Marruecos, la apuesta por el eje geoeconómico regional
La política exterior de Marruecos atraviesa una transición estructural influida por la policrisis mundial, la diversificación de sus alianzas y la afirmación de nuevas opciones estratégicas. La centralidad otorgada a las nociones de “hub”, “plataforma” o “corredor” refleja un desplazamiento semántico y funcional en el discurso nacional, que concede más prioridad a las consideraciones geoeconómicas mientras mantiene los fundamentos geopolíticos y de seguridad del interés nacional. Se trata, por tanto, de una evolución estructural que marca el paso de una política exterior de consolidación soberana interna (1958-1999) (R. El Houdaigui, 2003) a una política exterior de integración y proyección geoeconómica (desde el año 2000).
En el centro de esta mutación estructural se despliega una visión estratégica a largo plazo cuyo objetivo es posicionar a Marruecos como eje geoeconómico regional que conecte los flujos Norte-Sur, Sur-Sur y Este-Oeste. Su credibilidad se fundamenta en la solidez de sus logros institucionales y relacionales acumulados progresivamente. No obstante, el mantenimiento de esta trayectoria depende de la capacidad del Estado para preservar su coherencia frente a la volatilidad de los desafíos y la complejidad de los retos internacionales.
La lógica estratégica de marruecos como eje
El contexto mundial ofrece, en efecto, una ventana de oportunidad sistémica favorable para países como Marruecos. La globalización y la política internacional han experimentado una fase de reestructuración de las cadenas de valor y las alianzas bajo el efecto de las rivalidades geopolíticas, la competencia económica, la protección de los corredores y el control de los recursos energéticos y críticos (UNCTAD, 2023; OMC, 2025).
Desde nuestro punto de vista, la planificación de los intercambios se está rediseñando progresivamente en torno a tres polos con abordajes competitivos: el de-risking radical y el friendshoring estadounidense; la autonomía estratégica y el nearshoring europeo, y el nearshoring indirecto chino a través de la deslocalización en los mercados occidentales vecinos. Estas tendencias principales refuerzan los espacios intermedios, los cruces de flujos, en los que Marruecos está capacitado para desempeñar un papel de interfaz estratégica entre bloques competidores, siguiendo una dinámica comparable a la de Turquía o México. Si bien esta ambición aún no se ha formalizado de manera explícita en un único documento oficial, la convergencia del relato diplomático, las orientaciones estratégicas y las decisiones de la política pública reflejan una dinámica asumida hacia esta función de eje. El reconocimiento externo por parte de actores internacionales viene a consolidar esta trayectoria y le confiere un alcance sistémico.

La configuración geoeconómica de Marruecos sigue siendo, sin embargo, muy vertical debido a su interdependencia histórica con Europa y Estados Unidos. Europa es su primer socio comercial (el 62% del comercio exterior), lo que condiciona en gran medida los flujos de inversión y de personas, así como su inserción en las cadenas de valor industriales. En paralelo, Estados Unidos se impone como el principal socio estratégico y en materia de seguridad, una posición reforzada por el reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara en 2020, lo que ha abierto nuevas perspectivas al integrar a Marruecos como “un hub regional de negocios e industrial” (Departamento de Estado de EEUU, 2025). Estas relaciones consolidadas crean, no obstante, nuevas formas de dependencia normativa, tecnológica y de capital respecto a Europa y Estados Unidos, que no están exentas de riesgos para los flujos comerciales. Por efecto acumulativo, las tensiones geopolíticas con Argelia y la parálisis de la Unión del Magreb Árabe privan a Marruecos de un hinterland regional y reducen la posibilidad de cualquier integración horizontal. De este modo, prolongan y refuerzan su inserción vertical en los flujos mundiales.
La ecuación estratégica que Marruecos se esfuerza por resolver prácticamente desde principios de la década de 2000 consiste en contener su dependencia estructural y compensar la falta de integración regional mediante una dinámica de diversificación hacia el Sur Global. En concreto, la integración africana (es decir, la Zona de Libre Comercio Continental Africana, ZLECAF) y el desarrollo de alianzas con China y las grandes potencias emergentes permiten atenuar estas limitaciones en beneficio de una apertura más horizontal, lo que conduce a la configuración progresiva del estatus de eje regional.
La movilización de los países del Golfo, a través de mecanismos de financiación bilaterales o triangulares, consolida el papel de Marruecos como interconexión estructurante hacia el África subsahariana
Si bien este esquema no constituye tanto una ruptura con los marcos existentes –especialmente el espacio euromediterráneo, reforzado, por cierto, por el nuevo Pacto para el Mediterráneo– como una inflexión, requiere, no obstante, un dominio preciso de los equilibrios y un esfuerzo de adaptación del dispositivo diplomático.
A la luz de estos cambios, se perfila una doble estrategia de agregación que consiste, por una parte, en federar alianzas heterogéneas y, por otra, en integrar los dispositivos de conectividad nacionales con los mecanismos regionales e internacionales. En lugar de someterse a lógicas exclusivas de alineación e interdependencia, este enfoque permite articular simultáneamente el marco normativo y geoeconómico europeo, el reconocimiento estratégico estadounidense, la diversificación estructural de la oferta china y la dinámica estructurante de la integración africana. Su flexibilidad permite preservar los márgenes de maniobra de la política exterior marroquí, al tiempo que persigue su objetivo de triangular los flujos estratégicos, diplomáticos y económicos complementarios entre la Unión Europea y África, entre China, Estados Unidos y Europa, y entre diferentes Estados de la África atlántica.
Esta capacidad de triangulación constituye el núcleo de la trayectoria del eje geoeconómico regional. Asimismo, da fe de una orientación desprovista de cualquier pretensión de dominación o hegemonía regional. Refleja, por el contrario, una función de intermediación estratégica. Por lo tanto, la visión debe entenderse como una respuesta a las necesidades de la modernización socioeconómica de Marruecos y como un esfuerzo de adaptación a una multipolaridad basada en la utilidad funcional de los actores estatales.
Los pilares de un eje regional en construcción
La evolución de la posición de Marruecos pone de manifiesto una línea de actuación en constante evolución orientada a transformar la renta geográfica en una posición geoeconómica atractiva en los ámbitos afroatlántico y euromediterráneo. Si bien la diplomacia garantiza la conectividad institucional y normativa a escala internacional, el desarrollo económico y competitivo del territorio nacional constituye el mecanismo mediante el cual la renta geográfica se convierte en una palanca geoeconómica. Estas dos dinámicas complementarias convergen hacia el objetivo de convertir a Marruecos en un eje regional central, donde la “sobreverticalidad” Norte-Sur se vea atenuada por una asociación Sur-Sur que, aunque se enfrenta a las incertidumbres propias del largo plazo, se basa, no obstante, en parámetros de acción estructural.
La capacidad de acción de Marruecos se apoya en su excepcional posición geográfica, situada en la confluencia de tres espacios estratégicos de recursos: Europa, África y el Atlántico. Además, esta posición se ve realzada por un discurso diplomático que utiliza las figuras del “puente”, el “hub”, el “país encrucijada”, la “interfaz” o incluso el “nexo de unión”. De este modo, el discurso actúa como una palanca de competitividad, a través de la promoción de la utilidad de Marruecos para la seguridad del abastecimiento y la resiliencia de las cadenas de valor. Su fuerza y credibilidad se derivan del reconocimiento del valor del territorio nacional, en primer lugar gracias a infraestructuras operativas, como el puerto Tanger Med (2007), la estrategia de diversificación industrial iniciada en 2005, la plataforma financiera panafricana Casablanca Finance City (2010), las conexiones regionales existentes, en particular las redes eléctricas con España, y la integración efectiva de Marruecos en las cadenas de valor automovilística y aeronáutica euromediterráneas. Esta dinámica se verá reforzada por la inauguración de los puertos de Nador West Med y Dajla Atlántico, en 2026 y 2028 respectivamente, junto con el impacto de la Estrategia Nacional de Desarrollo Sostenible para 2030, la Hoja de Ruta del Hidrógeno Verde para 2050 y la estrategia de desarrollo digital Digital Morocco 2030. Por último, el proyecto de gasoducto africano atlántico (Nigeria-Marruecos) consolidará el corredor de seguridad y desarrollo afroatlántico.
Si bien la posición geográfica y su desarrollo económico constituyen tanto las ventajas como las limitaciones de las ambiciones geoeconómicas de Marruecos, la conectividad institucional y normativa a escala internacional permite regularlas, afianzarlas e incluso transformarlas en palancas de ventajas competitivas. En este sentido, el ministro marroquí de Industria y Comercio ha señalado que “el 77% de los intercambios comerciales de Marruecos se realizan con países que han suscrito acuerdos de libre comercio con el Reino” (MAP, 2023). El Acuerdo de Asociación con la Unión Europea (1996) y el Estatuto Avanzado (2008) refuerzan la convergencia normativa. El Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos (2004) y la adhesión a la iniciativa china de la Franja y la Ruta (2017) ofrecen a Marruecos oportunidades de integración en las cadenas de valor mundiales. La adhesión a la ZLECAF (2018) y la iniciativa atlántica marroquí (2023), destinada a integrar a los países sin litoral del Sahel en los flujos atlánticos, consolidan el arraigo africano de la economía nacional. Los acuerdos bilaterales, en particular el Tratado de Libre Comercio con Turquía (2004), o los partenariados con la India, Brasil y Rusia, refuerzan la seguridad jurídica y el atractivo económico del Reino. Por otra parte, la movilización de los países del Golfo, a través de mecanismos de financiación bilaterales o triangulares, consolida el papel de Marruecos como plataforma estratégica hacia el África subsahariana.
Asimismo, el estatus de eje no podría ser efectivo sin el pilar de la seguridad, en una región que se enfrenta a grandes necesidades en materia de protección y seguridad marítima. Marruecos se ha convertido progresivamente en un actor productor y exportador de seguridad en los espacios “gibraltareño”, afroatlántico y mediterráneo occidental, a través de cuatro vectores de acción complementarios. El primero se enmarca en la cooperación militar multilateral, en particular en el marco del Diálogo Mediterráneo de la OTAN, de la iniciativa 5+5 Defensa y de las relaciones euromediterráneas. El segundo se refiere a la participación en ejercicios militares conjuntos, principalmente African Lion, Flintlock e Eager Lion. El tercero se centra en la gestión de las amenazas transnacionales a través de Frontex y las patrullas mixtas con España y el Centro de Vigilancia del Tráfico Marítimo (CSTM) en el estrecho de Gibraltar. Finalmente, el cuarto vector se centra en la cooperación de seguridad africana, que se plasma sobre todo mediante la gestión del Centro de Coordinación de Salvamento Marítimo (Maritime Rescue Coordination Center, MRCC), responsable de la zona nacional y regional (norte y oeste de África), así como la iniciativa marroquí de crear y dirigir el Centro Africano de Cooperación Policial (CACP) de Salé.
Si bien estos pilares acreditan la solidez creciente del proyecto de eje, la cuestión de su resiliencia a largo plazo, su sostenibilidad y su estabilización sigue siendo central.
Estabilizar el eje regional ante los desafíos estructurales
La consolidación y la credibilidad del papel de eje dependen de la capacidad de los poderes públicos para actuar como amortiguadores de los efectos de tres grandes desafíos.
El proyecto de Marruecos de convertirse en un eje regional está condicionado por la eficacia de un desarrollo territorial nacional inclusivo. Actualmente, tres regiones concentran aproximadamente el 60% de la inversión extranjera directa (IED) y el 45% de la población, lo que pone de manifiesto, a este nivel y más allá, grandes disparidades territoriales y sociales (informe anual 2024 del CESE). En este contexto, la proyección geoeconómica marroquí debe poder concretarse bajo ciertas condiciones. Esto requiere la puesta en marcha de una estrategia impulsada por un posicionamiento centrado en la inclusión socioeconómica, en beneficio de las poblaciones y los territorios. La ambición de convertirse en un hub basado en la conectividad internacional y el atractivo de la IED es, por sí sola, insuficiente para alcanzar el objetivo esperado. La consolidación del desarrollo conjunto de las regiones del país mediante la integración del tejido productivo es un imperativo, fuente de mejora de las condiciones de vida tanto en zonas rurales como urbanas. En consecuencia, el enfoque estratégico debe basarse en el alineamiento de la ambición nacional y la transformación del tejido productivo como factor de cohesión social. La materialización del proyecto de eje regional sigue dependiendo, por tanto, de la consideración y la efectividad de dicho alineamiento.
El proyecto de Marruecos de convertirse en un eje regional depende de la eficacia de un desarrollo territorial nacional inclusivo. Actualmente, tres regiones concentran el 60% de la IED y el 45% de la población, lo que pone de manifiesto fuertes disparidades territoriales y sociales
La estabilidad regional constituye una condición previa para garantizar la seguridad de los flujos y el atractivo de las inversiones. Sin embargo, la ruptura estratégica con Argelia, combinada con una creciente inestabilidad en el Sahel, ejerce una presión en materia de seguridad sobre Marruecos y sobre el ritmo de su proyecto geoeconómico, hasta el punto de concentrar los recursos financieros y políticos en las prioridades de seguridad y defensa, en detrimento de las ambiciones de infraestructura y conectividad. Sin embargo, esta realidad no constituye un obstáculo estructural, sino más bien una especie de contratiempo estratégico que, por lo demás, queda contenido por la disuasión estratégica y diplomática. En efecto, Rabat dispone de recursos suficientes y de un margen de maniobra considerable que le permiten asegurar la puesta en marcha progresiva de su proyecto de eje regional. Por otra parte, no es contradictorio afirmar que la normalización de las relaciones entre Argelia y Marruecos y el relanzamiento de la integración regional horizontal aportan coherencia, en la medida en que el planteamiento marroquí es menos exclusivo y está profundamente comprometido con el ideal magrebí. A este respecto, el rey Mohamed VI ha recordado el compromiso de Marruecos con “el relanzamiento de la Unión del Magreb, sobre la base del respeto mutuo, la cooperación y la complementariedad entre sus cinco Estados miembros” (31 de octubre de 2025). En cambio, en una lógica de realpolitik, el consenso estratégico en torno al reparto político del liderazgo es la condición sine qua non para la estabilidad regional. Es probable que el compromiso decidido de la diplomacia estadounidense cree las condiciones favorables para el diálogo, gracias a su mediación y su implicación en el proceso de resolución de la cuestión del Sáhara, basado en la autonomía.
Por último, en relación con las relaciones históricas con los países occidentales y con las recientemente estructuradas con China surgen ciertas cuestiones imprevisibles. La proliferación normativa europea transforma el acceso al mercado en una condicionalidad reglamentaria, que exige a los socios un esfuerzo de adaptación instantáneo y permanente. Las relaciones con Estados Unidos, aunque prioritarias para Marruecos, crean, por efecto rebote, una mayor asimetría política, reforzando la capacidad estadounidense de ejercer influencia económica, normativa y de seguridad. La oferta china de diversificación geoeconómica, por muy oportuna que sea, conlleva el riesgo de que Marruecos sea percibido como una “plataforma gris” y, por consiguiente, como una variable de ajuste de la dualidad comercial mundial. En este proceso, la polarización entre China y Estados Unidos, bajo el efecto de medidas y contramedidas, genera una incertidumbre estructural que debilita la previsibilidad de los intercambios y aumenta el riesgo de fragmentación de las cadenas de valor.
Por otra parte, las lecciones extraídas de las tensiones surgidas con la UE y de los periodos de enfriamiento de las relaciones entre Marruecos y Estados Unidos, así como de la compleja trayectoria de ciertas negociaciones chino-marroquíes, ponen de manifiesto la importancia de la agilidad diplomática y de la seguridad jurídica para la resiliencia estratégica. La agilidad consistiría en mantener a raya los riesgos vinculados a estas limitaciones aprovechando, al mismo tiempo, las oportunidades favorables para la consolidación del estatus de eje regional. Pero sin seguridad jurídica, la frontera entre limitaciones y oportunidades sigue siendo difusa e incierta. Esta cuestión, de hecho, se planteó en los debates de la 15.ª sesión del Consejo de Asociación entre Marruecos y la UE (29 de enero de 2026).
Conclusión
El eje geoeconómico regional no es ni storytelling ni una moda diplomática, sino una estrategia de supervivencia del Estado sin pretensión alguna de dominación regional. Si se confirman las tendencias actuales y se preservan los equilibrios estratégicos, el horizonte de consolidación del estatus de eje marroquí puede situarse razonablemente a principios de la década 2040-2050, coincidiendo con la madurez operativa de los grandes proyectos de infraestructura y energía que se están llevando acabo./