Europa y la guerra con Irán: de la descoordinación hacia la autonomía estratégica
La respuesta inmediata de los líderes europeos al inicio, el 28 de febrero, de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán no pudo estar más dividida. En un extremo, los líderes bálticos, siguiendo la línea de los beligerantes, acogieron con satisfacción el asesinato del ayatolá Jameneí como un momento de esperanza para el pueblo iraní. En el otro, el presidente español, Pedro Sánchez, rechazó la acción militar unilateral por considerarla ilegal. Se expresaron casi todos los puntos de vista intermedios entre estos dos extremos, mientras que muchos gobiernos, en particular los del E3 (Francia, Alemania y Reino Unido), guardaron silencio sobre el ataque estadounidense-israelí y centraron sus críticas en los contraataques iraníes contra los Estados del Golfo. La descoordinación puesta de manifiesto por respuestas tan dispares hizo prácticamente imposible articular una posición común de la Unión Europea (UE). Una declaración conjunta del presidente del Consejo Europeo, António Costa, y de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, se limitó a expresar preocupación e instar a la moderación.
En su estrategia para Oriente Medio, Europa debe aprovechar sus activos económicos, diplomáticos y de seguridad para desarrollar políticas basadas en sus propios intereses y no en los de EEUU.
Esto pareció marcar un nuevo mínimo en el papel de Europa en el mundo. Apenas 10 años antes, la UE había liderado con éxito una década de negociaciones bajo mandato de la ONU en nombre del llamado E3+3 (Reino Unido, Francia, Alemania + EEUU, Rusia, China) para firmar el acuerdo nuclear integral con Irán, el JCPOA. Este logro había puesto a prueba la entereza de Europa como actor diplomático serio al conseguir un éxito multilateral poco común en Oriente Medio. El contraste con el 28 de febrero no podía ser más llamativo. La debilidad demostrada también contrastaba con los acontecimientos de apenas dos semanas antes, cuando Europa parecía haber plantado cara con éxito a EEUU respecto a sus pretensiones territoriales sobre Groenlandia.
En este contexto desfavorable, con una Europa quizá más marginada y dividida que en ningún otro momento desde que se puso en marcha la política exterior de la UE, resulta aún más notable que, a medida que ha avanzado la guerra contra Irán, no solo se haya reconstruido en gran medida una frágil unidad, sino que los responsables políticos estén empezando a creer poco a poco que Europa podría ser capaz de actuar en Oriente Medio basándose en sus propios intereses y sin limitarse a seguir pasivamente el enfoque de Washington.
UNA GUERRA SIN VENTAJAS PARA EUROPA
Aunque resulte difícil de creer en retrospectiva, los objetivos iniciales de la guerra de EEUU e Israel eran un cambio de régimen al estilo de Venezuela, decapitando al liderazgo del régimen y sustituyéndolo por alguien que hiciera poco por cambiarlo, pero que estuviera dispuesto a actuar como un líder dócil para los intereses de EEUU e Israel en la región. Curiosamente, el candidato estadounidense e israelí para hacerse con el poder en Irán no era otro que Mahmud Ahmadineyad, el expresidente de línea dura y antioccidental que, como presidente, había pedido que Israel fuera “borrado del mapa”. Fue, quizás, la suposición de que esta operación tendría éxito lo que llevó a muchos líderes europeos a apoyarla. Sin embargo, fracasó en las primeras 24 horas. Ahmadineyad resultó herido en unos ataques destinados a liberarlo del arresto domiciliario mediante el asesinato de sus guardias de seguridad, y pasó inmediatamente a la clandestinidad tras desilusionarse con el plan estadounidense-israelí.
En retrospectiva, los europeos quizá debieron prever que intentar un cambio de régimen en Irán era muy arriesgado y, tal vez, estaba predestinado al fracaso. En Europa se sabía desde hacía décadas que los simulacros de guerra del Pentágono sobre operaciones de cambio de régimen en Irán habían fracasado sistemáticamente. Los riesgos del cierre del estrecho de Ormuz por parte de los iraníes también eran conocidos y reconocidos. Estos riesgos, a su vez, siempre habían sido suficientes para impedir que a las generaciones anteriores de halcones anti-Irán, como John Bolton, se les diera vía libre para seguir adelante.
Y así, en lugar de una operación rápida e ilegal al estilo de la de Venezuela, lo que se desató fue una guerra que bloqueó los suministros esenciales de petróleo y fertilizantes procedentes del Golfo, además de causar daños significativos a su infraestructura energética. Esto supuso un triple golpe para Europa. En primer lugar, en el plano económico, el director de la Agencia Internacional de la Energía advirtió de una crisis del petróleo más grave que las de 1973, 1979 o 2022. En primavera, la Comisión Europea rebajó las previsiones de crecimiento para este año del 1,5% al 1,1% y ha elevado las previsiones de inflación del 2,1% al 3,1%. Ahora existe el riesgo de estanflación, con un lastre económico que se prevé que se prolongue varios años después del fin del conflicto.
En segundo lugar, y más grave aún, la subida del precio de los combustibles fósiles proporcionó a los rusos una bonanza económica inesperada. Reuters estimó que los ingresos fiscales de Rusia procedentes únicamente de la producción de petróleo casi se duplicaron, lo que le proporcionó más de 4.000 millones de dólares al mes para financiar sus esfuerzos bélicos en Ucrania. La guerra también debilitó a Ucrania al reducir y desviar las existencias estadounidenses de misiles interceptores Patriot, de carácter esencial. Estos efectos podrían retrasar aún más el momento en que Rusia considere que le conviene negociar una solución al conflicto de Ucrania y provocar una prolongación innecesaria de una guerra que, en la actualidad, constituye la principal preocupación de Europa en materia de seguridad.
En tercer lugar, los objetivos de guerra de EEUU e Israel han divergido significativamente tras el fracaso inicial de la operación de cambio de régimen. Mientras que EEUU se ha centrado en la reapertura del estrecho de Ormuz, el objetivo de Israel ha pasado a ser el colapso del régimen islámico de Teherán, independientemente de si es sustituido por algo estable o incluso capaz de mantener la unidad del país. Si tuvieran éxito, hay muchas posibilidades de que estallaran conflictos internos, y es probable que los kurdos, los baluchis y otras minorías se aprovecharan del desorden. Para Europa, esto significaría otra crisis de refugiados en sus fronteras, que bien podría ser mayor que la siria.
REPERCUSIONES POLÍTICAS Y ESTRATÉGICAS EN EUROPA
El daño causado a Europa por la guerra ha tenido, como era de esperar, importantes repercusiones políticas en todo el continente. Si la postura de Sánchez era una excepción en Europa el día en que estalló el conflicto, en pocas semanas otros se apresuraron a sumarse a él. A finales de marzo, la autoproclamada aliada de Donald Trump, Giorgia Meloni, criticaba públicamente la guerra e impedía que los aviones estadounidenses repostaran en bases italianas. Por esas mismas fechas, el presidente alemán, Frank-Walter Steinmeier, arremetió contra EEUU e Israel, acusándolo de iniciar una guerra ilegal y políticamente desastrosa. El canciller alemán, Friedrich Merz, tardó más y se mostró más comedido, pero a finales de abril declaró públicamente su escepticismo respecto a la guerra. En Francia, el presidente, Emmanuel Macron, también comenzó a hacer declaraciones públicas criticando la estrategia bélica estadounidense.
La guerra complicó especialmente la vida a los partidos de extrema derecha de Europa, muchos de los cuales se habían presentado hasta entonces como aliados políticos de Trump y del movimiento MAGA. A la velocidad del rayo, la alianza con Trump se convirtió en veneno político. En Italia, el aura de invencibilidad política de Meloni se desvaneció en marzo tras una inesperada derrota electoral en un referéndum constitucional sobre el poder judicial. Esa misma semana, Janez Jansa no logró la mayoría esperada en las elecciones parlamentarias de Eslovenia. De forma más dramática y visible, el icono del MAGA, Viktor Orbán, no solo perdió la presidencia del gobierno en las elecciones parlamentarias de abril en Hungría, sino que la oposición obtuvo una mayoría constitucional cualificada, a pesar de (o quizás debido a) la visita del vicepresidente estadounidense, J.D. Vance, para apoyar a Orbán en vísperas de las elecciones. La única excepción a este patrón de declive parece ser Alemania, donde la AfD sigue creciendo en las encuestas, pero quizá sea la excepción que confirma la regla, dado que su reciente aumento de popularidad coincidió con sus críticas a la guerra de Irán.
La creciente impopularidad de Trump en Europa se vio entonces acelerada por sus amenazas a los europeos de retirarse de la OTAN, retirar las tropas de Europa y reintroducir sanciones. Estas medidas resultaron esencialmente contraproducentes, ya que no persuadieron a ningún europeo a participar en una guerra sobre la que no se les había consultado previamente y a la que se habrían opuesto si se les hubiera preguntado.
Algunas de estas amenazas estadounidenses pudieron ignorarse en gran medida: amenazar a España con un aumento de los aranceles era una amenaza vacía para un país que se encuentra a salvo dentro de la unión aduanera. Del mismo modo, las amenazas de retirar las tropas estadounidenses de las bases en Europa parecían contraproducentes dada la importancia de esas bases para la proyección del poder militar estadounidense más allá de Europa, sobre todo en el propio Oriente Medio.
Sin embargo, a pesar de ser en gran medida amenazas vacías, también han puesto en riesgo la influencia de EEUU sobre los europeos. La disposición de la UE a doblegarse ante Trump se derivaba del temor a que EEUU retirara su apoyo a la defensa de Ucrania y, más allá de eso, a la disuasión europea frente a la amenaza de seguridad rusa. La reticencia de los Estados bálticos a criticar la guerra contra Irán se deriva de este temor, ya que la amenaza de Rusia es, para ellos, existencial. Es este temor el que también explica por qué la UE, como mayor bloque comercial mundial, firmó el año pasado un acuerdo comercial con EEUU que es extremadamente favorable a este país, al añadir aranceles a exportaciones europeas clave sin reciprocidad.
Pero cuando una amenaza se convierte en realidad, pierde su poder. Los estadounidenses ya han convencido a los europeos para que paguen las armas estadounidenses suministradas a Ucrania. El número de tropas estadounidenses en Europa se ha reducido de forma constante desde el máximo alcanzado durante la Guerra Fría, de 475.000 a finales de la década de 1950, y actualmente se sitúa entre 80.000 y 105.000. La retirada de más tropas, en medio de las continuas amenazas de abandonar la OTAN, hace que el tan nombrado artículo 5 del Tratado de la OTAN, que establece la defensa mutua, comience a parecer realmente frágil. Muchos analistas ya hablan de la idea de que el artículo 5 está de facto muerto. Si este es el caso, entonces la única influencia que le queda a EEUU se debe a que los europeos no quieren que se declare públicamente su muerte hasta que su sustituto europeo esté listo.

Sin embargo, se trata de una influencia mucho más débil sobre los europeos. Paradójicamente, Trump ha debilitado la influencia de EEUU sobre los gobiernos europeos, ha debilitado a sus aliados políticos en el continente y ha generado la voluntad política potencial para que Europa tome el control de su propia seguridad, no solo para hacer frente a las amenazas en su flanco oriental, sino también para desarrollar un conjunto de políticas más autónomas hacia su flanco meridional.
HACIA UN ENFOQUE EUROPEO AUTÓNOMO RESPECTO A SU VECINDAD DEL SUR
Los primeros indicios de “reacción” europea surgieron como respuesta a la exigencia de Trump, el 14 de marzo, de que Europa asumiera la responsabilidad de garantizar la seguridad del tránsito comercial de buques por el estrecho de Ormuz. Aunque los europeos rechazaron rotundamente la exigencia estadounidense de desplegarse mientras la guerra aún estaba en pleno apogeo, lo que surgió fue una declaración el 19 de marzo de siete países (Francia, Alemania, Italia y los Países Bajos, además del Reino Unido, Canadá y Japón) en la que expresaban su “disposición a contribuir a los esfuerzos adecuados para garantizar el paso seguro por el estrecho”. A la declaración se sumaron rápidamente más de 30 países, entre ellos muchos de la UE. En menos de un mes, Macron y el primer ministro británico, Keir Starmer, habían convocado una cumbre de 51 países. Los dos líderes anunciaron el lanzamiento de una misión multinacional defensiva que, tras un alto el fuego sostenible, protegería el tráfico marítimo comercial, garantizaría el paso seguro y contribuiría al desminado del estrecho. Paralelamente, se iniciaron los trabajos en la UE para ampliar el mandato de la misión naval Aspides, que desde 2024 protege el tráfico marítimo comercial en el mar Rojo de los ataques de drones y misiles hutíes.
Esto sienta una serie de precedentes importantes. El primero es que EEUU, los Estados del Golfo, los aliados de la OTAN no pertenecientes a la UE y los países del G7 están demostrando su voluntad de unirse bajo el liderazgo francés y británico –es decir, europeo– para garantizar la seguridad marítima tras el conflicto, y están dispuestos a desplegar los medios navales y aéreos necesarios para que la misión sea un éxito. Además, la UE, como tal, está dispuesta potencialmente a hacer su propia contribución militar a este esfuerzo.
Lo más llamativo es que, en el momento de redactar este artículo, Estados Unidos no parece tener planes de participar, dirigir o controlar dicha misión, lo que supondría la primera vez desde el fin de la Guerra Fría que la seguridad militar en el Golfo no estaría gestionada directamente por los estadounidenses.
En este contexto, una estrategia europea para Oriente Medio podría ir mucho más allá de responder a consideraciones inmediatas en torno a la seguridad del estrecho de Ormuz. La Comisión Europea tiene previsto publicar este año una nueva estrategia regional, aunque el conflicto iraní ha retrasado su elaboración. A diferencia del enfoque cauteloso y fragmentario del Pacto por el Mediterráneo del año pasado, esta debería ser una oportunidad para una verdadera reflexión estratégica sobre cómo Europa puede aprovechar sus activos económicos, diplomáticos y, ahora de manera potencial, de seguridad en la región para desarrollar un conjunto de políticas basadas en sus propios intereses y no en los de su “socio” transatlántico.
CONCLUSIÓN
Concluiré con algunas ideas sobre cómo podría concretarse esa reflexión. (para más información, ver “Time for the EU to rethink its Middle East Strategy” Arab Reform Initiative):
– Europa debe reconocer y desplegar de forma eficaz y coherente los activos de que dispone
Europa sigue siendo, en general, el mayor socio comercial de la región MENA, aunque China la haya superado en los Estados del Golfo. Europa dialoga con todos los actores de la región a través de su amplia red diplomática y mantiene colaboraciones de base amplia mediante los acuerdos de asociación con todos los países mediterráneos, a excepción de Siria. Además, sigue siendo, por el momento, el mayor actor humanitario del mundo, y la extensa diáspora europea procedente de la región le permite comprenderla mejor que cualquier otro actor externo. En un mundo en el que las grandes potencias no temen hacer uso de su fuerza, Europa debería ser más honesta tanto sobre su papel como sobre lo que busca de la región. En lugar de intentar impedir la migración mediante acuerdos bilaterales, una Europa más segura de sí misma y asertiva definiría su objetivo general en la región como la búsqueda de un vecindario más pacífico y próspero mediante el fortalecimiento de sus relaciones en toda la región. Cualquier medida encaminada a alcanzar ese objetivo reduciría por sí misma tanto el número de refugiados como el de migrantes económicos.
– Europa necesita una relación cualitativamente diferente con el Golfo
Tanto Europa como los Estados del Golfo han descubierto en los últimos 18 meses, por las malas, que Estados Unidos ya no es un aliado fiable y que esa falta de fiabilidad está poniendo en riesgo la seguridad de ambos. Algunos analistas hablan ahora de una convergencia estratégica de las dos regiones. Para fomentar esta convergencia, lo que se necesita es un cambio radical en las relaciones de Europa con los Estados del Golfo, especialmente con Arabia Saudí y Catar, basado en un enfoque compartido más estrechamente respecto a toda la región y su seguridad. La UE ya dispone de un conjunto de herramientas políticas para lograrlo, gracias a la Estrategia de Asociación de la UE con el Golfo adoptada en 2022. Partiendo de esta base y de los nuevos esfuerzos por garantizar la seguridad marítima una vez terminada la guerra, Europa podría acabar contribuyendo a fomentar un marco de seguridad cooperativa en la región. Podrían estar empujando una puerta abierta, ya que las vulnerabilidades tanto de Irán como de los Estados del Golfo ante la agresión militar –que el conflicto ha puesto de manifiesto– podrían generar una voluntad mucho mayor de invertir en un marco de seguridad cooperativa más estable. Una Europa más asertiva y estratégica podría desempeñar un papel a la hora de facilitar el desarrollo de la alternativa regional a la pax americana, tan necesaria y largamente esperada.
– Europa debe colaborar con la región para reconstruir la confianza perdida en los últimos años
Si Europa quiere desempeñar este papel, tendrá que reconocer los errores cometidos en los últimos años y volver a su posición tradicional: el conflicto israelo-palestino sigue siendo la cuestión estratégica central para la región, y colaborar con la región para encontrar una solución debería ser la primera prioridad de Europa.
En lugar de enviar a comisarios europeos como simples observadores de la eventual Junta para la Paz, Europa colaboraría con socios de la región, especialmente en el Golfo, para desarrollar planes que refuercen la capacidad de acción palestina en la reconstrucción de Gaza. También debería estar dispuesta a hacer valer su peso económico y comercial para recordar a Israel que las iniciativas de anexión de Cisjordania, el socavamiento de las estructuras de gobernanza de Oslo y los bombardeos ilegales y la expansión de su territorio en Líbano y Siria tienen consecuencias, si fuera necesario, mediante la suspensión de las preferencias comerciales en virtud del Acuerdo de Asociación UE-Israel.
Este enfoque no solo cambiaría la forma en que los palestinos ven a Europa, sino que también tendría un impacto en las relaciones de Europa con toda la región y le permitiría reforzar sus lazos históricamente estrechos con Irak, Siria, Líbano, Egipto, Turquía y el Golfo. A su vez, esto abriría la puerta a un papel europeo mucho más significativo en la rehabilitación y reconstrucción de Siria tras la guerra, al trabajar en colaboración con Turquía y el Golfo.
En conjunto, tal estrategia contribuiría al menos a reparar el daño causado a la reputación de Europa como defensora del derecho Internacional, no solo en Oriente Medio, sino también en África, América Latina y Asia. Como tal, sería un punto de partida para el desarrollo del tipo de alianza de potencias medias que el primer ministro canadiense, Mark Carney, defendía en Davos y en la que la UE, como conjunto de potencias medias unidas por leyes y normas, debería lógicamente desempeñar un papel central./