Co-edition with Fundación Análisis de Política Exterior
Ideas Políticas

La guerra de EEUU e Israel contra Irán: una evaluación preliminar

Dr. Gawdat Bahgat
Distinguished Professor at the Center for Strategic Studies of the Near East and South Asia at the National Defense University, author of 11 books on the Middle East and US foreign policy (article submitted on March 10, 2026).

Desde principios del siglo XXI, la amplia región de Oriente Medio ha sido testigo de varias oleadas de violencia sangrienta y de guerras. La larga lista incluye la guerra contra el terrorismo; el derrocamiento de Sadam Husein; las guerras civiles en Libia, Siria, Yemen y Sudán; los ataques de Hamás contra Israel y las operaciones militares de este último en Gaza, Cisjordania, Líbano, Siria, Yemen e Irán. Antes de octubre de 2023, un frágil equilibrio de poder regional dejaba a la República Islámica de Irán y a sus aliados en una posición relativamente fuerte frente a Israel y Estados Unidos. Hamás controlaba Gaza; Hezbolá, con un importante arsenal de misiles, planteaba un serio desafío a Israel; los hutíes se hicieron con el control de las zonas más pobladas de Yemen; y los países árabes comenzaron a limar asperezas con el presidente Bashar al Assad de Siria y restablecieron relaciones diplomáticas con Teherán. Por último, Irán contaba con una capacidad misilística amplia y sofisticada y con reservas de uranio enriquecido que podían utilizarse como moneda de cambio en las negociaciones diplomáticas para poner fin al estancamiento sobre su programa nuclear.

Estas dinámicas estratégicas han cambiado drásticamente en los últimos dos años. La mayoría de los aliados de Irán se han visto debilitados, sus instalaciones nucleares han sido destruidas y su capacidad misilística se ha visto mermada. A pesar de estos reveses, la República Islámica no fue derrotada. El gobierno no solo sobrevivió a la pérdida de aliados regionales, sino que, lo que es igualmente importante, logró poner fin a los disturbios y manifestaciones a escala nacional desencadenados por el aumento de la inflación y el estancamiento económico a principios de este año. En este contexto, Estados Unidos e Israel lanzaron una nueva guerra contra Irán a finales de febrero. Llevará algún tiempo comprender los motivos que hay detrás de estos ataques y sus ramificaciones económicas y estratégicas.

Atacar a Irán: la visión desde Washington

Tanto en su campaña electoral hacia la Casa Blanca como en la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, publicada a finales de 2025, Donald Trump prometió no llevar al país a otra guerra interminable, como las de Afganistán e Irak. Sin embargo, en su primer año en el cargo, el presidente ha desarrollado un afán por proyectar el poderío militar estadounidense y atacar a sus adversarios. El éxito del bombardeo de las instalaciones nucleares de Irán en junio del año pasado y la captura del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, en enero de este año parecen haber reforzado aún más la convicción de Trump de utilizar el poderío militar estadounidense.

Los opositores a Trump critican su decisión de atacar a Irán por varios motivos. En primer lugar, no ha logrado convencer al pueblo estadounidense de la necesidad de la guerra, no ha tenido la autorización del Congreso para entrar en guerra y no ha formado una coalición internacional. No se consultó a los aliados árabes y europeos de Estados Unidos y, de hecho, muchos de ellos presionaron en contra de la confrontación militar.

En segundo lugar, muchos estadounidenses, incluidos los partidarios del presidente, no están de acuerdo con su afirmación de que Irán representaba “una amenaza inminente” para Estados Unidos. Tras los graves daños sufridos por las instalaciones nucleares en junio, no había indicios de que Irán hubiese reanudado el programa de enriquecimiento de uranio. Además, las agencias de inteligencia estadounidenses habían concluido que Irán tardaría al menos una década en construir misiles de largo alcance capaces de llegar hasta Estados Unidos. En tercer lugar, los objetivos de la Administración Trump no están bien definidos. El presidente y otros altos funcionarios mencionaron la necesidad de impedir que Irán fabricara armas nucleares, de destruir su capacidad misilística y naval, eliminar su apoyo a organizaciones terroristas y de poner fin a la violencia contra disidentes políticos y manifestantes. Tras unos días de guerra, Trump añadió un objetivo más: el cambio de régimen. El presidente también descartó cualquier acuerdo diplomático y, en su lugar, exigió una “rendición incondicional”.

Pantalla digital con la imagen de Trump, y las palabras “¡Gracias, Dios y Donald Trump!”. Tel Aviv, 10 de marzo de 2026./Erik Marmor/Getty Images

Los intensos ataques de EEUU e Israel y la actitud desafiante de Irán han puesto de manifiesto la presión política, estratégica y económica a la que se enfrenta la Administración Trump. A nivel nacional, el presidente tiene que convencer a los estadounidenses de que las “amenazas inminentes” de Irán justifican los riesgos y sacrificios de los hombres y mujeres que sirven en el ejército, el aumento del coste de la energía, la caída de los mercados bursátiles y de los índices de popularidad. Un conflicto prolongado con objetivos poco claros y cambiantes probablemente perjudicará al Partido Republicano en las elecciones de mitad de mandato de noviembre de este año. La creciente oposición a la guerra no se limita a los demócratas. Personalidades destacadas del movimiento Make America Great Again (MAGA), como Tucker Carlson, han expresado fuertes reservas y han cuestionado si la guerra está en consonancia con la agenda America first. Además, muchos analistas, tanto de derechas como de izquierdas, han argumentado que Israel ha arrastrado a Estados Unidos a la guerra. Desde su toma de posesión en enero de 2025, Trump se ha reunido con el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, en siete ocasiones (más que con cualquier otro líder extranjero). Por último, a pesar de la impresionante capacidad militar de EEUU, la historia nos enseña que iniciar guerras es mucho más fácil que terminarlas.

Defender la República Islámica: la visión desde Teherán

Desde el establecimiento de la República Islámica en 1979, sus líderes han percibido a Estados Unidos e Israel como sus archienemigos. El país ha estado sometido a sanciones económicas y diplomáticas estadounidenses durante más de cuatro décadas y los funcionarios israelíes han pedido constantemente el derrocamiento del gobierno de Teherán. Durante muchos años, el difunto ayatolá Alí Jamenei había sostenido que el programa nuclear no era la razón de esta animosidad. Más bien afirmaba que Washington nunca había aceptado la revolución islámica y había empleado la presión económica y el aislamiento diplomático para socavarla. El uso de la fuerza militar, según este argumento, tiene como objetivo acabar con la República Islámica.

Los líderes políticos y militares iraníes son conscientes de la profunda vulnerabilidad actual de su nación. En los últimos años, sus aliados regionales se han visto gravemente debilitados y sus capacidades de defensa y disuasión han quedado significativamente destruidas. A pesar de estos reveses, el gobierno se mantiene desafiante. Los líderes iraníes consideran los ataques de EEUU e Israel como una guerra existencial.

Basándose en esta percepción, han adoptado una estrategia de “crisis final”. El objetivo principal es sobrevivir y poner fin rápidamente al conflicto. Esta estrategia busca aumentar el coste y la presión sobre el presidente Trump para que termine la guerra. Cerrar el estrecho de Ormuz, bloquear los petroleros y buques cisterna de gas, y atacar las bases estadounidenses en países vecinos son parte de esta estrategia.

A nivel interno, desde los primeros años de la República Islámica, el gobierno ha mostrado poca o ninguna tolerancia hacia la oposición política. Durante más de cuatro décadas no ha habido ningún grupo de oposición organizado capaz de desafiar al gobierno de Teherán. Reza Pahlavi, el hijo exiliado del último sha, vive fuera del país desde 1978. No está claro si cuenta con suficiente apoyo dentro de Irán. En los últimos meses ha instado al presidente Trump a “terminar el trabajo” y acabar con la República Islámica. Reza Pahlavi también ha visitado Israel y se ha reunido con Netanyahu.

Tampoco la Organización de los Muyahidines del Pueblo de Irán (MEK, por sus siglas en inglés) se considera una alternativa viable. Se formó en 1965 como grupo islamista de izquierdas, libró una lucha armada contra el sha y participó en la revolución de 1979. Pero tras perder una lucha de poder con el ayatolá Jomeini, se exilió en Irak y más tarde luchó junto a las fuerzas iraquíes en la guerra contra Irán. Fue designada como organización terrorista por el Departamento de Estado de EEUU hasta 2012. Desde entonces, ha cultivado buenas relaciones con Washington y otros países europeos. El primer día de la guerra, la líder del MEK, Maryam Rajaví, anunció la formación de un gobierno provisional que transferiría la soberanía al pueblo iraní y establecería una república democrática. Al igual que el hijo del sha, no hay indicios de que el grupo cuente con apoyo dentro de Irán, donde se le considera una secta y un enemigo no solo del gobierno iraní, sino también del pueblo iraní.

Otra cuestión importante es la compleja composición étnica de Irán. Las divisiones sectarias son menos problemáticas que las étnicas. La mayoría de los 90 millones de iraníes son chiíes, con pequeñas minorías suníes, cristianas, judías y de otras religiones. Por otra parte, los persas representan alrededor del 60% de la población; el resto de grupos étnicos son azeríes, kurdos, árabes, luros y baluchíes. La mayoría de estos grupos étnicos tienen raíces en países vecinos. No se pueden descartar las tensiones étnicas, pero estas se enfrentan al menos a dos retos. En primer lugar, Irán y sus vecinos comparten intereses comunes a la hora de contener las aspiraciones políticas de estas minorías étnicas. Por ejemplo, Turquía, Irak, Siria e Irán están unidos contra un Estado kurdo independiente. En segundo lugar, como una de las civilizaciones más antiguas del mundo, Irán tiene una fuerte identidad nacional. La mayoría, si no todos, de estos grupos étnicos, han convivido durante miles de años.

Por último, es importante no sobreestimar el impacto del asesinato del ayatolá Jamenei y otros altos dirigentes políticos y militares. A diferencia del Irak de Saddam Hussein o la Libia de Muamar Gadafi, la República Islámica no es un régimen autoritario unipersonal. Existen varios centros de poder institucionalizados que colaboran para garantizar la supervivencia del sistema. A pesar del abrumador poderío militar de EEUU e Israel y de décadas de sanciones económicas y diplomáticas, no hay indicios de fragmentación de la élite, al menos no todavía. Los líderes políticos, militares y religiosos parecen decididos a resistir los ataques de EEUU e Israel y a mantener el sistema islámico en el poder. El tiempo dirá si esta resistencia cambiará bajo el intenso bombardeo y sus secuelas.

Diez días después del asesinato del líder supremo Alí Jamenei, su hijo Mojtaba era elegido su sucesor. Puede que sobreviva o no a un intento de Estados Unidos e Israel de matarlo. Aun así, su elección envía un claro mensaje de unidad entre la clase dirigente político-militar de Teherán y es una señal de resistencia a la capitulación exigida por Trump de una “rendición incondicional”. En un principio, Alí Jamenei y la Asamblea de Expertos no querían que Mojtaba se convirtiera en líder supremo por temor a que se instaurara un régimen de sucesión hereditaria, pero sus fuertes vínculos con el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica y la guerra, en curso, lo elevaron a la máxima posición.

Reacción regional

Durante décadas, la rivalidad entre el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) e Irán ha dominado Oriente Medio. Las monarquías del Golfo acusaban a la República Islámica de intentar controlar la región, exportar su revolución y apoyar a actores no estatales. En los últimos años, los líderes relativamente jóvenes y asertivos de Catar, Omán, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos se han centrado en diversificar sus economías, reducir la dependencia de los ingresos petroleros, atraer inversiones privadas y extranjeras y posicionarse como centros regionales y globales de tecnologías emergentes. Estas ambiciosas visiones de reforma económica necesitan estabilidad política. En este contexto, los Estados del CCG han iniciado un proceso gradual de distensión y acercamiento con Irán y han reanudado las relaciones diplomáticas. También han presionado a la Administración Trump para que no atacara a Irán.

Las represalias de Teherán y los ataques contra bases militares estadounidenses (y otros objetivos) han puesto de manifiesto la fragilidad de este acercamiento entre el CCG e Irán. Como es natural, los gobiernos del CCG han condenado lo que consideran una violación de su soberanía por parte de Irán y han exigido a Teherán que cese sus ataques con misiles y drones. Mientras tanto, algunas figuras públicas estrechamente vinculadas a sus gobiernos han expresado su preocupación por la guerra y la estabilidad regional. El príncipe Turki al Faisal, exjefe de los servicios de inteligencia saudíes y embajador en Estados Unidos, acusó al primer ministro israelí Netanyahu de “arrastrar al presidente Trump a una guerra innecesaria”. Jalaf al Habtoor, un multimillonario de Dubái, se hizo eco de estos sentimientos. Acusó a Trump de “poner a los Estados del Golfo en el centro de un peligro que no eligieron”. En una reunión ministerial extraordinaria de la Liga Árabe, celebrada de manera telemática a principios de marzo, el ministro de Asuntos Exteriores de Omán, Sayyid Badr bin Hamad al Busaidi, argumentó que “los ataques israelo-estadounidenses contra Irán se produjeron en un momento en que las negociaciones diplomáticas mostraban avances hacia un posible acuerdo”. Omán y los demás países árabes hicieron un llamamiento a realizar esfuerzos diplomáticos urgentes para contener el conflicto.

Dinámicas globales

El resultado de la guerra tendrá, sin duda, importantes implicaciones estratégicas en el equilibrio de poder en Oriente Medio y más allá. Igualmente importante es que el conflicto tendrá, con toda seguridad, repercusiones económicas globales. A pesar del mayor peso de las energías renovables y de la nuclear en el mix energético mundial, el petróleo y el gas natural siguen siendo los combustibles dominantes. Además, los principales consumidores asiáticos y europeos dependen en gran medida de los suministros de la región. Los Estados del CCG, Irán e Irak poseen reservas significativas y son importantes productores y exportadores. La mayor parte de estos suministros transita por el estrecho de Ormuz. Según la Agencia Internacional de la Energía, alrededor del 25% del comercio mundial de petróleo por vía marítima suele transitar por el estrecho, así como casi el 20% de las exportaciones mundiales de gas natural licuado (GNL). La guerra ha interrumpido significativamente el flujo de buques cisterna desde Ormuz. Los mercados energéticos, y de hecho toda la economía mundial, han expresado su profunda preocupación por las implicaciones a corto y largo plazo.

El impacto de esta interrupción varía de un mercado a otro. La revolución del esquisto en Estados Unidos ha transformado al país en una superpotencia energética mundial. Washington es el mayor productor de petróleo del mundo y un exportador neto de petróleo y gas. Esto, sin embargo, no significa que EEUU sea inmune a la interrupción del suministro energético. La economía mundial está muy integrada y EEUU es un socio comercial clave para otros mercados. Es probable que otros grandes productores y exportadores, como Canadá y Noruega, saquen partido de la subida de los precios.

Por otro lado, los mercados consumidores de Asia y Europa tendrán que realizar ajustes fundamentales. China, India, Japón y Corea del Sur son grandes importadores de petróleo y gas del Golfo. Una opción es recurrir a las reservas almacenadas o a Rusia. Mientras tanto, con el fin de sancionar al presidente Vladímir Putin por invadir Ucrania y obligarle a poner fin a la guerra, Europa ha reducido significativamente sus importaciones de petróleo y gas procedentes de Rusia. En los últimos años, Moscú ha perdido aliados importantes, como Al Assad en Siria y Maduro en Venezuela. Pero el hecho de que Trump persiga un cambio de régimen en Irán puede dar a Putin una justificación para su guerra en Ucrania y desviar la atención y las armas de Washington del conflicto con Kiev; además, Putin se beneficiará de más exportaciones de petróleo y gas a precios más altos.

Por su parte, con poca o ninguna coordinación previa por parte del presidente Trump, la mayoría de los líderes europeos han expresado un apoyo tibio a la guerra. Critican que EEUU e Israel iniciaran los ataques mientras las negociaciones avanzaban, pero, al mismo tiempo, no querían criticar públicamente a Trump. Cuando estalló la guerra, los líderes europeos tuvieron que proteger a sus ciudadanos y sus inversiones en el Golfo y cumplir sus acuerdos de defensa con los Estados del CCG. Además, Europa sigue importando alrededor del 90% de su consumo de combustibles fósiles, y una gran parte de estas importaciones procede de la región del Golfo. Por último, Oriente Medio es el patio trasero de Europa. La inestabilidad en el Golfo puede provocar oleadas de refugiados, inmigrantes irregulares y tráfico de drogas.

El camino a seguir

En algún momento, esperemos que más pronto que tarde, la Administración Trump afirmará que ha destruido el programa nuclear de Irán, sus capacidades navales, de drones y de misiles y las amenazas a Israel y otras potencias regionales. Por su parte, el gobierno iraní, si sobrevive a la guerra, argumentará que ha ganado al plantar cara a los ejércitos más poderosos del mundo y de la región. Dejando de lado estas afirmaciones y contraargumentos, habrá que abordar muchas incertidumbres posconflicto:

– ¿Cómo afectará la guerra a las elecciones de mitad de mandato en EEUU en noviembre y a los años que le quedan a la Administración Trump? Y, ¿qué lecciones militares se pueden extraer de esta guerra?
– ¿Qué ajustes tendrán que hacer la República Islámica y el nuevo líder supremo para garantizar la supervivencia del sistema y restablecer la disuasión frente a sus adversarios?
– ¿Articularán los líderes israelíes una estrategia política para garantizar la coexistencia pacífica con sus vecinos tras sus campañas militares en Gaza, Líbano, Siria, Yemen e Irán?
– ¿Cómo pueden los Estados del CCG e Irán restablecer la confianza y reanudar la desescalada y el acercamiento?
– ¿Cómo gestionará Turquía este cambio en el equilibrio de poder regional?
– ¿Cómo responderán los mercados energéticos mundiales (tanto consumidores como productores) a esta importante interrupción del suministro de petróleo y gas?
– ¿Tendrá el conflicto un impacto en la guerra de Ucrania, la política de China respecto a Taiwán y las relaciones entre Europa y Estados Unidos?

Las respuestas a casi todas estas preguntas, y a muchas más, seguirán siendo ambiguas durante mucho tiempo. Lo que está claro, sin embargo, es que en la guerra no hay ganadores, todos pierden. La guerra ha sido muy costosa para todas las partes implicadas, Oriente Medio es menos estable y el mundo es menos seguro. Es de esperar que prevalezca la sensatez en el entorno posterior al conflicto./

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