El asesino es a la vez… el asesinado!” (119). El empeño en borrar imagen y semejanza en el otro (deshumanizarlo) solo garantiza la borradura de la propia humanidad. En contrapunto con aquel puñado de aforismos lacerantes, sigue otro racimo de efecto curativo, cicatrizante (poética del retorno): “Haifa me dice: Tú, a partir de ahora, eres tú” (126) y, renglones más arriba, le “saca la lengua” al opresor: “Cojo una larga avenida que lleva a la tapia de mi vieja cárcel, y le digo: ¡Salud, mi maestra primera en la ciencia de la libertad! Tenías razón: la poesía no es inocente.”

En una serie de textos cortos, que van del elogio del vino, y pasan por la crítica de la fama y la oratoria, recrea, para la “realidad de pesadilla” (132) un diálogo implacable –aunque inconcluso– con el enemigo en una fosa. Las últimas páginas contienen un tono profético, recreado poéticamente en un “aquí y ahora” que recuerdan al “tiempo-ahora”, del mesianismo revolucionario de Walter Benjamin. Quizás el poeta esperado en “El guion es este” (140) sea él mismo vuelto profeta hacia el final del libro.

A diferencia de los misiles, dice Darwish, la buena poesía no puede ser derribada. El poeta se ve a sí mismo “venciendo con poemas” (14), la qasida apunta a su objetivo y dispara vida. Por eso las palabras de presentación de su traductora señalan “el poder de la poesía”. Dispuestos en tres gavillas, los poemas escogidos por Luz Gómez en su Contrapunto evocan a la Trinidad triunfante con la que concluye el poema Sumud (que tradujo, aunque no en estas páginas): “la tierra, las mieses y la estaca”. Quizás aquel legado de lo imposible (prometido por Said a una generación de distancia) sea esa palabra-promesa (poética y profética) que recupere el cielo –y aleje el abismo– para volver a caminar sobre la tierra.

Silvana Rabinovich, Instituto de Investigaciones Filológicas, Universidad Nacional Autónoma de México

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