La guerra sin salida de Líbano
Entrar en Líbano es mucho más fácil que salir. En respuesta al asesinato del líder supremo iraní Alí Jamenei, Hezbolá lanzó el 2 de marzo seis cohetes contra el norte de Israel. Seis misiles que le metieron de lleno en la mayor guerra con el país vecino desde la ocupación israelí de las últimas décadas.
La reacción israelí no puede entenderse únicamente como una respuesta a aquel ataque. Desde los atentados del 7 de octubre de 2023, la frontera entre Israel y Líbano se había convertido en un frente de baja intensidad, pero prácticamente permanente. Durante más de un año, Hezbolá e Israel intercambiaron disparos, ataques selectivos y bombardeos limitados bajo unas reglas tácitas destinadas a evitar una guerra abierta. La muerte de Jamenei alteró ese equilibrio. Para el gobierno israelí, los cohetes lanzados desde Líbano representaban una oportunidad para abordar de forma simultánea las principales amenazas asociadas al eje iraní y modificar de manera duradera el equilibrio militar en la frontera norte.
Tras dos años de guerra y un gobierno libanés dispuesto a negociar el desarme de Hezbolá, Israel sigue decidido a acabar con la poca estabilidad de Líbano a cambio de una victoria pírrica.
Israel ya había intentado algo parecido en el pasado. La invasión de 1982, concebida inicialmente como una operación limitada para expulsar a la Organización para la Liberación de Palestina del sur del país, terminó convirtiéndose en una ocupación de 18 años. La guerra de 2006 también nació con objetivos limitados y acabó reforzando la legitimidad de Hezbolá entre parte de la población chií. En ambos casos, la superioridad militar israelí fue incapaz de traducirse en una solución política estable.
Tres meses y medio después, y a pesar de tres altos el fuego sucesivos desde el 17 de abril que no han sido respetados por las partes, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) controlan una “zona de defensa avanzada” que llega hasta el 14% del territorio libanés según las órdenes de evacuación vigentes, cinco divisiones operan al sur del río Litani y las tropas ya lo han cruzado.
Israel ha repetido en el sur libanés un patrón que ya conoce de memoria en Gaza: anunciar una operación “selectiva” que se traduce en una ocupación sin fecha de salida. El gobierno de Benjamín Netanyahu se ha enquistado en un país exhausto, y cuanto más se prolonga la operación, menos se parece a la victoria rápida que prometía.
SUR EN RUINAS
Desde el inicio de la ofensiva, los ataques israelíes han dejado más de 4.000 muertos y más de 10.600 heridos, según el recuento del Ministerio de Salud Pública libanés. Más de un millón de personas han sido desplazadas por la fuerza, casi una quinta parte de la población, en el que se ha convertido en el mayor éxodo interno de la historia del país de los cedros.
En los otros conflictos con Israel, sobrevolaba la idea de que los ataques iban dirigidos a barrios y pueblos chiíes, mientras que las regiones de mayoría suní o maronita quedaban fuera del blanco de los misiles. Sin embargo, esta guerra ha sido más agresiva
Una multitud de libaneses ha emprendido más de un viaje de ida y vuelta a sus hogares. Un solo mensaje en la red social X de Avichay Adraee, el portavoz en árabe de la FDI y encargado de enviar las órdenes de evacuación previas a los ataques, ha provocado el colapso de todas las carreteras del país en más de una ocasión. El paseo marítimo de Beirut se llenó desde el principio de la guerra de habitantes del sur y de los suburbios que acampaban de forma precaria en la zona cristiana –y considerada más segura de la capital.
En los anteriores conflictos con Israel, sobrevolaba la idea de que los ataques iban siempre dirigidos a barrios y pueblos chiíes, mientras que las regiones de mayoría suní o maronita quedaban fuera del blanco de los misiles. Sin embargo, esta última guerra ha sido más agresiva: el pasado 8 de abril, más de 100 ataques simultáneos en todo el territorio acabaron con la vida de 300 personas en menos de 10 minutos. Una decena de impactos afectaron al centro de la bulliciosa capital, en calles y edificios que no guardaban ningún vínculo con el grupo armado.
El carácter de los libaneses, acostumbrados a crisis económicas, desastres y guerras se quebró aquel día. Una sensación nueva se apoderó de los beirutíes, quienes admitieron que ya no queda un solo lugar completamente seguro en el país.
En ese sentido, la guerra ha alterado equilibrios sociales que durante décadas parecían relativamente estables. Tradicionalmente, gran parte de la población cristiana y suní observaba los enfrentamientos entre Israel y Hezbolá como un conflicto concentrado en zonas predominantemente chiíes. Esta vez la extensión geográfica de los bombardeos ha contribuido a una percepción diferente. Aunque las regiones del sur siguen soportando la mayor parte de la destrucción, la sensación de vulnerabilidad se ha extendido a sectores de la sociedad que históricamente se consideraban más o menos alejados de la confrontación.
Más allá de los daños materiales, la destrucción amenaza con acelerar tendencias demográficas que ya existían antes de la guerra. La emigración masiva de jóvenes libaneses durante la crisis económica iniciada en 2019 había vaciado parcialmente muchas localidades del sur. La nueva oleada de desplazamientos corre el riesgo de convertir en permanentes algunos abandonos que inicialmente se consideraban temporales. Diversos alcaldes y organizaciones locales temen que una parte importante de la población no regrese aunque cesen los combates.
En el sur, la guerra ha dejado un paisaje plagado de pueblos en ruinas. Más de 55 localidades fronterizas permanecen bajo control militar de las tropas hebreas. En algunos casos la combinación de ataques aéreos, artillería y dinamita han acabado con la totalidad de las casas.
La importancia de esta región va mucho más allá de su proximidad a la frontera. El sur de Líbano constituye el principal bastión social, político y simbólico de Hezbolá. Fue allí donde el movimiento construyó gran parte de su legitimidad durante la ocupación israelí de 1982-2000 y donde consolidó posteriormente una extensa red de servicios sociales, sanitarios y educativos. Cada pueblo destruido representa, por tanto, mucho más que una pérdida material: afecta directamente a la base social sobre la que se sostiene la organización.
Además, la geografía juega a favor de los defensores. Las colinas que dominan el valle del Litani, las zonas boscosas próximas a la frontera y la compleja red de carreteras secundarias han convertido históricamente la región en un entorno extremadamente difícil para cualquier fuerza ocupante. La experiencia israelí durante las décadas de 1980 y 1990, así como la guerra de 2006, ya demostró que el sur libanés es un territorio muy difícil de controlar para las tropas hebreas.
En paralelo, la Defensa Civil Libanesa lleva meses sacando cuerpos de los escombros en Tiro, Nabatiya o Bint Jbeil, mientras la Agencia Nacional de Información (ANI) y la NNA documentan ataques contra hospitales que, en teoría, deberían estar protegidos: el Rafik Hariri en Beirut, el italo-libanés de Tiro, el Jabal Amel, el de Nabatiya. Médicos Sin Fronteras ha contado 88 sanitarios muertos y más de 200 heridos.
La destrucción de infraestructuras ha sido sistemática. Israel voló cinco puentes sobre el Litani, entre ellos el de Qasmiyeh, para aislar el sur del resto del país. Localidades enteras han quedado convertidas en lo que algunos observadores ya llaman “pueblos fantasma”: Amnistía Internacional ha documentado que la zona de exclusión, que en 2024 cubría el 4,6% del territorio libanés, se amplió en abril a un 6% bajo la etiqueta de “defensa adelantada”, una franja de entre ocho y 12 kilómetros que engloba unos 55 pueblos. Las órdenes de no retorno nunca se han revocado, ni siquiera donde ya no hay combates. Human Rights Watch ha documentado el uso de fósforo blanco sobre zonas residenciales. Y una investigación del New York Times reveló que el ejército israelí llegó a comunicar a comunidades cristianas y drusas del sur que podían quedarse, con una condición: no podían acoger a vecinos chiíes.
CONTROL ISRAELÍ DEL SUR DE LÍBANO
El objetivo declarado por el ministro de Defensa, Israel Katz, ha sido siempre el mismo: establecer una zona de seguridad hasta el río Litani y desmantelar lo que queda de la infraestructura de Hezbolá al sur de esa línea. Para ello, Israel ha desplegado cinco divisiones terrestres, la 36, la 91, la 98, la 146 y la Nahal, además de unidades navales, en lo que el propio ejército llama, la “línea amarilla”, una réplica del frente que divide Gaza en dos.

Bint Jbeil se ha convertido en el principal escenario de combates terrestres, una ciudad que Israel ya identificó como centro de operaciones de Hezbolá y que las FDI afirman tener rodeada y asegurada. En la cresta del Beaufort, el castillo cruzado que durante años simbolizó la resistencia libanesa, la Brigada Golani plantó de nuevo la bandera israelí el 31 de mayo, 44 años después de la batalla de 1982. Más al sur, en Tiro y Nabatiyeh, los bombardeos continúan a pesar de la tregua, igual que en Dahiye, el feudo chií al sur de Beirut, atacado varias veces desde que se firmó el alto el fuego el 17 de abril. El propio Katz lo resumió sin matices: la línea del Litani es la que las FDI “controlarán” para impedir tanto la infiltración de combatientes como el regreso de los residentes desplazados, mientras no esté garantizada la seguridad del Norte de Israel.
Bajo el liderazgo de Naim Qassem, sucesor de Hasán Nasralá y con un vínculo declarado con Teherán que sobrevive incluso a la muerte de Jamenei, Hezbolá ha demostrado una capacidad de adaptación que ha desconcertado a la inteligencia israelí. Su doctrina ya no depende de los misiles antitanque guiados que dieron forma a la guerra de 2006 o 2024: ahora combina una red de túneles inspirada en el modelo norcoreano con drones FPV guiados por fibra óptica, una tecnología importada de la guerra de Ucrania que es inmune a la guerra electrónica porque no emite ninguna señal rastreable.
El resultado se ha notado en el frente. El sistema de defensa activa Trophy, diseñado por la empresa armamentista Rafael para interceptar misiles y cohetes, se ha visto saturado por enjambres de drones de bajo coste –apenas 500 dólares cada uno– capaces de inutilizar un tanque Merkava de varios millones. El propio New York Times reconoció que esta tecnología “empantanó” la estrategia israelí inicial, basada en hacer retroceder a Hezbolá mediante presión militar directa. La misión de paz de la ONU en el sur de Líbano (FINUL) ha monitoreado más de 210 proyectiles lanzados desde Líbano desde marzo, y la ruta de armamento que conecta a Hezbolá con Siria, pese al cambio de régimen en Damasco, sigue activa. Qassem lo ha dicho sin rodeos: el grupo no negociará su desarme mientras Israel no se retire, y calificó cualquier conversación en ese sentido como una “rendición”.
A diferencia de otros grupos armados de la región, Hezbolá ha construido una estructura política, económica y social profundamente integrada en amplias zonas de la comunidad chií libanesa
A diferencia de otros grupos armados de la región, la organización ha construido durante décadas una estructura política, económica y social profundamente integrada en amplias zonas de la comunidad chií libanesa. Hospitales, escuelas, asociaciones benéficas y mecanismos informales de asistencia han permitido al movimiento mantener una influencia que trasciende el campo de batalla. Esa dimensión explica por qué numerosos analistas consideran poco realista cualquier intento de resolver la cuestión de Hezbolá exclusivamente mediante medios militares. Aunque la organización ha sufrido pérdidas significativas en mandos, combatientes e infraestructuras, sigue conservando una base social capaz de sostener su continuidad política.
El gobierno libanés, encabezado por el presidente cristiano Joseph Aoun y el primer ministro suní Nawaf Salam, ha apostado por una vía que hace solo un año era impensable: negociar directamente con Israel. Aoun, quien lideró las Fuerzas Armadas libanesas antes de llegar a la presidencia, ha dicho que prefiere “la negociación a la guerra” y se ha comprometido a “negociar y persuadir” a Hezbolá para que se desarme. El instrumento es el Plan Escudo de la Patria, diseñado por el comandante del ejército, Rodolphe Haykal, en cinco fases sucesivas y sin plazos rígidos: consolidar el control al sur del Litani, extenderlo hasta el río Awali, recuperar autoridad institucional en Beirut, proyectarla sobre la Bekaa y, en el horizonte final, establecer el monopolio estatal de las armas.
La cuestión del desarme de Hezbolá lleva décadas marcando la política libanesa. Los Acuerdos de Taif de 1989, que pusieron fin a la guerra civil, establecieron el desarme de las milicias, pero Hezbolá quedó al margen bajo el argumento de que mantenía una función de “resistencia” frente a la ocupación israelí del sur. Desde entonces, la organización ha conservado un arsenal propio, una cadena de mando independiente y una capacidad militar superior a la de muchas fuerzas armadas estatales de la región.
Esta anomalía ha condicionado toda la arquitectura institucional libanesa. Ningún presidente, primer ministro o comandante militar ha logrado imponer plenamente el monopolio estatal de la fuerza. El resultado es un sistema híbrido en el que conviven un Estado formalmente soberano y una organización armada con capacidad para tomar decisiones de guerra y paz al margen de las instituciones. La actual ofensiva israelí ha reabierto el debate con una intensidad inédita desde 2006. Sin embargo, incluso quienes defienden una integración gradual de Hezbolá en las estructuras estatales reconocen que un desarme rápido podría provocar graves tensiones internas y reactivar viejas fracturas sectarias.
El plan choca con una realidad incómoda: el ejército libanés paga sueldos de apenas 100 dólares semanales, una cifra que limita cualquier capacidad operativa real. Además, un gran número de chiíes forman parte de las filas regulares libanesas, lo que complica una confrontación directa asegurada entre el ejército y la milicia. Y choca, sobre todo, con el veto de facto de Nabih Berri, líder del movimiento chií Amal –aliado político clave y portavoz de facto de Hezbolá en las negociaciones– que se niega por ahora a dar luz verde política al desarme por miedo a debilitar a toda esta comunidad religiosa.
Washington, mientras tanto, ha llegado a suspender su coordinación con el ejército libanés para ejercer presión y forzar la destitución de Haykal, algo que Aoun ha rechazado. Las negociaciones directas en Washington –29 de mayo y 2-3 de junio– avanzan sobre el papel hacia “zonas piloto” controladas por el ejército libanés y la aplicación, 20 años después, de la resolución 1701 de la ONU. Sobre el terreno, la realidad es otra: el mandato de los cascos azules termina sin que nadie tenga claro qué lo sustituirá, y la propia misión ha reconocido en privado que carece de medios y de mandato para impedir el rearme de Hezbolá al sur del Litani.
El cálculo que hizo Netanyahu hace meses –una operación de seguridad rápida y controlada en el sur libanés– se ha convertido en el principal obstáculo para que su propio aliado cierre la guerra con Irán
El cálculo que hizo Netanyahu hace meses –una operación de seguridad rápida y controlada en el sur libanés– se ha convertido en el principal obstáculo para que su propio aliado cierre la guerra con Irán. Hezbolá lo ha dejado por escrito: no habrá acuerdo nuclear entre Teherán y Washington si Israel no se retira de Líbano. Con esa condición sobre la mesa, el frente que debía ser secundario pasa a marcar el ritmo de toda la negociación regional.
El memorando que Estados Unidos e Irán firmaron a mediados de junio en Ginebra busca garantizar la reapertura del estrecho de Ormuz y abre 60 días de conversación sobre el programa nuclear iraní, pero no incluye, al menos en las versiones filtradas, ninguna obligación de retirada israelí. Israel lo sabe y actúa en consecuencia: Netanyahu ha repetido que la guerra “no ha terminado” y Katz ha sido aún más explícito, prometiendo que las tropas permanecerán en el sur “sin límite de tiempo”. Detrás de esa firmeza hay un calendario muy concreto: las primeras elecciones israelíes desde el 7 de octubre están previstas para septiembre u octubre, y Netanyahu necesita seguir en el poder para mantener a raya su juicio por corrupción. Ceder terreno en Líbano antes de esas elecciones sería, para él, un regalo a una oposición que ya le aventaja en las encuestas.
Esa rigidez, sin embargo, tiene un coste con Washington. Trump ha criticado en público los bombardeos sobre Beirut, ha escrito en su red social Truth Social que “no debe haber más ataques israelíes en ningún lugar de Líbano” mientras avanza el pacto con Irán, y ha sugerido que sea la nueva Siria de Ahmed al Shara, no Israel, quien se ocupe de Hezbolá. Según Axios, llegó a decir en privado que Netanyahu “no tiene ningún juicio”. La oposición israelí, encabezada por Yair Lapid, ha resumido el balance con una frase que ya circula como sentencia: “Israel ha ganado la batalla; Netanyahu ha perdido la guerra”. Ni Hamás ha sido destruido en Gaza, ni el régimen iraní ha caído, ni Hezbolá ha desaparecido del sur de Líbano. Netanyahu llega a las elecciones con una invasión enquistada y sin ninguna de las victorias políticas que prometió tras el 7 de octubre.
Dieciocho años de ocupación del sur libanés, entre 1982 y 2000, no le enseñaron a Israel la lección que el terreno se empeña en repetirle. Hoy, con un Líbano exhausto por dos años ininterrumpidos de guerra y un gobierno dispuesto a negociar su propio desarme, Israel sigue dispuesto a inmolar la poca estabilidad que le queda al país de los cedros a cambio de una victoria pírrica./