El protagonismo de Irán en Oriente Próximo

La crisis por su programa nuclear, su influencia en Irak y el conflicto en Líbano otorgan a Irán un papel preponderante en la región.

Luciano Zaccara

Desde la llegada de Mahmud Ahmadineyad a la presidencia de Irán, en junio de 2005, el ambiente de distensión que se percibía en la política regional de Oriente Próximo ha disminuido considerablemente si se compara al existente durante la presidencia del clérigo moderado Mohamed Jatami. El motivo principal de este cambio ha sido el creciente protagonismo de Irán en el contexto regional, en algún caso pretendido y en otros simplemente como efecto de la evolución de diversas situaciones regionales. Particular incidencia ha tenido la reiterada aparición mediática del presidente iraní, que en muchos casos no solo ha preocupado a la opinión pública mundial sino que ha generado reacciones de la propia elite iraní que lo elevó a la presidencia.

Irán y el contexto regional

El protagonismo iraní en la región se puede evidenciar en tres situaciones. En primer lugar, el inacabado contencioso diplomático sobre el carácter civil o militar de su programa nuclear, que viene generando numerosas idas y venidas entre las cancillerías occidentales y despachos de diversas organizaciones internacionales. Estados Unidos, la Unión Europea (UE), el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OEIA) y las Naciones Unidas se encuentran enfrascados en un proceso de duras negociaciones para consensuar una política de presión al gobierno iraní que no fuerce una ruptura y aislamiento del régimen de los ayatolás, que podría derivar en un nuevo Irak.

La situación generada por los ensayos nucleares de Corea del Norte parece haber influido negativamente en el caso de Irán, acortando los tiempos de respuesta que se le exige a su gobierno ante los reclamos internacionales. Las pretensiones nucleares iraníes, que datan desde el gobierno del Sha Reza Pahlevi en la década de los sesenta y que fueron reiniciadas al finalizar la guerra del 80-88, demuestran algunos aspectos oscuros relacionados con el contrabando y la adquisición de documentos y materiales atómicos de la red del científico paquistaní, Abdul KadirJan, en 2003, que Irán no termina de aclarar a la OIEA.

Sin embargo, Irán insiste en el carácter civil del programa nuclear y se continúa con la supervisión de inspectores internacionales de acuerdo a lo estipulado por el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares, que Irán suscribe desde 1968, pero que amenaza con abandonar en caso de sanciones por parte del Consejo de Seguridad. A la desconfianza occidental sobre las intenciones iraníes se suma el muy cuestionado discurso de Ahmadineyad en el congreso “Un mundo sin Sionismo” (26 de octubre de 2005), que retomó la retórica jomeinista en la crítica a Israel y la situación generada en Palestina, representando al menos desde el punto de vista de la percepción israelí, una seria amenaza a su integridad y seguridad.

En segundo lugar, el reconocimiento de la influencia iraní en la resolución del conflicto de Irak, hecho explícito por representantes del gobierno de EE UU desde noviembre de 2005. Un reconocimiento que ha hecho que se dieran varias señales de que era posible, aunque poco probable, una conversación directa entre representantes de Irán y EE UU, enemigos irreconciliables desde 1979. La permeabilidad de la frontera irano-iraquí, sumada a la gran cantidad de iraquíes que retornaron a sus hogares tras años de exilio iraní, en un contexto de solidaridad y afinidad político-religiosa entre determinados grupos chiíes en ambos lados de la frontera, ha ampliado los contactos directos entre las facciones iraníes y los partidos y líderes políticos en el interior de Irak. Un detallado informe del International Crisis Group, “Iran in Iraq: How much influence?” (Middle East ReportNº38, Amman-Bruselas, marzo de 2005) relativizaba, sin embargo, el carácter nocivo de esa influencia, aduciendo que Irán habría pretendido desempeñar un papel estabilizador en el conflicto iraquí.

Ha sido evidente a lo largo de estos últimos años que Irán ha multiplicado sus apoyos a personajes como Abdul Aziz al Hakim, líder del Consejo Supremo para la Revolución Islámica en Irak (CSRII), Moqtada al Sader, jefe de las milicias de Al Mahdi y el gran ayatolá Alí al Sistani, reconocido como líder espiritual de los chiíes iraquíes. Pero a pesar de ello las autoridades de Teherán no han privilegiado a ninguno de ellos sobre los otros, tratando de mantener un equilibrio entre grupos que no llegue a perjudicar los intereses iraníes ni a restar predominio ideológico a los círculos religiosos de la ciudad iraní de Qom, cantera de los clérigos del régimen establecido en 1979 por el ayatolá Ruholá Jomeini. En tercer lugar, el discutido apoyo de Irán a Hezbolá en la última escalada militar entre Israel y Líbano.

Desde la intervención de la Guardia Revolucionaria, o Pasdarán, en la formación de Hezbolá como milicia en el sur de Líbano a partir de la invasión israelí de 1982, se ha mantenido que este grupo, ahora convertido además en partido político aceptado incluso por los acuerdos de Taif de 1991, ha estado financiado, armado y controlado por Irán. Pero a pesar de que los informes de inteligencia hacen hincapié en el armamento de origen iraní que llega a Líbano a través de Siria, no existen pruebas contundentes de que actualmente Hezbolá responda a los intereses directos iraníes, o que sea el gobierno iraní el que decida las acciones políticas o militares del partido de Dios. Incluso el conservador Center for Strategic and Internacional Studies de Washington admite que la inteligencia norteamericana no ha sido capaz de demostrar que Irán controle actualmente a Hezbolá (Anthony H. Cordesman: Iran’s Support of the Hezbollah in Lebanon, CSIS, Washington, 15 de julio de 2006).

Lo que equivaldría a decir que el comienzo de la crisis por el “secuestro” de dos soldados israelíes no habría sido decidido en Teherán sino por el propio Hassán Nasralá, jefe de Hezbolá. Lo mismo fue admitido por el Foreign Office británico, que destacó la imposibilidad de comprobar que tanto Siria como Irán pudieran estar detrás. Irán se ha cuidado de no verse involucrado bajo ningún punto de vista en el conflicto. Por un lado el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores señalaba que la relación entre Irán y el gobierno libanés y Hezbolá se hacía con “transparencia y publicidad” y de acuerdo a “los principios de las relaciones internacionales y a la cooperación entre los gobiernos”, dejando clara la postura oficial del gobierno.

Por otro lado, el general del Ejército, Hasán Firuzabadi, declaraba que Irán “no intervendrá militarmente en la guerra de Líbano bajo ningún concepto”, precisando que “continuará dando su apoyo al Líbano solo bajo el punto de vista político y diplomático”, ratificando la política gubernamental (Agencia IRNA, 22 de julio y 19 de agosto de 2006). Irán ha sido uno de los países que más rápidamente comenzó a enviar ayuda humanitaria y financiera para la reparación de los daños ocasionados por la guerra. En sucesivas visitas de dirigentes iraníes a Beirut, donde se reunieron no solo con los representantes de Hezbolá o del sector chií sino también con el primer ministro libanés, Fuad Siniora, el gobierno iraní demostró que su voluntad de apoyo a Líbano no estaba sectorizada por el factor chií.

Del repaso de estas tres situaciones, a la que se agrega el papel que Irán viene desarrollando en la resolución del conflicto afgano desde la caída del régimen talibán en 2002 y en apoyo a lo grupos chiíes y persófonos, se deduce que es innegable que el país desempeña y desempeñará un papel fundamental en la determinación del nuevo equilibrio regional en Oriente Próximo, sobre todo si se tiene en cuenta que la estabilidad del régimen iraní es un factor que pocos Estados de la región pueden ostentar. Por ello para prever el futuro político regional, es vital el análisis de los mecanismos de decisión en política exterior y la evolución institucional del régimen y más aún teniendo en cuenta la presencia de tropas españolas en Líbano y Afganistán, con la situación de inseguridad que ello representa.

La (nueva) política exterior iraní y las futuras elecciones

La multiplicidad de organismos con influencia y el equilibrio entre ellos son las principales características en el proceso de toma de decisiones en la política exterior iraní. Es un error suponer que las decisiones fundamentales o los principios que rigen el comportamiento iraní dependen de una sola persona, y menos aún que sea Ahmadineyad el que lo determina. Ya desde la de-saparición del fundador de la República en 1989, se estableció un mecanismo de decisión colectiva de la elite política que garantizara la estabilidad y el privilegio del interés nacional en cuestiones de seguridad, defensa y política exterior.

Este mecanismo incluía al jefe de Estado y líder espiritual, Alí Jamenei; la presidencia y Ministerio de Asuntos Exteriores, desempeñada en la actualidad por Ahmadineyad y Manuchehr Mottaki y el Consejo de Seguridad Nacional, cuyo secretario es Alí Lariyani, portavoz iraní en la negociación nuclear. Sin embargo, este entramado se ha visto modificado a partir de junio de 2006, como reflejo de las tensiones que las declaraciones y posicionamientos de Ahmadineyad han generado no solo en la relación entre Irán y el sistema internacional, sino también en el propio seno de la elite iraní.

A partir de un decreto del líder Jamenei del 25 de junio, se creó un Consejo Estratégico de Relaciones Exteriores con el objetivo de “ayudar a tomar grandes decisiones y buscar nuevos horizontes en las relaciones de la república islámica y aprovechar las opiniones de la elite a este respecto” (Agencia IRNA, 26 de junio de 2006). Este nuevo consejo está presidido por Kamal Jarrazi, ex ministro de Asuntos Exteriores del presidente Jatamí, y compuesto por Ali Velayati, que ocupó el mismo puesto durante las presidencias de Hashemi Rafsanyani y Jamenei, Ali Shamjani y Mohamed Shariatmadari, ex ministros de Jatamí y Mohamed Tarami. De esta manera, la elite política iraní, en especial el líder, ha dado una señal clara a la actual presidencia y a sus apoyos políticos, de que no hay una aceptación general de la política exterior que quiere desarrollar Ahmadineyad y de que es necesaria la participación de reformistas, pragmáticos y conservadores en las decisiones sobre la política a seguir.

El funcionamiento del sistema político iraní, al igual que la política exterior, se basa en la estabilidad de las instituciones y ciertas figuras políticas y en una intrincada maraña de controles recíprocos entre las diferentes instancias decisorias, que hacen imposible que una decisión sobre aspectos fundamentales del Estado pueda ser tomada por una sola persona. A pesar de que desde la llegada de Ahmadineyad se vaticinaba una homogeneización del espectro político iraní, con el apoyo brindado por parte de los neo-conservadores liderados por el ayatolá Taqi Mesbah Yazdi y el líder Jamenei al nuevo gobierno, los acontecimientos institucionales y políticos del último año dejan prever una dura lucha política dentro de la elite gobernante tanto en los sectores conservadores como entre estos y los reformistas y pragmáticos derrotados en los últimos comicios presidenciales.

El nombramiento del gabinete ministerial, así como la designación de los gobernadores de provincias y de diplomáticos y embajadores ha generado una serie de enfrentamientos entre Ahmadineyad y su propia facción en el seno del Parlamento. Y la tácita alianza entre Jamenei y Mesbah, en contra del ex presidente y jefe del Consejo de Discernimiento, Rafsanyani, parece haberse roto, rediseñando los equilibrios internos de cara a los próximos compromisos electorales. En diciembre de este año se celebrarán elecciones para la Asamblea de Expertos, organismo colegiado formado por clérigos cuya única función radica en designar y cesar al líder espiritual. Esta Asamblea, elegible cada ocho años, es la que menor tasa de participación electoral ha obtenido por parte de la población iraní en las tres ocasiones anteriores –1982, 1990 y 1998–, por lo que las autoridades han decidido adelantar las elecciones municipales de 2007 para que la coincidencia eleve la tasa de participación.

En este proceso electoral no solo se decidirá el futuro de las disputas entre las tendencias políticas iraníes, también podría poner en jaque al actual líder espiritual y piedra angular del sistema político. En las nuevas alianzas que se estarían definiendo, estaría por una parte, Rafsanyani, derrotado por Ahmadineyad en mayo de 2005, que estaría respaldado por los conservadores, pragmáticos y reformistas, como Jamenei y el ex presidente Jatamí, quien habría reaparecido en la escena pública después de un periodo de inactividad.

Del otro lado se encontraría el ayatolá Mesbah, fundador del poderoso seminario Haqqani de Qom, valedor de Ahmadineyad, con aliados importantes entre la Guardia Revolucionaria y los grupos neo-conservadores y tradicionalistas que nunca coincidieron con el tándem heredero de Jomeini, Rafsanyani- Jamenei. Estas elecciones demostrarán el grado de apoyo que la elite y la población iraní brindan a la actual gestión tanto interna como exterior de Ahmadineyad, y si bien no se esperan grandes cambios en las orientaciones generales del régimen, puede influir en ciertos procesos exteriores que preocupan a la comunidad internacional.