Co-edition with Fundación Análisis de Política Exterior
Tendencias económicas

Del Golfo Pérsico al desafío alimentario globalizado

Sébastien Abis
Director del Club DEMETER, investigador asociado en el IRIS, docente, columnista y autorUNED.

La guerra entre Irán, Israel y Estados Unidos no es una ruptura aislada, sino que se inscribe en una trayectoria de largo recorrido marcada por la acumulación de tensiones, conflictos no resueltos y la falta de soluciones duraderas. En este Oriente Medio dividido, fragmentado y a menudo desgarrado, las crisis se suman desde hace décadas sin llegar nunca a cerrarse del todo. En el mejor de los casos, se decreta un alto el fuego. En el peor, se lanzan bombas, se destruyen sociedades y se siembran las iras del mañana. El subdesarrollo, las desigualdades, las fracturas territoriales y las vulnerabilidades sociales ganan terreno en la mayoría de los países de la región. La paz se ha convertido en un deseo vano en un contexto donde no existe la confianza y donde la rivalidad se manifiesta con fuerza.

El espectacular auge económico de las monarquías del Golfo había hecho creer en la emergencia de oasis de estabilidad, prosperidad y proyección internacional, pero los acontecimientos actuales cambian la perspectiva. Los ataques selectivos de Teherán, las perturbaciones marítimas y la destrucción de infraestructuras energéticas ponen de manifiesto de forma contundente las vulnerabilidades de estos Estados.

Irán no puede librar una guerra frontal, simétrica y duradera frente a Israel y Estados Unidos, por lo tanto, desplaza el cursor del conflicto hacia dos terrenos complementarios: la extensión geográfica de la crisis y su ampliación económica. En un mundo interdependiente, la inestabilidad de Oriente Medio nunca puede limitarse al ámbito local, se vuelve sistémica, tanto en el espacio como en el tiempo. Esta crisis se propaga a través de los estrechos, los mercados, los puertos, los oleoductos y la actitud cada vez menos cooperativa de los actores, tanto de las naciones como de los operadores privados.

La crisis del golfo Pérsico y el hecho de que el estrecho de Ormuz ya no sea libre nos recuerdan que la agricultura y la alimentación son una cuestión de poder, estabilidad, soberanía y paz.

En este contexto, constatamos que los problemas alimentarios se mundializan. No es que hayan sido menores desde el principio de este siglo —al contrario—, sino que lo que cambia actualmente es que también emergen fragilidades en las potencias agrícolas y en los países donde la comida no falta. El riesgo alimentario ya no se limita a la escasez de productos básicos, ahora depende de la volatilidad de los precios, la dependencia de los fertilizantes, las rupturas logísticas, las crisis energéticas, las sequías cada vez más intensas, las restricciones comerciales y la inquietud de los Estados.

ORMUZ Y LOS FERTILIZANTES HACIA EL MUNDO

El estrecho de Ormuz concentra esta realidad. A menudo se le menciona como un grifo petrolero, es cierto, pero ahora, insuficiente. Por este paso marítimo transitan alrededor de 20 millones de barriles de petróleo al día, es decir, casi un tercio del comercio marítimo mundial de crudo. Sin embargo, Ormuz es también gas natural licuado, gas de petróleo licuado, productos refinados, fertilizantes nitrogenados, urea y amoniaco. Dicho de otro modo, no es solo la energía del mundo lo que circula por allí, son también las condiciones materiales de la agricultura contemporánea.
La crisis actual demuestra que la agricultura y la agroindustria nunca están muy lejos de los hidrocarburos. Se necesita petróleo para transportar, mecanizar, regar, transformar y refrigerar. Se necesitan barcos para transportar los cereales, las oleaginosas, los insumos y los productos alimentarios. La seguridad alimentaria mundial se basa, por tanto, en una ecuación mucho más amplia que la mera producción agrícola y sus factores geográficos (clima, recursos, etc.). Depende también de la energía, de los pasos marítimos, de las finanzas, de la ciencia, de la innovación y de las políticas desplegadas por los Estados. La crisis actual en el golfo Pérsico produce efectos mucho más allá de la región. Esto es ya así por lo que respecta al precio de la energía y al comercio internacional, y lo será también cada vez más en el ámbito de la alimentación mundial debido a sus efectos económicos, logísticos y sociales.

La cuestión de los fertilizantes es probablemente una de las más sensibles. La crisis ya ha encarecido el precio medio de los abonos en torno a un 30% (y hasta un 40% en el caso de los nitrogenados). Se necesita gas para fabricar los fertilizantes nitrogenados, esos nutrientes que permitieron en el siglo XX aumentar significativamente los rendimientos agrícolas y responder así al desafío del crecimiento demográfico. El gas representa alrededor del 80% del coste de producción del amoniaco; cuando el precio del gas se duplica, los costes de fabricación de los fertilizantes aumentan casi automáticamente. Los países más vulnerables son aquellos que suman a la dependencia de las importaciones de fertilizantes, los bajos márgenes agrícolas y el escaso poder adquisitivo de los agricultores, un calendario de siembra ajustado y una inseguridad alimentaria ya elevada en esas naciones. En África, la vigilancia se centra, por tanto, en el Sahel, el Cuerno de África, África Oriental y el África austral. No obstante, todo el continente está afectado: en los últimos años ha importado, de media, el 17% de sus fertilizantes del Golfo y el 25% de sus abonos nitrogenados. En esta crisis, Marruecos se vuelve aún más estratégico, ya que es uno de los grandes polos mundiales de fosfatos y fertilizantes fosfatados, con el Grupo OCP (antigua Office chérifien des phosphates) como actor central. Esto no significa que Marruecos sustituya al golfo Pérsico en lo que respecta al nitrógeno, pero se está convirtiendo cada vez más en un eje fundamental para la seguridad del suministro de fertilizantes, especialmente para África. No obstante, se ve afectado por la escasez de azufre –del cual entre el 40% y el 50% sale del golfo Pérsico—, que es necesario para elaborar soluciones fosfatadas solubles.

Esta crisis de los fertilizantes (disponibilidad de volumen y encarecimiento de precios) ya había comenzado con la invasión a gran escala de Ucrania en 2022 por parte de Rusia, que también es un gigante mundial de los fertilizantes nitrogenados y del potasio. Debemos insistir en un punto: los países ricos pagan más caros sus fertilizantes; los países pobres producen menos. Esa es la diferencia entre una crisis de costes y una crisis de seguridad alimentaria. En la Unión Europea (UE), los agricultores se encuentran en una situación de infra-capacidad financiera y muchos de ellos están aplicando menos fertilizantes, lo que podría provocar menores rendimientos en 2026 y, sobre todo, en 2027. En la UE la brecha entre los costes de producción de los agricultores y los ingresos que obtienen de los mercados se está ampliando. Por ello, la Comisión Europea ha decidido intervenir en el ámbito de los fertilizantes para intentar limitar las repercusiones, a pesar de que el Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono (MAFC), que afecta a los fertilizantes, supone un factor adicional a las tensiones de precios que sufren los agricultores para fertilizar los suelos y las plantas.

Con el bloqueo de Ormuz, la crisis de los fertilizantes afecta ahora a Asia y a países que producen sus abonos a partir de gas importado del Golfo, como Pakistán, Bangladesh o India. De hecho, el primer ministro, Narendra Modi. presta especial atención a esta cuestión, ya que la agricultura y la seguridad alimentaria son pilares fundamentales en India. Otros países están restringiendo sus exportaciones de fertilizantes para proteger su mercado interno, como ya ha hecho China. Esta geopolítica de los fertilizantes es esencial porque condiciona las cosechas. Menos fertilizantes, o fertilizantes demasiado caros, implican decisiones difíciles para los agricultores, rendimientos potencialmente más bajos y precios alimentarios más altos. Se traduce en Estados más preocupados y, por tanto, más propensos a acumular reservas en detrimento de los mercados. Y, a veces, son sociedades más frágiles, porque la inflación alimentaria no es bien recibida por unos consumidores cuyo gasto más cotidiano es la alimentación. Es, por tanto, el indicador más claro de un poder adquisitivo limitado o reducido.

Un agricultor esparce fertilizante en su arrozal a las afueras de Srinagar, en Jammu y Cachemira, el 14 de junio de 2026. Con el bloqueo de Ormuz, la crisis de los fertilizantes afecta a Asia y a países que roducen sus abonos a partir de gas importado del Golfo, como Pakistán, Bangladés o India. (Nazir Nurphoto vía Getty Images)

ORMUZ Y LOS ALIMENTOS HACIA EL GOLFO PÉRSICO

La paradoja del golfo Pérsico es sorprendente. Esta región concentra una parte considerable de las reservas mundiales de petróleo y gas, pero sigue siendo estructuralmente dependiente del exterior para su alimentación. Los países del Golfo importan una parte mayoritaria de sus necesidades alimentarias: el 90% en el caso de Baréin, el 80% en Kuwait, el 70% en Irak, Catar y Omán, y el 60% en Arabia Saudí y EAU. Cabe señalar que ese porcentaje es mucho menor en Irán, alrededor del 25%, debido a que su territorio es más extenso y predominantemente agrícola, aun cuando el agotamiento de las capas freáticas bajo Irán constituye una inmensa bomba de relojería geopolítica para el futuro. La escasez de agua en Irán, que ya ha sido el centro de las protestas populares en los últimos meses en el país, será un desafío fundamental en los próximos años.

La dependencia alimentaria de las monarquías del Golfo es de carácter geográfico, climático e hídrico. Los suelos cultivables son raros y el agua escasea terriblemente. La aridez aumenta, las ciudades crecen en los litorales o en medio de los desiertos, la población consume cada vez más y los turistas acuden en masa. Las monarquías del Golfo han construido una potencia financiera y logística impresionante, pero su seguridad alimentaria sigue dependiendo de los flujos externos. El 15% de las compras de arroz en el mundo las realizan los países ribereños del golfo Pérsico. En cuanto a las aves de corral, las cantidades importadas tampoco dejan de crecer para responder a los nuevos consumos regionales. En la media anual de 2023-2025, estos países concentraron la compra de 2,2 millones de toneladas de aves, ¡es decir, el 17% del abastecimiento del planeta! Concretamente, ¡cerca de mil millones de pollos (congelados) transitan cada año en barco por Ormuz! La mayoría de ellos son de origen brasileño. Cada año, entran también en el golfo Pérsico entre 15 y 20 millones de toneladas de grano. Brasil envía maíz y soja, mientras que Rusia y Australia envían trigo. Los países de la región incrementaron, además, sus compras durante el invierno de 2025-2026 con volúmenes dos veces superiores a la media, con el fin de reforzar sus reservas de cereales. Sin embargo, estas reservas generalmente solo cubren de tres a cuatro meses de consumo.

La seguridad alimentaria de la región depende, pues, de una ecuación frágil: dinero, puertos abiertos, rutas seguras, proveedores fiables y existencias suficientes. Si uno de estos parámetros logísticos se desajusta, aparece la vulnerabilidad. Cuando Ormuz se bloquea, también es un problema en el sentido de las entradas hacia el golfo Pérsico, cuyo sustento diario está ligado a la posibilidad de atravesar sin dificultad este estrecho marítimo minúsculo (Ormuz solo representa el 0,1% del océano mundial).

La paradoja del golfo Pérsico es sorprendente: concentra una parte importante de las reservas mundiales de petróleo y gas, pero sigue dependiendo estructuralmente del exterior para su alimentación

A esta dependencia alimentaria hay que añadir una dependencia hídrica aún más decisiva. Los países del Golfo concentran alrededor del 50% de la capacidad mundial de desalinización, de la cual el 25% corresponde solo a Arabia Saudí. Cerca de 100 millones de personas dependen directamente de esta agua desalinizada para disponer del producto alimenticio más consumido del mundo con diferencia: el agua potable. En esta región, el petróleo genera la riqueza, pero el agua hace posible la vida. Esta fórmula resume una de las grandes contradicciones del Golfo: los hidrocarburos permiten financiar las importaciones de alimentos, las infraestructuras, las ciudades, los puertos y las tecnologías, pero sin agua, nada se sostiene. Ahora bien, esta agua depende a su vez de infraestructuras energéticas, litorales e industriales vulnerables. Una marea negra, el ataque a una planta de desalinización, una interrupción energética grave o un bloqueo marítimo prolongado podrían tener consecuencias humanas considerables. En una región tan desértica, actuar contra el agua equivaldría a atacar directamente a la población. Riesgos hídricos y escasez alimentaria: este conflicto puede convertirse en una crisis de subsistencia para todos los países del golfo Pérsico.

ORMUZ, ESPEJO DEL DOBLE TICTAC GEOPOLÍTICO Y CLIMÁTICO

La crisis del Golfo se produce en un mundo en el que la estructura de la oferta alimentaria ya está debilitada por evoluciones geopolíticas y climáticas preocupantes. Como analicé en un reciente ensayo prospectivo, traducido al español y publicado por la editorial de la Fundación Cajamar (¿Queremos alimentar al mundo? Escalar el Everest alimentario en 2050), la agricultura es más estratégica que nunca en este siglo de vértigo porque debe responder a desafíos de seguridad, sostenibilidad y salud. Ahora bien, para hacer frente a tal desafío, se enfrenta a dos desajustes.
El primero es geopolítico. Desde el Covid-19, hemos entrado en esta “era de los hipopótamos”, feroces, veloces y polígamos. Les relaciones internacionales e intersociales se endurecen, los acontecimientos se encadenan y se aceleran cada vez más, y las alianzas y la solidaridad se desmoronan en beneficio de estrategias pragmáticas y transaccionales. Es evidente que el derecho, el multilateralismo y la cooperación están en declive. Y cuando los recursos escasos –como el agua, las tierras cultivables, los fertilizantes minerales o las energías– se enmarcan en un contexto geoestratégico de tensiones permanentes, ya no basta con pagar para obtenerlos. Es necesario desarrollar un enfoque geopolítico mucho más amplio, ya que las interdependencias pueden ser instrumentalizadas como armas por ciertos actores.

El segundo desajuste es el climático. Esta ecuación es bien conocida –sabiendo además que se prevé que un fenómeno de super-El Niño adquiera más intensidad de lo habitual en los próximos meses–, pero cabe señalar que en los próximos años los episodios extremos se van a intensificar (olas de calor, sequías, precipitaciones intensas, estrés hídrico, empobrecimiento de los suelos); que los riesgos sanitarios aumentarán para plantas, animales y ecosistemas naturales, y que la capacidad de adaptación al calentamiento será muy dispar según los países y según los medios financieros y tecnológicos que unos pondrán en marcha y otros no tendrán. Producir en el futuro en la agricultura no será imposible, pero sí más difícil en todas partes. Producir con regularidad será arduo. Producir la misma cantidad podría no ser posible en ciertas zonas del planeta.

Es este conjunto incierto e imprevisible el que transforma la situación, porque la inestabilidad productiva en la agricultura es perjudicial para los agricultores, para los países y los consumidores. La volatilidad de los precios puede ir acompañada de escasez de disponibilidad de los productos en los mercados, sobre todo si persiste el contexto geopolítico descrito anteriormente, ya que todo el mundo se concentrará en proteger sus necesidades internas. La soberanía alimentaria no será solidaria, será solitaria. Por lo tanto, al contrario de lo que a veces se ha podido oír, el desafío alimentario del siglo XXI no será solo cualitativo, seguirá siendo también cuantitativo y productivo, al tiempo que deberá lidiar con la transición ecológica y la reducción de la huella ambiental de esta actividad… vital. ¿Debemos descarbonizarla íntegramente o, más bien, jerarquizar en el futuro las emisiones de CO2, distinguiendo entre las que responden a necesidades indispensables y las vinculadas a actividades menos útiles?

EN PERSPECTIVA

Desde hace varias décadas, la humanidad ha producido mucho, demasiado, y sin un reparto equitativo de los recursos. Es cierto, pero los rendimientos han aumentado, la investigación científica ha transformado la agricultura, los intercambios han crecido y la seguridad alimentaria ha mejorado, aunque siga siendo fuente de clamorosas disparidades y casi mil millones de personas en el mundo pasen hambre. Sin embargo, este éxito se construyó sobre dinámicas colectivas que ahora tienden a difuminarse: energías disponibles, avances tecnológicos, rutas comerciales abiertas y ampliadas, e intercambio de experiencias entre las naciones y los operadores del sector.
Estas condiciones se están deteriorando ante nuestros ojos, igual que estos flujos marítimos, que podrían dejar de ser tan fluidos como antes. Ahora bien, el 80% del comercio agrícola y alimentario mundial se realiza por mar. Este comercio se ha cuadruplicado en volumen desde el inicio del siglo XXI, ya que se acentúan las diferencias entre la oferta agrícola y la demanda en regiones donde el continuo crecimiento demográfico mantiene la presión sobre el volumen de alimentos que se deben suministrar. A esto se añade la calidad y la diversidad, demandadas en todas partes, especialmente por esos miles de millones de habitantes urbanos que son cada vez más dependientes de quienes los alimentan desde regiones rurales lejanas y no siempre valoradas. Esta situación refleja una realidad simple: el mundo come gracias a los intercambios. Los países no producen todo lo que consumen. Las dietas se diversifican. Las ciudades crecen. Las clases medias progresan… Las producciones rurales siguen siendo esenciales y las dependencias cruzadas se multiplican.

Cuando los recursos escasos —agua, tierras cultivables, fertilizantes minerales o energía— se enmarcan en un contexto geoestratégico de tensiones permanentes, ya no basta con pagar para obtenerlos. Es necesario desarrollar un enfoque geopolítico mucho más amplio

La guerra en el golfo Pérsico y el hecho de que el estrecho de Ormuz ya no sea libre se inscriben en un escenario global donde la problemática geopolítica agrícola y alimentaria está cambiando poco a poco. La cuestión ya no es únicamente: “¿Cuánto podemos producir?”, sino que pasa a ser: “¿Podemos producir con regularidad?” y “¿Quién tendrá la capacidad de venderme lo que busco?”. Un país que produce mucho pero de manera inestable inquieta a los mercados. Un país que depende demasiado de las importaciones se inquieta a sí mismo. Un país que sufre una inflación alimentaria duradera ve amenazada su cohesión social. Un país que no controla ni sus fertilizantes, ni su agua, ni sus rutas logísticas pierde parte de su soberanía. La globalización alimentaria no ha desaparecido; se está reconfigurando y se vuelve más inestable. Demuestra que las interdependencias económicas ya no impiden las rivalidades geopolíticas. La seguridad alimentaria nunca está garantizada: debe ser pensada, construida y asegurada todos los días, con más razón en un mundo donde los choques son más frecuentes.

Para la región de Oriente Medio, los países del Mediterráneo, también para la UE y su futuro, ocurre lo mismo que en el resto del planeta: la alimentación no puede esperar. La agricultura es clave para el futuro, sobre todo cuando va a tener que proporcionar la biomasa necesaria para salir de un modelo basado exclusivamente en los hidrocarburos. ¡Menos petróleo significa más agricultura! Y, por lo tanto, también en este caso, cada país tomará decisiones respecto a estas transiciones: o bien apuesta por la agricultura para reforzar su autonomía estratégica, alimentaria y energética, o bien margina esta actividad (o no puede desarrollarla por falta de condiciones geográficas o políticas favorables) y ese país quedará entonces en manos del resto del mundo.
La crisis del golfo Pérsico nos recuerda que la agricultura y la alimentación son cuestiones de poder, estabilidad, soberanía y paz. Para reducir los riesgos futuros, será necesario producir con constancia, transportar con seguridad, fertilizar con discernimiento, irrigar con prudencia, comerciar con confianza y cooperar a pesar de las rivalidades. Este es, tal vez, uno de los mayores desafíos del siglo: en un mundo que se fragmenta, mantener lo esencial. Es decir, la agricultura y la alimentación./

Tendencias económicas

Other issues